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HIMNO A TOMELLOSO

miércoles, 31 de enero de 2018

El caso mudo y otras historias de Plinio - De cómo el Quaque mató al hermano Folión.

De cómo el Quaque mató al hermano Folión, 
y del curioso ardid que tuvo 
el guardia Plinio para atraparle.


Con haber en el teatrillo del pueblo cupletistas y estar el tiempo metido en agua, aquella noche no fueron al Casino más que los inseparables de Heraclio Fournier. Zurraba la lluvia de lo lindo desde que amaneció y las calles venían rebosantes de las aguas rojizas del monte. Los hombres llegaban al Casino bufando y sacudiéndose las capas y gabanes. Sobre el suelo entarimado quedaban las huellas de las botas mojadas, y una pegajosa y caliente humedad se respiraba en el salón. A la luz pajiza de dos lámparas menguadas advertíase un ambiente espeso de humos y vapores encerrados. Sobre los tapetes verdes, unos hombres, ausentes de todo, con las boinas caladas y el cigarro en la comisura de los labios, manejaban sin cesar unas cartas mugrientas, dando grandes golpes con los nudillos, ensordecidos por el fieltro, sobre el tablero de la mesa cuadrada. Alrededor de cada partida, sentado o de pie, había un piquete de mirones adormilados.

El camarero —Peluco— dormitaba junto a la estufa, con la greña cana sobre los ojos. De cuando en cuando, si los jugadores levantaban la voz en sus villanas discusiones, Peluco alzaba un poco los párpados para en seguida volver a cerrarlos. La partida que más atraía la atención aquella noche era la de el Quaque. Éste, con otros tres, entre ellos el tío Folión, jugaban «al golfo» tres horas ya, de a peseta el juego. El Quaque, con la cara muy pálida y sus purulentos ojos encendidos, a cada nada daba tales puñetazos sobre la mesa, que todos parecían atemorizados y deseosos de acabar pronto la partida. Al Quaque casi siempre le daba bien el naipe, y al tío Folión, mal; pero aquella noche, por un capricho de la suerte, las cosas ocurrían de muy distinta manera y era el Folión quien tenía entre sus manos ya más de diez duros del encolerizado contrincante.

El Quaque, que por entonces tendría unos veinticinco años, había dedicado lo mejor de su vida a atemorizar a la gente. Era hombre anguloso, con mucho cuello, nuez ofensiva y cara de perro galgo; pero con ojos saltones y siempre echando chispas de ira, cosa esta muy impropia de los galgos. Iba siempre vestido de pana negra, con una boinilla de hongo que nadie le vio quitada jamás, pantalones muy estrechos, y tan cortos, que se le veían enteras las boconas botas de elásticos y buena parte de los pardos calcetines. Andaba siempre dando zancadas y con ambas manos en los bolsillos del pantalón, como si tuviese prisa de encontrar a alguien para degollarle. Siendo niño, le quitó a su padre un enorme revólver, que ya no abandonó hasta el día que «levitas» y solía escupir cuando pasaba ante ellos. Su padre y dos hermanas habían muerto tuberculosos, y él, al decir de las gentes, tenía también «un sapo en los fuelles». Hombre violento y endemoniado, ya en la escuela pegó un navajazo a un condiscípulo, porque arrancó a nuestro hombre el rabito de la boina. Vivía de vender piensos en un cuartuchín que tenía junto a la posada de los «Portales», y el juego era su única diversión. Nadie en el pueblo quería cuentas con el Quaque, y no era raro verlo pasear solo por las afueras, con ambas manos en los bolsillos y a toda velocidad. No había blasfemia que no dijese mil veces a la hora, y a toda la Humanidad se la tenía por enemiga, aunque no solía buscar a nadie para provocarle. En el fondo, era taciturno y dado a las negras cavilaciones, en las que de seguro no dejaría de intervenir de manera muy activa su enorme revólver. No bebía ni tenía amigos fijos. Cuando llegaba al Casino, más por la fuerza que de grado, hacía partida con los primeros que encontraba. El tío Folión, por el contrario, aunque muy vago, era hombre bien visto en el pueblo. De buen natural, gordón y coloradote, comiendo y bebiendo pasaba los mejores ratos de su vida.

