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HIMNO A TOMELLOSO

lunes, 16 de octubre de 2017

4ª Recuperación de las Sabinas pendientes



Homenaje nacional a Plinio y los consabidos entreveros de merecida recordación.

La mujer y la hija del Jefe, en la puerta de la casa, hacían tertulia con otras vecinas. Vecinas de parla llevar. Vecinas haldudas que ya tenían televisión y remolque. Vecinas que estaban a punto de abandonar las ligas de goma y el sostén semoviente. Vecinas que empezaban a hacer ascos a los platos folclóricos y comían de latas y sobrecitos. Al ver llegar a Plinio, calló el cotarro. A lo mejor hablaban de los hurtos de mozas. El Jefe saludó con afabilidad, dijo algo sobre la buena noche que hacía y pasó hasta el patio. Su mujer entró tras él por si necesitaba algo. —No, voy a sentarme aquí a la fresca. —Como quieras. Se quitó la guerrera y la gorra, se arremangó la camisa, echó un pito y quedó sentado con el pensamiento a mil leguas de viaje submarino. A su mujer le extrañó aquella actitud caída de Manuel y quedó observándolo, bajo la parra, con los brazos cruzados y los ojos pesquisitivos. Plinio no parecía darse cuenta de aquella presencia. Algo embobinaba en su cabeza que lo tenía ausente. Tal vez el cansancio le impedía hilar con más rapidez. Fumaba muy despacio, cerraba los ojos al echar el humo y a veces parecía hablar solo. Hasta pasado un buen rato no reparó, o hizo como que no reparó, en su mujer. —¿Qué haces ahí, contraria? —le preguntó sin mirarla. —Desde luego, hijo mío, estás como una regadera. Te parece que hablando solo y componiendo más gestos que un orate… Te digo. Contigo acaba la criminalidad. —Anda, cansina, vete con las vecinas a ver si arregláis el pueblo. Y la mujer, sin más reparos, salió meneando la cabeza.

Al cabo de un rato, Plinio se levantó y buscó en el bolsillo de la guerrera que había dejado colgada en una silla algo apartada. Sacó un papel, se caló los lentes y leyó con pausa bajo la bombilla. Quedó luego con la hoja entre las manos mirando al frente. Dio un paseíllo muy despacio y volvió junto a la silla. Guardó las gafas y el papel. De nuevo empezó a dar paseos con las manos atrás. Colgadas del cinturón del pantalón, sobre los riñones, llevaba las esposas niqueladas. «Adolfo García, Adolfo García», repetía, mirando al suelo. ¿Dónde había oído él aquel nombre que estaba en su lista de «rubias»? Lo había oído otras veces referido al caso de las Sabinas. ¿Sería la arterieesclerosis? ¿Dónde había oído él aquel nombre? «Adolfo García, Adolfo García». Juraría que la última vez que lo oyó fue aquella noche después de salir de su despacho. Aquella noche, después de apuntar en su despacho que el chófer de la «rubia» que conducía el Rosario, era Adolfo García. ¿Lo dijo la Monje? ¿O fue el Monje? En aquella sesión en el portal de la casa de los Monje, de alguna manera había sonado el nombre de Adolfo García. De pronto le dio un arrebato y con toda precipitación se puso la guerrera, se ciñó el correaje, caló la gorra y salió. —¿Pero te vas otra vez, Manuel? —Vuelvo al contao. Y salió apretando. —Este hombre se va a volver loco, Dios mío. Si es mucha faena para él. Si el pobre ya no está para tantos trotes… Te digo que… —rezongó la mujer. Calle adelante, bajo las luces, se veía a Plinio alpear a una marcha más acelerada que de costumbre. Un buen rato después paraba junto a la puerta de los Monje, en la calle de Don Quijote. Era ya muy tarde y no pasaba nadie. La casa estaba totalmente oscura. Tomó el llamador y cuando iba a golpear presintió una sombra en el callejón inmediato. Dejó caer con tiento la aldaba, sin que golpease, y echó a correr hasta el callejón. La sombra resultó ser un hombre que, sorprendido, corrió un poco y acabó ocultándose en el hueco de una puerta. Plinio fue hasta allí. Como suponía, era Bolado. Estaba pegado a la puerta, con las manos sobre el pecho. —¿Qué haces aquí? —¿Qué hay, Jefe? —respondió con voz alterada. —¿Qué haces aquí? —Vigilar. —¿Vigilar, el qué? —No sé. Espero que pase algo. Que la traigan. Salió hasta la acera y sacó su cajetilla de rubio. —¿Qué le dijeron los padres de Clotilde? —preguntó ya con naturalidad. —Nada, suponen lo mismo que tú. —¿Por qué me lo ocultaron? —Ya sabes cómo son. Tenían la esperanza de que todo se arreglase sin escándalo. —Ya. Y meterme gato por liebre. —No seas así. ¿Qué culpa tiene la pobre chica? —Sí, pero yo hay cosas por las que no paso, tenga la culpa o no. —Anda, siéntate aquí —le dijo Plinio señalando el bordillo de la malísima acera—. Qué antiguo eres, Bolado. —Cada uno es como es. Y todos preferimos que en nuestra comida nadie haya metido el moje antes que nosotros… Y si eso pasa con la comida —añadió muy cargado de razón— cómo no va a pasar con la mujer propia… ¿O es que a usted le hubiera gustado casarse con una ya pasada por la piedra? —… Bueno, dejemos eso. —Dejao está. —Oye… ¿A ti te habló Clotilde alguna vez de un tal Adolfo García? —¿Adolfo García?… Sí, hombre, sí; es ese chalao de las Caballera, que en tiempos pretendía a Clotilde. —Ah, ya… —Se puso tan pesao que tuvieron que avisar a la Guardia Civil. Eso fue hace tres o cuatro años. —Pero yo no lo conozco, o creo que no lo conozco. —Es uno muy palidete, que mira así como de reojo y suele ir mucho al bar Juanito. —No caigo. —Cuando era soldao, en Carabanchel, tuvieron que llevarlo a un manicomio. Desde hace tiempo parece más tranquilo, pero según la cuenta dice muchas chorradas. —¿Y por dónde viven éstos? —Son de Pedro Muñoz, pero llevan aquí desde la guerra, según dicen. Y yo creo que viven por la calle Mayor, muy cerquita del canal, en una casa nueva. —¿Y a qué se dedican? —Tienen viñas y hacen portes pequeños… ¡Coño!, ése que le dio hoy el ataque en el Ayuntamiento es el que les lleva la furgoneta de los portes. —Ya. —¿Es que sospecha usted algo? —No. Pero que tus suegros me han mentado ese nombre y no me acordaba a cuento de qué. —Es un chalao… Ése no creo que sea capaz más que de mirar a las mozas desde largo y luego pasearles la calle.

O, a lo más, escribirles cartas. Al cabo de un rato de charla, Plinio consiguió que Bolado marchase a dormir y él volvió a su casa, no más tranquilo que salió. En la puerta de su casa ya no quedaban más que «sus» mujeres, que lo aguardaban. —Siéntate un poquito aquí con nosotras, hombre —le dijo su hija. Manuel, sin decir nada, se sentó en una de las sillas que las vecinas dejaron vacías. Y hablaron de cosas pequeñas y de reír. Pero Plinio seguía dándole vueltas a la cabeza: «Adolfo García, Adolfo García, Adolfo García». —¿Pero qué entredice usted, padre? —le preguntó la hija al oírle musitar. «Otra vez, antes, he oído yo este nombre de Adolfo García. ¿Dónde ha sido?». En un descanso de la conversación, deshilada de por sí, Plinio se levantó y empezó a dar paseíllos cortos por las carrilladas, ante su mujer e hija, que seguían sentadas. —Padre no se puede dormir — comentó la hija en voz baja. —Ya lo veo, ya. —Va a pasar la noche del siglo. —¡Qué ganas tengo de que acabe todo este lío! —Madre, se me está ocurriendo una cosa. —¿Qué? —Sacarle un cafetillo con leche, que ya sabe que le gusta antes de acostarse, y echarle una pastilleja de ésas para dormir que le mandaron a usted cuando los insomnios. —Muy bien pensao, pero échale media nada más, que si no se despierta mañana a media tarde. —Muy bien. —Manuel, ¿no te acuestas? —Sí, en seguida. —¿Te preparo el cafetillo con leche? —Sí. —Anda, hija, hazle el café a tu padre. «Dónde he oído yo este nombre, Dios mío… A mí no se me olvida casi nada, ¿por qué me ocurre esto?». —Hale, vamos dentro, que ya es muy tarde —le pidió su mujer al tiempo que entraba las sillas. —No tengo más remedio que despertar a don Lotario —dijo de pronto. —¿Pero es que te vas a ir otra vez, Manuel? —No, es para preguntarle una cosa que deseo saber. —Déjalo para mañana. —No, hasta que no lo sepa, no duermo. —Aquí tiene usted el café, padre. Plinio lo movió con aire distraído y empezó a dar sorbitos.

Madre e hija se miraron. La mujer con cara un poco de guasa. La hija apretando los labios y vigilando de reojo si el guardia apuraba la taza. Cuando concluyó la toma, se limpió con el dorso de la mano. —Estoy pensando que a lo mejor está don Lotario todavía en el Casino… No han dado las dos. —Prueba a ver. Mejor que despertar a aquellas gentes. —Oye, Perona —se le oía decir al teléfono—. ¿Está ahí don Lotario? —Está con Braulio, esperándole desde las once de la noche. —Dile que se ponga. —Le advierto, Manuel, que Braulio ha estado sembrao contando cosas de la guerra. —Me lo figuro. —Ha sido troncharse. —Ya me contarás. Que se ponga don Lotario. —¿Pero dónde paras, Manuel?, que nos estamos cayendo de sueño —sonó la voz del albéitar. —Menos cuento, que ya sé que Braulio ha echado un buen discurso. —Sí… Pero esperándote. —Oiga usted: ¿le suena que hayamos mentado estos días a un tal Adolfo García Caballero? —Ahora que lo dices… Me suena, pero no sé de dónde ni de qué. —Igual me pasa a mí. Bueno, pues haga usted memoria para mañana —yo ya estoy en casa— y me lo dice. —¿Te urge mucho? —Hombre, me gustaría localizarlo cuanto antes. —Descuida que voy a ver si doy con ese recuerdo. —Vale. Mañana espero su recuerdo… si brota. Hasta mañana entonces. —Hasta mañana, que descanses… ¿Dices Adolfo García? —Sí. Plinio se apartó del teléfono con la boca abiertísima y caidones los párpados. —Hale, padre, a la camita. —Hasta mañana, hija mía. Cuando Plinio estaba casi desnudo, sonó el teléfono. Se puso su mujer. —Manuel, Manuel… —Está acostándose. —Es un segundo nada más. La mujer estaba indecisa. Pero Plinio oyó el teléfono y llegaba en calzoncillos, pisando muy blando y esforzándose por abrir los ojos. —Es don Lotario, Manuel. —Dígame usted —preguntó reclinando la cabeza sobre el auricular como si fuese una almohada. —Nada más sentarme me he acordao. He consultado mis notas y, en efecto, no me equivoco: Adolfo García es uno de los pretendientes de la Sabina. ¿No te acuerdas que nos lo dijeron aquellas vecinas que viven enfrente? —Sí… sí… —¿Algo más? —Mañana, a las ocho, venga usted… con el coche… La mujer le tuvo que colgar el auricular. Entre las dos lo acabaron de desnudar y echaron en la cama. —Creo que hemos hecho muy bien, madre. —Sí, pobrecico. Las dos mujeres apagaron las luces de la casa, cerraron bien la puerta de la calle, echaron los gatos al corral y marcharon a la cama. La luna daba sobre el patio de Plinio corporeando la parra, la higuera y el pozo. Sonaba un grillo y las estrellas, siempre limpias, se quedaron dueñas absolutas de aquel patinillo rural. Don Lotario no pudo llegar al día siguiente hasta las nueve de la mañana. La mujer de Plinio hacía los desayunos y la hija barría el piso de cemento del patio. —Buenos días. ¿Y Manuel? —Durmiendo —dijo la moza. —¿Durmiendo Manuel a las nueve? —Sí, don Lotario. El pobre se acostó muertecico, ya sabe usted a qué hora. —Pero tu padre, aunque se haya acostado una noche, no muerto sino con la autopsia hecha, antes de las ocho ha estado de pie. —Pues ya ve usted… —Este Manuel cada día es más joven. Anda, llámalo. No fue fácil hacer vivo a Manuel. Al hombre le chorrearon los bostezos durante un rato muy largo después de ponerse los pantalones y calzarse los zapatos. Hasta que no se lavó con agua bien fresquita y se tomó un café doble no volvió en sí.

La mujer y la hija procuraron que no saliese con don Lotario hasta no verlo bien despejado. Después del segundo café, éste con leche y churros, y de encender el pito, ya fue otro hombre. Se le notó en la cara el momento en que las ideas y recuerdos volvieron a su cerebro. Los ojos tomaron su brillo habitual y el gesto el semeje de siempre. Se presentó en el patio hecho un hombre. —Buenos días, don Lotario. —La primera vez en mi vida que te veo levantarte tan tarde. —¿Pues qué hora es? —Las nueve, largas. —Qué barbaridad. Pues vamos, que hay faena. Y luego de darle las últimas chupadas al cigarro marcharon a la calle. —Me he notado yo esta noche un sueño muy pesado… Ya va estando uno muy viejo, coño. —Pero cuanto más viejo, menos se duerme. Es la ley. —Pues estaré más joven. —Eso sería fenómeno. Bueno, ¿dónde vamos? —A ver cómo está de su ataque de epilepsia el Rosario. —¿Sabes dónde vive? —Sí. Calle de los Carros. Al principio. En marcha. —Pues en marcha… ¿Tienes luz potente sobre el caso? —Tengo reflejos nada más. —Pues me valen. Como un cohete a la calle de los Carros. Tirando. —Tirando, maestro. De camino le explicó Plinio a don Lotario sus diligencias monjiles de la noche anterior, conversación con la sombra Bolado y su leve esperanza de que el Adolfo García, pretendiente juntamente de la Sabina Rodrigo y de la Clotilde Monje, pudiera ser la clave de aquel laberinto de raptos mujeriles. —Le digo a usted, don Lotario, que como me falle este palpito (que dicho sea de verdad no es muy elocuente), me voy a quedar tan limpio como estaba al principio… ¿Usted conoce a ese Adolfo García Caballero? —Al padre, sí, pero del hijo no me acuerdo. Claro que uno no se fija mucho en los jóvenes. —Me pasa lo mismo. Tengo una vaga idea, pero temo confundirlo con otro que, si no recuerdo mal, es sastre. Al principio de la calle de los Carros casi esquina a la de Oriente había un casutín con portada verde, barda bajísima y una ventanuca de tronera. Ni la cal ni el temple habían posado sobre aquel tapial hacía muchos años. Según las referencias vivía allí Rosario el epiléptico, chófer y furgonetero de Adolfo García Caballero, hijo de la Caballera.

No hizo falta llamar porque la portadilla estaba abierta. El patio, muy pequeño, un gran tinajón, macetas sin plantas y una mañana de gatos que salió rauda al oír ruido. Se notaba mucho abandono. Latas oxidadas, papeles viejos y basuras había por todas partes. —¿Quién hay por aquí? —gritó Plinio. Nadie contestó. —¿Quién hay por aquí? —gritó el veterinario poniéndose las manos de bocina. Respondió parejo silencio. Sin embargo, alguien había, porque de la puerta de la cocina, cubierta con una cortina de arpillera, salía humo de fritanga. Fritanga de aceite quemado que olía a demonios. Plinio levantó la cortina de saco. La cocina era una nube de humo de aceite chicharrón. Reclinada sobre el fuego bajo con chimenea de campana, una mujer muy vieja, defendiéndose como podía de la jumera, revolvía algo en una sartén. De luto hasta los pies, con un pañuelo del mismo color hecho gorro, tosía y carraspeaba mientras movía el cucharón, sin advertir voces ni presencias. —¡Hermana! —le gritó Plinio con tal voz que la que guisaba, que era sorda mineral, como si hubiera oído un ruidete volvió la cabeza lentamente y miró hacia la puerta con los ojos destripados por el humo, la boca abierta y sin la más remota señal de dientes ni labios. Tampoco debía de estar bien de ojos la pobre vieja, porque miraba inexpresiva, sin acusar el menor recibo. Plinio pasó, tosiendo también y se le plantó delante. —Hermana, ¿no me ve? —¿Qué quieres, qué quieres? — chicleó al fin con voz sumida. —Hablar con usted —le voceó junto al oído. —¿Hablar?… Pues habla. —Pero salgamos al patio, que aquí hace mucho humo. —¿Sí? —Pues claro que hay humo. Menuda zorrera. —Bueno. Pues sí lo habrá, cuando tú lo dices. Y temblando, apartó la sartén, donde se carbonizaba un trozo de tocino. Plinio la ayudó a levantarse de la silla, propósito que no consiguió la vieja al primer intento, y la sacó hasta el patio. —¿Quién eres tú? —preguntó la vieja al Jefe tocándole la guerrera. —Un policía. —¡Ah! ¿Y éste? —Otro policía. —Ah… Pues a simple vista me pareció el veterinario. ¿Y qué queríais? —Ver a Rosario. —Rosario no vive aquí. Es mi nieto. Pero no vive aquí desde hace meses. —¿Pues dónde vive? —En eso que llaman la frontera. —Ah, ya. —¿Qué es eso de la frontera? — preguntó don Lotario al Jefe en voz más baja. —La zona donde están las casas de furcias —respondió, también a voces, como si siguiera con la vieja. —Eso, eso, en una casa de putas vive. —¿En cuál? —En la de la Regalito. —¿Quién es la Regalito? —¿Y tú eres guardia y no la conoces? —Debe de ser nueva. —De hace unos meses. No es casa de pendones de carrera. Dice mi nieto que allí sólo barajan putas caseras. Muy de tapadillo, sabes. Rosario es chófer, pero vive allí para cubrir el tráfico. —Pero ¿quién es la Regalito? —Una andaluza con gafas, muy culona, que está de encargada, porque la dueña, dueña, aunque no aparece, pero gobierna, es la Mirla. ¿Sabes quién te digo? Braulia la Mirla… Que siempre ha sido muy jodedora ella. Y lo debía de hacer muy bien la mujer, porque hay que ver qué parroquia tuvo… Y ahora, como ya es vieja, pues que se dedica al cultivo de las ajenas. Es muy lista la Mirla. Y que tiene muchos cuartos, dice mi Rosario… Sí, y mi Rosario también gana cuartos. Fíjate que me va a comprar un hornillo de petróleo. —Qué tío rumboso —masculló don Lotario.

