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HIMNO A TOMELLOSO

jueves, 14 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) La frescachona



Salvadorcito nos llevó de merienda a todos sus amigos a su finca «La Corneja», porque cumplía doce años. Fuimos en tartanas, una tarde de aire y sol friolento, cantando el «¡Ay!, chíbiri, chíbiri, chíbiri; ¡ay!, chíbiri, chíbiri, cho», y el tango «Plegaria» (murió la bella penitente, murió la bella arrepentida), y luego el «Himno de Riego» con la letra de Antoñito y no sé qué marcha a Fermín Galán y García Hernández.

Cuando nos cansamos del coro, el viejo que llevaba la tartana tomó la palabra, con voz rota y antigua, y nos contó el romance de cuando se cayó un cable de alta tensión y mató dos mulas en los Charcones, arrabal de Tomelloso, que decía así:

Las siete y media serien
cuando Faustino llegó
en casa Avelino Ortega.
—Buenas noches nos dé Dios.
—Asiéntate y ven a cenar.
—De lo mesmo vengo yo…

Y seguía con aquel lamento que hicieron las mujeres sobre los dos animalicos muertos por el cable «fratricida» y el cuadro tristísimo de la familia que quedaba desamparada con la muerte de las dos mulas americanas «que eran una bendición». En los versos postreros se pedía que todos los gañanes, caporales, zagales y temporeros fueran llorando al alcalde, «honra de la población», para que pidiese a «la Reina virtuosa» que mandase quitar del pueblo la «Hidroeléctrica de Buenamesón», del «avaro Romanones», y «volvieran los candiles y las linternas de antaño», porque:

Más valía andar en tinieblas
que ocurriesen tantos daños

El verdadero propósito de nuestra excursión, aparte de merendar un pollo frito, arrope con letuario y mostillo con almendras, era cazar pájaros con «gato» en los tejados de «La Corneja», donde, según Salvadorcito, llegaban a montones.

En seguida que pudimos, según nuestro plan, nos escabullimos de los mayores y, haciendo escala de la gavillera, subimos al tejado de la finca. Andábamos por el caballete encalado con mucho miedo, unos a gatas y otros doblados, con las manos prontas. Salvadorcito, conocedor del tejario, iba delante con los gatos o ligas de alambre colgadas del cinto. Luego nos sentamos en el mismo espinazo del caballete, al pie del pararrayos, para explorar cuál sería el lugar más a propósito para colocar los cepos. El grueso cable del pararrayos, que era por donde se deslizaban las chispas hasta el pozo, según dijo Marcelino, nos recordó el romance del carrero y la muerte eléctrica de los dos animalicos americanos, «bizarros como corceles e incansables del arado», que contó el tartanero de la voz reseca.

Desde aquella altura de tejas y cal, de blanco vibrante como ropa tendida, veíamos el paisaje. El monte bajo — jara, romero y tomillo— llegaba casi hasta la casa. Casi, porque desde su linde imperfecta hasta la puerta misma había un jardincillo de setos, chopos altísimos (aquella tarde meneados por el aire, meneados y silbantes) y una fuentecilla seca, con ranas de barro en los bordes, contrahechas con mucha propiedad. Por la parte trasera de la casa —«de la finca», que decía Salvadorcito con la boca llena— se veían los corrales del caserío, las galerías acristaladas, donde al amor del sol filtrado cosían unas mujeres, y las cuadras. Hacia poniente, la casilla de los peones camineros, la carretera como un cinto terragoso y blanco, y al fondo, entre color de nube y verde soñado, los montes de Ruidera. Aquellos que dan abrigo y amparan las aguas verdes y reposadas de Las Lagunas, que pisan Ciudad Real y Albacete, ya en la misma frontera de la Ossa de Montiel.

Luego de una inspección cuidadosa, decidimos seguir caballete delante hasta el mismo hastial de la finca, donde hacía ochava aquel cuerpo del edificio… (Que aquí cuenta mi abuelito —decía Salvadorcito— cazó el general Prim, «el que mató don Amadeo de Saboya en la calle del Turco», que así andaba el condiscípulo de historia patria, luego de las enseñanzas de don Bartolomé). Era, aquél, lugar propicio para colocar los gatos, según dictaminó el amito y los más peritos en cazas de cepo. Instalados de la mejor manera, fuimos abriendo los cepos de alambre, les clavamos en la aguja, como cebo, un trocito de pan, y los plantamos en las canales, disimulados con hierba y tierra, que traía Pepito en un saco de calderilla que fue de la banca de su abuelo Bolós. Situadas las trampas, nos tumbamos todos los cazadores en la otra vertiente del tejado, bien pegada la tripa a las tejas con verdín, y esperábamos los resultados cuando Salvadorcito gritó de pronto, señalando hacia abajo con gesto malicioso: —Mira, mira, la Mamerta.

Vimos, debajo de nosotros, una mozona en cuclillas, con las nalgas al aire y la cara casi entre las rodillas. En su natural empeño, sacaba mucho la quijada de abajo o quijada maestra. El aire le alborotaba los pelazos negros del moño. Parecía, por lo inquieta, que le hubiera cogido en aquel lugar la precisión de tan fuerte manera, que no tuvo tiempo de llegarse hasta la corraliza donde moraban los patos, lugar señalado en el caserío para aquel linaje de solaces legítimos y de siempre consentidos por los moralistas más estrictos.

Casi en seguida, Pepito, que tenía los ojos veloces, señaló hacia otro lado, donde se veía a un hombrecillo —Rufo — en mangas de camisa y con boina, que, tras el esquinazo, miraba embravecido el quehacer de la Mamerta. Cuando la moza acabó, y puesta en pie, con las piernas un poco abiertas, se ataba los bajos, el hombre se dio a vistas. Avanzaba lijando la pared, felino, deseando pasar inadvertido hasta hallarse más a tiro. Pero ella, que lo columbró, se bajó las sayas de un manotón y, de mal talante, echó a andar hacia el poniente de la casa. —¡Espérate, frescachona! —gritó el hombrecillo, al tiempo que echaba a correr tras ella, ya a pecho descubierto. La moza volvió la cabeza con cara de susto; primero apretó el paso, y al segundo tomó carrera también. Pero como viese que el hombrecillo Rufo, más ingrávido y nervioso, la alcanzaba, decidió pararse en seco y darle cara. Iba Rufo hacia ella con la boca abierta y las manos extendidas, como si deseara coger antes de llegar. —Ahora verás, frescachona.

La moza, también con las manos hacia delante, mordiéndose los labios y bien arrimada a la cal, esperaba el embite. Rufo, estrategón de mozas bravías, la atacó por el flanco. Picó ella al volverse un cuarto, y cuando quiso percatarse, el hombrecillo se le había colocado entre hombro y pared, hasta pegársele a la espalda, bien incrustado entre los capiteles de las piernas. Siguió la lucha entre sordos bufidos y gritos yugulados. Todo el empeño de la Mamerta era desembarazarse de aquel pulpo que se le clavó en el lomo, y, forzuda, giraba y giraba por ver si salía lanzado el añadido.

Como la maniobra resultaba inútil, además de fatigosa, dada la adhesividad de Rufo, la mujer cambió de táctica y, avanzando y reculando, como meciéndose con ímpetu, daba feroces golpes contra la tapia al que tenía la mochila. No debía irle bien al Rufo con este tratamiento, porque presto se apeó de las espaldas, hasta quedar solamente abrazado a las piernas de la mujer. Luego, súbito, sin que nuestros ojos alcanzasen los grados sucesivos de la maniobra, la Mamerta quedó acorralada entre la pared y la cabeza del hombre, que trataba de tumbarla tirándole de los remos. Fue entonces cuando ella consiguió atenazar, entre sus muslos de pilastra, la cabeza del hombrecillo, que desapareció entre la telonería de las sayas… Y se la veía colorada de tanto apretar la cabeza intrusa. Temimos que la testa del pobre Rufo, encajada entre los sotavientres musculosos de la Mamertona, cascase como nuez. —Lo va a ahogar —comentó Salvadorcito casi temblando.

Pero no, lo que hizo la mozona fue sacarse un alfiler matasuegras que llevaba en el toquillón, y con tal presteza se empleó en hacerle perforaciones en el culo al Rufo, que, bien engarfiado como estaba entre aquellas dos columnas de Hércules, no le quedaba otro desahogo que patear muy de prisa y escarbar como vaquilla. Eran sus piernecillas aspas de molino, que levantaban grisanta y espesa tolvanera. Ella no se cansaba de hacerle poros en las ancas, con más acelero que una máquina de coser. Era una furia. Pasado un buen rato (los gritos que diera él no trascendían, quedaban arropados), resollando de fatiga y sudorosa por la dureza del trabajo, dio un panzazo hacia delante y el hombrecillo cayó al suelo hecho un muñeco, los ojos desorbitados, la faz encendida y boqueando de asfixia: Que a punto estuvo de morir por tan acentuada proximidad de lo que quiso tener a mano.

La Mamerta marchó respirando con mucha fuerza, flébil de piernas, e intentando arreglarse las greñas caídas. Marchaba sin volver la cabeza, al filo de la tapia, segura de que el enemigo no reanudaría el torneo. Rufo, al cabo de un buen rato, una vez recuperado el aliento y la visión, intentó levantarse, resoplando y con las dos manos sobre aquella parte que le quedó criba. Perdido el sentido de la orientación y con gesto de lloro, miraba hacia uno y otro lado, sin saber por dónde ir. Con otro esfuerzo dolorosísimo se agachó para recoger la boina, que le quedó en el suelo luego del morque.