Tenía chispa contando cosas, y era el hombre del pueblo que más consejas y sucesos conocía. A sus setenta años, siempre andaba con mocetes… y ello le perdió. Le dominaba el vicio del juego, tal vez porque perdió siempre, pero el hombre llevaba las cosas con mucha resignación y filosofía. Se contaba de él, que siendo concejal organizó entre las amas de casa un concurso de rosquillas de anís y, como único jurado, se pasó un día entero por todas las casas del pueblo probando las rosquillas. Los agraciados con el premio le invitaron a cenar…, y Folión pidió rosquillas de postre, de las que se zampó una docena.

Aquella noche, con la novedad del ganar, el tío Folión estaba muy dicharachero, diciendo bromejas al Quaque y haciendo chistes sobre los accidentes del juego.

Con venirle las cosas tan negras, el Quaque estaba para estallar. Las burlas le tenían acerado y encerado el rostro más que de costumbre, y cada vez que robaba carta, mientras la punteaba, no le llegaba el culo a la silla. Aguantábalo todo sin despegar el pico, sin duda por miedo a que le temblara al hacerlo toda la caja de la boca. Muy a menudo soltaba un aire estrepitoso por sus narices de alcayata; pero su mayor elocuencia consistía en lanzar miradas raseras y de soplete al hermano Folión. Las últimas dos pesetas que le quedaban al Quaque las tiró a la mesa como si estuvieran apestadas. Acto seguido dio una patada a la silla y salió bufando del Casino. Del portazo que dio, así como de las estruendosas carcajadas que soltó el tío Folión cuando le vio salir, despertó el camarero Peluco, dando un respingo y diciendo:

—¡Voy! No se apartó mucho del Casinillo el Quaque, después de dar el portazo. Se quedó pegado al cafetín de la Lola, que estaba en la misma esquina del «Pretil». No había luz alguna en aquel lugar, y el Quaque podía acechar muy a su sabor, sin quitar los ojos de la puerta vidriera del Casinillo, que sobre las completas tinieblas se dibujaba con un cuadrante de luz amortiguada. Había cesado la lluvia; pero un vientecillo barbero silbaba estremeciendo de firme los árboles de la plaza próxima. No llevaría un cuarto de hora el Quaque en su negro acecho, cuando se abrió la puerta del Casinillo y se vio salir, por el recuadro rojizo de su luz, la abundante naturaleza del tío Folión, envuelta en su pañosa. Confiado y contento, sintiendo los diez duros del Quaque en la faja, junto al ombligo, venía cantandillo aquello de:

De la uva sale el vino,
¡qué rico vino!
plin, pliriplín…
De la uva va a la cuba,
¡qué rica cuba!,
plin, pliriplín…
¡qué rico está en la cuba!…

Cantaba bajo el embozo de su capa, y la voz le salía gorda y abrigada, como si cantase en la cama.
Cuando hubo pasado un buen trecho del bar de la Lola, el Quaque, sigiloso, encorvado y desconchando las paredes de puro ceñido a ellas, echó tras el gordinflón. Así que entró Folión en la calle de las Huertas, el Quaque apretó el paso, aunque sin perder el silencio. Llegó hasta unos cuantos metros del gordo, que cada vez más metido en su gozo, cantaba a grandes voces… Ya iba por aquello de:

… de la copa va a la panza,
¡qué rica panza!,
plin, pliriplín…

cuando el Quaque, dando un par de zancadas, se echó por la espalda sobre el tío Folión. Éste no tuvo tiempo de volverse. Anudándole los brazos al cuello y clavándole la rodilla en los riñones, el Quaque hizo fácilmente troncharse al gordo, que dio en el suelo encharquitado, con toda su naturaleza. Poniéndole luego una rodilla sobre la barriga y el codo en la boca, le arrancó de un tirón la bolsita que llevaba en la faja con el dinero. —Toma bollagas —le dijo, sacudiéndole unos puntapiés—; de mí no se ríe nadie…