Plinio se había quedado tan perplejo que ya ni preguntaba. —¿Qué te pasa, Manuel? —le preguntó el «vete» en voz normal. —Que se cree uno listísimo y no se entera de nada… La Mirla tiene una casa y yo sin enterarme. —Tiene dos. —Ya, ya. —Tus guardias, que no te informan. —Alguien estará chupando de ahí… —Así que me regale el hornillo de petróleo, por lo que tú dices —seguía la abuela—, yo sigo con el fuego de cepas, pero sólo para calentarme, ¿tú me entiendes? Que guisar, guisaré en mi hornillo. Y también he comprao dos sábanas. A mí no me gusta mucho el olor del petróleo, pero se guisa mejor. Cuando serví en casa de doña Liria, me regaló otras dos sábanas. Un poco pieceás, eso es verdad, pero en buen uso. Lo peor del hornillo de petróleo es que hay que echarle petróleo, pero ha dicho mi Rosario que me lo va a traer él. Pues yo estaba en que usted era el veterinario. Es que claro, no veo bien. Pero ahora caigo en que el veterinario se murió ya. La cabeza también me falla mucho. —Ya se nota —dijo don Lotario muy serio. —Me falla mucho. Muchas veces creo que no me meo y sí me meo. Y creo que uno no se ha muerto y sí se ha muerto. —Y otras veces cree usted que uno se ha muerto, y no se ha muerto —le voceó Plinio. —No, eso no me pasa nunca. Cuando creo que se ha muerto, es que se ha muerto, y cuando creo que no se ha muerto, a lo mejor se ha muerto… Pues sí, hace ya dos años o tres que me iba a regalar el hornillo de petróleo, pero se le olvida los días que viene… Y tú, policía, ¿cómo te llamas? —Manuel González. —Ah, sí. El que era un buen policía era Plinio. Pero ése también se murió cuando la guerra de los alemanes. Lo trajeron de Rusia en una caja muy rara. Los dos de la justicia empezaron a reírse muchísimo. —No os riáis que la caja era muy rara. Fue mucho gentío. Y el muerto estuvo dos noches presentado en la Casa del Pueblo, que estaba ahí en la casa de doña Rita. ¿No sabéis? Fue un entierro muy sonao. Fueron todos los milicianos con sus monos y sus escopetas. Y encima de la caja le pusieron, decían, una cruz de hierro, pero yo sólo vi una cruz muy chiquita con la hoz y el martillo… A mi hijo también lo mataron en la guerra y lo pusieron en la Casa del Pueblo —dijo con tono muy grave—, el padre de Rosario, ¿sabes? Pero la caja de mi hijo no era tan rara como la de Plinio… Ése sí que me hubiera regalao al contao un hornillo de petróleo… Y cayó una lágrima por las mejillas de la abuela. —Ése sí que me habría traído el hornillo pronto… —Bueno, abuela, siga usted con su frito que nos vamos —le dijo Plinio dándole una palmadita en el hombro. —Bueno, andad con Dios… y tened cuidado con los autos. Don Lotario y Plinio, antes de arrancar al «Seiscientos», pasaron un buen ratillo comentando las palabras de la vieja. —Total, que somos un par de fiambres —dijo el veterinario metiéndole la primera al coche. —Entonces, Manuel, ¿vamos a casa de la Regalito? —Yo no sé dónde está… Vamos a casa de la Olga que nos informe. —Pues vamos… Como somos de la justicia, nadie pensará mal. Y si fuésemos jóvenes, con el conqui de la poli podíamos armar muchas francisquillas imponentes. —A mí ya sabe usted que nunca me gustaron las del oficio. —Hombre, algunas caseras no están mal. —Ni caseras ni callejeras. Nunca me tiró la ingle de pago. Como los puteros cualificados, llegaron a la casa de la Olga, pararon el coche ante la portada de hierro, y dio don Lotario dos golpes suaves de claxon. En seguida se movió una persiana y al poco se abrió la puerta corredera de hierro con gran sigilo. Quien abría era la Macedonia, horizontal de viejos servicios pobretones en Tomelloso, que ahora hacía de guardesa de lechos y cobradora de casquetes. Gorda, pelirroja y con gafas negras, hablaba con un desparpajo graciosísimo. Nunca decía que era del pueblo sino de Muñera y de oficio comadrona, pero que la echaron de allí porque quiso sacar una criatura con un hurón, en vez de fórceps. La Macedonia, al ver a los del Ayuntamiento, sacó una risa de pez muy indecisa. De todas formas, una vez que entró el «Seiscientos», cerró la portada con prudencia, como si de clientes corrientes se tratase, y les pasó a la gran pieza, donde «hacía salón» el meretricio y putañería, caseras de colegiación acreditada. —Menos mal que se le ve por esta casa, Jefe —dijo, ya algo más encajada. Les ofreció asiento y una copa, que los hombres no aceptaron, y sentándose a su vez quedó en espera de que los visitantes dijesen su mandado. —Oye —rompió Plinio—, ¿dónde está la casa de la Regalito? —Ahí, en la calle de la Alegría. Junto al corralazo de Funesto Machote, el de las lentejas. —Ya. ¿Y desde cuándo está abierta? —Hace muy poquito. Pero debe de estar bien amarra. Debe de untar muy a gusto al vecindario, que yo lo sé cierto, con vestidos, puros y garrafas de mistela, porque todos parecen taparla. Aparte de que no quiero hablar, pero me parece que alguien gordo protege y se hace el longuis… Porque no hay derecho que a todas las casas acreditadas del pueblo nos hagan cerrar a las ocho de la noche y ésa, por su linda cara, tenga tráfico hasta que amañana… La Olga, que por cierto está en Benidorm, a un concejal amiguete ha llegado inclusive a ofrecerle veinte mil duros para que paguen el fichaje de un futbolista, como ahora los alcaldes están tan animaos con el fútbol. Pero nada, no han querido ni por el fichaje. Que como ella dice, dejándonos abrir nada más que hasta las doce de la noche, eso lo sacamos en dos patás. Sin embargo, a la Regalito, Jefe, sin pagar fichaje ni ná que yo sepa, pues con los cierres sin echar toda la noche. Y eso no es decente, Jefe, porque la mocedad se muere de ganas. ¿Ustedes saben los batallones que vienen por estas casas desde que anochece? Y al decirles que no podemos abrir después de las ocho empiezan a berrear e incluso a tirar piedras. «¡Olga, Olga!», gritan. «¿Es que quieres que nos hagamos maricones? ¡Abre, que nos llega el licor a las patillas!». Ustedes no saben. Vocean como los soldados cercados en la guerra… Los hombres necesitan verterse como sea y hay que tenerles dispuestas las cosas para las horas Ubres… Que hasta las ocho sólo pueden venir los señoritos, como siempre. Y en la fornicación, que es un bien general, debe haber democracia libre, porque si no… va a haber que hacerlo por correspondencia… El otro día me dijo un pobre muchacho que sólo puede venir los domingos, que soñaba con majanos de tetas y bosques de pelo. Ya digo, una lástima. A ver si usted, Manuel, que es muy corriente, pone influencia para deshacer esta injusticia. Que no haya favoritismos, y que trabajemos a todo gas, porque si no la gente joven va a acabar robando mozas, como ahora ha hecho alguno… —¿Y quién es la dueña de la casa de la Regalito? —No lo sé. Dicen que la Mirla, pero yo no lo sé. Ahí entran menores y ella se lleva la mejor fruta del pueblo. —¿Y el Rosario qué hace allí? —De recadero… para poner el tocadiscos… A ciencia cierta, no lo sé. —Muy bien, Macedonia. Gracias por tu información. —¿De verdad no quieren ustedes una copita? —No, ya vendremos más despacio. —Pues hale, a mandar.

Sacaron el «Seiscientos», previa apertura de la puerta corredera, y salieron para la calle de la Alegría. La casa de la Regalito era, al menos por fuera, de menos apariencia que la de la Olga. No había puerta para coches, pero el interior, aunque más pequeño, estaba mejor puesto. Por un estilo del cuartillejo de la misma dueña situado junto a Cinco Casas. Se notaba que había intervenido la misma mano —que no podía ser la de la Mirla— en la decoración de la mancebía. La Regalito, que se levantó a abrirles con cara de sueño, ni era gorda ni tenía gafas como dijo la abuela del Rosario. En este punto debía de estar tan trascordada como en lo tocante a guerras, muertos y vivos. La Regalito, totalmente nueva en la plaza, toma del frasco —como dijo luego don Lotario —, era venezolana. Tenía una pizca de india correosa y tristísima. Apenas hablaba y parecía escuchar por aquellos ojazos de cristal color ala de mosca que miraban fijos sin expresión alguna. Se cubría la mujer con una bata celeste muy larga y recibió a los visitantes con seriedad burocrática. Los aposentó en un gabinetillo de cales, alacenas, muebles castellanos y lámpara de hierro. Sin pedirles parecer les sirvió una copita de anís dulce. La venezolana Regalito tenía pesquis para los gustos de la parroquia. Ella se sirvió otra copa que dejó reposar un buen rato y luego se bebió de un trago, con furia nada pareja a sus ademanes parsimoniosos. —Veníamos a ver a Rosario, que ayer le dio un ataque en el Ayuntamiento. —Muy bien. Pero no se movió. Se hizo un silencio. —Oye. ¿Quién es la dueña de esta casa? —Una servidora. —¿Seguro? —Seguro, Jefe. —Me han dicho que no. —Pues le han dicho mal. —Bueno, eso ya lo averiguaré cuando importe. Vamos a ver a Rosario —repitió Plinio puesto en pie. —Muy bien. Y siguió sentada, inmóvil. —¡Venga, vamos! —¿Y para qué quieren ustedes ver a Rosario? —Ya te he dicho que porque está malo y para preguntarle unas cosas. —Está mejor. —Bueno, pues vamos. —Iré yo, si no, a darle el aviso. Y siguió quieta. —No, vamos ya. Y tomándola del brazo la levantó del asiento. Y al echar a andar se dieron cuenta de que andaba de manera rara, vacilante, laxa. —Está drogada —le dijo don Lotario al oído. El Jefe hizo un gesto de extrañeza. Y luego también en voz baja: —¿Drogas en Tomelloso? La Regalito, que iba delante, perezosamente volvió la cabeza al notar que hablaban entre sí. Y siguió despacio, sin dejar de mirarlos, con la cabeza vuelta. —Yo decía que esperasen un poco, porque Rosario está en la cama con una chica —aclaró al fin con palabras suaves. Y se detuvo con cara de lástima. —No importa, venga. ¿Cuál es el cuarto? Y levantó un brazo muy lentamente hacia el pasillo largo y penumbroso. —En la última puerta. Plinio se adelantó seguido de don Lotario. Probó a abrir. Estaba cerrada. Llamó con los nudillos. —¿Quién es? —respondió una voz de mujer con mal tono. —Abre, es urgente. —Voy… Todavía tardaron un poco. Por fin abrió una gorda despeinada y con morro de husmear. Plinio empujó la puerta hasta dejarse paso. A la luz de un ventanuco entreabierto se veía a Rosario el Sietemachos en la cama. Mostraba un pijama viejo y en su cara lechal barba de tres días. Barba negra, vertical, alámbrica. Tal vez erizada por temor a la visita que vio encuadrarse en la puerta. Rosario miraba al guardia y al veterinario con sus ojos de botón negro.

La gorda, su concamera, en camisón arrugado, luego de abrir reculó con la mirada borrega y ambas manos sobre el brocal del escote. Quedó pegada a la pared y al aire unas rodillas equinas. Plinio entró, miró a uno y a otra en silencio y con aire natural, sin decir palabra, se sentó en la cama, junto al Rosario, que se rebulló un poco para dejarle sitio al guardia. Manuel dominaba la técnica del silencio. «Imponer con el mutis», como decía don Lotario. Sacó los «Celtas» de servicio y con mucha pausa le colocó un pito entre los labios al Rosario, que lo recibió, dicha sea la verdad, sin entusiasmo alguno y sin desfijar sus ojos del Jefe. Largó otro «Celta» a don Lotario, que aceptó, y otro a la barragana en camisón, que no lo quiso, porque, según se excusó con voz distraída, «no usaba del negro». Plinio, al dar lumbre al encamado, le tuvo un ratillo el mechero encendido frente al cigarro, mirándole mientras hasta el fondo ultísimo de sus cuévanos. Cuando le dio lumbre y se prendió él mismo, siguió mirándole muy fijo y con aire maestoso le echó el humo en la cara. «A Manuel no le gustan las chulerías, pero sabe que entre determinado personal dan dominio y aculatan al sospechoso», pensó el albéitar. En efecto, Rosario el Sietemachos bajó los párpados como acosado. Plinio, para estrechar el cerco, se recalcó en el asiento y ocupó más colchón. El Rosario, humillado, se torció hacia la pared. —¡Habla! —le gritó el Jefe cuando nadie lo esperaba. El Rosario, asustado y con ademán inofensivo como si le hubieran levantado la mano, volvió los ojos entornados hacia la gorda de las rodillas asnales. Plinio vio que ella le prevenía con mirada fulminativa. Don Lotario, todo prevenciones, al ver que había estallado la tormenta, entró totalmente en el cuarto y cerró la puerta tras de sí, dejándose fuera a la Regalito, que hasta el momento, y entre umbrales, fue una espectadora desvanecida. —¡Habla, Sietemachos! —le insistió el Jefe agarrándole del cuello del pijama. Y el Rosario empezó a hipar con un temblequeo que recordaba su ataque de la noche anterior. —Él no tiene nada que decir —saltó la gorda incontinente. —¿Y a ti quién te ha preguntado? —Es un criado que hace lo que le mandan y cobra. —¿Qué cobra? La gorda pareció arrepentida de su demasía. —Don Lotario, vamos a registrar la habitación de arriba abajo, sin dejar un solo rincón. La mujer, instintivamente, dio paso hacia el armario de luna, con los brazos un poco alzados. Plinio la apartó, abrió el armario y empezó a rebuscar entre ropas revueltas y cajas de zapatos. Don Lotario miraba bajo la cama y en la mesilla. Rosario Doraba ya sonoramente con el rostro entre las manos. La gorda, ahora sentada en la cama, nerviosísima, se mordisqueaba un dedo y miraba al suelo. Plinio dejaba sobre una silla cuanto sacaba de los cajones del armario. Del último sacó una caja de bombones. La abrió: —Ya está aquí… Empezó a contar billetes de mil muy nuevos. —… Y veinte mil. Barato trabajas, macho. Bueno, vístete, que nos vamos todos a la cárcel.

La gorda se levantó con aire de resignación y cogió los pantalones de Rosario. Éste, con la cabeza caída, y ya sin llorar, miraba al embozo y suspiraba afligido. —¿Dónde estará ahora el Jefe? —No sé, supongo que en su casa. —¿Y ellas?… —se arriesgó Plinio, que todavía temía que las cosas fueran por otro lado. Rosario cerró los ojos y tragó saliva, como si al fin le hubiera hecho la pregunta definitiva, la que más temía. —En el bombo —silabeó al fin. —¿En qué bombo? —En el bombo de la viña de Adolfo. —¿Y la Mirla? —Un momento, Jefe —saltó intrépida la gorda—, la Mirla no tiene nada que ver en este negocio. Ni la Mirla ni nadie de esta casa… Ni yo, claro, tampoco. —Tú te conformabas con guardarle los cuartos al Rosario. La gorda calló. —Oye una cosa —dijo Plinio ya confiado y en plan más natural—, es una curiosidad: ¿cómo os las arreglasteis para robar a la Sabina Rodrigo? El Rosario pensó un poco y echó un reojo a la gorda, que parecía distraída. —Muy fácil. La fuimos siguiendo por los paseos de Circunvalación muy despacio. Ella iba muy mosqueá. Y cuando vimos que no venía nadie, subimos el coche a la acera para que no pudiera pasar, nos bajamos corriendo… y la metimos en la furgoneta tapándole la boca. Adolfo se quedó con ella detrás. Yo, en el volante, salí hacia el bombo. —¿Y tú crees que no os vio la Mirla, que pasaba por allí? Rosario, sorprendido por la pregunta, miró a la gorda como interrogando. Ella no se atrevió a decir nada, pero otra vez se le notó cara de susto. La pobre no estaba hecha para el disimulo. —Ella no tiene nada que ver en este negocio, como le he dicho —repitió en voz baja la gorda y mirando al suelo. —Yo no digo si tuvo que ver o no. Pregunto si los vio —y le volvió a coger del pijama—, porque sé muy bien que os vio. Os vio y se calló. Mejor dicho, contó las cosas de otra manera. ¿Qué tiene que ver la Mirla en esto? —Fue la única persona que nos vio —aclaró Rosario con gesto de dolor por la presión que le hacía el guardia. El hombre se esforzaba por aclararse aunque se le notaba muy débil y a veces se le iban los ojos o monosileaba en voz baja. —¿Y por qué no denunció el caso y además mintió? La gorda dio un suspiro sonorosísimo, que parecía querer decir: «parece mentira que pregunte usted esas cosas». —Le pagó Adolfo. —¿Cuánto? —No sé, pero más que a mí. —La Mirla siempre alcahueta. De lo propio y de lo ajeno —comentó Plinio. Y la gorda asintió de manera inconsciente. —Oye otra cosa, ¿y para qué quiere el Adolfo robar mujeres? Rosario movió la cabeza como dando a entender: «No es para contado». —El pobre está loco —dijo la gorda, ya más tranquila—, y un loco hace ciento. —Bueno, ya sé que está loco, pero para qué las quiere. La gorda no pudo evitar una sotarrisa de ésas que se llaman sardónicas. —Para poner un club en Madrid — dijo el Rosario como en monólogo. —¿Cómo? —preguntó Plinio en la cima de su asombro. —Sí, señor, que hay mucho chalao —empezó la gorda con el desgarre que debía de serle habitual—. Se le ha metío en la cabeza que las mujeres de Tomelloso son las más buenas del mundo y piensa que si consigue una colección bien elegida, y pone una casa con «club Naite» en Madrid, que va a hacer el negocio del siglo. Ya digo, un chalao… Lo que pasa es que este pobre está cogido por el Adolfo, que es un miserable, y como no lo tiene asegurao ni ná, si no lo obedecía lo echaba a la calle y lo dejaba sin comer. Porque ése está loco, pero es el tío más miserable del pueblo. A éste le tiene cuartos dados con recibo. Vamos, que lo tiene totalmente en sus manos. Y Rosario no tenía más remedio que obedecerlo. Eso es todo. —Qué barbaridad. Conque una casa de furcias y un club en Madrid con mujeres robadas en Tomelloso. ¿Qué le parece a usted, don Lotario? —preguntó Plinio, cuyo asombro lo había convertido en espectador desinteresado del tema—. Desde luego en esta vida no acaba uno nunca de aprender. —Todo esto parece de manicomio —comentó don Lotario con cara graciosísima. —No es que parece, es que lo es, señor don Lotario —replicó la gorda, ya en plan amistoso—. Nosotros somos unos pobres que nos hacen una falta espantosa las perras. —Pero se puede ser pobre y honrado —cortó Plinio— y no hacerle el caldo gordo a un loco, aunque sea rico. —Eso se dice muy presto… Bueno, señor Plinio —siguió la gorda ya en plan compadre—, ya que lo sabe usted todo, por Dios le pido que no mueva a este hombre de la cama, porque está, después de lo de ayer, que para mí fue de la impresión, que no se tiene, puede creerme. —Vale. Concedido. Pero ni moverse de esta casa. Ni moverse, ni recibir visitas. Tú me entiendes, joven. Os llamarán del juzgado, hoy o mañana. Alquiláis un taxi y vais. Procuraré que a éste no lo encierren hasta que esté un poco repuesto… O que lo lleven al hospital. —Pero si este pobre… —Este pobre, como tú y la Mirla, sois sus cómplices, eso está claro como la luz del día.

La gorda moqueaba. —Oye… —preguntó Plinio como si la idea le viniese de pronto—. ¿Y qué habéis hecho con las dos mozas en el bombo de los Caballero? —Yo, nadica —dijo el Rosario moviendo la cabeza muy triste. —Es que si haces algo, te mato. Ya se cuidará él —saltó la gorda, que resultó llamarse Virtudes, y por nombre de oficio, la Olimpia. —Tú, nadica… ¿Y el Jefe Adolfo? —Ése, no sé. —Ése, tampoco nadica —respondió la Virtudes muy cargada de razón—, porque yo sé que tiene la cosa muy chiquirrina y le da vergüenza ir con mujeres. —Mujer —se rió Plinio—, por chiquirrina que la tenga, como tú dices, algo podrá hacer el pobre. —Mire usted… me lo ha dicho una compañera que estuvo de criada en su casa y él quiso trajinarla. Tiene tal menudencia, que por lo visto es propiamente como un ideal de hilo de ésos de Hilaturas Fabra para ojalar. Si su mochalez, como yo digo, debe venir de ahí, de cuando se dio cuenta que era pitifino, que dicen fue cuando el servicio militar. Allí les vio a otros el instrumental corriente y se acomplejó lo indecible. Es natural… Oiga usted, ¿y nos pondrán mucha cárcel? —No creo. —Ay, Dios mío… y por tan poco hombre ir a la trena. Don Lotario, con la mano en el estómago, muy en silencio, eso sí, y con la otra apoyado en el piecero de la cama del Rosario, reía haciendo muchísimos ruidetes con las explicaciones de la Virtudes, alias la Olimpia. —Bendito Dios —dijo al fin, secándose las lágrimas—, y qué mañana más buena estamos pasando. —Sí, hombre, ustedes de juerga y nosotros al penal —comentó ella con las manos en jarras. —Bueno. Lo dicho, ¿eh? Sin moverse de casita hasta que yo les avise. Y esto es un favor personal. Nos vamos. Rosario se volvió a tumbar en la cama y tapada la cabeza con el embozo empezó a llorar con mucho hipo. —Calla, hermoso, calla —le consoló la Virtudes poniéndole las manos por el sitio de la cabeza. Sentada ante una mesa, el cigarrillo en la boca y haciendo solitarios, estaba en el salón la Regalito, con su cara de ausencia sin retorno. Al ver a los del Ayuntamiento, hizo ademán de levantarse, pero Plinio le dijo: —No te molestes, monería. Sigue con el solitario. Y ella, con la mayor indiferencia, volvió a sus cartas. Ya en el coche, Plinio guardó en la guantera la caja de billetes, y dijo a don Lotario: —Vamos primero a por el colaborador Braulio para hacer la descubierta en el bombo de los Caballero. Le va a dar mucho gusto. —Sí, que anoche con tu ausencia se quedó muy cabreao. —Vaya, vaya, con el Adolfo García. Qué negocios se inventa más originales. —Adolfo García, alias el Falín — dijo don Lotario con la risa tan renovada que no acertaba con el contacto. —Dice que como una cubilla. —Como una cubilla de ojalar. —Qué tamaño más raro. Encontraron a Braulio preparando las espuertas para la vendimia. En mangas de camisa y las manos mojadas, mandaba más que hacía a dos chicos sobrinos suyos. —Que está prohibido hacer trabajar a los chicos, Braulio —le dijo el Jefe. —Pues en lo suyo trabajan, porque como no me dé una locura y me lo gaste tó en pelucas, ellos van a ser los herederos. —Sí, tío —dijo el más pequeño con cara de gusto. —Tú calla y trabaja, leche, que todavía tengo mucha vida por delante. —Venimos a que nos acompañes, como colaborador que eres, para dar el golpe final en lo que tú sabes. —Yo ya no soy colaborador ni puñetas. Tuvimos muy mal empiece. A mí no me da plantón ni tú, que eres mi mejor amigo… Fíjate, me hizo esperar la primera y única novia que tuve… Una hora ná más. Y se acabó la historia. No volví a arrimarme a una mujer con miras matrimoniales. —Parece mentira que siendo tan listo como eres, seas tan terco. —Ni listo ni terco. Soy cabal. —Anda, vente, que no vas a ver en tu vida cosa tan buena como la que tenemos preparada. —Nada, nada, tengo que hacer y no puedo. —Acércate un momentico —le rogó don Lotario— que te diga lo que es. Y se lo llevó aparte, y en pocas palabras le contó lo del bombo de Adolfo García. —Hombre, eso promete —dijo pasándose la mano por la barbilla. —Ya sabía yo que no ibas a resistir tentación tan fuera de talla —comentó don Lotario. —Venga —urgió Plinio mirando el reloj—, son las once largas. —Pero Manuel, ¿tú con reloj de muñequera? ¿Cuándo se ha visto en ti semejante lujuria?… ¡Atiza! —añadió —, si parece un higo verde. Qué tío, cómo te estás pasando a los ye-yés, o como se diga. —Venga, venga, que estamos de servicio. —Bueno, muchachos, seguir con las espuertas que al contao vuelvo. Si acabáis antes, tiráis de la puerta y a comer a vuestra casa.