Fue entonces cuando Salvadorcito le voceó: —Anda, Rufo, ¿no querías frescachona? ¡Toma frescachona! El hombre buscó con los ojos quién profería las voces, hasta que nos vio encaramados en el caballete. Nos miró un buen rato, como si no comprendiera bien. Y por fin, sin decirnos nada ni hacer gesto, marchó hablando solo, con pasos muy cortos, doblado y con las manos en el mismo lugar.



viernes, 8 de diciembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El jamón



El abuelo se cansó muy pronto de los autos y dijo que quería volver a lo antiguo. Que como disfrutaba él era con una tartana y un buen caballo, como toda la vida de Dios. Así, los domingos y días de fiesta podríamos salir de campo al río, al monte, a la huerta de Matamoros o a la de Virutas y asar chuletas con la lentisca y hacer pipirranas, freír carne con tomate, o conejo y pisto, a la sombra de un buen árbol.

«Que con el coche no se podía ir tranquilo, ni hablar a gusto, ni ver el campo a placer, ni liar un cigarro como Dios manda. Que el auto se quedase para los chicos, pero que él iba a comprar una tartana». Y como le habían ofrecido una en Almodóvar del Campo, le dijo a Lillo, que era su mejor amigo y muy entendedor de carruajes por su oficio, que nos iba a llevar el tío Luis a Almodóvar del Campo para ver la tartana, hecha en Valencia por el mejor fabricante.

Lillo se puso muy contento, porque le gustaba mucho viajar con el abuelo, y dijo que no teníamos más remedio que acercarnos a Tirteafuera, que está muy cerca de Almodóvar, para probar el jamón de su amigo Jerónimo, que era el que mejor sabía curarlos de todo el universo mundo. Que desde que probó dos veces en su vida el jamón de Jerónimo, ya no había jamón que le agradase. Porque, decía él y yo no lo cogía bien, que con el jamón pasa lo que con las mujeres: que el que cata una suculenta, todas le parecen remedos o semejanzas.

Nos llevó el tío en el coche, y no recuerdo por qué, tardamos muchísimo. En Almodóvar estuvimos dos horas o tres mirando la tartana y hablando con un hombre muy gordo, que era el dueño. A pesar de que nos invitó a vino y a olivas en una taberna, no se cerró el trato porque Lillo le dijo al abuelo que aquello era un armatoste que no valía dos gordas y en nada de tiempo y por muy poco dinero le iba a hacer una tartana preciosa, ligera y forrada de terciopelo rojo por los asientos y respaldos. El abuelo se entusiasmó con la idea y añadió que le iban a poner unas maderas muy buenas que tenía él guardadas desde no sé cuándo, y un farol eléctrico, y un cenicero, y una visera de lona verde.

Total: que nos fuimos a comer a Tirteafuera, a casa del amigo Jerónimo, que ya estaba avisado por carta de nuestra ida. Y pasamos junto al Valle de Alcudia, que es donde se concentran todos los ganados de España en no sé qué época.

Como dijo el abuelo que Tirteafuera era un pueblo de pesca, le respondió Lillo que allí lo bueno era el jamón de su amigo Jerónimo. Estaban las calles muy desiguales y feas y el auto andaba malamente. Hasta el punto que hubo que dejarlo junto a la iglesia, que, no sé por qué mengua del pueblo, queda en una punta del lugar.

La gente se asomaba a las puertas y ventanas por ver a los forasteros, hasta que llegamos a la casa de Jerónimo, que nos esperaba sentado en su puerta fumando un cigarro hecho con papel negro, que al abuelo le gustó mucho. Estuvimos largo rato en la puerta, mientras se saludaban y Jerónimo y Lillo hablaban de cosas antiguas. Le entregó Lillo una caja de puros que llevaba de presente y una botella de marrasquino, «que a Jerónimo le gustaba más que bailar el agarrao», según Lillo. Entramos a la casa por una puerta muy baja, pasamos la cocina, en la que hervían muchos pucheros para nosotros, y llegamos a una especie de camarón de mucha luz y con varios jarrones colgados de las vigas. Y en una mesa de pino, una cazuela muy grande de barro llena hasta los topes de tacos de jamón muy cuadradotes y sólidos, junto a una bota de vino hinchada hasta reventar. Nos mandó sentar el amigo Jerónimo con mucha prosopopeya y pidió a Lillo que fuera él quien tomara el primer tarugo de jamón.

Alargó su mano larguirucha con mucho tiento, casi temblando, y tomó un trozo muy oscuro. Se lo acercó Lillo a su nariz de alfanje, como si se lo quisiera comer por allí, y al oler entornó los ojos cual si le llegara el soplo mismo de la vida. Sin abrir los ojos se lo metió en la boca y empezó a masticarlo muy despacico muy despacico, mientras todos lo mirábamos en silencio y a media risa. Y comía remeneando tanto las quijadas y dando tales lengüetazos, que yo solté la carcajada; y luego el abuelo, y luego el amigo Jerónimo, y luego el tío, y luego la Gregoria, que entró y era la mujer de Jerónimo; y luego la Casiana, moza muy coloreada y gordita, que era una sobrina de Jerónimo que tenían allí recogida. Cuando hubo tragado bien el jamón, Lillo abrió ojos y dijo: —Luis, volveros al pueblo cuando os cuadre, que yo aquí me quedo hasta el final de mis días.

La moza Casiana le puso la fuente de barro casi a la altura de las barbas a Lillo para que tomase otro trozo, y él, con el tarugo entre dedos, quedó mirando a la moza con aquel su aire de viejo picaresco y le dijo: —Y además esto… Que aquí me quedo.

Casiana nos repartió a todos jamón y empezamos a masticarlo como en misa, porque nadie decía palabra Yo noté que, de puro sabroso, le hacía a uno tanta saliva rica en la boca, que no había lugar a hablar, ni a reír, ni a otra cosa que no fuese concentrarse en aquella ricura que llenaba toda la boca, y se crecía, y hacía desear que no acabase nunca.

—¡Coño! —dijo el abuelo—. ¡Si llego a morirme antes de probar este jamón!
—Nunca lo comí igual. Ni vino quiero beber hasta el fin porque no me quite este gustazo —volvió a decir el abuelo.
—No ves, Luis, por no hacerme caso y no haber venido antes, lo que te estabas perdiendo.
—¿Y cómo lo cura usted? — preguntó el abuelo a Jerónimo. Jerónimo sonrió y bajó los ojos. —No te molestes, Luis, que no se lo dirá a nadie.
—Se lo diré a Casiana cuando vaya a morirme. Es el mejor capital que puedo dejarle.

Y ella se reía satisfecha con uno de aquellos taruguillos vinosos entre sus dientes blancos y parejos. Comíamos jamón sin cesar, con la ayuda del vino, que no hubo forma de dejarlo mucho tiempo en el olvido.

Llegaron más hombres que había invitado Jerónimo y cayeron rápidos sobre el vino y el jamón, que, según decía uno, «era la mejor finca del pueblo». Se fueron calentando las risas y las palabras, hasta el extremo de que Lillo contó cosas picarescas que le habían ocurrido en unas posadas con el abuelo cuando iban por Cuenca y por Soria a comprar madera. Y con aquellas picardías, las dos mujeres se reían más, especialmente la moza Casiana, que se ponía las manos en los ijares y tronchábase. Una vez que bebió vino, con la risa se le fue la puntería, le cayó el chorrillo por el canal y dio un gritito. Nos reímos todos de la sagacidad del tintorro, y Lillo aprovechó para contar otra historia de una posadera que por las noches se arrimaba a la yacija de un arriero, su huésped, no por amor a él, sino por beberle de la bota que tenía siempre colgada junto a sí, llena de un vino de no sé qué partida de viñas de Manzanares, que son las mejores de la Mancha. Y como el arriero descubrió la maniobra entre sueños, a la noche siguiente se ató la bota a la cintura por ver si la posadera se atrevía. Y Lillo dijo que se atrevió. Las mujeres volvieron a reír tanto, especialmente la moza que Lillo dijo «que a pesar de haber tanto sol, podría haber aguas».

Sirvieron la comida en un mesetón muy grande, que pusieron en la misma cámara, y menos las mujeres que servían, comimos todos con mucha alegría, sin olvidar el jamón, que abundaba en fuentes de barro sobre la mesa, de manera que entre cucharada y cucharada, a manera de entremés, acuñábamos un taruguillo de aquel jamón, que, según Lillo, debía ser vitalicio. Hubo gallina en pepitoria, sopa, gorrino frito y unos melones tan babosos y dulzones, que ni el abuelo ni Lillo sabían ya de dónde sacar palabras para alabarlos, porque muchos requiebros se los quedó el jamón, algunos la pepitoria, y bastanticos el vino, que era del bueno de Moral de Calatrava, según dijo Jerónimo, que comía con la boina arrumbada en el cogote. Luego hubo café hecho en puchero, gordo como chocolate; copa de marrasquino y puro. Y todavía, de repostre, se empeñó en sacar Jerónimo unas uvas en aguardiente, casi rojo, que nos hicieron llorar de puro fuertes.

