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HIMNO A TOMELLOSO

domingo, 7 de enero de 2018

Cuentos republicanos (Plinio) La cuestión política en el colegio de don Bartolomé



El estudio de la noche —de siete a nueve— se hacía en el salón grande. Hasta las siete, desde las seis que acababan las clases, jugábamos en el patio del colegio, totalmente a oscuras. Carreras brutales entre los árboles negros. Defecaciones y onanismo colectivo en los retretes empantanados, pútridos. Oscuras riñas en un rincón. Y siempre, siempre, vocerío atronador. A lo mejor uno encendía una bengala. Gritos. O un cohete rastrero. Eugenio trepaba a un árbol y desde allí orinaba a los de abajo. Manolo, seguido de su panda, con una linterna encendida, buscaba a «la víctima» y lo apaleaban o le hacían los «galguillos»… Aquella tarde de abril los ánimos estaban exaltados por la política. Los hijos de los «carcas» más recalcitrantes, a la vista del resultado de las elecciones municipales, se habían declarado republicanos sin condiciones. No quedaba más monárquico que Tof e, el hijo de don Bartolomé, monárquico liberal dinástico, incondicional de las instituciones tradicionalistas y «decadentes». Había sido declarado Tof e enemigo número «único». Y aquella anochecida se procedió a la gran venganza. Todo había sido meditado de consuno por Manolo y su banda (gánsters de Al Capone) y Eugenio y sus bucaneros. Gentes de pistola automática y linterna, los unos; gentes de cuchillo y horca a bordo, los otros.

En el corralillo con porche lleno de basura hasta el tejado, se encendieron a la vez siete bengalas de a diez céntimos. Al ver las luminarias, verdes, rojas, amarillas, acudimos todos los del patio. Entre ellos, Tof e. Cuando miraba embobado las luces, los bucaneros por un flanco y los gánsters por otro, lo acorralaron. Manolo lo sujetó fuertemente por el cuello redondo del jersey de lana azul marino y le acercó una bengala a la cara. —¿Renuncias a tu condición monárquica? ¿Quieres jurar la fe en la República? —¡¡Jamás!! —gritó con las narices abiertas y los ojos hinchados de sangre. —¿Prefieres entonces ir al cepo? —¡Viva don Alfonso XIII, patrón de este centro docente! —volvió a gritar, desafiando la bengala. —¡Al cepo, al cepo, al cepo! Y con la cuerda de Eugenio fue atado a uno de los postes del porche, junto al basurero. Y se le amordazó metiéndole previamente una gran bola de papel de periódico en la boca. Quedó totalmente inmóvil. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, de rabia. En el patio se oyó la voz rabiosa de don Bartolomé: —¡Niños! ¡Niños, al salón! Hubo un momento de titubeo. Al fin, Manolo dio la orden: —Venga, al salón. Y el que se chive morirá esta noche.

Salimos todos en silencio. Al vernos, don Bartolomé echó delante. Cada cual ocupamos nuestro puesto con un silencio extraño. Don Bartolomé se sentó junto a la estufa, y cuando se cercioró de que todo estaba en orden, comenzó a leer un viejo libro de geografía, que siempre tenía entre manos. Todos callábamos. Unos a otros nos mirábamos sin levantar la cabeza, de reojo. Era aquél un silencio rarísimo, inédito. Sólo se oía el hervir del agua de la lata que había en la estufa. De pronto, don Bartolomé, que debió «oír» aquel silencio sin historia en la casa, dejó descansar el libro sobre los muslos y empezó a mirar hacia todos lados, con los ojos entornados. Más que mirar parecía oler con los ojos. Casi inconscientemente sacó un cigarro, le dio media vuelta entre los dedos después de haberle sacado las puntas, y lo encendió sin mojar, ni apenas poner ojo en la cerilla. Decidió levantarse y dar una vuelta al salón. Los paseos de don Bartolomé por el salón siempre eran peligrosísimos para la clientela. Andaba lentísimo, casi sigiloso, mirando uno por uno, con los ojos entornados, sin dejar de fumar. Su vieja nariz perdigonera no cataba la presa. Luego se quedó clavado en medio del salón, frente al sitio que solía ocupar su hijo Bartolomeín, alias Tof e. —¿Y Bartolomeín? —preguntó a César. César se encogió de hombros hasta casi hundir la cabeza entre las telas de su guardapolvos amarillo.

Don Bartolomé se fue derecho hasta la puerta del estudio, abrió y gritó: —¡Paquita! ¡Paquita! Mientras él gritaba mirando al pasillo, Manolo y Eugenio nos hacían a todos furiosos gestos para que callásemos, so pena de gravísimas penas. —¿Qué, papá? —Se oyó a lo lejos. —¿Dónde está el nene? —¿El nene?… No sé; estaba en el recreo jugando con los chicos… ¿Qué pasa? —Nada. Don Bartolomé volvió al salón. Sin titubeos se dirigió hacia Antoñito el gordo, ex «carca», que solía ir mucho con Tof e. —Salga usted aquí al centro.