Se puso la chaqueta colgada en los ladrales de un carro, se aplacó un poco el flequillo canoso, caló la gorra y fue con ellos. Se detuvieron unos minutos en la puerta del juzgado para que Manuel diese cuenta al juez de cómo iban las cosas. Luego, Plinio llamó a Maleza para que les acompañase y tiraron hacia la calle Mayor. Cuando llegaron ante la puerta, Plinio dijo a los demás que esperasen en el coche para no hacer demasiado espectáculo. Llamó, y una mujer se asomó por la ventana. Habló Plinio con ella y en seguida volvió al coche. —Que no está. Vamos al bombo. —¿Eso está por allí, por Záncara? —Sí, antes de llegar. —Anda, Manuel, cuéntales a éstos lo del pizarrín del Caballero. —Oye, sí, seguir, que eso es troncharse —animó Braulio. Plinio narró con pelos y señales toda la diligencia de aquella mañana por la frontera, haciendo, claro está, especial hincapié en el nunca visto negocio que pensaba Adolfo García con la copericia del Rosario y la Virtudes, amén del chantaje de la Mirla, y concluir con sabrosísimas prosas sobre la pililísima de aquel hombre de tan desusadas empresas financieras. Carretera de Záncara adelante, entre risas y choteos solemnísimos, dejaron atrás el bombo de Menora, Pinilla, la casa de don Sergio, Guadiela, Sagastizábal, el Coto, Bodega del Sevillano, Casa de los Árboles, el Carril de la Moscarda (que lleva a Escarramán y Pocopán). Lejos: Corcóles. Aquél es campo raso, de llanura sin pliegues, muelas, gajos, motas y ni siquiera tetas que alzasen una cuarta el nivel del camino y de sus viñas aledañas. Por allí los autos corrían de verdad, sin más temor que la estrechez de la carretera. —Me ha dicho que no está el Adolfo en casa. De modo que vamos a por las chicas que tiempo hay de atraparlo. —Salvo que esté aquí cuidando el averío —siguió Braulio. —Ojalá. —Maestro albéitar, para ir al bombo de los Caballero tiene usted que meterse por el camino que vamos a encontrar en seguida, a la derecha, porque si no vamos a tener que caminar más que el andarín Valero, aquél que decía haber recorrido España, Portugal y parte de Francia a golpe de borceguí —indicó el filósofo. Y por el camino dicho terció don Lotario. Como a dos kilómetros se distinguía el bombo de los Caballero, que era de los más grandes y antiguos del término. Siguieron a toda marcha. —En la puerta del bombo hay un tío y un Seat «Ochocientos» —dijo Maleza que tenía la vista muy joven. —¿Y lo ves con esta polvareda? — le preguntó Plinio. —Lo vi antes de empezar la polvareda. —¡Qué tío! —Atiza —siguió Maleza aguzando la vista y con la mano sobre la visera—, el Adolfo ese ha montado en el coche y quiere huir entre las cepas. ¡Si será chalao! —Toma los gemelos que están en la guantera, Manuel. —Pero si ya llegamos, qué gemelos ni que… Frenó el «vete» junto al bombo y salieron todos vomitados del «Seiscientos». El «Ochocientos», a más velocidad de la que podía esperarse, caminaba entre dos hilos de cepas, rompiendo pámpanos, sarmientos y todo el follaje vínico. —Si no puede correr, vamos a por él —gritó Maleza que era el más ágil. Y echó a toda pierna entre los mismos hilos que avanzaba el coche Sin duda, al ver que lo seguía el cabo, apretó más la marcha, y antes de lo que todos pensaban chocó con una cepa y dio una vuelta de campana. —Se jodió el minicolita —exclamó Braulio. Pero no se jodió, porque antes que llegase Maleza a donde el coche estaba, el hombre salió de mala manera y siguió corriendo en la misma dirección que llevaba montado. —Atiza, si se arde el coche —dijo Plinio. En efecto, una humareda se elevaba del motor y sin duda debía haber llamas, porque en seguida se oyó una gran explosión y fue hoguera visible. El que corría, al oír la explosión, volvió la cabeza, tropezó al poco con una cepa y cayó de bruces. Todavía se levantó antes que le diese alcance Maleza, pero había perdido tanto terreno, que en un sprint final el cabo lo agarró por los faldones de la chaqueta. Y debió haber su poco de lucha, pues les pareció a los observadores que forcejeaban, pero tan breve, que en seguida apreciaron que Adolfo y el cabo venían emparejados en dirección al bombo. —Vaya, hombre, la primera vez en mi vida que he visto correr a Maleza — dijo Plinio con cara de satisfacción—. Y vamos al bombo a ver qué hacen estas pobres mozas. —Este delito —dijo Braulio— debe llamarse: «intento de comercio de blancas». —De morenas —aclaró don Lotario, que estaba impaciente por ver lo que había en el bombo de los Caballero. La puerta, pintada de verde —era uno de los pocos bombos cerrados—, tenía la llave echada. Su único respiradero era por el agujero hecho sobre la cúpula para que saliera el humo. —A ver si éste tiene las llaves. Esperaron unos segundos a que llegaran Maleza y el apresado. Venían despacio, jadeantes, empapados de sudor. El Adolfo, enterragado y con una cortadura larga, pero poco profunda, en la frente, de la que salía alguna sangre. Plinio lo reconoció en seguida. Era un jovencillo estrecho de cara y cuerpo. También era palidillo, como dijo el Bolado, y miraba con ojos que de pronto parecían inocentes. Venía el hombre muy contrito, derrotado.

Plinio le puso las esposas y registró los bolsillos. Llevaba una pistola pequeña y la llave grande del bombo. —Tenlo ahí, Maleza. Los otros dos siguieron a Plinio hasta el bombo. Metió la llave y abrió con dos vueltas. En el fondo, deslumbradas por la luz del sol, abrazadas, llenas de temor, sucias, despeinadas y muy pálidas, estaban las dos chicas. La Sabina y la Clotilde. —No tengáis miedo, muchachas — les dijo Plinio sonriendo. —¡Si es Manuel, si es Manuel! — gritó la Sabina, llorando y yéndose a abrazarlo. —¡Si es Plinio, Plinio y don Lotario! —gritaba entre lloros y gozos la Clotilde, echándose a su vez a los brazos del veterinario. —Venga, venga, señoritas, tranquilizaros. Lo importante es que estáis buenas y sanas —les recomendaba Braulio, que estaba entre ambas parejas sin abrazo que llevarse a los hombros. Las pobres lloraban sobre sus salvadores con histérica mezcla de risas y lágrimas. En el suelo de tierra del bombo había sacas de paja, mantas, restos de comida y varias velas metidas en botellas. «Las chicas no olían bien, ésa es la verdad —como luego comentó Braulio—. Llevaban muchos días sin lavarse las carnestolendas y sabido es que la mujer se deteriora en seguida y aguanta poco sin agua. Le pasa igual que al perejil. El hombre resiste más la naturaleza. Pero la hembra tiene muchos pudrideros». Las pobres, después de los abrazos, respiraron con ansia, pero en seguida que repararon en Adolfo, que tenía a prudente distancia y maniatado el cabo Maleza, como puestas de acuerdo, pugnaron por ir hacia él. Las sujetaron sus libertadores, y a falta de bofetadas, empezaron a decirle al pobre todos los tacos maestros, de madre, padre y partes pudendas, desvíos y cuernos que encierre el lujurioso vocabulario español a la hora de degradar al prójimo. Como no cabían todos en el «Seiscientos», mandó Plinio a don Lotario que llevase primeramente a Maleza y al Adolfo García Caballero, y tornase en seguida a por ellos y las mujeres, pues le parecía imprudencia dejar allí al cabo con el detenido, no fuese a ocurrir cualquier cosa mala. Total, tardarían poco. Dijo asimismo a Maleza que mandasen aviso a la casa de las dos Sabinas de que estaban sanas y cerca. Cuando marchó el coche se sentaron los cuatro sobre una piedra que había junto al bombo. Lejos el «Ochocientos» seguía echando humo. Las mozas no tardaron en calmarse y pudieron responder a las preguntas explorativas de Plinio. Y comprobó el Jefe que la Sabina Rodrigo, a pesar del largo encierro y de la cochambre que la cubría, no había perdido su salvaje hermosura y, por supuesto, conservaba aquel vello en las piernas que tanto le removía. La Clotilde, de mejor ver por la brevedad de su clausura bombil, también dejaba entrever su risa picante y el guiñar de ojos prometedores, amén de las demás barandas del pecho y de la espalda, que tan en desacuerdo estaban con la severa regla y estética de sus padres, abuelos y aun se dice que bisabuelos Monje.

La Sabina decía: —A mí me trajo aquí, me encerró y sólo venía a traerme la comida. Él, la mayor parte del día, se la pasaba rondando el bombo, que yo lo oía a lo mejor toser o mover las piedras. Pero ni entraba ni me decía nada. Yo, claro, pensé que me quería para… otra cosa. Pero no me dijo esta boca es mía. Ni de eso, ni nada. —Y conmigo igual —abundó la Clotilde. —Bueno, es que si estando las dos intenta algo, lo enterramos ahí… Él nos tenía miedo. Desde que trajo a ésta nunca venía solo. Venía con el Rosario, ése que le lleva la furgoneta. —Oye, Sabina, ¿y cómo fue posible que te pudiera robar en tu misma calle y a pleno día? —Manuel, a mí no me cogieron en la calle. Yo iba por los Paseos y al pasar ante la portada del cercado de estos Caballero, que está en la esquina antes de llegar a mi casa, la Braulia la Mirla, que estaba en la puerta, me llamó. —Ángela María… Eso sí… —Y que me tenía que dar una noticia muy triste… Algo así como si se me hubiera muerto algún familiar. Claro, como ella es vecina, aunque ya sabemos todo lo que es, ante una cosa así yo entré. Cerró un poco la portada y apenas empezamos a hablar, salieron Rosario y el sinvergüenza ese de una rubia que había allí y, ayudados por la Mirla, me encerraron en ella y trajeron aquí. —¿La Mirla también? —No, ella se quedó. —No podía ser de otra manera — asintió Plinio mirando a Braulio. —¿Y el Rosario tampoco intentó nada? —No —dijeron ambas—, nunca venía solo. —¿Y no os dijeron para qué os querían? —preguntó ahora Plinio. —Sólo que en viniendo otras nos llevarían a Madrid. —Me lo juran y no lo creo —rezó Braulio—. Y es que la maldad humana es infinita. —… Y la bondad, también es infinita —le corrigió la Clotilde con mucho seso. —Eso está muy bien dicho… Por la carretera vieron que llegaba, hasta el comienzo del camino, el «Seiscientos» de don Lotario. El rapto de las Sabinas había llegado a su feliz término. Sin embargo, el caso del vizcaíno fingido y de las suecas lesbianas no tuvo su conclusión, estupenda por cierto, hasta bien entrado octubre. Cuando totalmente aclarado y publicado por toda la prensa española y extranjera el modo que tuvo la sueca rubia de matar a la morena, según propia declaración ante la policía de su país (que no la arrastró, como todos supusieron, sino que en un ataque de celos la arrojó del coche cuando iban a toda marcha). El retrato de Plinio apareció hasta en las revistas que siempre hablan de las bodas y los divorcios de los famosos, amén de la Soraya y de otros seres ficticios. Lo que nunca aclararon los suecos fue lo del saco de plástico.

Ante tan universal fama, el Gobierno español concedió a Manuel González, alias Plinio, la cruz del mérito policial, que le entregó en un homenaje popular el entonces gobernador civil de Ciudad Real, el mejor que ha tenido la provincia, José María del Moral, amén del título de comisario honorario, según rezaba en un papel grandísimo y color barquillo, que tenía muchas orlas, letras de colores y símbolos de la justicia. El Jefe, siempre acompañado de don Lotario, cuando ante más de quinientos comensales, en el salón grande del Casino de Tomelloso, se levantó a hablar, mejor dicho a leer, dijo un párrafo que este modesto cronista no quiere dejar sin darle espacio en la relación de sus hechos, nunca olvidaderos por los hijos de Tomelloso. Y era así: «Al fin y al cabo, señores, las mayores injusticias del mundo no las cometen los malhechores que solemos apresar los policías de cualquier cuerpo. Estos malhechores suelen ser pobres enfermos, seres maltratados por la naturaleza; o miserables con hambre de generaciones, que abandonó esta sociedad tan primitiva que todavía padecemos. Las mayores injusticias del mundo, las que causan el mal de legiones de criaturas desde la prehistoria, son obra de hombres y grupos de hombres que lejos de ponerse al alcance de los profesionales de la justicia, suelen poseer y enseñorear lo mejor del mundo». No les gustó a muchos comensales este parrafillo del Jefe Plinio, pero como era tan bien querido de todos, unos se lo perdonaron y otros dijeron, para su descargo, que el discurso no lo había escrito él sino este modesto relator que aquí firma y concluye. Benicasim-Madrid. Verano de 1968.



viernes, 13 de octubre de 2017

3ª Rapto de la tercera Sabina: la Clotilde Lara



Remate de las historias citadas y otros entremeses de sabrosa degustación. 

Cuando Plinio concluyó su parva cena: huevos estropeados y unas magras, para recalcar, se puso a dar paseos cortos por el patio y a fumarse el pito de la cama. Caducada la punta del cigarro, se estiró, bostezó y tomó la derechura de su alcoba en mangas de camisa y con el Acutrón al aire. —Otra vez suena el teléfono —dijo la mujer. —Voy, madre —gritó la hija desde el fondo de la casa. Plinio se quedó con el bostezo sin plegar y los brazos medio en cruz. —Padre, Maleza. —¿Otra vez? —Otra vez, padre. —Sólo falta que te dé saltón, como a los jamones. Ya no puedes con tanto, Manuel —le reconvino la mujer pesarosa. —¿Qué pasa? —Jefe, que está aquí un hijo de Eulogio Rosauro el Culovistoso, que quiere hablar con usted urgentemente. ¿Va ahí o viene usted? —¿De qué es? —No me lo ha querido decir. Sólo que es muy urgente… y que es muy urgente. Se le trasluce que está relacionado con el robo de la mujer. Dice que ha visto algo muy gordo. Y la verdad es que está como emocionado. —Bueno, pues que espere un poco que voy para allá… Me voy. —¿No decías que esta noche te quedabas en casa? Ya me extrañaba a mí. —Ea, cada oficio tiene sus reglas… y éste no tiene ninguna. —Cuando yo digo que ya no te falta más que te dé saltón… Se puso la guerrera y la gorra y salió a buen paso. Como el sueño lo vencía, bien pegado a la pared se metió en el San Fernando para tomarse un café doble… Pero rápido apareció don Lotario, que lo columbró desde su tertulia. —¿Qué pasa, Manuel? —Que me ha avisado Maleza que hay uno con muchas prisas. —¿Quién? —El hijo de Eulogio Rosauro, alias Culovisible. —Culovistoso dirás —rectificó el veterinario sin poder tener la risa. —Si es que estoy que me caigo de sueño y ya no doy pie con pelota. Pidió don Lotario dos farias y se fueron para el Ayuntamiento. El hijo de Eulogio Rosauro se llamaba Eufrasio, que tampoco es mal nombre, y tenía fama de listo entre sus prójimos porque se había leído tantas veces un manual de Historia de España que casi se lo sabía de memoria, aunque a veces se trucaba un poco y decía cosas tan peregrinas como aquélla de que «Colón había descubierto América con las tres velas…». «Sí, y con el cirio pascual», le replicó un chusco cierta vez. Y sin venir a cuento sacaba a plaza a Indíbil y Mandonio, a doña Urraca y a don Emilio Castelar, como si fuesen gentes que trataba mucho… Lo de Culovistoso le venía de un abuelo remoto que, según la tradición, así que se chispaba un poco se bajaba los pantalones y mostraba el trasero a la tertulia. El hombre presumía de la curva parte, aunque no era maricón, según se dice, porque debía de creer que la tenía hermosísima. Los testigos antañones de aquel espectáculo aseguraban que el culo de López no era peor ni mejor que los demás culos paisanos, pero fuera por darle gusto o tal vez por no atinar a decir visto por vistoso, Culovistosa fue la familia descendiente. —Estos pobres Rosauros —comentó un día Ángel García en el Casino— se han quedado con el culo de su abuelo a cuestas para toda la vida. Cuando Plinio y don Lotario llegaron al despacho, Eufrasiete paseaba nervioso. Al verlos entrar se puso contento y empezó a hablar súbito. Plinio, con sus pausas y labio escéptico, lo fue enfriando hasta congelarlo totalmente, cuando le dijo: —Anda, Eufrasiete, siéntate y empieza de nuevo, midiendo bien las palabras, que la noche es larga y la justicia paciente. Eufrasio, con las cejas juntas y la cara muy muerta, se sentó ante la mesa de Plinio y con las manos cruzadas sobre semejante parte esperó que le preguntasen por orden. Plinio tomó plaza en su sillón, se quitó la gorra, dio unas chupadas al puro y le dijo, al fin, con muchísimo reposo: —Vamos a ver, Eufrasiete, qué tienes que decirme. —Que he visto robar a otra mujer — respondió con tono seco, como enfadado. —¿Quién es ella? —No lo sé. —¿Que no la conoces? —Si la conozco o no la conozco, no lo sé. Lo que digo es que con la oscuridad no la distinguí —replicó con aire de decir «toma del frasco, Carrasco». —¿Dónde fue? —En mi calle. —Sigue, Eufrasiete. —Yo estaba asomado a la ventana de arriba, fumándome el pito del sueño, y vi que pasaba muy despacio y pegada a mi acera una furgoneta de ésas que llaman «rubias», color claro. Por la misma acera iba una mujer. Yo no reparé mucho en ella, pero de pronto se paró la «rubia», se abrieron las puertas de detrás, saltó un tío y junto con el que venía conduciendo, que le ayudó, cogen a la moza, le tapan la boca con la mano y la meten en el auto a empujones. El chófer cerró las puertas de detrás dejando dentro a la moza y al ayudante, volvió al volante y salió de pira… A la mujer no le dieron tiempo ni a gritar. —¿A ellos tampoco los conociste? —Mi calle anda muy mal de luces, ya lo sabe usted. —¿Y la matrícula del coche? —Seguro que era CR, pero en el número no reparé bien. Sí recuerdo que tenía un siete. —¿A qué hora fue? —A las once o así. Al contao que lo vi me vine pa cá. —¿No te dejas nada en el tintero, Eufrasiete? —No, señor. Yo soy leal, como Guzmán el Bueno. —Así debe ser, Eufrasio… Muchísimas gracias por tu información y si sabes algo nuevo me lo dices en seguida.