Ya a manteles vacíos, se sentaron con nosotros las mujeres y dijeron que cada uno debía decir un brindis, según costumbre de Tirteafuera en las comidas de varios.

Y como no hubo más remedio, cada uno dijo unas palabras, menos los de Tirteafuera, que hablaron en verso, así como las mujeres. Jerónimo se quedó para el último, y todos le pidieron que recitase el «bota mía». Jerónimo, sin hacerse rogar, tomó entre sus manos la bota casi vacía, que batimos mientras el aperitivo, y mirándola con mucha tristeza comenzó a decir:

Bota mía de
mi vida,
(Y la abrazó
como si
dulcísima
compañera,
fuese un niño
pequeño.)
a quien doy
toda mi vida,
mis sentidos
y potencias.
Bota, ya te
vas
quedando
(Y la palpaba
casi
como barriga
de vieja:
llorando,
metiendo lo
s floja, seca y
arrugada,
dedos gordos
entre los
sin sangre ni
fortaleza.
pliegues del
cuero.)
Esto es
mejor que
toros,
(Ahora la
alzaba riéndose
que títeres y
comedias.
con los ojos
entornados.)
El vino se va
a acabar.
(Y apuró unas
gotas con
Ya murió.
Réquiem
eterna.
desespero.
Luego la apretó
entre sus manos
y acabó
tirándola
sobre la mesa
con cara muy
triste).
Jerónimo nos dio unas como suelas de jamón, para que lo «probasen las mujeres», pero no consintió en que se viniese la Casiana como quería Lillo.



jueves, 30 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El coche nuevo



Nos fuimos temprano a casa del abuelo, porque aquella mañana iban a llevar el «auto». Esperamos sentados en una pila muy alta de madera. El olor dulzón de los chopos recién cortados, con ramas todavía verdes, nos impregnaba las ropas. El sol llenaba todo el patio. Desde el taller llegaba el ruido de las máquinas. La impaciencia nos hacía hablar continuamente. —¡A que va a ser mejor que el de don José! —No; yo creo que va a ser igual que el del Gordito; lo dijo mi papá.

Lo que sabíamos seguro es que en todo el pueblo había sólo cinco autos, y con el del abuelo iban a ser seis. Habían sacado los tílburis y la tartana de la cochera, que esperaba vacía, con las puertas de par en par, la llegada del Ford flamante. —Verás qué susto se van a llevar las gallinas —decía Salvadorcito, mirándolas picotear por el patio, con jubilosa compasión.

La tartana y los dos tílburis estaban como desahuciados en los porches que servían de almacén de madera. Colgados de las paredes de la cochera quedaron frenos, bocados, sillas y colleras de los caballos que, pensábamos, no era decoración muy adecuada para la residencia del Ford nuevo. —Yo creo que el auto tendrá por lo menos dos bocinas —dijo mi primo. —¡Qué barbaridad! ¡Dos bocinas! —Sí, sí, sí, que me lo dijo el abuelo: una de aire y otra de claxon. —Pero no son bocinas, ¡bocazas! Es una bocina y un claxon. —Buenooo… —Mi papá dice —interrumpió Salvadorcito— que con un coche se puede llegar hasta el fin del mundo que habitamos.

Se escuchó un bocinazo lejano. —¿Oís? Luego un petardeo que se aproximaba. —¡Ya viene! ¡Ya viene! Nos pusimos en pie sobre la pila de madera, sin atrevernos a bajar al suelo. Más bocinazos, y por fin el Ford se cuadró muy lentamente frente a la portada para hacer la maniobra de entrar. El reflejo del sol sobre el parabrisas nos deslumbró un segundo. La abuela y la tía, que cosían en el mirador que daba al patio, abrieron las vidrieras de par en par, que nos lanzaron otro destello.

El Ford entró triunfalmente, como un tingladillo metálico, altirucho y vacilante. Salvadorcito llevaba razón. Las gallinas salieron disparadas, derrapando al tomar curvas tan rápidas, con un ala desplegada y la otra barriendo. Todos los operarios aparecieron en las ventanas del taller, y las barnizadoras en la puerta del jaraíz, que servía de obrador cuando no era vendimia.

Venía al volante don Antonio, el íntimo amigo del abuelo, que dio dos vueltas completas al patio sin dejar de tocar la bocina, mientras el abuelo nos saludaba a todos con la gorra en la mano. Por fin pararon en el centro del patio y descendieron solemnemente. Luego, todos: nosotros, los operarios (sin respeto alguno), las barnizadoras, la abuela, la tía, papá y el tío, avanzamos desde nuestros sitios hasta rodear el coche Ford modelo T. Y mirábamos en silencio aquel «portento del progreso humano». El abuelo y su amigo Antonio sonreían superiores. El pobre Ford negro (con el tiempo lo pintaron color aceituna) aguantaba tantas miradas, protegido por sus reflejos y misterio.

Sin darnos cuenta entraron varios vecinos y Lillo, el amigo del abuelo, que era muy alto y siempre bromeaba. El tío se puso en cuclillas para mirar el coche por debajo y todos hicimos igual, menos las mujeres. —Por nada del mundo me subiría yo en eso —exclamó una vecina. —Pues no dices mal —respondió mi abuela, a quien parecía dirigirse la vecina, y que desde luego estaba dispuesta a subir a la primera insinuación.

Lillo, que era carretero, luego de mirar y remirar mucho los bajos del auto, dijo que si aquellas ruedas no serían pequeñas para tanto peso. El abuelo sonrió con suficiencia y le preguntó si quería ponérselas de pinas. Don Antonio añadió que los ingenieros americanos lo tenían todo muy bien calculado.

Cuando los comentarios empezaron a decaer, dijo don Antonio al abuelo: —Venga, Luis; voy a darte la primera lección de conducir. Dale a la manivela.

Y el abuelo, muy diligente, se fue al rabito quebrado que era la manivela. Don Antonio se subió al volante. Todos nos apartamos un poco. El coche, como respuesta a los esfuerzos congestivos del abuelo, disparó unos tiritos, pero en seguida se calló. El abuelo, casi enfurecido, volvió a darle con tantas ganas, que se le iban las gafas. —Coño, coño —dijo Lillo. Como el abuelo interpretase aquellas exclamaciones de su amigo como acusación de menos valer, sin apenas tomar resuello, volvió a girar el hierro con tal ímpetu, que el auto empezó a temblonear y ya hizo un ruido continuo. El abuelo se subió rápido y cerró la portezuela, poniéndose en actitud hierática. Don Antonio tocó la bocina de goma, las mujeres dieron un grito y todos nos apartamos. —Coño, coño. El coche, muy despacio, comenzó a dar vueltas por el patio. Don Antonio hablaba al abuelo con grandes voces por el ruido del motor. Vimos en seguida que a cada nada el coche cambiaba de ruido, se aceleraba, casi se paraba, y era porque el abuelo ya iba aprendiendo a poner las manos en las cositas. —¡Cuidado, Luis, que eres muy nervioso! —gritaba la abuela.

Había ido allegándose mucha gente de la calle y formábamos un círculo muy grande de personas para ver evolucionar el auto. Una vez, el abuelo, que llevaba el volante cruzando los brazos ante el cuerpo de don Antonio, hizo una mala curva y asustó a todos los de aquel rodal. —¡Luis! —¡Coño! —¡Ahí va, ahí va, abuelo! ¡Eres el más valiente! —dijo el primo tan pronto vio que enderezaba el coche.

Entre la gente de la calle llegó la Antonia, la ciega, que, después de escuchar un rato, le preguntó a Lillo: —¿Cómo es? ¿Cómo es? ¿Como un carro? —Sí, como un carro con cuatro ruedas pequeñicas. —¿Y va solo? —Solito, como un animal. —¡Válgame Dios! Cuando ya estaba el sol en lo más alto, dejaron de ensayar y entraron el auto en la cochera. Entonces la abuela y las chicas se pusieron a lavarlo con unas gamuzas y agua y a nosotros nos dejaron subir un ratito.

El abuelo y Lillo no se cansaban de mirarlo mientras lo lavaban. —¡Coño, Luis, qué tiempos! Entonces el abuelo —don Antonio, que era conservador, ya se había ido— habló del progreso de las ciencias, de Blasco Ibáñez, de don Melquíades Álvarez y de la democracia americana, gracias a la cual se hacían autos, y no en pueblos «retrospectivos» como España.


lunes, 27 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El partido de fútbol




El primer partido de fútbol que vi fue aquel que me llevaron el día que bautizaron a mi primo, cuando me daba el sol en los ojos. Pero ése no vale. No vi el fútbol bien hasta que me llevó papá desde el Casino con otros amigos suyos y nos sentamos en preferencia. A los toros se iba por la calle de la Feria y al fútbol por la calle del Monte. A los toros se iba detrás de la Banda Municipal, con velocidad de pasodoble; al fútbol, como dándose un paseo tranquilo.
Hacía mucho sol. Pasó un coche cargado de señoritas… Laurita, la tía y ésas, que nos saludaron con mucha algarabía.