Antoñito pasó como pudo bajo el estrechísimo pupitre. Quedó casi firme ante el profesor. Respiraba ruidosamente por las narices. Le temblaban las carnes de sus muslos de miga. Don Bartolomé lo miraba en silencio, con fijeza de malo de cine. Antoñito comenzó a comerse las uñas y bajó los ojos. («Ya lo está sometiendo al terrible suplicio de su mirada de hombre cruel y déspota», me dijo el Coleóptero, con su voz de vieja folletinera. «No aguantará este tormento inenarrable…». «Es como si todos los buitres de las Colinas Rojas se posasen en sus ojos…». «Mira cómo le tiemblan los pernilillos… Si no canta se defeca»). Don Bartolomé puso a Antoñito ambas manos sobre los hombros. («Segundo grado del martirio. Ahora es cuando se siente que la columna vertebral se hiela y los testículos se sumergen en el cuerpo hasta la altura dorsal. Gravísimo»). Las palabras primeras de don Bartolomé salieron lentas, sílaba a sílaba, silbantes: —¿Dón-de es-tá Bar-to-lo-mé- ííííííííín? Antoñito, zarandeado, bajó la cabeza y nada dijo. —¿Dón-de es-tá Bar-to-lo-mé- ííííííííín? Volvió a oírse, descarnando las palabras y zarandeando al gordo. («Tercer grado: flagelación silábica con babeo en la faz y maceración de las escápulas. Se siente en la cabeza la punzada de todos los cuchillos de Búfalo Bill»). Ya las manos de don Bartolomé habían asido las orejas de Antoñito y, moviéndole la cabeza con gran aire, le gritó como cristal sobre mármol: —¿Dón-de es-tá Bar-to-lo-mé- ííííííííín? («Cuarto grado: roturación auricular. Se sienten en el fondo del cerebro todas las trompetas y fanfarrias del Juicio Final… y el galope crudelísimo de todos los caballos de los apaches en misión de guerra»). La voz de el Coleóptero era siniestrísima y su nariz afilada casi le picaba en la barbilla. Un como sudor frío le untaba las manos, que se frotaba pausadamente, casi con fruición, mientras me iba enumerando los grados del martirio bartolomeico. Un extraño rumor se oyó en la sala. Luego un chorro. Don Bartolomé se apartó. —¡Marrano! («Solución de la crisis por micción… Ya no canta. Todas las presiones de los cuatro grados desfogaron por el caño de la orina»). Antoñito acabó su desfogue bien despatarrado, con las manos un poco en el aire y haciendo pucheros. —¡No se lo digo, no se lo digo y no se lo digo! —gritó como indignado consigo mismo.

Don Bartolomé comenzó a pegarle con toda su alma, con ceguera, puñetazos, puntapiés, tirones de pelos. Antoñito esquivaba como podía, retrocedía, se cubría la cabeza con las manos. Por fin consiguió clavarlo de rodillas sobre la tarima, empujándole en el hombro, y así fijada la víctima, siguió la paliza. —¡Si no lo voy a decir…, si no se lo voy a decir! —continuaba Antoñito. («Alma estoica y resistente a pesar de su contextura pícnica. El verdugo, buen psicólogo, desespera; ya sabe que no conseguirá nada. Gran fase de liberación por el heroísmo una vez evacuado el miedo por el dicho caño»). Cuando don Bartolomé tomaba resuello, sudoroso, y Antoñito lloraba de bruces sobre el suelo, Manolo, el gran jefe, se levantó palidísimo: —Don Bartolomé… El hombre se volvió hacia él vacilante, como no sabiendo de dónde venía la voz, a la vez que se secaba con su oscuro pañuelo. —Su hijo ha sido condenado al cepo por designio popular al no haber abjurado a su fe monárquica. Don Bartolomé nos miró a todos como si no comprendiera, rascándose la cabeza. Antoñito seguía en el suelo con una especie de llantina mecánica. («Valentía tribunicia del gran jefe que echa su corazón a los buitres por salvar a la recia víctima. Final heroico» —añadió el Coleóptero inflando sus narices y rascándose con ambas manos su pecho estrecho, de teja). —Por no abjurar de su fe monárquica, ji, ji, ji, ji —empezó a reír don Bartolomé con voz de cómico… Pero ¿dónde está ese cepo? Manolo alargó la linterna: —Tome. En el corralillo. Don Bartolomé miró la linterna sin saber bien lo que era y al fin se fue hacia la puerta con un medio trote… «Su fe monárquica…, su fe monárquica», repetía.

Apenas traspasó la puerta, Manolo dio la orden tajante: —Muchachos: ¡huyamos sin dejar rastro ni lugar a la venganza de este colegio retrógrado! Todos tomamos los libros casi al vuelo y salimos alocados por el oscuro patio. El Coleóptero y yo esperábamos ocultos en una esquina la salida de Antoñito, que al cabo de un rato muy corto apareció sin prisa, limpiándose los ojos. («Gran ardid el de nuestro gran jefe. Hermoso gesto»).



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