—Eso seguro —dijo ya más optimista Eufrasiete Rosauro el Culovistoso. Cuando marchó Eufrasio, Plinio quedó mirando a don Lotario con aire pensativo: —Continúan robando Sabinas, Manuel. —Vaya, sí. Plinio tocó el timbre dos veces y al punto acudió Maleza. —¿Qué hay, Jefe? —Oye, mañana temprano quiero la lista de todas las «rubias» que hay en el pueblo. —Atiza, Jefe, ¿es que va a elegir usted Miss Tomelloso? —De todas las furgonetas, camionetas o lo que sean, de ésas que llaman «rubias». El secretario te dirá quién te puede proporcionar la relación. —Vale. ¿Se va usted a dormir? —No. Cierra. —¿Qué piensas hacer, Manuel? —le preguntó don Lotario con los ojos entornados, como quien intenta adivinar. —Pensar, pensar, lo que se dice pensar, nada. Pero tengo así como una comezón. —Manuel, lo que tienes es tu pálpito famoso. Como si lo viera. Tengo ahí el coche. ¿Adónde vamos? —Al cuartillejo de la Braulia, y sea lo que Dios quiera. —Pues hale. A Roma por todo, como diría Eufrasio… Oye… ¿Y si la Braulia está aquí y el cuartillejo cerrao? —Vamos a pasar por su casa del pueblo, primero. Y andando, que el café me ha puesto los nervios de punta. Como el «Seiscientos» estaba aparcado junto a la glorieta de la plaza, todos los contertulios del Casino suspendieron sus pláticas vinatarias al ver salir a Plinio y al veterinario con tanta diligencia. —¡Ahí van los de la CIPOL, leche! —gritó Claudio Arrarte a sus amigos—. Como no anden listos nos van a dejar el pueblo sin mujeres. —No caerá esa breva —comentó otro. Plinio, ya en el coche, miró el reloj de la iglesia y comprobó si iba bien con su Acutrón. Don Lotario, que estaba a punto de arrancar, suspendió la maniobra y gritó casi fuera de sí: —Pero oye, Manuel, ¿tú con reloj de gobanilla, como dicen aquí? —Sí. Un Acutrón; de los astronautas, nada menos. —¡Qué bárbaro! A ver, a ver. Y Plinio se lo mostró y le hizo escuchar el pitido que daba en vez del tic-tac. —¿Y de dónde has sacado esta lechuga? Llamaron varias veces en la puerta de la Braulia y nadie respondió. Una vecina les certificó que estaba en sus viñotes. —Cuando lo vea Braulio verás lo que te dice. —Pues dirá que hay que tener un par de acutrones muy grandes para llevar este reloj. Cuando pasada la estación de Cinco Casas calcularon que estaban cerca de las fanegas de la Mirla, Plinio pidió a don Lotario que apagase las luces del coche. Así avanzaron un rato en segunda y al llegar a la altura del cuartillejo aparcaron el «Seat» en un barbecho y se aproximaron con sigilo. Llegaron hasta la trasera de la casa. Había dos coches parados. Dentro del cuartillejo se oían voces. Se filtraba la luz por las rendijas de las puertas y ventanas. Estuvieron un rato haciendo oído. Eran voces alegres, de hombres y mujeres. Debían de andar de juerga a lo grande. Sonaba un tocadiscos. Plinio le entregó la linterna al veterinario. —Vea usted la patente de esos coches, a ver de quiénes son. El veterinario, agachado como un guerrillero, avanzó hacia los coches. Se vio durante un rato zigzaguear la luz de la linterna. Y volvió, también agachado, como si el enemigo le disparase sin tregua. —No son del pueblo. Son de Valdepeñas. —¿Tomó usted los nombres? —Natural, Manuel, natural. ¿Y ahora qué hacemos? —preguntó un poco desilusionado por el aire tan poco misterioso de cuanto oían. —Pues entrar. Y sin más palabras, se llegaron a la puerta de la casa. Plinio golpeó con los nudillos enérgicamente. Dentro se hizo el silencio. Plinio tornó a llamar con el mismo aire de autoridad. —¿Quién es? —se oyó al fin la voz de la Mirla. —La policía. Abre. Volvió el silencio. Luego rumores y palabras cruzadas con sorda energía. Al fin oyeron abrir la ventana. Plinio, acercándose, enchufó la linterna. Era Braulia la Mirla. —Abre. —Oye, por favor, apaga eso y acércate un momento. Plinio se acercó. —Por Dios te lo pido, Manuel, no me desbarates el negocio. Son gentes de muchas perras las que tengo aquí, y si entras no vuelven. Te juro que son parroquia conocida y nada tienen que ver con lo que tú buscas. —Ábreme, Braulia. Me hago cargo de tu tráfico, pero vengo cuando quiero. —Manuel, por tu mujer y tu hija, no me hagas esta faena. Hablaban los dos con tono de confesionario, agarrados a la verja del ventanuco. —Que abras te digo, y sin mentar a los míos. —Manuel, hijo mío, por lo que más quieras. ¿Qué mal te he hecho yo? —Que abras te digo por última vez. —¡Manuel! —gritó de pronto el veterinario. En silencio habían abierto la puerta de la casa y entre la oscuridad, unas cuantas personas corrían hacia los coches. En la carrera derribaron a don Lotario, que gritaba desde el suelo. Plinio les enchufó la linterna y el revólver y disparó al aire: —¡Alto, alto! Los coches, sin encender, salieron por el caminillo levantando una gran polvareda. Plinio continuó disparándoles hacia las ruedas, pero no debió de alcanzarlos porque en seguida ganaron la carretera. —¿Se ha hecho usted daño? —Un poco, en el brazo… ¡Qué bestias! Pero no creo que sea nada importante. Fueron hacia la casa. La Braulia, llorando, había encendido las luces de fuera. Plinio entró sin decir nada y empezó a mirar con detenimiento. Había vasos y botellas por todos los sitios. Un tocadiscos de pilas. Las camas deshechas. Prendas de mujer. Bolsos y una humareda espesa de tabaco. Plinio fue amontonando todas las cosas que encontraba. —La que me has armao, Manuel. La que me has armao, para nada — reempezó la Mirla. —¿Quiénes eran? —Unos señoritos de Valdepeñas con sus amigotas, Manuel. ¿Quiénes iban a ser? —¿Ellas son del oficio? —No, Manuel, si lo fueran no tenían necesidad de venirse aquí. Una es extranjera. Deben de ser chicas bien, un poco putillas, eso sí, pero chicas de familia. —¿De dónde? —Ah, yo qué sé. No me huelen a manchegas. Todavía Plinio husmeó un rato más. —Bueno, Braulia, cierra la puerta y vente con nosotros. —¿A la cárcel, Manuel? Tendrás valor. —No, a tu casa. Pero durante días no te vas a mover del pueblo. Te voy a necesitar, ¿estamos? Y el cabaret este, cerrado hasta nueva orden. —Pero déjame que recoja un poco. —Ya he recogido yo todo lo que importa. Entre Plinio y don Lotario tomaron las prendas que dejaron los juerguistas y salieron con la Mirla, que no dejaba de rezongar. Cerró la puerta y fueron hacia el coche. A la mañana siguiente bien temprano, Plinio estaba solo en la oficina intentando poner en claro sus ideas. Acabó tan derrotado la noche pasada que no pudo hacerse un plan. El no haber sacado nada en blanco de la excursión al cuartillejo de la Mirla también lo tenía mohíno. «Eso de los pálpitos —se decía— a veces pueden ser gilipolleces. No puede uno fiarse… Claro que, a lo mejor, los pálpitos que le vienen a uno cuando está tan cansado, como me pasó a mí en la noche anterior, no son pálpitos ni ná», se consoló. «Hay que obedecer sólo a los pálpitos que llegan en estado lúcido». Desayunó sobre su mesa de trabajo y luego, cigarro tras cigarro, empezó a pasear arriba y abajo con el intento de ver si le cuajaba algo. Hasta aquel momento no había sido denunciado el rapto que vio Eufrasio Culovistoso desde su ventana. Nadie había venido a decir quién era la moza… ¿Y si no hubo tal rapto? Casi sin darse cuenta tomó el teléfono y llamó a Tomás Peinado, uno de los dueños de «la Hormiga». —Oye, Tomás, perdona que te moleste. ¿Tú has oído algo que merezca la pena sobre la muerta esa metida en un plástico que encontraron en tu finca? —No. Sólo sé lo que dice la gente. —¿No viste a nadie raro, que te llamase la atención? —No recuerdo. —Bueno. Perdona y gracias. De todas formas si recuerdas algo que pueda valerme me llamas. —Bueno, bueno. Luego revisó los nombres de los valdepeñeros que tomó don Lotario de las patentes de los coches. En los bolsos de las chicas sólo había objetos femeninos nada interesantes, a excepción de una carta escrita en inglés con letra femenina. Se asomó a la ventana de su despacho y vio que muy pancho, en su moto, con el casco rojo puesto, las cañas de pescar y una cesta en el porta, pasaba el de Zumárraga. El hombre iba tan serio y estirado como siempre. Tiró calle del Campo arriba, sin duda hacia Argamasilla. Plinio, nada más perderlo de vista, llamó a Alcázar, por si ya tenían nuevas de la dueña de la pensión Ondarreta. —Qué pesaos están ustedes con la de la pensión Ondarreta —dijo en tono de broma el agente que se puso al teléfono—. ¿Pero qué pasa? —Venga, suelta. —Esa señora llegó a Bilbao hace dieciocho años, porque se casó con un bilbaíno que se llamaba Ignacio Barrenengoa. Quedó viuda hace dos años, pizca más o menos, y marchó, parece ser, a Barcelona. Eso es todo, Jefe. ¿Algo más? —Muchas gracias. Abur. «Vaya, asunto de faldas, más o menos discreto, como yo suponía — pensó Plinio—. El de Zumárraga se lió con la viuda de su casi paisano… Una pensión en Tomelloso, sitio divino para despistar». Y otra vez —aquella mañana estaba telefonero—, casi sin pensarlo, llamó a la pensión Ondarreta. —Óigame, ¿pensión Ondarreta? Aquí del Quijohotel de Argamasilla. ¿Tienen habitación libre para un cliente? —¿Fijo o transeúnte? —preguntó la voz al teléfono. —Fijo, creo… para unos meses. —No, no señor. No admitimos fijos. —Muchas gracias. «No le digo lo que hay —volvió a pensar muy satisfecho. Pero de pronto se quedó parado y torció la boca…—. No me cuadra bien esta suma. Si ocurre lo que pienso, y de verdad él tiene la base de su trabajo en Barcelona, mejor estarían allí, más fácil es despistar en Barcelona que en Tomelloso…». Volvió a pasear por el despacho con la mano en el mentón. «Y él, desconocido en Zumárraga, según informaron. Aquí hay algo más». Sonó el teléfono. Era don Lotario, que deseaba saber si se había aclarado quién era la moza robada la noche anterior. La tercera Sabina, como decía él. Luego dijo que tenía que hacer unas cosillas, pero que pasaría a ver a Plinio a media mañana.

Entró Maleza con la lista de las furgonetas «rubias» que había en el pueblo. Plinio la repasó un par de veces con las gafas puestas e hizo dos cruces con lápiz junto a otros tantos nombres. Luego quedó pensativo. Por fin dobló la lista lentamente y se la guardó en el bolsillo. Por cierto que al hacerlo se encontró con las fotografías pornográficas de José Vicente. Como en aquel momento volvía Maleza con el nombre de los propietarios de dos «rubias» más que se había dejado en el bolígrafo, Plinio extendió la baraja de impudicias sobre la mesa. —Pero, Jefe; ahora, a la vejez, anda usted con estas vistas. Plinio, sin contestar, miraba una a una poniéndoselas muy cerca de los lentes. —¡Qué bárbaro! Estas deben de ser suecas, porque tienen poco de aquí. —Las hay para todos los gustos, porque a ésta no me dirás que le falta. —No le falta, no, señor… Y qué cara tiene de contenta… Esta otra foto está muy bien compuesta para que no se les vean las orejas a ninguno de los dos… Ve usted, aunque soy bastantico verde, lo que nunca he entendido es esta operación. Cada cosa para lo suyo — dijo mirando otra foto. Plinio le daba vueltas y vueltas a un retrato no sabiendo cuál era el derecho. —No se rompa la cabeza, Jefe, que como hay tanta gente en el ruedo, vale por todos lados. ¡Qué república, rediós! Esto es lo que se llama alternar en sociedad… Y esta pobre se va a ahogar, no ha calculado bien, ¿eh?… Joroba, su padre, para este paso hay que ser titiritero. Un humano corriente se rompe el espinazo para los restos… Y esta jara, que tiene mercancía para toda la parroquia… ¡Bendito Dios! Eso es cuento, así no se fabrican —dijo ante la última. —¿Y tú qué sabes? —Hombre, usted dirá. —En el mundo hay de todo, hijo Maleza… Bueno, como esto no lo van a reclamar, al cesto. Y rompiéndolas en cachos pequeños las tiró a la papelera. Salió Maleza y Plinio sacó la pistola de la funda y le puso un cargador lleno. Eran casi las diez y nadie venía con la denuncia de la que vio robar Eufrasio Culovistoso. Plinio pidió otro café y una conferencia con la guardia municipal de Valdepeñas para saber de los propietarios de los coches que estuvieron la noche anterior en casa de la Mirla. —Si no te importa, mándame una relación detallada de su vida, oficio y costumbres. No, nada importante. Asunto de faldas. ¿No te extraña, eh? ¿Mañana? Estupendo. Adiós. Gracias. Dio otra vuelta por el despacho, se sacó del bolsillo la lista de los propietarios de «rubias», la repasó de nuevo y con aire distraído dio dos timbrazos. Acudió Maleza. —¿Qué le pasa, Jefe? Está usted como león enjaulado. —Toma —le largó la lista—. A las nueve de la noche quiero que estén aquí todas las «rubias», con sus propietarios o chóferes. —Ya está usted con las famosas listas. —Tú, currela y calla… Y escucha. Así que venga don Lotario, nos vamos a ir a Ruidera. Regresaremos a la hora de comer. Si vienen antes a dar cuenta de la desaparición de la otra moza, toma buena nota y chitón hasta que yo regrese… Otra cosa, que venga también a las nueve Eufrasio, el hijo de Eulogio, el que sabe tanta historia. ¿Sabes quién te digo? —Sí, hombre, ése que canta por soleares la lista de los godos… El de anoche. —El mismo que viste y calza. Sonó el teléfono. Era el señor juez: —Oye, Manuel, ¿es que se han llevado a otra? —¿Por qué lo dice? —Mi criada lo ha oído esta mañana en la plaza. —Si no le importa, subo un momento y le explico. Estaba haciendo hora. Cuando Plinio bajó del juzgado, don Lotario lo esperaba en la puerta del Ayuntamiento. —Buenos días, Manuel. ¿Alguna novedad? —Nada, aparte de que todo el pueblo debe de saber ya que han raptado a otra Sabina. —Sí que se sabe, sí. La Rocío me lo ha espetado hace un rato. —Culovistoso ha debido de predicar su hazaña. —Seguro que se cree Viriato. —No te digo. —¿Qué hacemos? —Son las diez —dijo mirando su reloj flamante—, es la hora de ir a Ruidera. —Cómo presumes de muñeca, según dicen los anuncios… ¿Y para qué vamos a Ruidera, si se puede saber?… Siempre estamos en Ruidera. —Pues para nada urgente. Ésa es la verdad. Pero se me ha metido en la cabeza aclarar el caso del hombre del yelmo colorado. —¿Sigues creyendo que tiene que ver algo con la mujer muerta? —No… mayormente, no… Pero es de esas cosas que le hurgan a uno sin saber por qué. —¿Has tenido más noticias? —Sí. Y abundan en lo que suponíamos. Éste y la de la pensión han recorrido los mismos sitios. Plinio le resumió el resto de sus indagaciones durante aquella mañana. —Vamos si quieres, pero creo que para averiguar eso hay tiempo. —Si lleva usted razón que le sobra… Pero ¿tiene algo que hacer en el pueblo? —No… Los periódicos siguen dando información de la muerta de Ruidera, pero no se habla de pista alguna. —Ya… ¿Entonces dice usted que no vayamos a Ruidera? —Tú mandas… —La verdad es, pensándolo bien, que es una bacinería innecesaria… Lo dejamos. Plinio había caído —o al menos lo parecía— en una de sus crisis famosas. Cuando los casos estaban muy avanzados, de pronto se sentía desnortado y proponía diligencias aparentemente innecesarias. Don Lotario lo conocía bien. «Son —se decía— las caídas y desánimos de los intuitivos. Algo parecido les debe de ocurrir a los artistas cuando tienen una obra casi concluida. No hay más que dejarlo. Él sólito acaba por recuperarse». Y el pobre don Lotario se molía el caletre para hallar la manera de proponerle algo divertido y eficaz. Le daba lástima verlo allí parado, ante la puerta del Ayuntamiento, con el cigarro entre los labios, una mano descansando sobre la pistola y la otra sobre la porra de goma. De pronto preguntó Plinio: —Usted, don Lotario, ¿sabría traducir una carta en inglés? —No, hijo mío. En mis tiempos no se estilaba ese idioma. —¿Y quién sabe aquí inglés? —Hombre, mucha gente. —¿Por ejemplo? —Por ejemplo, Ignacio Carretero, el ingeniero que ha estado mucho tiempo en los Estados Unidos y vino el otro día… Y me acuerdo de él en primería porque hace un rato lo he visto entrar en las Carmelitas. —Vamos para allá. Llegaron al colegio de Santo Tomás de Aquino, que está a un paso, y encontraron a Ignacio, moreno, alto, estirado y sonriente, paseando por el patio con fray Albertano. —¿De qué anda la autoridad por esta casa? —preguntó el fraile, que era anchísimo de cuerpo y de risa. Se saludaron despacio. —Pasen, si quieren tomar una copita. —Muchas gracias. Sólo queríamos que aquí, Ignacio, nos tradujese esta carta del inglés, ¿puedes? —dijo Plinio. —Con mucho gusto. Vamos a ver. Plinio la sacó de la cartera, donde la llevaba cuidadosamente doblada, y la entregó al joven. Éste empezó a leer: Madrid, 25 de agosto. Querida Peggy, ¿cómo estás? ¿Acabasteis la ruta de don Quijote? ¿Fuisteis por fin a Almagro? Afortunadamente, John se ha repuesto ya. Hemos pasado unos días muy desagradables. Ahora hace mucho calor, demasiado. Si Fany continúa con vosotros, dile que, por favor, me traiga el paquete que me dejé en vuestro hotel. Es una pena, las vacaciones se acaban para nosotros. Que lo pases bien. Saludos a todos esos amigos españoles de John y míos. Cordialmente, Mery. —¿Son americanas? —preguntó Plinio. —Sí. Hay giros y abreviaturas muy americanas. —Hombre, pues muchas gracias por la traducción. —De nada. —Entonces, ¿no quieren ustedes tomar una copita? —repitió el fraile. Los dos hombres salieron del colegio de Santo Tomás sin norte ni proyecto. La lectura de la carta no había animado a Plinio lo más mínimo. Compraron los periódicos en casa de Edelmiro y con ellos bajo el brazo volvieron a la puerta del Ayuntamiento. Al cabo de un rato, Plinio puso la mano sobre el hombro de don Lotario y le dijo con terca obstinación: —No tenemos más remedio que ir a Ruidera, don Lotario. Ya está dicho. —Por mí que no quede, qué puñeta. A contar los frailes. —No, ya los hemos contado y sólo había uno. Y sin más preámbulos tiraron hacia Ruidera. Don Lotario, que según se apuntó iba de muy mala gana, llevaba el «Seiscientos» a todo gas y sin despegar el pico. Cada cual tenemos nuestros gustos y nuestros días, y a don Lotario en tal fecha le chinchaba ir a Ruidera. Si en vez de pedirle el viaje Plinio, se lo pide el lucero del alba, pues no va. Más fijo que la vista. Pero a Manuel no le negaba nada. «¿Qué sería de él sin Plinio?», pensaba muchas veces. Cada cual tiene que buscarse justificaciones para seguir en la vida, sobre todo cuando ya no hay mucho camino por andar. Ahora creía que todos sus años primeros, antes de asociarse con Manuel González, fueron tiempo baldío. Comprendía que nunca tuvo verdadera vocación de veterinario, que le aburrían las conversaciones de la gente y que su mujer e hijas constituían un gran mundo aparte, que de verdad nunca llegó a comprender del todo… Tal vez si hubiera tenido hijos todo hubiera sido distinto. Y las hijas, de pequeñas, también le valían, pero ahora eran seres vertidos hacia una serie de menudencias, que le resultaban tan ajenas como las cuitas de las moscas. «Las mujeres —se decía muchas veces— son un mundo aparte, ni mejor ni peor que el de los hombres, pero que me aburre como un tambor. Son seres parleros y menudos que van y vienen, que hacen y deshacen lo mismo todos los días, con un ritual casi zoológico».