A los toreros los llevaban vestidos, en coche. Van pálidos, con la cara seria. Los futbolistas —esto me sorprendió— iban de paisano, sin corbata, a pie, seguidos sólo de algunos chiquillos. Piñero, el pescadero, que era el gran delantero centro, iba en bicicleta de carrera por medio de las eras. Ricardo y Blas, que eran señoritos, en automóvil. La gente iba a los toros congestionada, con los ojos bailando, buscando grandes sangres. Con vino y merienda… Al fútbol iban así como a tomar el sol, con idea de ir luego al cine… «por matar el tiempo». Eran grupos desleídos, calle del Monte arriba, sin mujeres, sin mantones, ni coches, ni caballos. (Cuando no se emplean caballos para ir a las casas, todo es aburrido, ésa es la verdad).
El fútbol hace bostezar a los sanguíneos porque no había caballos. ¿Qué iban a hacer los caballos en el fútbol, si eran hombres los que trotaban? Tampoco había heroica bandera nacional, como en los toros. Y es que, como decía el señor veterinario, que era reaccionario, «el fútbol es natural de los ingleses, que gustan de cansarse corriendo detrás de las cosas inútiles y sin argumento». Los españoles prefieren los toros porque en ellos hay algo «práctico», hay drama.
Ya en el campo, nos sentamos en preferencia, que era primera fila a la sombra, como si fueran palcos de teatro. Detrás de nosotros estaban las gradas (clase media, honrado comercio y empleomanía). Enfrente, en general, al sol, la gente de la calle o vulgo, enracimados, detenidos por los palos que les apretaban la barriga. Era gente que daba lástima, siempre voceando, agarrada a aquellas maderas. Y como condenados, mentaban a cada nada a las madres de los «visitantes».
Me gustó mucho cuando salieron al campo, corriendo en hilera, los dos grandes equipos manchegos. El nuestro, merengue, y el Manzanares, de colorines. Salían con los puños en el pecho, a paso gimnástico, los calcetines muy gordos y los uniformes muy limpios… Parecía que todos tenían las rodillas de madera, menos el portero, que llevaba en ellas unas fajillas… y en la cabeza una gorra de visera. Las botas también parecían de madera, sin desbastar.

En el palco de al lado estaban Laurita, la tía y ésas, que reían mucho y hablaban de que algunos futbolistas eran muy peludos.
También fue bonito cuando echaron la moneda al aire y se dieron la mano. Y la hermana de Pablo, la guapa de la perfumería, le dio una patadita al balón y reía mucho. Le dieron flores y vino tan contenta. (La masa o plebe le dijo muchas cosas de sus cachos y no sé si de sus mamas o mamás, que no entendí). Tocó el pito uno con traje negro — árbitro o refrer, no lo sé bien— y empezó la función, que consistía en correr todos para allá detrás de la pelota. Y de pronto todos para acá. Sólo se miraba hacia un costado del campo cuando había saque de línea, que es muy bonito, porque el que saca hace como si se estirase muchísimo y echa el balón a la cabeza de un camarada.
Sobre nuestras cabezas pasaban las voces de la gente, que parecía mandar mucho sobre los jugadores, aunque éstos yo creo que no hacían caso.
—¡Montero, corre la línea!
—¡Ricardo, que es tuya!
—¡Arréale!
Como corrían para allá y luego para acá, el público lo que tenía que hacer era lo mismo: volver la cabeza para acá y para allá. Y daba gusto verlos a todos como si fueran soldados: «vista a la derecha, vista a la izquierda». Y muchos le daban así a la cabeza mil veces, sin dejar de comer cacahuetes, como monos locos, que masticaban, escupían y siempre se arrepentían de mirar hacia donde estaban mirando.
A los porteros se les veía metidos en el marco grande, como figurillas de un cuadro descomunal, agachados, con las manos en los muslos, mirando los cuarenta pies que corrían detrás del balón…, que es una pelota cubierta con piel de zapato con cordones y todo. El de negro —árbitro o refrer— corría también para uno y otro lado, pero con carreras muy cortas, sin fuerza. Toda su potencia estaba en el silbato, que cuando se enfadaba por algo lo tocaba muy de prisa y muy fuerte. Y cuando estaba contento daba unas pitadas largas y melancólicas. Cuando pitaba muchísimo y levantaba los brazos porque no le hacían caso, la plebe o vulgo de sol le decía los máximos tacos del diccionario: el que empieza por C, el que empieza por M y el otro de la madre.

Los que me parecieron más inútiles fueron los jueces de línea, que estaban la tarde entera corriendo el campo, sin hacer otra cosa que levantar la banderita cuando la pelota se sale, como si los jugadores no se dieran cuenta de que no había pelota tras la que correr. Cuando jugaban cerca de nosotros —sombra, sillas de preferencia, señoritos—, se oían muy bien los punterazos que daban al balón, el resollar de los jugadores y el rascar de las botas sobre la arena y, sobre todo, lo que decían:
—¡Aquí, aquí, Muñoz!
—¡Centra!
—¡Maldita sea!
Al final del primer acto los jugadores parecían muy cansados. Llevaban los uniformes empapados en sudor, con refregones de tierra. Unos cojeaban, otros masticaban limón, otros llevaban pañuelos en la frente, y todos las greñas sobre los ojos. Tenían aire de animales muy fatigados, que no miraban a nadie, e iban como hipnotizados, como caballos de noria tras el balón, que parecía pesar más, trazaba curvas más cortas y, sobre todo, se iba fuera a cada instante.

Cuando se hacía gol, y se hizo muchas veces —no me acuerdo quién ganó—, los futbolistas del equipo que metía el gol se abrazaban fuertemente, como si fuera la primera vez que les ocurría aquello en la vida. Los que recibían el gol no se abrazaban, sino que volvían a su línea con la cabeza reclinada y dándole pataditas a las chinas, muy contrariados.

Al acabar el primer acto, todos iban a la caseta descuajaringados, y les daban gaseosas, y se echaban agua, y resollaban.
Todos los hinchas y directivos iban a la caseta, así como el cronista local, Penalty, para mirar a «los chicos», que no hablaban, que sólo hacían que mirar con ojos de carnero y tomar gaseosa. El segundo acto fue muy aburrido. Todo el mundo estaba ya cansado de mirar a un lado y a otro. El balón, sin fuerza, iba y venía a poca altura; a veces se quedaba solo, se iba fuera y así todo el tiempo.

Los espectadores hablaban más entre ellos, contaban chistes. Los de mi palco hablaban con la tía, Laurita y ésas; les daban caramelos y reían mucho. Y hablaban de ir al cine o hacer baile en una casa, que era lo bueno. Cuando se puso el sol, los de general parecían más pacíficos. El árbitro casi no se movía: se limitaba a pitar. A veces hacía unas pitadas largas, tristísimas, como las de las locomotoras a media noche.
Lo único impresionante de aquel segundo acto fue el penalty. Dejaron al pobre portero solo, destapado, y un enemigo, desde muy cerca, le dio una patada tan fuerte al balón, que el pobre portero seguía esperando el tiro cuando ya hacía mucho rato que el esférico descansaba en el fondo de la red. El portero se enfadó mucho y tiró la gorra contra el suelo y echó el balón al centro del campo de mala gana.
Yo estaba tan aburrido, que empecé a pensar en mis cosas: en el colegio, en Palmira, en los bigotes del general Berenguer, que vi en la portada de Crónica —«Un general que va a deshacer lo que hizo el otro general», que dijo mi abuelo—, y el Somatén, que ya no iba a desfilar más por las calles, según me dijeron… También pensaba en no volver al fútbol más en mi vida, porque no le veía argumento.
Cuando salimos, casi anochecía. Hacía fresco. La tía, Laurita y ésas habían decidido no ir a ver la segunda jornada de «Fanfán Rosales» e irse a bailar a la sala del piano de casa del abuelo.
La gente salía con ganas de andar. Los jugadores, derrengados, iban sin corbata, muy colorados. El jugador que cayó al suelo y empezó a retorcerse mucho con las manos en semejante parte y que hizo reír tanto a las señoritas, a pesar de que decían: «¡Qué pena!», salió cojeando, hecho una lástima. En el automóvil tuvimos que ir muy despacio entre el gran gentío que caminaba con las manos en los bolsillos. Emilita, la hermana de Pablo, repartió las flores del ramo que le dio el capitán entre los hombres, y a mí me dio un beso. Dijo que eso era a mí solo. «Vosotros, claveles, claveles».

A mis amigos del colegio, los que eran tan aficionados al fútbol, los pasamos con el automóvil. Iban tan ofuscados, que no me vieron. Hablaban todos a la vez, y Manolín, delante del grupo, imitaba a un jugador en no sé qué pase… Aunque los llamé, no me oyeron, que así eran de aficionados.
Cuando llegué a casa, rendido, me llevé la gran sorpresa de que el abuelo había vuelto de Valencia y me estaba esperando con un mecano que me había comprado en la plaza de Castelar. Como tardaba, se había hecho ya un puente colgante con muchas varetas rojas y verdes.
Me dieron de merendar y me puse a jugar con el mecano, mientras el abuelo explicaba a papá que en Valencia se respiraba república por todas partes y que en casa de Llavador había visto bordar a las «chiquetas» una bandera tricolor.


jueves, 23 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) El bautizo



El bautizo fue lujosísimo, de máximo pago, con los curas recibiendo en la puerta del templo. A toda orquesta. Además, por la tarde, que es la hora de las ceremonias extraordinarias. En el patio de casa de los tíos se reunieron todos los señoritos y señoritas del pueblo. El patio, lleno de sol, tenía en el centro dos palmeras muy gordas metidas en tiestos de madera pintados de verde. Mientras vestían al niño con la ropa de cristianar, las señoras y la tía, las señoritas y los señores, todos con sombrero, iban y venían alrededor de las palmeras. Los niños, endomingados, jugábamos al escondite. Entre las hojas de cuchillo de las palmeras veíamos cortadas las risas, el humo de los cigarrillos, los labios de carmín, el brillo de las joyas. Toda la espera breve de aquella tarde de sol, de un bautizo de sol, estaba cortada en mil jirones verdes por las mil cuchillas verdes de las palmeras enanas. Como a través de persianas caprichosas: los gritos, el perfume del agua de colonia añeja, los polvos de arroz, los cigarrillos turcos y Camel (o sea camellos); las narices, los ojos, las bocas, las abotonaduras, las puntas de los senos, los pendientes en el lóbulo de las orejas, los lunares postizos, los cuellos pelados a lo garçon, las risas que dejaban ver las lenguas húmedas, los culos unánimes bajo la seda, las miradas intensas que viajaban por las curvas, los grititos…, todo en cuñitas fugaces, todo pinchado y aserrado por las hojas de las palmeras.