Pero cuando el Quaque intentó marcharse, la cosa no fue fácil. El tío Folión le había cogido una pierna y abrazándola con todas sus ansias, le mordía en la enjuta pantorrilla. El Quaque gritaba sordamente y aporreaba con ambos puños la calva cabeza del gordo. Pero éste no soltaba su bocado… Fue entonces cuando el mozo sacóse de un tirón su histórico revólver y le dio al mordedor un «casquío» a quemarropa… Se aflojó la boca del tío Folión. El Quaque echó a correr como loco, creyendo que el eco repetía mil veces el ruido de su disparo. Al llegar a la calle de Martos, se serenó un poco. Tiró por una lumbrera la talega del tío Folión, guardándose los cuartos, y empujado por una repentina y tozuda idea de desquite, enderezó sus pasos hacia el Casinillo… Sin darse cuenta, con voz cascada y trágica, iba repitiendo la canción que oyera a su víctima:

De la cuba va a la bota,
¡qué rica bota!,
plon, ploroplón…,
¡qué rico está en la bota!

Cuando Plinio, el punta del cigarro en la boca, Rosendo, el guardia de servicio, que estaba arrepantingado sobre el brasero, le dijo: —Poco me equivoco si lo que se ha sentío por ahí hace poco no ha sido un tiro.

Plinio, que se había puesto en cuclillas ante el brasero, levantó la cabeza y le miró astutamente, con los ojos entornados, según acostumbraba: —¿Dices que un tiro? —Sí, señor… Que no soy yo de los que confunden los tiros con los cohetes. —Pues anda y búscate a los serenos que estén más cerca, a ver qué dicen. Rosendo se levantó de mala gana. Se estiró, se vistió la pelliza con cuello y puños de astracán y salió carraspeando del cuartillo de guardia. Plinio tenía fama de ser el hombre más pacienzudo y callado de Tomelloso. Oía siempre con el cigarro pegado a la boca y cara de escéptico. Llevaba casi veinte años «arrastrando el sable», como él decía, y sabía más del pueblo que nadie. Dotado de gran talento natural, sabía mucho del corazón humano, aunque «en pardo». Sin decir nada, con el solo instrumento de sus ojos socarrones, desarmaba a los rateros, placeras de malas artes, prostitutas rústicas, robamulas y demás sujetos de su habitual clientela. Famosos eran sus ardides y coartadas, como algún día dirá la historia; y muy pocos sucesos, grandes o pequeños, quedaron por discriminar en su mandato…, a no ser aquel famoso robo de la tonelería, que hacía entonces tres años que no le dejaba dormir.

Sin pedir permiso, un hombre liado en una manta entró en el cuartelillo de guardia, y se quedó varado, con los ojos fijos y la boca a medio abrir. —A la paz de Dios —dijo al fin. Plinio lo miró sin responder de momento. —¿Qué hay? —Pos, na; que venía de ver a mi yerno, que está un poco averiao, y al cruzar la calle de las Huertas me ha parecido ver en el suelo un bulto. —¿Te ha parecido verlo o lo has visto? —Sí, señor; lo he visto. Es un hombre muerto… Poco me equivoco si no es el tío Folión.