Tampoco entendía muy bien su afición a Plinio, ésa era la verdad. Él, don Lotario, no tenía vocación ni pesquis para ser policía. Por otra parte, los casos interesantes en un pueblo se presentaban de uvas a peras… Y luego, lo que encerraba en sí cada caso, tampoco le arrebataba. A él lo que de verdad le gustaba —había llegado a esa conclusión— era Plinio. Era Plinio, el hombre bueno. Plinio, el honrado. Plinio, el amigo. Plinio, el de los pálpitos. Plinio, el entusiasta de su profesión. Si Plinio hubiera sido carnicero, cura, aparejador, o médico, sería igual, estaba seguro. Plinio era el semeje más próximo a lo que él había pensado siempre que debía ser un hombre. Sin orgullo, sin petulancia, tan llano, tan auténtico, tan justo y benigno. Con una idea de los hombres y de la vida llena de contenida ternura y de prudente admiración por cuanto era admirable. Le hubiese gustado a don Lotario que Plinio fuese su padre. No lo concebía como hijo; como padre o como abuelo, sí. «Eso es —repetía para sí—, Plinio es mi amigo y un amigo puede ser lo más grande del mundo, porque puede servir de padre, de hermano, de hijo y de todo». Tan a flor de sesos llevaba estas ideas mientras conducía a noventa por hora, que casi sin darse cuenta se oyó decir: —Manuel, ¿qué piensas tú que es la amistad? Plinio sonrió y se acarició los labios: —¿A qué viene eso ahora? —Anda, Manuel, contéstame. ¿Qué crees que es un amigo? —Primeramente, creo que es lo único que en esta vida puede uno escoger con libertad. Todas las demás relaciones nos llegan impuestas por algo. —¿También el matrimonio? —Incluso el matrimonio, porque no vamos a la mujer por las potencias libres, sino por las potencias oscuras. —Pero a la mayor parte de los amigos, Manuel, también nos los impone la vida. —Sí, la mayor parte, sí. Pero los verdaderos, que son muy pocos, no. Tan es así que no todo el mundo vale para tener amigos verdaderos. Hay quien no los conoce nunca. Los hombres falsos, los maricones y los malos de cualquier maldad, rara vez tienen amigos verdaderos. Decir amigo es decir lealtad. Es decir confianza sin límites. —¿Tú crees que un amigo es la suma de todas las relaciones humanas? —Lo creo de verdad. La buena amistad dura lo que la vida de los dos amigos juntos. Porque cuando a un buen amigo se le muere el otro, lo añora siempre como lo más grande que tuvo en su vida… Ya vio usted lo que le pasó al pobre Lillo con Luis García el del Infierno. Hasta el día de su muerte, muchos años después, tuvo el nombre de Luis entre labios. Con él soñaba y hablaba a solas. Y deseaba morirse cuanto antes, porque creía que Luis le guardaba una silla a su lado en el gran patio del cielo. Entre los buenos amigos no hay dineros, ni celos, ni envidias. Sólo querencia desinteresada. Sólo arregosto placentero. Porque cuando el otro vive en mejoría, el amigo se siente mejorado. Y cuando perdido, sufre por puro intercambio espiritual, sin espera de medros ni reproches. —Me estás emocionando, Manuel. Y nunca te había oído hablar tan bien — dijo don Lotario parpadeando. —Yo, como dice el cuento, no he tenido en mi vida más que dos medios amigos: Braulio el filósofo y usted. —¿Y por qué medios, Manuel? —Es lo que dice el cuento… Sin duda porque tener un amigo total es tan hermoso, que da vergüenza decirlo. Don Lotario respiró hondo y se pasó una mano, rapidísimamente, por los ojos. —¿Y si paramos un momento, señor veterinario, para echar un pito a gusto, como los buenos amigos? Don Lotario, sonriendo, aflojó la marcha y con tiento paró junto a la presa del pantano de Peñarroya. Sacó Plinio el «caldo» y empezaron a liar con paciencia y todavía con restos de emoción por la pasada plática. —¿Usted sabe cuál es el secreto para que pueda darse el milagro de la amistad? La libertad. Sí, señor. La libertad. Para que las cosas sean perfectas en este mundo, deben ser libres. El hombre siempre está forzado por mil contrafuertes. Y la amistad empieza y acaba cada día o cada mes, o cada cuando sea. Cada cual lleva su vida y sus compromisos y luego, a la hora libre, el amigo, con el que todo tema y confidencia es posible. Desde la Alavesa, habían pasado por la Florida, el Membrillo, los molinos de San Juan, Santa María y el Curro; los Cerrillos y el pantano de Peñarroya, donde estaban. Don Lotario, que miraba a lo lejos, dijo de pronto: —Tú has armado este viaje a Ruidera por ver al del yelmo rojo, ¿no es así? —Así es. —Pues no es menester seguir. Que ahí lo tienes, sobre la presa, fumándose su pipa tranquilamente. Y Plinio vio que, en efecto, el hombre de Zumárraga, acodado en la barbacana de la presa, con cara abstraída y la pipa entre los dientes, miraba al nada rebosante pantano de Peñarroya. —Pues éste, aquí, ni pesca, ni caza, ni ná. —También le gustará mirar el agua, digo yo. ¿Qué hacemos, Manuel? —Esperemos cómo reacciona él cuando nos vea. Y siguieron un buen rato sin moverse, sin hablar y fumando a sus anchas. Y el del yelmo sin reparar, al parecer. Hasta que Plinio, impaciente o inspirado, que don Lotario nunca lo supo, tocó prolongadamente el claxon del coche. El hombre de Zumárraga volvió como distraído la cabeza, los contempló un rato sin mayor alteración, y al cabo, emprendió el camino hacia ellos sin precipitación ni dejar de chupar de la cachimba. —A los buenos días —dijo acercándose y poniendo una mano sobre la puerta del «Seiscientos»—. ¿Me llamaban ustedes o así? —No, que le hemos visto ahí, tan distraído… Y por el gusto de saludarle. El del casco echó una sonrisa escéptica. —¿Qué pasa? ¿No se lo cree? —le preguntó Plinio también sonriendo. —¿Lo del gusto de saludarme? Claro que me lo creo. Yo sé que ustedes son muy amables y se interesan mucho por mis cosas. Plinio se rió ahora francamente. —Es usted más listo de lo que yo imaginaba. —No hace falta ser como muy listo. ¿No cree? El hombre estaba de buen humor y no parecía ofendido. —Desde hace unos días —continuó — no se ocultan para preguntar por mí y saber de mi vida y milagros… Lo que pasa es que yo también me he informado de ustedes y sé que son personas muy buenas y honradas. Y así cambian las cosas. Plinio, con mucha pausa, se bajó del coche y le puso la mano en el hombro. —Gracias, amigo. Una cosa es el oficio y otra la simpatía. Y usted, aunque así de pronto, no tiene cara de muchos amigos, las cosas como son, me cae bien. Quedaron ambos platicantes mirándose a los ojos y añadió el del yelmo quitándose la pipa de la boca: —Yo, señores, he venido a este pueblo a vivir tranquilamente. Si me hubiesen dicho por ahí que ustedes eran unos bichos, mi mujer, mi hija, y yo, ya estaríamos a cien leguas de estos lugares… Pero siendo ustedes como son, toda la mañana he estado pensando lo que debía hacer… Y precisamente cuando han tocado el claxon, ya lo tenía resuelto: invitarles a comer. —¿Ha dicho usted su mujer y su hija? —Eso he dicho y diré más a la hora de los postres, si ustedes no rechazan mi convite. —Muy bien. Pues, podemos almorzar en Argamasilla. —No, tiene que ser en Ruidera, en Entrelagos. Por cosas de su oficio es muy importante que sea ahí. De modo que tiren para allá que yo les adelanto con la moto. Y sin decir más se fue en busca de su vehículo. Plinio, una vez dentro del coche, miró a don Lotario con cara de asombro. Pero éste, frotándose las manos y sonriendo, dijo: —Manuel, eres el tío más grande del universo mundo que yo he conocido. Y rebosante de gozo por todos sus poros y ojales, puso el cochecillo en marcha. Antes de dos kilómetros les adelantó el del casco rojo. Y muy tras él pasaron ante la Huerta de Aguas, la Casa del Cura, la Casa de Virutas, con su bombo gigante, Catalina, el Gao, el Buen Retiro, la Hormiga, el Sotillo, la Cañada del Rivero y la Mejorana a la izquierda. Subieron la Cuesta de la Malena, a cuya entrada está Peñalosa; la Moraleja, Mirabetes y, al fin, el pueblo de Ruidera. Camino del hirsuto Guadiana, entre vueltas y oteros de monte bajo y viñedo. Guadiana, el río hidalgo, que llega a Argamasilla de Alba tan cansado de remover molinos, regar predios y ser administrado por el pantano, que parece propiamente un chorro de ovas, sin aliento ni empuje para reemprender luego el viaje hasta el mar. Cuando subieron al restaurante de Entrelagos, que está enclavado entre las lagunas del Rey y la Colgada, ya les aguardaba el de Zumárraga tras una mesa situada en discreto rincón. Por cierto, que el de Guipúzcoa de nuevo parecía haber perdido su anterior cordialidad y otra vez estaba con su cara de palo, los ojos hundidos y el rostro paliado por el humear incansable de su oloroso pipón. Al ver entrar a la pareja les hizo un ademán desleído para que se sentasen frente a él. Plinio notó en seguida el cambio y adoptó parecida reserva. Eligieron un menú sencillo, claro que para hacérselo servir tuvieron que llamar varias veces al camarero, que con tanta gente como allí había, no se daba abasto. Don Lotario, totalmente desconcertado por tan misteriosa preparación y cita, mostraba su nerviosismo no dejándose las piernas en paz. Las cruzaba y descruzaba y movía ambos pies sobre las puntas como si tuviera el baile de San Vito. Por la vidriera del restaurante, que está en el segundo piso, se veía el azul de las lagunas, y un trampolín desde el que se lanzaban unas jovencitas con el cuerpo duro y todavía sin pámpanos. Más lejos, un barquito blanco con guirnaldas de banderas pequeñas. El de Zumárraga, aferrado a la pipa y con los ojos entornados, miraba al vacío. Plinio, con el pito entre los labios y de cara a la pared, aguardaba. Y los camareros sin llegar. —¡Ni se muere padre, ni cenamos! —dijo al fin don Lotario en una especie de desahogo tan espontáneo que Plinio se echó a reír. Y el del yelmo, cuya seriedad tal vez se debiera antes a pasiones del estómago que a otra causa más especulativa, dijo poniéndose de pie con mucha diligencia: —Morirse aitacho, no sé si morirá, pero que comemos, ya lo saben en Vitoria. Y echó con furia hacia uno de los camareros y tomándole del brazo con toda energía, casi haciéndole el paseo del señorito, lo arrimó hasta la mesa ante la estupefacción de algunos comensales. El muchacho puso cara de defenderse, pero al ver el uniforme de Plinio, recompuso el gesto y pidió excusas. —Es que hay mucho personal, ¿sabe usted? —Lo comprendo —le dijo Plinio con severidad—, pero estamos de servicio. —Sí, señor, en seguida. Con el vino previo y unas olivas cetrinas y bordadas de cebolla, se ensancharon un poco los ánimos. Poco después, en el fragor de la pitanza, los tres hombres tornaron a su concierto, y comentando cosas menudas y calificando los companajes que les traía el mozo, ya todo diligencia, llegaron al café y los puros en trance de verdadera euforia. Poco a poco se desalojó el comedor de turistas baratos con toda la familia a cuestas, y cuando ya a nadie tenían a tiro de orejas, el de Zumárraga, con los ojos entornados y apartándose la cachimba de la dentadura, comenzó de esta manera: —Mi verdadero nombre es Camilo Zulueta Sánchez y nací en Bilbao… — Hizo una pausa, sin duda en espera de la reacción del Jefe y de don Lotario, pero al ver que ambos lo miraban interesados, pero sin la mayor sorpresa en el rostro, dio un chupetazo a la pipa y continuó—: Desde chico me tiré el campo. Me hubiera gustado ser ingeniero de montes o agrónomo. Cazador furtivo o pescador de altura o de río. Algo que no fuese de ciudad o despacho. Pero mi padre, que tenía sus ideas y no andaba sobrado de posibles, me hizo profesor mercantil, para poder colocarme en una empresa importante de Bilbao, donde él era director administrativo… He estado casi treinta años metido en un despacho. Últimamente trabajaba de ocho a tres y me quedaba luego a comer en la oficina para hacer por la tarde tres o cuatro horas extraordinarias y redondear mis ingresos. Hace veinte años conocí en Madrid a mi mujer, la actual dueña de la pensión Ondarreta. El matrimonio aumentó mi disgusto por el trabajo que tenía. Me pasaba días enteros sin ver a mi hija. Y sentía cómo, poco a poco, me ganaba la desesperanza. ¿Qué vida era la mía? ¿Tenía razón el vivir, la única vida que nos dan, encerrado once horas en una oficina? Los lunes eran insoportables. Pasaba el domingo en el campo y era peor. Me aterraba la vuelta al encierro y a la sutilidad… para mí, de mi trabajo.

»Las cosas empeoraron últimamente. Murió mi jefe, el viejo, y ocupó su puesto el yerno. Al principio nos mejoró los sueldos y las condiciones de jubilación, pero… ¿Ustedes saben lo que es un hombre duro? —preguntó de pronto y cambiando el tono. Plinio, en vista de que la pregunta iba en serio, se rascó la calva, pensó un momento, y le respondió al fin: —… Yo creo que son duros aquellos hombres que no pueden ser otra cosa. Que no pueden ser cordiales, persuasivos e inteligentes… Aquéllos que por no tener autoridad natural, digamos, tienen que fabricarse una autoridad teatral. —Exactamente —respondió el vizcaíno fingido con mucha satisfacción —. Eso es un hombre duro. El que no tiene talento ni corazón para funcionar normalmente. Pues bien… El caso es muy vulgar; este yerno duro —los americanos han puesto de moda los hombres duros que lanzó primero el nazismo— empezó a hacernos la vida imposible a todos los empleados de la empresa. Se despertó en él no sé qué manía persecutiva que llegó a ser un martirio, para mí agudísimo. Lo vigilaba todo obsesivamente, deseando encontrar un error o descuido para increparnos. No reía nunca. Al entrar en la fábrica su cara se transformaba en una careta agria, de ojos fríos, boca fruncida y manos convulsas. Sin imaginación alguna para mejorar y renovar el negocio, se empeñaba en hacer cumplir las fórmulas del viejo con rigor carcelario… Bastantes compañeros se marchaban. Yo, disimuladamente empecé a buscar otra cosa, aunque temía que no me sería fácil ya a mi edad, dadas las ventajas que allí tenía por mi antigüedad y digamos tradición familiar. Ya que desde que murió mi padre ocupaba su puesto. No quiero entrar en detalles — continuó después de hacer una pausa para encender su cachimba—, basta decir que mi pobre mujer y mi hija, al verme tan abatido, me pedían que hiciese cualquier cosa, la emigración incluso, con tal de salir de aquel infierno… Un día, nunca lo olvidaré, que me retrasé unos minutos en llegar a la oficina, me amenazó delante de todos con echarme y mandó que de la paga del mes me descontasen el importe de una hora. Pidió el de Zumárraga, que resultó ser de Bilbao, una copa de coñac y continuó con aire añorante: —Justamente este mes hace dos años que murió mi suegro en Suiza. Lo habían enviado a un sanatorio. Mi mujer e hija estaban con él, atendiéndolo en los últimos días de su enfermedad. Según teníamos convenido, me avisaron el mismo día de su muerte. Saqué un billete de avión hasta Madrid para allí empalmar con otro camino de Zurich… Pero algo pasaba en Zurich. Una conferencia internacional de no sé qué. Lo cierto fue que cuando faltaba menos de media hora para que saliera el avión, dijeron por los altavoces que los señores tales y cuales, entre los que estaba yo, tendríamos que esperar para tomar otro avión que saldría una hora después… por razones de urgencia oficial. Me contrarió la cosa por la gravedad de mi caso, pero me resigné. ¿Qué iba a hacer? Llegué a Zurich. Enterramos a mi suegro y al día siguiente me entero por los periódicos de que el avión primero, el que yo debía tomar, se había estrellado en los Alpes… A continuación, en la lista de pasajeros desaparecidos, venía mi nombre y apellidos… Oigan ustedes, fue una inspiración rápida. Mi suegro no era rico, pero algo tenía, aparte de que al casarme con su única hija me obligó a hacerme un seguro de vida de dos millones de pesetas que él pagaba. Así era el hombre de previsor. »Estuve casi todo aquel día paseándome por las calles de la ciudad dándole vueltas a mi situación. A la caída de la tarde me encerré en el hotel con mi mujer y mi hija y les expuse mi plan… Precisamente cuando estábamos en esta conversación, llegó un telegrama de mi Jefe, del duro, muy protocolario, en el que daba el pésame a mi mujer por mi “desgraciado accidente” y se ponía a su disposición. »Mis mujeres, al principio se mostraban un poco reacias a admitir mi plan, pero el telegrama las animó. Yo estaba muerto oficialmente. Ellas marcharían a Bilbao para arreglar las cosas. Yo esperaría en Suiza unos días hasta que todo se confirmase y quedase en orden. Después, ellas me aguardarían en Barcelona. Sobre la marcha me inventé un nuevo nombre, compuesto con los apellidos de unos antepasados míos… Las pobres, claro está, no se atrevían, pero les revelé detalles tan elocuentes de mi vida en la oficina y del martirio que era mi existencia, que acabé por convencerlas. Su dolor por la muerte del abuelo era también muy buena oportunidad. Inmediatamente me puse en movimiento para ver la manera de encontrar quién pudiera cambiar el nombre de mi pasaporte y poner el nuevo. »Pasaron tres días sin rectificación alguna sobre las noticias del desastre aéreo, y mis dos familiares volvieron a España para cobrar el seguro y legalizar mi situación de fallecido. »Empecé a frecuentar un café al que acudían españoles emigrados y del exilio, y después de localizar a los más significados, les expliqué que por razones políticas necesitaba cambiar el nombre de mi pasaporte y carnet de identidad. Unos paisanos míos, vascos, se tomaron mucho interés, y a los pocos días me dieron la dirección de la casa de un grabador, también de origen vasco, que vivía en las afueras de la ciudad. »Era un viejo misterioso y solitario que estaba rodeado de pájaros y gatos… mezcla que no entiendo muy bien. Su especialidad era la restauración de manuscritos antiguos. Después de una sesión muy larga y hermética, pues el hombre no hablaba apenas y se limitaba a hacernos preguntas sueltas, aceptó la operación. Creo que me lo gané hablándole de Bilbao y de personas que ambos conocíamos. El hombre salió de España a raíz de la guerra civil y tenía una nostalgia casi obsesiva… Mientras manipulaba con mi pasaporte, yo, para que no desanimase, le contaba cosas de nuestra tierra. El pasaporte lo falsificó a la perfección. Tardó casi cuatro horas, quedó sin huella de mi nombre y naturaleza y escribió el texto nuevo con una letra exactamente igual al resto de lo escrito. Se quedó con el carnet de identidad y me pidió que fuera dos días después. Con el nuevo pasaporte me cambié de hotel. Llamé por teléfono a mi mujer. No había novedad. Se había ratificado la lista de muertos declarados oficialmente el primer día. Yo no sé qué error cometieron en la lista de embarque los de Barajas, que yo era el único que, habiendo viajado en el segundo avión, figuraba como pasajero del primero… Incluso nos indemnizó la compañía de aviación. Dejé pasar unos cuantos días más, hasta que mi mujer me comunicó que ya estaba instalada en Barcelona. Yo, lagarto, lagarto, tomé el tren y me reuní con los míos. Vivimos primero en un hotel y nos veíamos con ciertas precauciones. Allí pasamos unos cuantos meses. Para cubrir un poco mi vida decidí tomar unas representaciones por libre y viajaba de vez en cuando estudiando cuándo y dónde pondríamos el huevo.

Ellas alquilaron un piso en Barcelona y yo con mi moto —me gusta que me dé el aire—, en uno de mis viajes de agente comercial y pescador, llegué a Tomelloso. Le tenía querencia a La Mancha, porque la familia de mi mujer es oriunda de este terreno. Y me gustó el pueblo por la condición pacífica de sus vecinos, poca afluencia de forasteros y la proximidad de Ruidera, que desde el primer momento me impresionó mucho… Me inventé el truco de la pensión para poder entrar en la casa de mi viuda con toda libertad… Y aquí vivo tranquilo y feliz desde hace medio año… Tranquilo y feliz, cazando y pescando, perdiendo el tiempo a mi aire, como soñé siempre. Tomó un sorbito de la copa, y volvió a darle a la pipa. Luego siguió: —Ya ven ustedes que eso de la verdadera libertad sólo se consigue con la muerte. —O con el dinero —añadió don Lotario. —Sí… Los hombres hemos construido una sociedad tan rara, tan primitiva, que todavía el dinero, que debía ser un medio para mantenerse vivo, casi es un fin… Perdemos la salud por alcanzar la medicina… Es una monstruosidad que nada pueda conseguirse sin dinero, ni siquiera la paz, ni siquiera pasar la corta temporada que es la vida un poco de acuerdo con nuestros gustos y naturaleza. Hemos de hipotecar… todo, para subsistir. Grotesca tragedia. En fin, caballeros — añadió en tono de conclusión—, éste soy yo y ésta es mi verdadera historia… Y como vivo fuera de las leyes de los hombres, en sus manos estoy. Y extendiendo las palmas de las manos en vago ademán de entregarse a la justicia, quedó mirando a sus escuchantes. Plinio se pasó el índice bajó la tirilla del cuello de la guerrera y habló al fin con tono desmayado: —Pero supongo, amigo, que su interés de que esta comida se celebrase en Entrelagos no era exclusivamente para contarnos su historia personal, que lo mismo nos la podía haber contado en el mesón de Argamasilla, que estaba más cerca. —Esto está muy bien dicho, Jefe; algo falta por contar que a usted le interesa mucho, aunque no me negará que mi historia no es moco de pavo, y que nada tiene que ver conmigo, aunque el contárselo sea un deber de conciencia. Pero, si no le importa, antes de pasar a ello, me gustaría saber su decisión oficial sobre mi caso. —Yo, amigo Echevarría, no estoy en esta comida de servicio. Somos sus invitados. Nos ha hecho una confidencia amistosa, que yo le agradezco y que tanto don Lotario como yo guardaremos mientras vivamos.