Había hojas de palmera que pinchaban sol y hojas que pinchaban sombra, hojas que pinchaban bocas carnosas de mujer y bocas barbudas de hombre. El tío — chaqueta negra con ribete de seda, pantalón a rayas— servía copitas de licor entre el sol y las palmeras (coñac para los caballeros, anís para las damas…). Vasos de agua en grandes bandejas plateadas. Las criadas reían en la cocina. Los niños venían de París a que los bautizasen en Tomelloso. … Del bautizo: el recuerdo de mantillas blancas entre trajes oscuros. Zapatos brillantes sobre el tosco pavimento de la calle del Monte. Los niños, con zapatos blancos, íbamos cogidos de la mano. Gentes en las ventanas y en los balcones. «La iglesia hecha un ascua de luz» y «la toda orquesta». Suenan las pesetas sobre una bandeja. Un cirio. Un llanto. «Está muy fría el agua». La sal y otra vez al sol.

Y después fuimos al fútbol (hombres fuertes que corrían en un teatro grande sin techo. Algo sin palabras). Sí, íbamos al fútbol porque jugaba Blas, el novio de Flor, la madrina del niño primo. Fuimos en coches brillantes, cargados de reflejos. Salimos al campo. Y todos decíamos: «Vamos al campo». ¿A cuál campo? Ya llegamos al campo. Entramos con los coches cargados de brillos, de perfumes, de risas. Desde el coche íbamos a ver el fútbol. (Habíamos salido de un campo para entrar en aquel otro campo). El sol nos daba de plano en los ojos. Nos cegaba. Alguien dio las entradas, desde los coches, al pasar por la portada grande del campo, que era como un corralón. Sol, sol, reflejos de parabrisas. ¿Dónde estaba el fútbol? Cuando abría un poco los ojos y miraba a lo que llamaban campo de juego, veía unos hombres a medio vestir de blanco, rodeados de sol, con pañuelos en la cabeza, masticando limón, que corrían.

Otros a medio vestir con manchas rojas. De vez en vez unos golpes sordos. Gritos. Pitadas. Daba sueño. —¡Blas, Blas, mira Blas! —grita Flor haciéndose sombra con la mano en los ojos.
—Sí, aquel que despeja.
—¡Viva!
Los niños estábamos sofocados, rojos, intentando ver. El primo mayor se durmió tumbado en el asiento. «Que no les dé a los niños tanto sol en la cabeza». Todos tenían sed. Gaseosas calientes de bolita, verdes, como las hojas de las palmeras.
—¡Blas, Blas! ¡Eh, Blas!
Pusieron los coches en marcha. «Que nos vamos ya, que es la merienda del bautizo». ¡Adiós, Blas! La gente nos miraba mucho… ¡Qué lástima!, ahora que se podía mirar al campo. El sol se había puesto tras las bardas del corralón y los ojos descansaban, pero nos íbamos.

En el baile de la sala del piano, Aladino cantó el gran tango de «… la noche de Reyes, cuando a mi hogar regresaba, comprobé que me engañaba con el amigo más fiel… Los zapatos del nene; sin compasión la maté», o como quería la tía, que no le gustaban las muertes: «por compasión mas no la maté». Inflaba las narices y movía los brazos y las manos como si fuera el amo del mundo. Su vozarrón salía por la ventana abierta de la sala como un chorro de agua ruidosísima. La luz de la pantalla roja que había sobre el piano le daba en media cara (se bailaba a media luz), cara roja de sello, y la otra mitad le quedaba en sombra, casi negra, pero también un poco roja, porque el rojo de la luz le daba la vuelta a la oreja y se mezclaba con la sombra negra.

Aladino era famoso calavera, porque había estado en París y un verano perdió mucho dinero en San Sebastián. Era, para colmo, amigo de Espaventa, y tuvo amantes que le dedicaron fotografías mostrándose desnudas. Aladino, que tenía una gran voz, se sabía —lo que nadie— las letras enteras de los tangos en la versión arrabalera, no de Buenos Aires, sino de Montevideo, que, como él decía, «fue la verdadera y más genuina cuna de la canción criolla…». Por eso explicaba lo que era «tamango», «hierba de ayer», «china» y otras palabras oscuras que no recuerdo. También decía que era una «figura» muy buena aquello de «Cuando estén secas las pilas —de todos los timbres— que vos apretéis…». Los niños estábamos sentados en el sofá y veíamos pasar las parejas ante el espejo de la consola. Las parejas entre el espejo y nosotros eran dobles, porque las veíamos de verdad y de reflejo entre las casi tinieblas rojas. (Y… José dio un beso pequeñito, casi de punta de alfiler, a su novia en la frente, y ella entornó los ojos como si tuviera sueño, y se le echó un poco sobre la solapa, y José le puso a ella también la cara sobre el pelo, cerrando los ojos, como si también fuese a dormir con aquella luz de sarampión.) «… eran cinco besos que cada mañana… los alados cantan» (no los arados, como decía Marcelino, que los alados son los ángeles y los arados no); «… el músculo duerme, la ambición descansa». La voz de Aladino estremecía toda la sala y la luz roja de la pantalla hacía sombras siniestras por las paredes y los espejos, que parecía que querían luchar, porque «… un clarín se oye, peligra la patria, al grito de guerra los hombres se matan…».

Cuando acabaron los tangos, no sé por qué, encendieron todas las luces y empezaron a beber champaña —ese licor extranjero— y decían: «¡Viva el niño! ¡Viva Raúl!», y reían, y Aladino, felicitado por todos, tenía la camisa blanquísima, con los puños muy salidos. Y llegaron más señores, uno con gorra de plato, y empezaron a tocar pasodobles con muchos giros y figuras: «Marcial, tú eres el más grande; Marcial, tú eres madrileño…». ¡Viva Raúl! Y abrieron la puerta de la sala que daba al recibidor y bailaban por allí también, y se asomaron las criadas y los abuelos. Todas las señoritas se ponían al piano a tocar pasodobles y se reía por todos los rincones de la casa encendida. ¡Viva Raúl! «Esta noche no tendremos ganas de cenar» (dijo la abuela, por ahorrar).



lunes, 20 de noviembre de 2017

Cuentos republicanos (Plinio) La novena



A Eladio Cabañero

La hermana Eustaquia… —allí a las mujeres las llaman hermanas y a los hombres hermanos—, que fue ama de cría de mamá, me llevaba al novenario de las Ánimas del Purgatorio… Aquellas que están bailando sobre llamas, en el segundo altar de la izquierda, conforme se entra.

Salíamos de casa con nuestras sillas. Ella, un reclinatorio con tapicería de damasco morado; yo, una butaquita de mimbre. Ella, muy bien arrebujada en su mantón de felpa, y yo, con el sombrero negro de terciopelo hasta los ojos y una bufanda larguísima.

Íbamos con mucho tiempo, para sentarnos en el sitio que quería Eustaquia, que era debajo del púlpito, porque era dura de oído, y allí le caían las palabras del predicador como gotera, según decía. Es decir, que oía bien. Nos daba tiempo a ver todos los preparativos.

A lo primero hacía frío, pero a medida que la gente iba llegando taponaban las corrientes y se sentía calorcito. Cuando ya estaba el templo casi lleno —y se llenaba siempre que el predicador era dominico— salían dos monaguillos, uno llamado Cencerrilla y el otro Malaparte, y encendían las velas del altar de las Ánimas… (que quiere decir almas). Y llegaba el predicador acompañado del párroco, con las orejas y la nariz coloradas por el frío.

Cuando daban el último toque, largo, tristísimo, subía un cura de poca importancia al púlpito y rezaba un Rosario que daba mucho gusto oírlo, porque empezaba: «Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros…», etc., e iba bajando la voz y achicando las palabras, de manera que cuando llegaba a lo de «nuestra muerte, amén», ya no se le entendía, pues más bien era suspiro o gargarismo suavísimo. Y, apenas hacía punto, toda la masa de feligreses — parece nombre de titiriteros— atacaba con gran fuerza el «Dios te salve, María», aunque en seguida empezaban a bajar, hasta concluir en unos calderones huequísimos, más ruidos que palabras, que se cortaban en seco, para dejar paso de nuevo a la voz del curilla, que ya había tomado fuerza… Y así estábamos dale que te dale hasta llegar a la letanía, que tampoco era leve, pero daba gusto porque cambiaba de tono, mejor dicho, de cantidad, y cada invocación del cura era respondida con un tiro de voces que querían decir: «ora pro nobis…, ora pro nobis». Y luego los requilorios y apostillas finales por el Papa, por el Rey, por el general y por las ánimas, hasta que el curilla hacía una flexión rápida y se iba del púlpito.

