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HIMNO A TOMELLOSO

lunes, 22 de enero de 2018

Cuentos republicanos (Plinio) Dibujo al aire libre



Desde que pusieron el Instituto, don Bartolomé andaba por todo el pueblo como un mono loco, raboteando. Y hablaba solo. «Me han quitado el pan de mis hijos». Volvió a hacerse monárquico. Las aulas del Santo Tomás quedaron vacías, y él leía el ABC y se comía la morcilla frita completamente solo en el «estudio». Según el Coleóptero, sagaz espía de la banda de Manolo, a las horas señaladas, don Bartolomé salía al triste patio y voceaba: «¡Niños, a clase!». Lo decía muchas veces, y como nadie respondía, se entraba llorando. No le quedó más discípulo que su hijo Tof e, que declaró: «Antes la muerte que ir a ese Instituto de socialistas». Y también volvió a su fe monárquica.

—Esta tarde traed un bocadillo, el bloc de dibujo, lápiz y goma. Iremos a dibujar al campo. La señorita de dibujo lo dijo sin darle importancia, pero todos los de la clase nos miramos entornando los ojos, sin comprender del todo. Intentando componer esta novísima imagen en nuestro imaginero. El Coleóptero alzó los omóplatos, encorvó la cabeza entre ellos, sacó el suplemento extraordinario de su nariz y nos miró a todos como si algo le oliese mal.

Sólo Merceditas, tocándose uno de sus tirabuzones, rubio, poderoso y terso como el muslo de un niño, tomó la cosa con naturalidad. —¡Qué bien! (Los papás, y especialmente las mamás de algunas compañeras, según se supo, interpretaron muy malamente aquello de dibujar en el campo. Las ideas: chicos y chicas juntos; campo, lápiz, les trascendía a erotismo; a nefastas consignas republicanas, masónicas, judaizantes… francesas, en una palabra. Una niña acudió a la cita acompañada de su hermana mayor. Otra trajo una silleta de tijera. El papá de Clotilde, bien apostado tras un cuartillejo, nos vigiló con sus anteojos toda la jornada).

Cara al sol, en grupos familiares, subimos por la calle de San Luis, tras la señorita, que nos enseñaba canciones populares:

Eres buena moza, sí,
cuando por la calle vas.
Eres buena moza, sí;
pero no te casarás,
pero no te casarás,
carita de serafín,
pero no te casarás,
porque me lo han dicho a mí. 

Era una tarde de sol y refrío, entre febrero y marzo. Tarde de medio gabán y nariz caldosa. Las golondrinas andaban de valijas y la tierra a punto de romper la costra inverniza. La cabeza se calentaba, pero con los pantalones cortos, se pegaba a los muslos, como sable, un fresquillo de menta. Los pañuelos que llevaban las chicas a la cabeza revolaban suavemente, iniciando salutaciones tímidas a la primavera. Los perros barriobajeros, estirándose, bostezando y rascándose en las esquinas, se probaban el lomo para las coyundas primaverales. Dos chicas susurraron elogios a donde nacía la cola de un perrazo mastín con unas carlancas como el sol del purgatorio. Y pegada a la cal, recosía una vieja su falda bajera con la nariz pegada a la aguja.

Al final de la calle, las eras, con hierbas tiernas entre los cantillos rodados. Al fondo, al otro lado de la «estación vieja», el camposanto. Tras las tapias de cal vibrante asomaban las cruces más caras, los cipreses lentos y las espaldas de los peatones. Desde la puerta del cementerio hasta la ermita de la Buena Muerte, el paseo de los Muertos, entre dos hileras de árboles tristísimos. Y al otro costado del paseo, las fábricas de alcohol con sus chimeneas y humos de vida, ajenos a la cercana muertería.

La señorita quedó mirando un momento hacia el cementerio. Todos esperamos como si fuera a decir algo. Pero no, de pronto se volvió hacia el otro lado y se puso la mano de visera, como buscando. (Antoñito me dijo, imitando el palpala de la codorniz y señalando con los ojos la pechera de la señorita: «Chicastetas, chicastetas»). En medio de unas viñas antiguas había unos bombos negripardos. Viñas de liego, viejísimas, que asomaban sus cabezonas negras, atizonadas, hendidas, entre los grisantos pámpanos de varios años. La linde de la viña era un lomazo bien trepado de hierba nueva, con su miaja de amapolas y margaritas tempranas.

Allí nos sentamos en fila larga. Nuestras sombras quedaban a la espalda. Dijo la señorita que dibujásemos los bombos. «Son —dijo —, fijaros bien, como cerritos de piedra, pero huecos. Ved la puerta bajita por la que entran los labriegos para guarecerse de las inclemencias del tiempo». (Labriego suena a espliego; gañán, a pan, dijo el Coleóptero). (Chicastetas. Chicastetas). —No hace falta dibujar todas las piedras superpuestas que forman el bombo, pero sí dar sensación de ellas con líneas más o menos imaginarias. Mirad.

Tomó un gran bloc y comenzó la señorita a hacer rayas muy de prisa. Todos le hicimos corro. —¿Veis? Ya está. Y nos hacíamos lenguas de lo bien que estaba aquello. —Así hay que hacerlo. Fijaros que los bombos son como galápagos grandotes, como bóvedas, como panzas. —Sí, señorita; al final de la panza y la panceta, las mujeres fresón y los hombres corneta —dijo Antoñito en voz baja. Y empezamos a dibujar. Y todos borrábamos mucho. Y un niño hizo un bombo que cabía el cuaderno dentro, como una giba de camello.

Y otro, dos bombos pequeñines, como puntos. Otro, preguntó si podía dibujar un perro. Otro, un gañán saliendo del bombo. Y Matilde, que si podía pintar a la Canastera. Y todos se rieron mucho. Corrió como un siseo confidencial entre los chicos que habíamos estado en el Colegio de Santo Tomás, antes de la Reina Madre, y todos los ojos fueron hacia un camino próximo. Venía don Bartolomé con el sombrero sobre las narices, las manos en los bolsillos del gabán azul y los negros zapatos puntiagudos. Parecía un paraguas semiabierto que avanzaba por el terragueo. Un cuervo, una figura hecha de cagarrutas sobre las hierbas nuevas. Un exabrupto de la primavera, una mortaja desbandada. Un postrer excremento de muerto antiquísimo. (Debía traer la nariz morada y el colmillo amarillo). Un intestino de bruja mal vestido. Un escroto de burro hecho figura. —Toca madera —dijo uno. —Llegó el juicio final. Alguien avisó a la señorita, que continuó su trabajo sin hacer caso.

El viejo daba vueltas como grajo a cierta distancia de nuestro grupo. Andaba tropezando en piedras y pisando margaritas. Se paró al fin. Alzaba el brazo. Algo debía decir que se llevaba el viento. Se levantó el abrigo. Un líquido brilló al sol. Volvió a levantar el brazo y vocear. Y de pronto marchó casi corriendo, pisando los terrenos todavía húmedos, hacia el cementerio. —Niños: cada cual a su dibujo. Volvimos a solespones, cantando aquello de:

El carbonero
por las esquinas
va pregonando
carbón de encina.
Carbón de encina,
cisco de roble,
la confianza
no está en los hombres. 

Un crepúsculo cárdeno, larguísimo y estrecho quedaba allí, tras las altas chimeneas del alcohol.



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