—Pero su deber… —Mi deber sería proceder si se tratase de una denuncia presentada en forma por cualquier persona o si hubiera daño para terceros. Pero hasta ahora no aprecio daño por ninguna parte. Su «muerte» le ha traído la felicidad y ha permitido además que otra persona resuelva su vida al ocupar su puesto. —Pero ha habido una compañía de seguros, otra de aviación y un montepío que han pagado indebidamente. —Déjese usted de finuras. En este mundo que han hecho los abogados, lo que importa son los papeles. Y según ellos usted está muerto. Las compañías de seguros y todas las demás no pagan contra muertos sino contra papeles. Todo está en orden. Ésas son las reglas del juego… Además, que no quiero pensar en el trabajo que nos costaría resucitarle. No merece la pena. Mientras pueda tirar de muerto, por nosotros adelante. Lo que acabamos de escuchar ya está olvidado. Usted siga con su caza y su pesca, hospedándose en la pensión Ondarreta, que si no hay mayor novedad, la G. M. T. no le molestará jamás. —Estaba seguro de su reacción, Manuel González. Totalmente seguro. Yo tengo cierta maña para conocer a los hombres y usted es un excepcional ejemplar humano. —Muchas gracias por el cumplido, y vamos a lo mío, si no le importa, que se está haciendo tarde. —Antes de pasar a ese segundo capítulo, me gustaría satisfacer una curiosidad. —¿Cuál? —¿Por qué le llaman a usted Plinio? El Jefe se sonrió por la inesperada pregunta del hombre del casco rojo. —Pues se lo voy a decir al contao. El apodo de Plinio es de herencia. Yo tuve un tío abuelo que pasó algunos años en el seminario de Ciudad Real, según creo. Sus compañeros, los guácharos de cura, le llamaban Plinio por no sé qué cosas del latín. Se corrió el apodo al pueblo y desde entonces todos los descendientes por rama directa, ya que se casó, y por ramas laterales, nos llaman los Plinios… Ya no queda más Plinio que yo y mi hija. —Comprendo. El latín ha dado lugar a muchos motes en esta patria de curas. Cuando yo estudiaba en el colegio de Bilbao, al conjugar el presente de indicativo del verbo sum, siempre me equivocaba, y en vez de decir en el plural: sumus, estis… Decía: «setis», sunt… Y todos los compañeros me llamaban «el Setis». Ahora la gente está más educada y los apodos no cunden. —Bueno, señor Setis, pues volvamos al tema… —dijo Plinio ya impaciente.

—Volvamos, señor Plinio. Y los tres se rieron de buena gana. —Usted, Manuel —dijo el vizcaíno fingido frotándose las manos con gravedad—, me deja vivir en paz en Tomelloso y a cambio voy a darle la pista sobre el caso de la mujer muerta en la Hormiga. Don Lotario, al oír aquello, se sentó en el mismo borde de la silla, y, todo oídos, clavó ambos codos en la mesa. Plinio, sin inmutarse, sacó el «Caldo». —Hace unos días, hacia media tarde, subí aquí a tomar un café y algo de dulce. Como ahora, que estas horas serían, el comedor estaba vacío. Yo me senté en esta mesa, que es la que me gusta, y en aquélla que está junto al ventanal había dos mujeres. Eran la única clientela y no me apercibí de ellas hasta después de sentarme. Hablaban entre sí, pero en pocos minutos se fueron acalorando hasta el apasionamiento. Hablaban en un idioma que me pareció sueco u holandés. Luego supe que era sueco. Por esto y por lo enzarzadas que estaban, no les debía de importar nada que yo las oyese. Una de ellas era rubia, muy rubia, con los ojos azules, guapa y bien hecha, aunque con ademanes un tanto varoniles. La otra era morena, de pelo negro, menos guapa, pero más femenina… aunque no demasiado. Las dos llevaban pantalones oscuros y blusas claras. Las dos se atacaban con parecida furia sin dejar de beber y fumar. La rubia era la más agresiva. Bebían jerez… Y no parecían gente ordinaria, aunque por el ímpetu de la discusión lo disimulaban bastante bien… Llegó el momento en que voceaban tanto, que salió un camarero a pedirles que hablasen más bajo. La rubia, muy enfadada por la reconvención del camarero, tiró un billete sobre la mesa con muy malos modos y tomando del brazo a la morena, como si llevase prisa, marcharon.

»Como pueden ustedes comprender fácilmente, me olió de qué clase de mujeres se trataba. Y lleno de curiosidad eché tras ellas. Abajo tenían un coche rojo, un “Volvo” con matrícula sueca. Subió la rubia al volante y abrió la otra portezuela para que entrase la morena. Pero ésta, de pronto, echó a correr hacia la carretera. La rubia la llamó varias veces, pero la otra, desalada, cruzó la carretera por la cuneta y tomó la dirección del pueblo. La rubia, al darse cuenta que la mirábamos unos cuantos desde la barra de abajo, con gran parsimonia, se bajó del coche, encendió un cigarro, pasó al bar y pidió un whisky. La observé un buen rato con disimulo. No les exagero si digo que en menos de media hora se tomó unos seis whiskys y se fumó qué sé yo los cigarrillos. Hasta que de pronto me entró la curiosidad de saber qué era de la otra. Salí con disimulo, tomé la moto, y despacito, eché carretera adelante hacia el pueblo, con los ojos bien abiertos y la luz larga para ver mejor. No llevaría corrido un kilómetro cuando la vi parada haciéndome señal de autostop. Me detuve. Dijo: »—Yo ir ahí, cerca. »—¿Al pueblo? »—No, más, más. »Le indiqué que se subiera al porta y continué el viaje a buena marcha. Ya cerca del castillo de Peñarroya me pidió que parase. Así lo hice y me rogó casi por señas que la aguardase un poco y alumbrara con el faro de la moto hacia el pantano. Corrió hacia un remolque que había entre el monte. Estaba claro que su intención era apartarse de allí. Yo temía que la rubia apareciese de un momento a otro, si no se desnucaba por la carretera con la trompa que debía tener. Aguardé un poco mirando impaciente hacia Ruidera, pero en seguida volvió la morena con un montón de ropas sobre el brazo y una maletita pequeña. La pobre también debía de tener mucho miedo —pensé entonces—, porque antes de subirse otra vez en el porta, recelosa, miró hacia la parte de donde veníamos. »—A Argamasilla, ¿eh?, por favor —me dijo apretándose mucho a mí. »Dije que sí, sujetamos aquel desordenado equipaje como pudimos y reemprendí la marcha. Noté que sollozaba sordamente sobre mi espalda. Al cabo de un buen rato le pregunté: »—¿Qué le pasa? »No contestó y siguió con su lloriqueo. Bastante antes de llegar a la Alavesa apareció el “Volvo” rojo. Yo apreté. Nos pasó disparada. Era una loca. Claro que yo con la morena detrás no pude poner la máquina a todo gas. Paró la rubia bien delante de nosotros y casi interceptándonos el paso. Al lado de la cuneta hacía señas para que me detuviese. »—¡Siga, siga! —gritó la morena apretándose más a mí. »Aminoré la velocidad, simulé que paraba y haciendo un viraje peligroso rebasé el “Volvo”. Estoy seguro que la rubia estaba llorando también. Sólo le vi la cara un segundo pero me pareció enrojecida, con la boca entreabierta y los ojos húmedos. Luego, unos gritos lastimeros, que debido a la marcha que puse la moto, pronto dejé de oír… Es curioso, en seguida de pasar a la rubia, la que iba conmigo dejó de llorar. Estoy seguro de que volvió la cabeza hacia atrás varias veces… Nunca me había pasado nada igual. Había oído hablar mucho, como todo el mundo, de estas pasiones de los homosexuales, pero nunca las creí tan primarias. Es de las pocas cosas de mi vida que no olvidaré jamás.

El vizcaíno fingido, como en lo sucesivo lo llamó don Lotario, que en sus años mozos fue muy leído, contaba muy bien este episodio. El hombre, más bien frío e inexpresivo, ahora transpiraba un poco y parecía excitado con su propia relación. Cargó la pipa con pausa y la encendió con más pausa todavía. Don Lotario, que no debía de tener ya sobre el borde de la silla más que el coxis, incontinente, preguntó: —¿Y qué más? El de Zumárraga, que resultó de Bilbao, sonrió ante la infantil ansiedad del albéitar, y continuó con aire de narrador casi profesional: —Al poco, nos llegaron de nuevo las luces del coche rojo. Yo no aceleré. Con cálculo esperé la reacción de mi pasajera… No rechistó. Ni me decía «sigue, sigue», como antes. Ni me decía «pare», si es que sabía decirlo… Es curioso que unos momentos antes, cuando me abrazó, me hice ciertas ilusiones de que aquella morena rebotada del catre femenino podía ser un ligue… Y conste que yo nunca fui ansioso de mujeres. Pero al observar su última reacción, cambié de parecer. El puñetero de Zumárraga dilataba adrede el clímax de su historia. Plinio lo notó y se solazó solabios, sobre todo viendo la cara de don Lotario. —¿Y qué? —volvió el veterinario. El relator se contuvo la risa con mucho oficio y continuó cada vez con razones más morosas: —El «Volvo» se puso a nuestra altura otra vez, pero sin adelantarnos. La rubia conducía con la cara vuelta hacia la morena. Así fuimos un par de kilómetros. Y entonces, sin perder nuestro nivel, la rubia empezó a tocar el claxon, pero ¿cómo diría yo?, de una manera muy suave, muy suave. Como si fuese una señal convenida y acariciante. Algo así: «ta, ta ta», «ta, ta ta», «ta, ta ta». Parecía recordar, pedir, rogar… El «Volvo» iba a nuestro lado, casi rozándonos. Las caras de las dos suecas debían de estar bastante juntas. Sin duda se miraban con fijeza, con deseo. El «ta, ta ta» cada vez era más grave a la vez que más largo, casi suspiroso. Yo notaba que la morena se ablandaba, que apretaba sus brazos que rodeaban mi cintura, que respiraba con mayor perímetro… Y de pronto, entre el ruido de los dos motores, oí que emitía unos ruidos. Todavía no sé si reía o lloraba, pero lo que decía, con lágrimas o con júbilo contenido, era algo que se parecía al «ta, ta ta» del claxon de la rubia. Como una respuesta de asentimiento y entrega. »Por fin, como presentía, mi compañera de viaje me dio unos golpecitos en la espalda a la vez que me decía casi en el oído: »—Pare, pare…, por favor. »Aminoré la marcha. El coche hizo igual sin perder la altura. Frené. Frenó. La rubia bajó calmosa y se puso delante de nosotros con el cigarrillo en la boca, las piernas un poco abiertas y la mano en la cintura. Tenía talante de seguridad, de poder. Bajó la morena con sus ropas y maletín a cuestas. »—Gracias…, muchas gracias —me dijo con voz sorda y sin mirarme a los ojos. »La otra le abrió la portezuela del coche y mi compañera de viaje entró dócilmente. Sin decirme media palabra la rubia tomó el volante, maniobró para volver sobre el camino, avanzó sólo unos metros y aparcó junto al canalillo… No quise saber más. ¿Para qué? He pensado que tal vez éste fue mi error. Me vine para casa y no volví por estos parajes hasta dos días después. Ya no estaba el remolque blanco junto al pantano… ¿Para qué llamaba aquel claxon con su “ta, ta ta”? ¿Para el amor o para la muerte? No sé.

El de Zumárraga pidió más coñac. Parecía seriamente preocupado con su propia historia. Don Lotario estaba más tranquilo y Plinio sin decir ajo. Mientras traían el licor anduvieron con el tabaco. Bebidos los primeros tragos, y disparados los primeros humos, el vizcaíno emprendió su recitado aunque ya con aire menos suspensivo: —El día que tuve el gusto de conocer a ustés, cuando me recogieron en la carretera, alguien dijo a primera hora en el Hogar del Pescador, donde yo estaba desayunando, que un pastor había encontrado en la Hormiga, casi en la linde del Sotillo, el cuerpo de una mujer muerta. Me acordé, naturalmente, de la historia de mis bolleras y salí hacia el sitio. A pesar de que tenía la cara deshecha y el cuerpo deformado, era ella, la morena que vino conmigo… Y ésta es la historia y pista, amigo Plinio… perdón, Jefe, que le tenía reservada. Mi deber, lo sé muy bien, era el decirle todo esto cuando ustedes me encontraron con la moto averiada. Se me había estropeado al regresar de la Hormiga camino de casa… Pero dada mi situación legal, decidí pensarlo con calma. ¿Usted lo comprende, no? Primero pensé firmemente no decir nada, pero cuando comprobé que ustedes empezaban a rondarme y visitar mi casa… y sobre todo, cuando me enteré de la clase de hombre y de policía que es usted… y don Lotario, reconsideré el tema. Esta mañana, como le dije, sobre la presa del pantano de Peñarroya di el último repaso a mi decisión e iba a presentarle la cuestión de confianza, en el momento que llegaron ustedes. Y aquí acabo, que, como dicen en su pueblo, he hablado más que Melquíades. Eran las siete de la tarde. El restaurante estaba completamente solo. Por las vidrieras se veía el agua verde violáceo que el crepúsculo da a las lagunas. Una motora llena de niños y mujeres con pañuelos a la cabeza, hacía garabatos de espuma sobre el cristal oscuro. El sol clavaba su rojo escarlata en el vidrio de un chalet próximo. Los árboles, cansados del día tan largo, parecían desear la noche para tumbarse a dormir entre las junqueras; y un pescador, con la caña al hombro y un morral en la mano, caminaba cabizbajo y paso torpe. Las lagunas se engullían un día más de su millonaria historia, sin enfado ni alegría, obedientes a la mecánica infallable de la naturaleza. El hombre envejece cada noche y la tierra y sus aguas se encogen de hombros con secular indiferencia. El mundo está muy duramente hecho. Plinio y don Lotario nada comentaron cuando el vizcaíno concluyó su cuento. Y el hombre, ante tan embarazoso silencio, llamó a un camarero que asomó por allí para pagar la nota. —¿Qué cree usted que pudo pasar ahí? —preguntó Plinio al fin, entornando los ojos—. ¿Tiene algún presentimiento? —No tengo la menor idea. —Lo de las magullaciones de la víctima me vale. Pero el saco de plástico, el arrastrarla antes del embalaje, y sobre todo, el dejarla ahí tan a mano, en un lugar que de cierta manera habían frecuentado ellas… ante testigos especiales, como usted, me desorienta mucho.

—Eso es verdad. Pero era ella. Y ya sabe usted cómo suelen ser las pasiones de esta gente. Aparte de que debía haber algo entre las dos que no funcionaba. Vaya a saber. —Ya, ya. Pero de todas formas, después de la pasión viene la calma, y la rubia, por lo que usted dice, debía de ser una mujer bastante cerebral como para dejar la muerta tan a la vista. —Amigo Jefe, yo no soy policía. Sólo testigo de cuanto he contado sin quitar una coma. Plinio se puso de pie, se ajustó bien el correaje que había dejado holgar unos puntos para facilitar la digestión de companajes y licores, se encasquetó la gorra y dijo a sus comensales: —¿Y si diésemos una vuelta por donde tenían instalado ese remolque?… Por pura curiosidad. —Como usted quiera —replicó el de Zumárraga poniéndose también vertical. Salieron con las piernas entumecidas por tan larga sentada. Plinio y don Lotario subieron al «Seiscientos» y el vizcaíno, con el casco rojo bien embutido en la testa, echó delante con la moto. Corría un viento vendimiador, amoroso. El sol echaba cubos de sangre sobre los puntos más despejados de la carretera brillante. Obreros en bicicleta culeaban sudorosos al subir las cuestas. A veces se cruzaba un conejo enloquecido. Otras, breñeaba una perdiz. Cantaban grillos inocentes. Las viñas barbudas de oro trepaban los modestos oteros trazando paralelas infinitas. Gañanes de Peñalosa, no diréis que no os aviso, he de quitarle a la Rosa —debajo de los parrales— el virgo, recitó don Lotario con aire muy enfático al pasar ante la finca de ese nombre. —Coño, ¿qué es eso? —preguntó Plinio, que nunca le había oído aquel recitado. —Son unos versos antiguos que decían en Carrizosa y que yo ahora, al leer Peñalosa, se me ha ocurrido trasladar. —Está bien eso… «Caseros de Peñalosa…». Yo lo que recuerdo es un cantar de aquí que decía, pizca más o menos: En Peñalosa un pastor comía gachas tan despacio, que la gente le decía: gacha-paso, gachapaso. —También es ésta buena: El moño tienes tan gordo que tengo la presunción que debajo dél escondes lo que sólo he visto yo. Muy cerca de la presa y bajo unos árboles los esperaba el de Zumárraga que, sin quitarse el casco y con las gafas alzadas sobre él, parecía un marciano con cachimba. Don Lotario, al verlo y mientras frenaba, dijo, siguiendo el aire cancionero: Ahí tienes al de Zumárraga con el casco encasquetao, que en el caso de la Hormiga nos vino pintiparao. —Por aquí estaban, poco más o menos —señaló y dijo a manera de saludo. Plinio y don Lotario, aprovechando los últimos rayos del sol, husmearon por aquellos alrededores. Había puntas de cigarrillo, envoltorios de papel, botellas de whisky, pero nada que denotase violencia. Después de esta inútil pesquisición, Plinio miró hacia el próximo y ruinoso castillo de Peñarroya y dijo: —Vamos a ver si la santera vio u oyó algo.