En éstas estaban cuando entró Rosendo acompañado de dos serenos. —Éstos dicen que no han oído na — dijo. Plinio le miró con su cara socarrona, ladeando un poquito la boca, en sonrisa capada. —Vete a avisar al juez. Y tú —a un sereno—, al forense. Y tú —al otro sereno—, vete al Casinillo y dile al Peluco que me traiga un café bien cargado, en seguida. Mientras venía el Peluco, Plinio mandó a otro guardia para que guardase el cadáver… Pero el Peluco llegó en seguida. —Buenas noches, jefe. —¿Ha estado el tío Folión esta noche en el Casino? —le preguntó de sopetón. —Sí. Por cierto que le ha ganado toda la «chatarra» al Quaque. Plinio tomaba la tacita de café a sorbitos menudos. —¿Hace mucho que salió el hermano Folión de allí? —Sí, hará casi una hora. —Y el Quaque, ¿se fue también? —Sí, pero volvió en seguida. Se conoce que fue a su casa a por dineros. —¿Quién salió antes? —Primero, el Quaque. Después, el tío Folión. ¿Es que pasa algo? —No, pero tú te callas. —Sí, señor. —¿Quién más había en la partida? —El tío Fuchino y el hermano Paco Vitor. —¿Se han ido también? —No; no se han movido del Casino. Todavía siguen jugando con el Quaque otra vez y con el Cabrero. —Vuélvete al Casino, y ni una palabra. —¿Me puedo ir ya? —dijo el de la manta, que seguía inmóvil y sin desarroparse. —No. Siéntate aquí un rato. Tendrás que declarar. —Yo no quiero líos con la justicia… Si he estado por no venir… que cada cual cuide de su petaca… que el que se arrima a desgracias, algo se le pega. —Toma. Echa un pito y calla —le dijo el jefe, alargándole la petaca.

Media hora después, con aire soñoliento y el sable desceñido, entraba Plinio en el Casinillo de San Fernando. Como que no hacía nada, se acercó a la partida d Quaque, que, olvidado de todo, al parecer, seguía jugando con la pésima suerte de antes e idénticos puñetazos sobre la mesa. El Quaque vio de reojo acercarse al jefe. Como éste era mirón con frecuencia, nadie se extrañó de verle allí, pero al Quaque comenzaron a bailarle las sotas que tenía delante y a jugar distraídamente… Y nadie sabe por qué extraño milagro, le empezó a dar bien el juego desde que llegó el jefe.

De cuando en cuando, el criminal le echaba un reojo a Plinio, que parecía muy atento a las jugadas. El Quaque comenzó a sentir frío. Un frío endemoniado, que se le clavaba en la espalda como espinillas. El jefe, impasible, persistía en no encender su cigarro, que ya entró apagado. Peluco, el camarero, con los ojos abiertos como liebre, no le quitaba la vista de encima al jefe. El Quaque quería que lo tragase la tierra, salir de allí; pero no se atrevía. Cuando no tenía cartas que mirar porque barajaba otro, miraba con ahínco el verde tapete… Pasaban los minutos y el guardia no movía un dedo. El próximo reloj de la plaza dio las tres de la madrugada… Y de pronto, cuando el criminal se disponía a robar del montón una carta, le dijo Plinio, quitándose la colilla de la boca y con voz socarrona: —Vaya susto que le has pegado al hermano Folión, Quaque. Al Quaque se le quedó parada en el aire la mano con que iba a robar la carta. —¿Susto?… —dijo sin aliento. —Sí, hombre, sí —añadió el jefe, que lo miraba con mucho examen—. Me lo he encontrado por la calle e iba blanco como el yeso.

El Quaque robó la carta por fin e hizo un esfuerzo por seguir jugando. —¿A quién se le ocurre más que a ti dispararle la pistola sin venir a cuento? … Podías haberle herido… El pobre iba descompuesto. Hasta tila ha tenido que beber… ¡Qué puñetero, Quaque! ¡No seas tan bromista! —añadió, dándole una palmada en la espalda—, que yo te quiero bien y esta noche podías haberte buscado el bollo. La partida se había interrumpido y todos oían con atención lo que decía Plinio. El Quaque tenía la barbilla clavada en el pecho. —En fin, me voy a acostar —dijo Plinio—. Pero no vuelvas a gastar esas bromas, mocetón. —¿Entonces es que no le he tocao na, na, na? —dijo el Quaque, algo animado. Plinio, al oírle esto, le echó la garra sobre el hombro brutalmente y le dijo: —¡Date preso, Quaque!



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