Entonces la gente empezaba a toser, a rebullirse en las sillas y a mover los reclinatorios, hasta que salía el predicador con su capa blanca como un ángel y, con mucha solemnidad, subía la escalera del púlpito, que crujía peldaño a peldaño.

Mientras el fraile, ya en el púlpito, hacía la genuflexión y se santiguaba rápido, se oían las últimas toses y descomposturas. Todavía el predicador con las manos en el paño blanquísimo del púlpito, mientras pensaba, había alguno que tosía o alguna que suspiraba. Por fin comenzaba con voz pianísima, como si no tuviera muchas ganas: «Amadísimos hermanos, dice San Pablo en su Epístola…», y soltaba un latín que yo estaba absolutamente seguro que no entendía la Eustaquia, a pesar de que miraba sin pestañear… Poco a poco iba entrando en voz, aspando los brazos y sacando el busto peligrosamente de la barandilla, y se desataba a decir cosas miedosísimas de las ánimas que están en el Purgatorio, de los pecados y de lo que le ocurrió a cierto pecador que él sabía. A veces se volvía hacia uno y otro lado, como regañándonos a todos, con las manos crispadas y los ojos desorbitados.

Cuando el sermón llegaba a aquellas gravedades no se oían toses ni crujidos, sólo suspiros hondos y tristísimos de las viejas:
—¡Ay, Dios mío!
—¡Ay, Señor!
—¡Que la Virgen nos lo evite!
Yo algunas veces volvía la cabeza sin que me viera la Eustaquia y veía todas las caras de las viejas embobadas, que recibían la luz de frente. Un huerto de caras tristísimas. Y en las naves laterales —no sé por qué se llaman naves— los hombres en pie, enracimados, con la cara morena y las calvas blancas de llevar el sombrero o la boina. De rodillas solamente estaban las hermanitas del colegio, en la primera fila. Yo me distraía a ratos en contarles las tocas blancas.

A veces venían ráfagas de olor malísimo, pero nadie decía nada. Yo miraba hacia atrás por ver quién había sido, pero todas las caras estaban tan serias que nada se les traslucía. La hermana Eustaquia, aunque hablase el predicador, no dejaba de darle vueltas al rosario que tenía sobre el halda. Y cuando yo me distraía contando las monjas, o las velas, o encogiendo las narices por la peste que venía, me daba un codazo y me hacía señas con los ojos para que atendiese al fraile, que ya estaba contando con voz suave lo que le ocurrió a otro pecador antiguo.

Yo le hacía caso y volvía a mirar al predicador, que seguía con las manos por el aire bien enfaldadas en la manga perdida, y le veía subir y bajar el mentón, y los dientes de arriba, y sacar la lengua o, en un silencio, pasarse el pañuelo por las comisuras.

A veces me daba miedo de las ánimas y me imaginaba a mí mismo desnudillo, saltando sobre las brasas de una fragua, como aparecían en el altar segundo de la izquierda conforme se entra.

Cuando concluía el predicador, las cosas se aclaraban un poco. Empezaban a cantar las chicas del coro. Yo me volvía y las veía a todas con la boca abierta, y la toca blanca de la monja que estaba al piano, iluminado con dos velas. Y en el fondo del coro, entre sombras, los grandes pitos del órgano, ahora en silencio. Luego venía la reserva. Salían muchos curas y los monaguillos con ciriales, como en los entierros, y todos juntos cantaban ante el altar de las Ánimas… Quiero recordar que echaban incienso. Cuando la Salve estaba en los finales se oía el estruendo de los hombres que iban hacia la puerta y todos movíamos las sillas para prepararnos a salir.

La hermana Eustaquia me hacía besar la cruz del rosario y lo guardaba en su faltriquera. Luego me besaba en la frente (no sé para qué). Me abrochaba el abrigo entre los últimos rezos; me ceñía el tapabocas, y me daba el sombrero para que me lo pusiera nada más echar pie a la calle, porque antes era irreverencia. Se calaba el mantón, cogíamos las sillas, y arrastrando los pies detrás de las viejas, íbamos saliendo mientras los monaguillos, a la carrera, apagaban la cera.

En la plaza hacía mucho frío, pero la Eustaquia siempre se paraba a hablar con alguien del predicador. Y decían si había estado bien o mal y si era guapo o feo… El dominico también salía embozado en su capa para cenar en la casa del párroco.

Pegados a la pared y hablando del frío nos íbamos a casa a cenar. Y allí, el abuelo, que ya estaba con la servilleta puesta y era algo incrédulo, nos decía: —¿Qué, habéis sacado muchas ánimas del Purgatorio? Yo no cogía muy bien la intención, aunque sí le veía risa en los ojos y me ponía a pensar qué tendría que ver purgatorio con purga, mientras la Eustaquia rezongaba:
—Sí, sí; dígale usted esas cosas al niño, para que pierda la fe.



martes, 14 de noviembre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 8ª Capitulo

EN ESTE CAPÍTULO ACABA LA HISTORIA DE LAS VOCES EN RUIDERA, 
CON ALGUNAS REVELACIONES MUY DOLOROSAS, 
Y MELANCÓLICO EPÍLOGO EN UNA MAÑANA CASI ESTIVAL


Toda la santa mañana se la pasaron en el hotel esperando a la Gala, a don Circunciso y al pescador. Pero a las dos no había aparecido nadie. Plinio, impaciente, llamó al Comisario Perales, quien le aclaró que los viajeros no podrían salir hasta media tarde, para llegar a la hora de la cena aproximadamente. Después de comer se marcharon definitivamente las Reinas, madre e hija. Se despidieron con mucha ceremonia de todos. Desde el taxi que vino a por ellas, movían la mano como en las películas. Los de Tomelloso, quedaban como únicos huéspedes del hotel. Un cielo grisanto taponaba las ventanas y se teníala sensación de que todo el mundo había huido no por temor a las voces, sino por no importarles absolutamente nada. Las mujeres de Plinio, aquella mañana también empezaron a estar desazonadas, pero ya no había más remedio que esperar el rematín. Hasta las nueve de la noche no llegaron los viajeros de Madrid en el Mini de don Circunciso. En la semioscuridad donde aparcaron, vio Plinio al enanillo salir del coche con la cara muy mal terciada. Después apareció el pescador que, al pisar tierra, hizo una disimulada flexión gimnástica. Por fin bajó la Gala vestida color café, incluidos los pantalones y con la maleta de mano. No traía el aire presumido de otras veces. Plinio se adelantó a saludarlos. A excepción del pescador los otros le contestaron con desgana. Los dueños del hotel aparecieron en seguida con muchas cortesías para don Circunciso. Las mujeres de Plinio, tras las ventanas del hotel veían aquellas salutaciones con curiosidad. Ya dentro, los recién llegados pasaron ante ellas sin mirarlas. Gala y el pescador subieron a sus habitaciones directamente. Don Circunciso se sentó junto a su mesa de siempre y pidió un whisky, pero sin tacos de jamón. Plinio fue junto a él. Los demás se retiraron discretamente. —¿Estuvo usted allí, Manuel? —fue lo primero que preguntó. —Sí. —¿Vio usted a mi «Vida»? —Sí. —¿Dónde está? —Pegado a la casa. Bajo una ventana. —Yo quería haber llegado más temprano para ir a enterrarlo. —Mañana. Se le notaba desmejorado. Más pequeño que nunca, con los labios pálidos y los ojos tristes. Bebía en silencio, como pensando en algo que no tenía que ver con Plinio, ni con Ruidera, ni con la Gala… Tal vez sólo pensaba en su «Vida», muerto en acto de servicio. —¿Qué pasó? —le preguntó Plinio con timidez. Don Circunciso lo miró con extrañeza. Por fin hizo un esfuerzo: —Nos acercamos a Villahermosa siguiendo sus instrucciones. Localizamos al mecánico. Este nos dijo la casa de campo donde paraban los argentinos y allá nos fuimos… La misma casa que vieron ustedes desde lejos.