—Eso contando con que esté levantada —apostilló don Lotario. Fueron a pie. Pasaron entre los muros derruidos hasta el patio de armas a donde da la ermita de la Virgen de Peñarroya. Allí mismo vivía la santera. Ésta, que todavía bordaba sentada en la puerta, con los ojos muy pegados a la labor, miró hacia los visitantes con prevención. En medio de aquella soledad, entre ruinas y a las últimas luces, vestida de negro y los paños blancos entre manos, parecía un cuadro antiguo. Un cuadro callado e inmóvil, un cuadro figurativo hasta la náusea. Era una mujer todavía joven. Alta, fina y con una severidad tridentina. Allí vivía sola con las limosnas y lo que sacaba de bordar. Llevaba una especie de túnica negra que le llegaba casi hasta los tobillos, sujeta con un escapulario de cuero. —Buenas tardes, mujer. —Con la paz de Dios vengáis — respondió poniéndose de pie y en actitud defensiva—. ¿Qué se ofrece? —¿Usted recuerda de ver dos extranjeras que estuvieron por estos alrededores hace unos días? —No. —¿Ni oyó gritos, ni risas o algo? —No. Yo sólo vi una mujer inmoral que en un descuido mío entró en la capilla con pantalones. —¿Sólo una? —Una he dicho. —¿Rubia o morena? —Morena. La eché a empujones y me hizo un ademán lascivo. Y no consiguieron sacarle más. Allí quedó, como una flecha negra, con el bordado blanco entre las manos. Antes de montar en sus vehículos, a la salida de la ermita, Plinio hizo una breve tertulia con sus acompañantes. —Bien mirado —les dijo—, creo que éste es un asunto resuelto. Lo comunicaré al juez de Argamasilla para que haga la diligencia que deba… Claro que a usted —dijo al vizcaíno— le tomarán declaración. —Es natural. —Usted cuenta lo que vio y en paz. Yo le echaré una mano… Y ahora, siga su vida de difunto pescador, que don Lotario y yo lo hemos olvidado todo. —De acuerdo, Jefe. Creo que los dos hemos cumplido como caballeros. —Hale, vamos al pueblo que yo tengo allí otra faena. Se despidieron del vizcaíno del yelmo rojo y siguieron camino. En seguida que llegaron al Ayuntamiento, Plinio preguntó si ya había denuncia en forma del rapto visto por Eufrasiete la noche anterior. —Nada, Jefe —le dijo Maleza—. Silencio total… Y todo el pueblo sabe ya lo que nos chivó Eufrasio, pero ya digo, chitón. He estado husmeando por todos sitios, pero en caso de variante sólo dicen mentiras… —¿Como por ejemplo? —Como que seis hombres con facas la cosieron a puñalás y la echaron en la «rubia» hecha una sangría… Como que el ladrón es un tratante de blancas, que quiere exportarlas al extranjero porque las putas de España son muy apreciadas… Y como que si hay suelto por el pueblo un vampiro americano que sólo se alimenta de sangre de hembra moza. Ya le digo a usted, fantaserías. —Querrás decir fantasías, Maleza. —No; he querido decir fantaserías, que es vocablo de mayor engranaje. —Estás tú bueno. —Fantaserías y hombrosexuales, que son dos palabrejas que me he inventado para mayor elocuencia, Jefe, que el hablar que usamos va estando muy visto y va a dejar de ser «compañero del Imperio», como dice Eufrasiete… que por cierto, ahora que me acuerdo, le está esperando desde hace un rato. —Todavía no es la hora. —Pero qué quiere usted. El hombre no vive desde que vio lo que dice que vio. —Bueno, bueno, dile que pase. Eufrasiete Rosauro venía endomingado, con corbata y zapatos negros de punta fina. El hombre estaba viviendo los momentos más intensos de su vida desde que fue soldado y lo destinaron a Ceuta. Allí parece que empezó su afición a la Historia de España y de sus Indias. Plinio recordaba, riéndose, cierta vez que recitó a sus amigotes del Casino de San Fernando un párrafo de este corte:«… se citó luego con Montezuma a la entrada de la encantadora Tenochitlán (Méjico), capital de ensueño, rodeada de canales y calzados» (calzadas). »—¿Pero qué es eso de calzados? —le preguntó uno. »—Ah, yo lo que dice el libro… Serían zapaterías, digo yo». Entró Eufrasiete, digo, con aire resoluto y la cara henchida de satisfacción. —¿Qué hay Eufrasio? —Pues nada, que como me citó usted, pues me dije: voy para allá con tiempo sobrao. —Has hecho bien —le respondió Plinio sin dejar de observar lo majo que venía. —Y sabrá usted que me han hecho una entrevista para el Lanza, periódico de toda la provincia. —¿No me digas? —Como lo oye. —Me alegro, hombre. ¿A que has dicho algo de la historia del país? Eufrasio se rió entre orgulloso y ruborizado. —Natural… yo estoy fuerte en ese libro. —¿Y qué ha sido? —Pues lo que el general Narváez dijo a la reina cuando volvió al poder, o sea —y poniéndose muy serio, sacó el siguiente párrafo de su prodigiosa memoria—: «Esto ha sido un drama en que se repartieron los primeros papeles un rey, un clérigo y una monja…». Ya sabe usted, Manuel, el general le tiraba a dar a sor Patrocinio y al padre Quiroga. —Bueno, y ¿eso qué tiene que ver con el caso? —Hombre, así como tener que ver no creo, pero yo lo he dicho, ¿sabe usted? Y ahí queda… y regium exequatur… —¿Cómo? —Nada, cosas mías. —Oye, Eufrasio —le reconvino Plinio con cara de duda—, ¿tú estás seguro de que has visto todo lo que me contaste anoche? —Si empezamos así me enfado… Encima que vengo a hacerle un servicio… —dijo muy digno y con ademán de marcharse el del Culovistoso. —Bueno, bueno… anda. ¿Y qué más les has dicho a los del Lanza? —Hombre, que es usted el mejor policía de Europa, y que como decía el cardenal Cisneros: «El olor de la pólvora le agrada mucho más que los suaves perfumes de la Arabia». —Las cosas como son. Esto está muy bien traído… Bueno, y sabrás que a estas horas nadie ha venido a denunciar el robo que viste. —Ya me lo ha dicho Maleza. ¿Es raro, eh? —¿Cómo era la «rubia» que se llevó a la moza? ¿Grande o chica? —Ya le dije que grande… Y lo de que la robada sea moza lo dice usted. A lo mejor era casada, vaya usted a saber. —¿Oscura o clara? —Clara. Ya se lo dije a usted anoche. —¿Tenía letreros o no? —No los vide… También se lo… —¿Los hombres eran de chaqueta o de blusa? —De chaqueta, pero no señoritos. —¿Y la chica era alta o baja, joven o vieja? —Pero ya se lo dije anoche, Jefe… Usted lo que quiere es ver si fantaseo… Si sabré yo las mañas de la armada. No pude calibrar bien, pero ya le dije que me pareció entrada en carnes sin mayor dato. Plinio dio unos paseos por el despacho con aire desalentado. —Yo, Manuel, ¿qué quiere usted?, no sé más. Lo he pensado muy rebién y no recuerdo nadica más… Ése es mi informe de la ley agraria, como decía don Melchor Gaspar de Jovellanos, y no tengo más que decir. —Ay, Gaspar, Melchor… y Baltasar. Veremos qué sale de esto… He convocado a todas las furgonetas que hay en el pueblo a ver si al echarles un vistazo nos das alguna luz. —Eso está muy bien. Claro, que a lo mejor no fue del pueblo… digo yo. Y entonces no va usted a convocar a todas las del reino. —Desde luego. —Me hago el cargo que por algo hay que empezar. Entró Maleza sin pedir permiso: —Jefe, ya están ahí todas las «rubias» del pueblo. Sólo falta una de dos caballos que está en Herencia. —Es igual. ¿Están también los dueños y chóferes? —Están, y muy preocupados. Todos los coches están pegaditos a la fachada del Ayuntamiento. —Pues vamos a la operación. Tú, Eufrasio, te subes al balcón del salón de sesiones, que debe de estar pizca más o menos a la altura de la ventana de tu casa, desde la que viste el rapto de la hembra. ¿Estamos? Y yo voy a hacer desfilar a todas las «rubias», una por una, alrededor de la plaza, para que puedas mirarlas a tu sabor. ¿Vale? —Vale.

—Y fíjate muy bien a ver si la identificas. Súbete que yo voy a darles instrucciones a los propietarios. Maleza, que vengan todos. Eufrasio salió con aire reposado, casi majestuoso, como de sujeto que está muy en primería. Maleza, que iba tras él, casi se tropieza con el cabo Rasuras, que quería entrar en aquel instante. —Jefe —dijo—, que Braulio y un joven quieren verle. Dicen que es urgente. —Que pasen. Oye, Maleza, que aguarden las «rubias» y que el Eufrasio no se asome al balcón hasta nuevo aviso, no vaya a echar un discurso histórico a la población. En seguida apareció en la puerta Braulio el filósofo, Antoñito Bolado, el hijo de Eusebio Bolado el ex muletero, y don Lotario. —¿Qué dice esta buena gente? — preguntó Plinio. —Oye, Manuel, ¿qué haces con tantas camionetas juntas? ¿Es que vas a trasladar el pueblo a Argamasilla? — dijo el filósofo. —Quita, hombre, quita; menudo pitote. —Me han dicho éstos una cosa que creí que debías saberla antes de nada — dijo don Lotario. —Sentaros. —Tú conoces a Antoñito Bolado, ¿no? —dijo Braulio. —Sí, hombre. —Es que verás… Antoñito Bolado, que no contaría más de veinte años, tenía una pinta de andaluz de tablao flamenco. Llevaba traje de alpaca oscuro, camisa blanca sin corbata, pantalón ceñido y botitas de tacón. Moreno, carilargo, con largas patillas negras, a cada nada se ponía una mano sobre el muslo y la otra en la cadera, como si fuera a salir por fandangos de Huelva. Aparte de este semeje de operario de Manolo Caracol, era chico formal, que no cantaba, toreaba, ni tocaba, y que estaba muy bien visto entre las mozas de medio pelo socioeconómico, porque sus padres tenían muchas perras. Primero las hizo con el tráfico mular y ahora con el tractorista. El padre, cuando las mulas, llevaba blusa negra de seda, con borlas, cayada negra también y gorra de visera. Desde los tractores vestía como un agente comercial de altura. Pero el hijo, más conservador, seguía con aquel atuendo de cantaor para turistas. Braulio, con su cara de patricio romano, respondió de esta manera a la mirada interrogante de Plinio: —Estaba yo comiendo, sabes, Manuel, cuando me llegó aquí el amigo Bolado. Sabe que tú y yo somos amigos y me vino a consultar si una sospecha que tiene sería conveniente comunicarla a tu autoridad. Yo, después de pensarlo un poco, decidí que sí. Llamé, me dijeron que estabas fuera y en el Casino hemos estado esperando hasta que apareció don Lotario y me comunicó que ya estabas aquí… No me gusta meterme en estos terrenos, pero todo lo que sea echarte una mano siempre me place, y creo que esta mano puede ser de enjundia. Y Bolado tiene la palabra. —Que gracias, Braulio, que eres un gran amiguete. Y tú dirás, Bolado. Antoñito Bolado, al ver que le llegaba el turno, encogió la nariz, se puso la barbilla sobre la mano, cuyo brazo descansaba en el muslo, y entreabrió la boca… «Atiza, éste ahora va y canta», pensó Plinio. Pero se limitó a entreabrir la boca para preguntar con tono misterioso: —¿Usted sabe, Jefe, quién es mi novia? —No… Vamos, no recuerdo. —Sí, hombre… —cortó Braulio. —Un momento, Braulio, un momento. Déjeme a mí contar la cosa con el copero debido —le cortó a su vez el Bolado, que parecía dispuesto a que su número luciera de verdad. Braulio se calló con un gesto casi cómico y se llevó la diestra a la boca. —Verá usted —siguió el Antoñito con pausa, así que vio franco el callejón —, yo tengo relaciones con una chica de este pueblo hará unos dos años. Es una excelente muchacha. Católica fetén, sin antecesores amorosos y ama de su casa, como nos gustan a los hombres, hombres. Desde que nos arreglamos, no mira la calle como no sea conmigo. No va al cine si no viene su hermana, para evitar tentaduras. De futboles y de bailes, si no es con un servidor, los ignora. Viajes, desde que estoy yo por medio, no ha hecho en su vida… Digo mal, salvo cuando la operaron de la apendicitis en Madrid, trance en el que naturalmente no hay peligro casual… Pues a lo que iba. Yo he tenido que estar tres días fuera para asunto de negocios. Llego esta mañana, voy a verla, y sus padres… que son gente de lo más serio de este pueblo, me dicen que no está, que se ha ido a Ibi, a ver a su tía, que está casada con uno que trabaja allí.

Comprenderá usted que me ha llamado la atención este viaje, sin aviso. O había urgencia que no me habían aclarao, o ese viaje tiene su aquél. Quiero decir que lo habrían pensao con tiempo y yo, el novio, tendría noticia, ¿estamos?, si hubiera sido normal. Pero ca, el padre y la madre, mis futuros suegros, que se ha ido a Ibi, que se ha ido a Ibi, que era muy urgente y acabe usted de explicaciones. Yo, claro, rápido, me he puesto en comunicación con sus amigas. Ninguna sabía cosa alguna de ese viaje. He ido a la estación y el Jefe, que es mi compadre, no la ha visto por los andenes. ¿Ella sola a Ibi, de repente? Nanai. Hasta que me he enterao, a última hora de la mañana, de lo del rapto que vio el Eufrasiete Rosauro desde su ventana. Y como mi novia vive en la misma calle del Eufrasiete, pues me he dicho, ciertos son los toros; y los padres, claro está, no me han querido decir la verdad, porque es natural, han pensado, y con mucha razón, que yo quiero mucho a su hija, pero que con una fruta averiada este servidor no se casa. —¿Y por qué sabes tú que va a estar averiada? —le cortó Plinio. —Hombre, Jefe, supongo yo que el sujeto que está robando mujeres en este pueblo no se las va a llevar para que le frían huevos al plato… Eso se cae de su peso. O es pá matarlas, como ha pasado con la de la Hormiga, o es pá follarlas, como ha pasado con la Rosita Granados. Y yo, naturalmente, no me caso con una mujer muerta… y menos follada. —Entonces, tú, Bolado, ¿las prefieres muertas a folladas? —le cortó Braulio el filósofo con los ojos muy abiertos. —Hombre, es un decir —respondió un poco confuso. —Ah, vamos… Porque entre virgo y vida, preferible es la vida. Yo, antes me caso con una incompleta que con una fiambre, pues si que la diferencia… Don Lotario, que había estado apretándose por no estallar al escuchar la última razón del filósofo, empezó a reír con tal juego de babas y lágrimas a la vez, que contagió al Jefe y al mismo Braulio, y durante un buen rato el pobre Bolado se encontró abandonado y más que corrido. —Como diría Eufrasiete —glosó el veterinario, sin dejar de reírse—, es mejor casarse con la querida de Godoy que con doña Inés de Castro, insepulta. —Bueno, bueno, vayamos al grano —cortó Plinio, esforzándose por volver a la seriedad—. Sigue, Antoñito. —No tengo más que decir —afirmó mosqueadísimo—, ná más que yo creo que la mujer que robaron anoche es mi novia. —No me parece mala deducción. Lo único que te falta por decirme —dijo Plinio—, porque supongo que ya habrás agotado la suspensión de tu relato, es cómo se llama tu novia. —Ah, es verdad. Mi novia es la Clotilde Lara, la hija de Rufino Lara, alias el Monje. Plinio quedó pensando y, tal vez sin darse cuenta, movió la cabeza afirmativamente. —La deducción no estaba mal hecha por el chico —aclaró Braulio—, porque los Monje, de toda la vida de Dios, ya sabemos cómo son. Antes la muerte que el más mínimo filete. Honra antigua a carta cabal. En esa casa, oración, vigilia y de fornicativa lo precisico. —Hombre —añadió el veterinario —, siempre se ha dicho que Rufino, que tiene la casa llena de cuadros sagrados, el día que quiere hacer la picardía, le dice a su mujer: «Rosaura, vuelve los cuadros que vamos a hacer uso del matrimonio».

Con esta glosa se reanimó Antoñito Bolado, que debía de estar hasta los pelos del puritanismo de sus futuros suegros, y dijo: —Qué me va a decir usted a mí, si en esa casa no solamente se dice hasta mañana, si Dios quiere, como todo el mundo; sino buenas tardes, si Dios quiere; hasta luego, si Dios quiere, y vamos a acostarnos, si Dios quiere…, aunque estén al lado de la cama. —Desde luego, seguro que no hay otra gente en el pueblo que le dé a Dios tanto trabajo —añadió el filósofo sonriendo. —Eso es pá mear y no echar gota — reforzó el Bolado. —Bueno —concluyó Plinio—, pues te agradezco la sospecha, Antoñito. Tú, cállate como un muerto, hasta que te avise, que esta noche mismo comienzo las indagatorias… Una cosa: ¿te dijo ella alguna vez si alguien la seguía, amenazaba, escribía o cualquiera irregularidad? —No, señor… Bueno, y si ha ocurrido no me lo dice. Ya sabe usted… —Entiendo. Bien, pues vamos a suspender la sesión, que tengo ahí esperando al parque móvil de Tomelloso… Y si queréis ver la maniobra, esperaros. Y sin esperar respuesta dijo a Maleza, desde la puerta, que pasaran los dueños y chóferes de las «rubias». —Nos quedaremos ahí en el zaguán, Manuel —dijo don Lotario, muy diplomático. —De acuerdo. Los «rubieros», que eran poco más de la docena, entraron uno a uno con muchísimo respeto. Los que venían cubiertos se despegaban la boina de la cabeza muy suavemente, como si fuera un esparadrapo y tuvieran miedo a hacerse mal. Formaron un semicorro junto a la mesa de Plinio, que estaba en su sillón con cara de mucha autoridad. Cuando todo estaba en orden y callados los últimos saludos, el Jefe, mirándolos sobre los aros de las gafas, les dijo: —Señores… Muchas gracias por haber venido. —Hubo carraspeos que querían decir «de nada»—. Anoche, como habréis oído, utilizando una furgoneta como las vuestras, se ha cometido un delito importante en Tomelloso… Al menos así parece. A una mujer que iba por la calle de Don Quijote, a eso de las once de la noche, la cogieron entre dos hombres y la hicieron subir en una «rubia» grande. Alguien vio esto desde una ventana de la casa número quince de esa calle. Ni sabemos quién es la mujer robada, ni quiénes los ladrones… Mi deber, naturalmente, es sospechar de todo el mundo, en principio…

Se oyeron más carraspeos de probable disconformidad y Plinio los miró en redondo con gesto severo. —Decía que mi deber es sospechar de todos hasta que se aclare el caso. El testigo de lo ocurrido anoche está en un lugar de esta casa. Y cada uno de ustedes, por el orden que yo indique, me van a hacer el favor de darle una vuelta a la plaza con su vehículo. Procuraré entretenerles lo menos posible. —Yo, Manuel, anoche no estaba en el pueblo. —No importa. Vamos a proceder a la prueba con todos. Luego, tiempo habrá de hablar. —Hombre —repitió tozudo el de antes—, es que sospechar de uno así, por las buenas, habiendo pasado la noche en la carretera… —Por favor… Si las cosas son como usted dice… que no dudo, todo quedará aclarado en seguida. Dar una vuelta por la plaza no cuesta trabajo. Menos trabajo que enredarnos aquí a decir cada uno su razón… Díganme sus nombres, sean propietarios o chóferes, para hacer una lista y establecer el orden. —Y alguno falta —dijo otro. —Ya lo sé. Usted primero, dígame su nombre, apellido y número de matrícula. Así que acabó la lista y encomendó a Maleza el orden que debían seguir, subió al salón de sesiones para ver la prueba junto a Eufrasio, que estaba en el balcón mirando a la plaza con aire meditativo. Muchos desocupados, al ver aquella batería de furgonetas ante el Ayuntamiento, curioseaban desde las aceras y terrazas de los bares y Casino. Eufrasiete, cuando llegó Plinio, dio a su cuerpo una erección ostensible y tiró el pito. Maleza mandó marchar en el momento oportuno las furgonetas de dos caballos ya que sólo iban a desfilar las grandes. Igualmente, el mismo cabo, con gran diligencia, había ordenado que cada conductor estuviera junto a su coche, como en una revista de policía. Cuando todo estuvo en orden, miró hacia el balcón. Plinio le hizo señal con la mano para que empezase el carrusel. Eufrasio entornó los ojos y se dispuso al examen con aplicación. Maleza, según las instrucciones recibidas, dio orden de empezar el desfile coche por coche con indicación precisa de darle la vuelta a la plaza y luego detenerse casi debajo del balcón central y a unos dos metros de la fachada. Para que todo resultase bien, había puesto Maleza a varios guardias que daban la salida, ordenaban el parón y luego el sitio de aparcar. El ceremonial había alcanzado una espectacularidad imprevista. Las aceras estaban repletas de gente y no se escuchaba más que el ruido del motor de la furgoneta de turno. Los dos hombres del balcón miraban la maniobra en silencio. Plinio, de reojo, observaba al testigo Eufrasio. De cierta manera, aquello parecía un examen, penosísimo, eso sí, para sacar el carnet de conducir. La verdad era que Maleza se estaba portando muy bien. En demasiado militar, pero bien. Salía la «rubia» de turno, daba la vuelta, paraba luego donde le indicaba un guardia, que abría las puertas de atrás del vehículo para mayor simulación de lo ocurrido la noche anterior en la calle de Don Quijote, las cerraba de nuevo, y le hacía seguir despacio hasta aparcar en el lugar indicado. Eufrasio, con un lápiz y un cuadernillo con pastas de hule negro, hacía algunas apuntaciones. Cuando acabó el circuito, la gente espectadora seguía en silencio, como en espera de algo más importante. Eufrasio miraba perplejo sus notas y Plinio, después de dejarlo reflexionar unos instantes, le preguntó: —¿Quieres que den los coches otro rodeo, o te basta? —Me basta —dijo con suficiencia. —Bueno, pues, vamos a ver tus conclusiones.

Entraron en el salón de sesiones, cuyas luces encendió el mismo Plinio, y Eufrasio, sin perder su aire importante tan súbitamente adoptado, empezó a mirar con esforzado interés los cuadros que el maestro Francisco Carretero legó para adornar todo aquel senado municipal. Don Lotario, que había subido sin poder contener su impaciencia, quedó mirando la extraña escena que formaban: Plinio, en el centro del salón, con las manos en la cadera, en espera nada paciente, y Eufrasio, mirando los cuadros como si fuese el mismísimo don Enrique Lafuente. —¿Qué hace? —le preguntó al guardia al tiempo que le alargaba un «Caldo». —Pues no tengo idea… pero como el hombre es así, un poquillo gilipollas, pues que se está dando postín. —¡Bendito sea Dios! Encendieron los pitos mientras el otro seguía su examen, y cuando hubieron echado un par de chorros de humo: —¡Eufrasio! —gritó de pronto Plinio. —¿Qué, Jefe? —respondió el otro con cierto susto. —Que te dejes las pinturas para otro día, que estamos esperándote medio pueblo. —Perdón, perdón, es que a mí la pintura del hermano Francisco me gusta mucho. —Bueno, pues te vienes mañana, y te estás aquí todo el día hasta que te la aprendas tan de memoria… como la Historia de España. —Es verdad, es verdad. —Venga, ¿qué has sacado en claro de todo este carrusel? —Pues… —empezó, mirando sus notas y con aire dubitativo— que entre tres «rubias» de las que han desfilado anda el juego… Entre la dos, la cuatro y la siete. —¿Y no te determinas por una más que por otra? —No. —¿Y las tres tienen un siete en la matrícula? —Anda, coño, pues no me he fijao. —¡Ay, Dios mío, ay, Dios, y ay, Dios! ¿Conque ahora salimos con ésa? ¿Pero entonces qué has apuntado? —Bueno, no se ponga así, Manuel, que eso está tirao. Como tengo escrito el orden del desfile, ahora mismo, desde el balcón, tomo las matrículas… Que buena vista sí tengo. —Venga, anda y no te equivoques. ¡Qué orden habrá escrito este hombre, santo Dios! El Eufrasio volvió al balcón. Don Lotario cabeceaba en señal de compadecer al famoso testigo y Plinio murmuró: —Sí, quien con chicos se acuesta, aromático se levanta. Te parece qué el historiador. —No creas que éste es el único cima de su familia —dijo don Lotario. —No me lo diga usted. Si ya sé que éste es cima desde la misma teta. Entró Eufrasio mirando a su cuaderno, con cara de mayor confusión. —Eufrasio, coño, ¿que vamos a estar aquí hasta que amañane? ¿Qué te pasa? —Que ninguna de las que yo había señalado tiene un siete en la matrícula. —Te digo que te adoro… Oye, ¿y no has visto si alguna de las que no has guipado tiene un siete? —No… —Pues anda, vuelve al balcón, moreno, a ver si hay algún siete en esas matrículas. Ay, Manolo, baja y llévate a éste. Don Lotario se reía. Por fin volvió Eufrasio, alborozado. —Jefe, Jefe, hay dos con siete. —¿Y en qué se diferencian de las que habías elegido? —¿En qué? Pues bien mirado, en nada. También son claras y marca «Seat». —Total, macho, que todas las furgonetas grandes y claras pueden haber sido, porque en lo de que tenía un siete en la matrícula la «rubia» de anoche, tampoco creo yo que estás muy firme. —Hombre, usted, Manuel, es que le hace dudar a cualquiera. —No, Eufrasio, yo es que tengo que trabajar con certezas, porque si no, fíjate, qué concierto de violón. —… Yo diría que vi un siete… También pudo ser un uno… —Sí, o el jeme del Pirolo. Bueno, vamos abajo a ver qué hacemos, porque todo este circo ha sido de balde. Y con grandes señales de su mal humor salió hacia la escalera delante de todos. Pero se oían tantas voces asustadas, abajo, que guardia y séquito tuvieron que acelerar el paso. Se oía indistintamente: «¡Ponerlo boca abajo! ¡No, ponerlo boca arriba! ¡Boca arriba y sostenerle la cabeza! ¡Apartaros! ¡Dejad pasar el aire!». —¿Qué sucede? —gritó Plinio desde el primer descansillo con gran energía. —A Rosario, que le ha dado un ataque —le aclaró Maleza. Don Lotario se adelantó y rompió el corro. El tal Rosario, chófer de una de las «rubias», yacía en el suelo, pálido, vibrante como una cuerda de guitarra y echando espumarajos por la boca. Un alguacil le tenía la cabeza levantada. Rosario era un retaquillo, con la cabeza muy ovoide y las cejas negras. Tenía fama y pinta de hombre retraído y enfermo. Por eso, sin duda, le llamaban El Sietemachos. Sobre la improvisada cabecera de la mano del alguacil aparecía con las manos enclavijadas y enseñaba unos dientes menudos, hincados en la lengua, tapizados de espuma. —Creo que es un ataque epiléptico bastante fuerte —dijo don Lotario a Plinio—. Ponerle algo bajo la cabeza, no se descalabre. Y él mismo hizo una pelota dura con su pañuelo y lo puso entre los dientes del enfermo.