Plinio pensaba: De modo que a mí tanto aconsejarme prudencia y ustedes se meten en la boda del lobo sin más tientos. Don Circunciso que pareció recibir el callado reproche, entornó los ojos y apuntó con una leve sonrisa: —Si llega usted a ser el primero que va a la finca, ¿qué hubiera hecho, Manuel? Plinio se pasó la mano por la barbilla, Joder qué tío más listo, pensó, pero al fin salió con su buen natural: —Poco más o menos lo que hago siempre en casos así. Habría dejado el coche disimulado y desde un lugar oculto habría observado durante mucho rato qué pasaba en la casa. A don Circunciso se le salió una sonriseja: —Pues exactamente eso mismo hicimos nosotros… Pero con la diferencia de que ellos, a su vez, tenían centinela disimulado a la entrada de la finca o donde fuera, que nos contraminó la maniobra. Lo cierto es que veinte minutos después, según mi reloj, desarmados y esposados, un tipo con peluca y barba negra, nos llevaba en mi propio coche camino de Cuenca. Detrás venía otro coche, el famoso Seat 1500, haciéndonos escolta. Cerca de Cuenca, en medio de un pinar interminable, nos dejaron, sin haber mediado palabra. Allí pasamos el resto de la noche. Pues mi coche lo dejaron abandonado mucho más lejos. —¿Y de los secuestrados, o lo que fueran, qué pasó? —No lo sé bien. La impresión que tengo es de que todo está resuelto. Aunque no me haga usted caso. Es una suposición de Perales y nuestra. La consigna es que no volvamos a acordamos del caso. —¿Pero es posible que Perales no sepa lo que ha ocurrido de verdad? —No me extrañaría. Todo ha sido muy especial y sin duda llevado por alguien de más arriba. Nosotros hemos sido meros peones. —También es raro que no haya aparecido nada en los periódicos. —De las cosas verdaderamente graves la prensa no dice nada hasta que son historia… Debía de haber mucho interés en silenciar esto. De todas formas todos le estamos muy agradecidos, Manuel. —Yo no he hecho nada… Nunca había visto al enanillo tan sumiso. Diríase que desde que murió su perro no era nadie. Perdió aquella soberbia cicutrina que tenía en los tiempos prósperos. —¿Cuándo se marchan? —Mañana así que enterremos al «Vida». ¿Quiere usted algo? —No sé… Veremos a ver qué dice esta Gala. —Es una prostituta vulgar y corriente —dijo con gesto de repugnancia. —¿Le ha preguntado usted algo? —No, Manuel, eso es cosa suya. Don José avisó que podían cenar. Plinio decidió subir antes al cuarto de la Gala. Llamó con los nudillos. Abrió ella con cara compungida. —Si quiere usted cenar —le dijo señalando la cena ser vida sobre la mesa del cuarto. —Acabe, acabe. Yo voy a hacer lo mismo y después subo a charlar un rato. —Sí señor. Quién te conoció ciruelo y te ve guindo, se dijo Plinio recordando a la Gala pimpante de los pantalones blancos. Don Circunciso y el pescador cenaban juntos. Ya no importaba que se conociese su relación. En la otra mesa ocupada, estaban Plinio y los suyos. El resto del comedor era un desierto de manteles. Los camareros, con los brazos cruzados, miraban desde los rincones.

El cocinero, de vez en cuando, asomaba por el torno su cara lastimosa. Desde las ventanas del comedor se veía la laguna con alternativos clariones. Apenas tomaron café las mujeres se aplicaron a la televisión, don Lotario se sumo a los de Madrid, y Plinio subió a la habitación de la Gala. Esta le abrió muy envuelta en una bata color verde claro, y su último semblante de muchísimo respeto. Le ofreció la única silla que había y ella se sentó sobre la cama. A veces se le entreabría un poco la bata, y dejaba a la luz aquellas dos piernas tan bien pensadas que tenía. Pero con pudicia propia de interrogatorio, en seguida corregía la descubierta. Plinio, echando hacia atrás el asiento y mirándola fijamente, aguardó unos segundos sin decir nada. Ella, parpadeaba y se acariciaba las manos puestas sobre el halda. Por fin rompió el guardia con excusas: —Perdone usted la molestia de obligarle a venir a Ruidera otra vez, pero era imprescindible hacerle unas preguntas a ver si nos aclaramos. La Gala, con la boca muy apretada, se limitó a asentir. —Vamos a ver. ¿Usted oyó alguna noche esas voces que suelen dar a las doce? —Sí… Desde aquí se oía algo. —¿Y no sentía usted curiosidad por oírlas mejor, por saber lo que pasaba? —Nunca les di importancia. —¿Qué solía usted hacer a esa hora? —Normalmente, cenaba en mi habitación y me quedaba leyendo. No me apetecía estar sola en el comedor. —¿Por qué se marchó usted tan repentinamente? —Me cansé de estar aquí —dijo sin inmutarse. —¿Se cansó, así de pronto? —Sí. Cada vez sus contestaciones eran más tensas. —¿Cómo se hizo esas heridas? —la interrumpió señalando las cicatrices todavía visibles. —Me escurrí al subir las escaleras. —¿Al subir las escaleras… o al subir por la ventana? —¿Por la ventana? —¿De dónde venía usted a las dos de la madrugada la última noche que pasó aquí? —¿Yo? Usted está confundido. —No, varias noches la oí entrar por la ventana a esa hora… Exactamente las noches que había voces —añadió con enorme severidad. —No señor. Sería otra persona y por otro lado. Yo jamás salí del hotel de noche. —¿Qué profesión tiene usted? —Si ya la sabe. ¿Por qué me lo pregunta? —Quiero saber exactamente lo que usted hacía aquí. Las mujeres como usted para descansar se van a otros sitios más amenos. —Cada una es cada una. Usted y todos los huéspedes del hotel conocían mi vida aquí. —Naturalmente, incluidas sus salidas por la ventana las noches que había voces. —Cada uno se gana la vida como puede, Manuel. Creo que a usted le llaman Manuel. No todos tuvimos la suerte de nacer de padres que se cuidaran de nosotros como si fuésemos perlas. De padres que nos educasen y hasta nos diesen una profesión bonita para si te quedabas soltera vivir como una señorita… Usted no sabe que para mucha gente tener hijos es como una condena, que por todos los medios están deseando quitarse de en medio.

Hablaba y hablaba ahora con los ojos muy fijos en el suelo, como si de pronto le hubiesen dado cuerda o mejor como si hablase otra por ella; otra que llevaba dentro y que hasta entonces permaneció callada. Se le había vuelto a abrir un poco la bata y Plinio podía verle la pierna hasta un poco más arriba de la rodilla… La primera vez que se la vio no reparó tanto y le pareció corriente, e incluso una buena pierna. Pero ahora cambiaban mucho las cosas. Ahora se apreciaba que la pantorrilla resultaba demasiado delgada en comparación con el muslo y sobre todo, y ello es muy importante, que la tibia y el peroné se le curvaban un poco hacia afuera a manera de horcate… No tanto que se apreciase con los pantalones puestos, pero sí lo suficiente para que vista al natural y directamente, el cuerpo de la Gala perdiese mucho encanto. Otra cosa que contribuía a la decepción de Plinio era la forma de la rótula. No era redondita, graciosa y tapizada de carne, sino alargada, como un gran parche ovalado y apreciándose mucho el juego de los huesos. Parecía una rótula fabricada para una tibia y un peroné de superior formato —no era ese el caso del fémur—. De suerte que se hacía muy ostensible sobre los huesos más débiles, un poco alabeados, que bajaban hasta el tobillo, también demasiado delgado sobre sus pies de medida normal. —Mi madre nunca me quiso más que a cualquiera otra persona de la vecindad. Me daba de comer si tenía de sobra, y si no se quedaba tan tranquila. Ni se le pasó por la imaginación mandarme al colegio… y cuanto más tiempo estaba yo en la calle más contenta. Ni me preguntaba de dónde venía, con quién había estado o si había hecho esto o lo de más allá. El día que le dije que me marchaba de casa se quedó tan fresca como si le hubiera dicho que estaba con el período… Y a ver si usted me entiende: esta indiferencia no era porque su cariño me lo robase otra u otro (que yo era hija única), es que era así.

Seguía hablando, con gestos muy expresivos, pero, ya digo, como si se hablase a sí misma, como si se diese explicaciones, mirando mucho a la colcha de la cama como si expusiese unos pensamientos que acababa de encontrar en su pensadero. Otra cosa que notó Plinio es que debía tener las piernas bastante peludas. Ahora estaban afeitadas, pero el vello comenzaba a apuntar, formando unos granitos lupascópicos, que naturalmente en pocos días acabarían por tapizarle las piernas delgaditas y curvadas con una selva de vello negrísimo. —Y a mi padre no le importaba ni mi madre ni yo. No sé cómo dieron en juntarse dos seres tan iguales. Yo creo que sólo la quería para acostarse con ella y para que le hiciese la comida. Para todo lo demás ni nos miraba a ninguna de las dos. Hablaba lo que le venía en gana, pero mirando al plato o al suelo, como si estuviese cansadísimo de vernos. (Exactamente como en este momento le estaba la Gala hablando a él sin reparar en su presencia y con los ojos obstinadamente fijados en la colcha blanca a la que algunas veces tiraba unos pellizquitos, más o menos profundos, según fuera la intensidad de su razonamiento).