Mandó el Jefe a un número para que avisasen al médico de la casa de socorro y desalojó el zaguán, ordenando a los furgoneteros que pasaran al cuerpo de guardia hasta que les avisasen. Dejaron allí al enfermo al cuidado de dos guardias, y Plinio, con don Lotario y Eufrasio, salieron a la plaza para ver de cerca las furgonetas claras con siete y sin siete. En la puerta del Ayuntamiento seguían el Bolado y Braulio, muy distraídos al parecer con aquel accidente circulatorio-automovilístico y popular. —Manuel —dijo el filósofo a media voz—, esto ha estado pero que muy divertido. El público lo está pasando muy requetebién. Como ahora mismo fueses capaz de descubrir quién es el raptor, a la vista del respetable, como un prestidigitador, te llenabas de gloria hasta el valle de Josafat. —No lo veo fácil —le respondió Plinio sonriendo—. Y a propósito, Braulio, ¿quieres cenar en el Alhambra conmigo y con don Lotario? —Eso está hecho. —Oye y pregunta al Bolado a qué hora se acuestan los Monje, a ver si nos da tiempo a cenar antes de hacerles la visitica que tengo pensada para esta noche. —Vale. Aquí aguardo a que termines la operación, para proceder a la cena. —Ah, y al Bolado, despáchatelo. ¿Corriente? —Corrientísimo. Plinio, con su lista de «rubias» en la mano, que estaba bien hecha y no como la de Eufrasio, fue llamando a cada uno de los dueños de las «rubias» claras, para que le abriesen las puertas de atrás y poder inspeccionar a gusto. El público presente, al ver a Plinio y a don Lotario operar a quirófano abierto, guardaba un silencio de duelo. Tanto, que el Jefe casi tenía que hablar bajo a sus interlocutores por miedo a que le oyesen, por lo menos, desde la Posada de los Portales. Cada chófer le abría su furgoneta y Plinio entraba en el interior para mirar bien todos los rincones con una linterna. Y la verdad es que, a cierta distancia, todo aquel juego de entradas y salidas, de apagones y encendidos de linterna, resultaba un rato misterioso. El Jefe, sin despegar el pico, se limitaba a recorrer la furgoneta con gran detenimiento a la luz de su lámpara. Cuando después de un buen rato acabó la operación, Plinio ordenó a los dueños o chóferes de todas las «rubias» oscuras que se marcharan y a los de las claras que permaneciesen en el cuerpo de guardia.

El médico de la casa de socorro confirmó el diagnóstico que el veterinario hizo a Rosario y después de tomar una serie de medidas, aconsejó que permaneciese allí hasta que fuese oportuno enviarlo a su casa. Al primer chófer que mandó llamar Plinio fue a Gumersindo Hermoso, propietario de una de las «rubias», que se dedicaba a hacer portes. Gumersindo, que era un chico joven con cara de buen natural y seso despierto, vestía de «mono» y llevaba la uña del meñique muy larga. Cuando entró, cerró la puerta. Plinio le ofreció asiento y sin más preámbulos, con mucha pausa, se sacó del bolsillo una horquilla del pelo y quedó con ella entre el pulgar y el índice. —Esta horquilla estaba en tu furgoneta. ¿De quién puede ser, Gumersindo? Gumersindo Hermoso no se alteró: —De una mujer. Digo yo. —Hombre, ya. No va a ser de don Edesio. Quiero decir que de cuál mujer. —Pues de la Faustina Revuelta, de la María Revuelta o de la Ildefonsa Novillo, que las llevé esta misma tarde a Alcázar a la consulta de don Rafael Mazuecos. —Ya… —respondió Plinio sin disimular su desolación. —Porque otras mujeres, Jefe, no han subido en mi coche desde la semana pasada, que yo sepa. —Y anoche, ¿qué hiciste? —Jugar al dominó en el Casino de Tomelloso hasta que cerraron, porque, desgraciadamente, hasta el viaje de esta tarde a Alcázar, he estado dos días sin hacer un maldito servicio. Puede usted comprobarlo fácilmente. —De acuerdo. Gracias y puedes retirarte. Plinio tomó nota y mandó entrar a otro de los chóferes. Y en menos de media hora despachó a todos menos al pobre Rosario que, naturalmente, no estaba en condiciones de dar luces sobre nada ni nadie. Cuando todo estuvo despachado, despedido Eufrasio, desaparecidas todas las «rubias» menos la de Rosario, que continuaba en la puerta del Ayuntamiento, y dispuestos para marcharse a cenar en el bar Alhambra, ya que según Braulio hasta media noche los Monje estaban visibles, se le ocurrió mirar a quién servía Rosario. Su propietario era don Adolfo García Caballero. Plinio cerró el cuaderno de notas y salió. Se llevaron a Rosario en una camilla y pensó Manuel que haría lo posible por tratar con él al siguiente día. Cuando los tres cocenantes salieron para el bar Alhambra, los espectadores de la plaza se habían movido y todo aparecía con su aspecto normal. En el bar tenían una mesa reservada por orden de Braulio y sentados en ella empezaron el acto cenatorio con unas cervezas fresquitas y un plato de cortezas. —A mí me gustan mucho las cascaras de gorrino —dijo Braulio masticando sonoramente una corteza rizada como un bucle. Con cáscaras de gorrino y vino de Tomelloso, aunque seas mequetrefe te pondrás gordo y hermoso, dijo don Lotario. —¿De dónde ha sacado usted eso, señor de la albeitería? —preguntó el filósofo a don Lotario. —Está puesto, pizca más o menos, en el Mesón del Mosto, que es una rica taberna de tomelloseros y de productos del país que hay en Madrid. —Pues según ese verso, si Rosario comiera cascaras y bebiera vino, no le darían esos ataques —dijo el Jefe. —¿Sabes, Manuel, que desde esta tarde me empiezan a entrar ganas de que me hagas tu ayudante? Coño, qué bien lo estoy pasando con tanto misterio liado. —Hombre, esto de lo policial es la mejor distracción para viejos como nosotros. Menuda mina. Lo malo es que los casos se dan muy espaciados — confirmó el veterinario. —Nada, Braulio, quedas admitido. Don Lotario, tú y yo formaremos el trío especial. —Hecho. Yo no soy hombre de ocurrencias policíacas, tú lo sabes. Pero sí soy de confianza, disfruto mucho con estas cosas y, sobre todo, os puedo servir para el comentario. —Eso —dijo don Lotario—, tú de cronista… Bueno, de cronista oral. —Como Sócrates el griego, que me dijo un día el párroco. No obstante aquella conversación, por el aspecto reservado de su visita y el carácter retraído de la familia Monje, Plinio decidió ir él solo. Si había confidencias que hacer, tendrían menos empacho en decirlas a él solo que ante testigos. De modo que el filósofo y el veterinario quedaron, no sin cierta murria, en la terraza del San Fernando, mientras Plinio enderezaba sus pasos a la casa de la presunta raptada. —Joder con el Manuel —exclamó Braulio cuando se quedó solo con el albéitar—, vaya empiece que me da en la colaboración. Después de llevarle yo la pista, nos deja sentados en la puerta del Casino y se va solo a por el fruto. —Hombre —le contestó el otro sonriente—, este oficio tiene muchas teclas y Plinio conoce muy bien el paño. Ocasiones vendrán a montones. —Ná, ná. Me borro de la sociedad. A mí, no. Al primer tapón zurrapa, no. Mal empiece. Me borro. —Pareces un muchachete, Braulio. —Ni muchachete, ni órdigas, que debía haber iniciado esta noche mis funciones y nada más. Nos ha jorobao. —Tú y yo somos los mejores amigos de Manuel. Así lo dice él. —Sí, sí, amigos, pero el borrico en la linde. Manuel es muy suyo y siempre quiere los laureles para él.

—No digas tonterías. Manuel es un santo. —Sí, san Pericón, todo el dinero al bolsón. «Juraría, juraría —se dijo Plinio ya a pocos pasos de la casa de los Monje— que aquella sombra que se ha ocultado en el callejón de enfrente era el Bolado». Llegó a la puerta y tocó el llamador con mucho tiento. Era la mejor casa de la calle de Don Quijote, con dos pisos. Le pareció oír que se había movido la persiana de uno de los balcones en seguida de su primera llamada, pero se hizo el ignorante. Volvió a llamar con más fuerza. Al cabo de unos segundos abrieron la puerta con mucha suavidad. El abriente era el Monje padre. Tan derecho. Con su gorra de visera negra. Su chaqueta del mismo color. Pantalones de corte y botas de elástico. Por la calle siempre llevaba sombrero, y a Plinio le extrañó la gorra. El hombre quedó mirando al Jefe con los ojos muy tiernos, sin saber qué decir. Ante esta acogida, Plinio, durante unos segundos, tampoco despegó los labios. Pero no era cosa de estar así mucho tiempo. —¿Puedo entrar, amigo? —le preguntó Manuel con voz de novio. —Sí —respondió con voz apenas perceptible y ampliando el hueco de la puerta, pero sin soltarla. Entró Plinio, cerró el Monje y de nuevo quedaron en el portal mirándose frente a frente, en silencio. Plinio pensó si le habría sentado mal la cena. No reaccionaba como solía. Ahora, el Monje miraba al suelo con las manos puestas en la espalda. Sin hacer el menor ruido, apareció bajo el arco del portal la Monje. Alta, también vestida de negro, con las faldas muy largas para el tiempo en que vivimos. El pelo brillante y recogido en moño y las manos cruzadas bajo el pecho; quiero decir muy bajas. También quedó clavada y silenciosa. Los tres parecían figuras de retablo. Sin pasado ni futuro. Sin más razón de vida que la de estar entre aquellos ángulos, superficies y luces. Por un momento, Plinio pensó si los tres estarían ya muertos. Si estaría ante una fotografía de los periódicos de mañana. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que llegó? ¿Se habría resuelto ya el rapto de la primera Sabina? ¿Vivía todavía don Lotario? ¿Qué noche cenaron en el bar Alhambra? No se oía por la calle un solo ruido. Ahora, el Monje padre miraba al suelo. La Monje lo miraba a él, mejor dicho, lo traspasaba con la mirada, como si fuese un vidrio, mirando algo que estaba detrás. Y Plinio pensó en las ánimas del purgatorio y en el zaguán del cielo. Tal vez así lo recibirían a él sus padres y abuelos el día que llegase a ocupar su coche-cama definitivo. Lo aguardarían así, sin necesidad de hablar. Porque la verdad era que él, ahora mismo, no tenía necesidad de preguntarles a aquellos señores por su hija. Todo estaba claro. Todo era verdad. Tal y como se lo había contado el novio. E imaginaba las habitaciones de aquella casa llenas de cuadros de santos. Las sábanas blanquísimas de las camas. Muchos rosarios colgados de los cabeceros. Botellas de incienso en la despensa y una imagen de la Purísima, una imagen enorme, en un rincón del comedor de respeto. En el baúl largo del camarón estarían las mortajas preparadas entre bolas de naftalina y en otro baulito amarillo las ropitas de aquel niño Monje que murió hace más de treinta años en el frente de Teruel. Sí, estarían las ropas del niño Monje y el último traje, el de color marrón, aquél que estrenó en su última feria, la de 1935. La hija de los Monje, la raptada, había nacido muy tarde. Sobre los años cuarenta. Debió de ser un esfuerzo enorme del matrimonio puritano para sustituir a aquel pobre Daniel, muerto de frío en Teruel. Se dijo por el pueblo que a la madre Monje le había dado mucha vergüenza parir ya tan vieja. Que doña Consuelo, la profesora de partos, se las vio y se las deseó para que la parturienta pusiese sus vergüenzas de manifiesto. La Monje madre se comportaba como si la hija le hubiese llegado por acto adulterino. El bautizo fue de madrugada, entre sombranoches y mantones. Y la niña no fue conocida por la vecindad hasta que hizo la primera comunión, cuando apenas tenía seis años. Plinio repasaba en su memoria todos estos recuerdos. Y veía al Monje padre en las procesiones del silencio, con el bastón de su cofradía, los ojos perdidos hacia los balcones oscuros, y rezando obstinadamente, con toda el alma en las palabras latinas y españolas. Pero Plinio —ahora de pronto la recordaba— se sonreía para sus adentros al pensar en la figura de la hija. No parecía de aquella raza de gentes erectas y lisas, de aquella familia de gesto torturado y carnes magras. Clotilde, desde muy joven, casi niña, fue un reventón de la naturaleza. Sus tetas, duras y salidas, debían de ser una profanación en aquel ambiente casi monástico. Su culo alto, redondo y volatinero; aquellas piernas jugosas y de tan visible repisa… Aquella dentadura, hecha para la risa sin fatiga, aquel lunar en el labio y, sobre todo, aquel guiñar de ojos cuando miraba, debía de ser un pecado vivo para sus padres preconciliares. Apenas la dejaban salir a la calle. Debía de parecerles una denuncia de no sé qué enconados regodeos y delicias, logrados ante los cuadros vueltos a las horas espaciadísimas de la fornicación matrimonial. Debían de considerarla como la exhibición de un pecado. ¿De dónde, señor, salieron aquellas tetas rebosantes? ¿De qué vientre y de qué falo aquella sonrisa de revista musical? ¿Cómo era posible que de un hogar casto hubiese surgido aquella cara tan lindera al cachondeo y al grito espasmódico? Debía de resultarles como tener una hija negra, o como haber parido a una vedette de vientre rotador que desfila como nadie a la hora del apoteosis. Plinio estaba seguro que entre tanto cuadro de santos, tanta penumbra, tanto rosario, tanta mirada severísima, debía de haber un lugar en la casa lleno de perfumes y bragas celestes; de sostenes tendidos, de barras de labios, de ligueros modernos y espejos envidiables. Que debía de haber una cama con colchones de mirahuanos y suspiros, huellas de uñas clavadas y pintajos de carmín en el embozo. Y tal vez, dentro de algún armario, un bidé suculento con flores violetas y aroma del oscurísimo triángulo. Y, ¿por qué, en un ataque de arrepentimiento, en un monstruoso acto de contrición, aquel matrimonio talar no podía haber emparedado a la hija sanguina, a aquel cuerpo de la misma hechura de la que debía de tener en diapositivas el famoso y cada vez más olvidado Satanás? Pensando estas cosas, a Plinio se le reía el sobaco del alma. Coño, estaría bueno que la hubieran enterrado bajo la parra y hecho una hoguera con sus ropas frívolas, perfumes, compresas, cartas amorosas, esmalte de uñas y sábanas de hilo… Nunca se dijo nada de Clotilde. Apenas salía. Era de misa diaria.

Bolado fue su primer novio. Pero el que la veía no podía olvidarla. Iba siempre seria y mirando al suelo, pero si alguien le hablaba o echaba un piropo, se abría de risas y de poros como una flor tropical. Sí, se le escapaba la naturaleza a chorros. Una naturaleza llena de cantares contenidos, de gritos ahogados, de saltos maestros y de besos sin fin. Un día —lo recordaba ahora— se dijo que un perro, ¿rabioso?, mordió en el culo a la pobre moza. Fue por los paseos de la estación. Menudearon los chistes y las imágenes desbocadas. ¡Qué perro más listo! También podría haber ocurrido que Bolado se sintiera un cristiano impaciente y la hubiera raptado. Era de mucha listeza aquello de sospechar que la raptada la noche anterior era su Clotilde. Pensaba Plinio que había madrugado demasiado. Para aquel padre y aquella madre el robo de su hija era un escándalo sin precedentes en toda su alcurnia de gente fanática del sexto mandamiento. Pero también debía de parecerles natural hasta cierto punto, por aquella naturaleza pecaminosa que de siempre hallaron en su despampanante muchacha. Justa penitencia por tan frondoso pecado. Plinio leía en los rostros de aquellas figuras estáticas esta contradicción, este doble dolor, esta plazuela de los sentimientos entre dos calles opuestas. Tirafondos. Le obsesionaba esta palabra, que oía a los ebanistas: «tirafondos». Allí había un tirafondos… Un tirafondos, sí señor. Pero tampoco valía esta suposición. Bolado no había robado a su novia. A su manera, Bolado era otro adorador de la pureza, de la fórmula social, del rito, del virgo servido la noche de bodas en bandeja de plata o enganchado sobre un palillo de oro sobre la tarta nupcial. Bolado, donjuán particular, loco por crótalos y faldas de lunares, que siempre soñó con cortijos y forzamientos entre olivos de su Andalucía entrevista, a la hora de casarse, como les suele pasar a todos los donjuanes, quería hacerlo por lo derecho. Con la póliza de seguros más completa, con la virtud más cantada, con la castellana más estrecha. Y con los labios más intocados. Habría cálices antiguos en los taquillones de aquella casa de los Monje, capillas en muchos rincones, túnicas de nazareno, papeles de bulas, libros de horas de varias generaciones, estampas de santos con el margen de papel bordado, cuadros que recordaban una famosa peregrinación a la Virgen del Pilar; cicatrices de las cadenas que arrastró el Monje padre en una procesión de Viernes Santo… Tal vez el viernes de aquel mismo año en que nació el pecado carnal de su hija. O el viernes del año en que le afloraron los pechos con una dimensión pecaminosa. En aquella casa todo era claro y lógico. De una lógica escolástica, sin fallos. Buena gente los Monje. Antigua como una catedral gótica, pero buena gente. Entregada en cuerpo y alma a la regla dos veces milenaria. No, ni ellos mataron a su hija, ni se la robó el Bolado. Estaba la Clotilde tan buena como la Sabina, aunque en estilo un poco menos salvaje, y la había raptado la misma mano que se llevó, adonde fuera, aquellos pelos lujuriosos como chorros de amor que caían por las piernas de la Sabina Rodrigo, la de la casa del ciprés, de la abuela mal hablada, de la hermana canija y resentida. El Rómulo acaparador de estas Sabinas, un Rómulo a buen seguro agrio y rijoso castellano, tenía buen gusto. Debía de estar logrando a aquellas horas el gran sueño de su vida, el sueño de coleccionar y tirarse a las mejores hembras del pueblo. Qué tío, qué arquitecto de cachondeces y suspiros. Pobres, aquellos Monje, parados en su portal… Mejor que les devolviesen a su hija muerta, que pinchada por aquel fauno secreto. El mundo está lleno de faunos secretos que sueñan con formar conventos de ricuras para desgranárselas tarde a tarde como un rey de las mil y una noches. Que sueñan con adornar todas las galerías de su casa con legiones de pechos tempraneros, de culos tarabillas y caderas incesantes. Que siempre ven entre las tinieblas de su alcoba ojos que parpadean, labios que se fruncen, relámpagos de brazos y sobacos oscuros. Sería para los Monje como si les trajeran a su Clotilde degollada. Imposible para vivir. Todo estaba perfectamente claro para Manuel González. Cuando llegó a su casa no recordaba lo que había hablado con el matrimonio Monje. No recordaba si había hablado algo o todo quedó en aquella presencia inmóvil en el portal de la casa, bajo la alta lámpara en forma de estrella azul… Tan distraído, que volvió a su casa rodeando, sin pasar por el San Fernando, donde de debían de esperarle entre bostezos sus amigos don Lotario y el filósofo.