Calló un rato corto que lo pasó pellizcando la colcha y con las cejas muy juntas y de pronto, como si hubiera adivinado los pensamientos de Plinio, siguió: —Y es que, como decía un señor que yo conocía, lo peor de tener unos padres avaros no es sufrir sus avaricias, sino que luego sale uno tan avaro como ellos… Por eso, aunque yo comprendo que mi padre y mi madre eran así, y que la cosa no es de gusto, sé muy bien que soy igualito que ellos, y que de verdad de verdad hasta ahora no me ha importado nadie en el mundo, ni siquiera yo misma. Como me oye, Manuel. Yo no he querido nunca a nadie ni creo que me quiero a mí misma, por la sencilla razón de que me noto, de que no sé que estoy conmigo, de que me parece que yo soy otra de la que veo u oigo… De verdad, señor, que yo no siento ni padezco… También hay mucha gente que cree que yo soy muy vergonzosa. Fíjese, vergonzosa yo con este oficio. Y yo de verdad que no sé lo que es la vergüenza ni el pudor, ni el coqueteo, porque yo no deseo a nadie, hasta que llega el momento… usted me entiende. Pero el mismísimo momento. Y ahora había separado un poco los muslos, morenos, claros, bien formados y sin el menor asomo de vello como las pantorrillas. Y había separado un poco los muslos al medio tumbarse en la cama, como si le doliese algo un costado… Ah, y cuando dijo que ella no deseaba a nadie hasta que llegaba «el preciso momento, usted me entiende», empezó a reírse sola, enseñando mucho los dientes blanquísimos. Era una risa de autoburla y de burla del prójimo, pero que dejaba ver cómo en el colmillo superior derecho tenía una pequeña carie «pegadita» —como habría dicho ella— a la encía. Pequeña carie, que, como ocurría con las piernas respecto a los muslos, rompía la armonía de aquella dentadura tan blanca, tan bien ensalivada y con aquel revoloteo de lengua al reír. (La lengua esa tan caliente y ensalivada sí que está apetitosa moviéndose sola en la jaula de la boca…). —Pero si es verdad que no he querido nunca a nadie, también lo es que nunca hice mal. Ni quise ni odié. Ni hice bien ni mal. Me dedico a ganarme la vida con el único oficio que aprendí, que por otra parte me parece la profesión más cómoda para una que no siente ni padece como yo… Y yo tengo el oficio muy bien aprendido, porque me lo enseñó la Charo, que era muy perita y todo le importaba un huevo como a mí. Por eso cuando quiero se me olvida el que tengo encima o me aprovecho sólo en el momento que me apetece. Porque yo, cuando me pongo a pensar en mis cosas, y eso creo que era lo que le pasaba a mi madre y a lo mejor a mi padre, no me entero de nada de lo que tengo alrededor, aunque sea un orangután comiéndome el halda.

Ahora ya se había tumbado del todo en la cama con la cabeza apoyada en el piecero y miraba hacia arriba, a Plinio, sonriendo, con simulada cachondería. En aquella postura de cara arriba y pecho arriba, las mamas se le echaban un poco hacia la cara y quedaba muy patente la canal maestra. Así tumbada boca arriba, en un plano más bajo que el de Plinio, viniéndole los pechos a la barbilla y con el despatarre mal tapado por la bata, se le veía más parte de los muslos y de la braga negra, aunque todo se descomponía al llegar a aquellos pedruscos de las rodillas, que ahora bien destapadas, mostraban sus curvas con mayor dibujo y deformación. Y sobre todo, por la luz tan directa que les daba de la lámpara del techo, se notaba más el punto azulenco de los cabellos que iban a surtir. También, al verla hablar y sobre todo reír puesta así boca arriba, parecía que aquella boca, a pesar de dientes tan blancos, sólo era agujero destinado a cosas muy practicas. —Todo eso está muy bien señorita Gala, pero nada me aclara de sus salidas por la ventana las noches que tocaban voces. Ella empezó ahora a reír estrepitosamente sin cambiar de postura y llevándose las manos a la boca. Con la congestión de la risa se le notaban más las pequeñas cicatrices de la cara y aquella otra que tenía en la mitad de la pierna derecha. —Le aseguro a usted, don Manuel, que yo no era la que voceaba, entre otras cosas porque soy mujer y las voces, según oí, eran de hombre… Y además, que no sé por qué se toma tan en serio esas bobadas un hombre tan hecho como usted. Plinio, bastante molesto por la risa, se puso de pie y con aire severo le dijo: —Señorita Gala, me preocupan esas voces, porque después de usted marcharse a Madrid, de otra noche de voces, apareció una chica de dieciocho años ahogá en la laguna… con unas heridas muy parecidas a las que usted tiene. —No… —dijo muy impresionada, sentándose en la cama y envolviéndose bien en la bata como si de pronto le llegase toda la vergüenza del mundo. —Sí. —Qué barbaridad. —Sólo le pido que nos ayude. Piénselo bien. Hasta mañana tiene tiempo. De lo contrario mañana nos iremos todos… los turistas, y me temo que la muerte de esa pobre niña quede sin aclarar… Esa y las que puedan suceder después. Plinio quedó todavía mirándola unos segundos. Pero ella, con la cara apoyada en las manos, parecía alejada, pensando en sus cosas, como su padre y su madre. —En fin, lo dicho —volvió a decirle Plinio haciéndose el remolón. De pronto sonó como si hubieran tirado un puñado de tierra sobre los cristales de la ventana. La Gala miró hacia allá sorprendida, pero en seguida empezó a reír muchísimo y con aire infantil dándose manotadas en los muslos, que al abrir las piernas de pronto, otra vez se había dejado al descubierto. —¿Qué ha sido eso? ¿Qué le pasa? —Por favor, Manuel, márchese que creo que tengo muy cerca la solución. Márchese pero no salga a vigilar, ni se haga el listo apostándose por ahí en el pasillo.

Espere en el bar. Ya recibirá aviso en el momento oportuno. Entonces suba acompañado. Como un trallazo, más fuerte, volvieron a tirar otro puñado de arena sobre los cristales. —Salga. La Gala, alargando la mano al interruptor, apagó y encendió la luz dos veces. Plinio, con gesto muy de reflexión, los ojos guiñados, y los movimientos lentos, salió, y fue por el pasillo y las escaleras camino del bar. Sentados alrededor de la mesa, charlaban en amor y compaña, don Circunciso, el pescador, don Lotario y los dueños del hotel. En la barra, el mozo lírico, hacía un leve solo de silbato a un jilguero, cuya jaula alguien había dejado sobre el mostrador. Todos miraron al jefe. —¿Qué pasa, Manuel? —le preguntó don Lotario. —Pues no lo sé… Ha quedado la cosa muy interesante. Según parece dentro de un ratillo todo estará claro. Don Circunciso, el puro entre los dientes y la mano en la mejilla, se avivó al oír a Plinio, que en pocas palabras explicó lo ocurrido arriba. —¿Y qué piensas que va a ocurrir? —Vamos a ver… El de la barra, olvidado de la jaula por un momento, se acercó a escuchar a Plinio, pero no tuvo ocasión. —¿Y de qué hablaban ustedes? — les preguntó el guardia por cambiar de tema. —Nos contaba don Circunciso de lo que tuvieron que pelear para encontrar a la Gala en Madrid. —Y ella, aquí en Ruidera conoce gente —le cortó don Circunciso a don Lotario. —¿Ah sí? —Esta tarde, cuando pinchamos al llegar a Entrelagos y nos bajamos a cambiar la rueda, salía de allí un grupito de personas y tres o cuatro de ellas se acercaron a saludarla… —A lo mejor es que hacía por aquí su negociete (Lotario). —¿Y a usted qué tipo de mujer le parece, Circunciso? —No me he preocupado, Manuel… Pero me da la sensación de un poco descarriada mental como todas las prostitutas. El hetairismo siempre es signo de desequilibrio mental añadió con aire suficiente. —¿Y no de deficiencia? —No, don Lotario, de inestabilidad. —¿Cuál cree usted que puede ser la señal para que subamos, Manuel? Plinio hizo un mimo de ignorancia alzando los hombros. Doña Josefa, movida por una intuición, según confesó luego, miró su reloj y dijo con voz ceremonial: —Van a ser las doce. Todos se miraron entre sí. Luego cada cual consultó su reloj. Los cigarros quedaron en suspenso. Tan grande era el silencio, que sólo se oía el rozar de las alas del jilguero cuando saltaba en la jaula. El pescador, con la boca apretada y los ojos entornados como si esperase oír un cañonazo. —Ahora son las doce en punto — aclaró doña Josefa. —Sí. —¿Y qué? —Vamos a ver. —¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaah! Sonó dos veces seguidísimas el grito. Más próximo y fuerte que nunca. —Ahí está la señal. Vamos —gritó Plinio saliendo disparado hacia el pasillo donde estaban las habitaciones bajas del hotel. Todos le seguían. Don Lotario a su lado y el último Circunciso. Apenas entraron en el pasillo encontraron a la mujer y a la hija de Plinio que en camisón y con la cara descompuesta venían hacia el bar. —Manuel ha sido ahí. Ahí mismo, en la habitación de al lado, en la de la rubia. —Ay, que susto, padre —decía Alfonsa cortándole el camino. —Deja, deja, sí ya sé. —Ay Señor, ay Señor, qué miedo. La puerta del cuarto de Gala estaba cerrada con llave.

Plinio empezó a forcejear. —¡Abre! ¡Abre! —gritaba. No contestaba nadie. Empezó a dar empujones contra la puerta. Pero no cedía. Eran puertas modernas, pero de madera recia. El pescador se puso de acuerdo con Plinio para empujar, pero no había modo. —Nada, que no hay manera. —Espere, esperen, que tengo yo por aquí la llave maestra —dijo doña Josefa buscándose en el bolsillo. —Eso de que las puertas se abren de un empujón, no ocurre más que en las películas —comentaba don Circunciso con tono muy frío. Doña Jose€a no se atrevió a abrir y cedió la llave a su marido. —Anda, abre tú. Las mujeres de Plinio con los brazos cruzados sobre el pecho y descalzas parecían las más asustadas. Por fin abrió don José la puerta. Estaba la luz apagada y la ventana abierta. Alguien se quejaba. —¿Dónde está la luz? Encendió doña Josefa. En la cama no había nadie. Pero al otro lado, encajada entre la mesilla y el larguero estaba la Gala, completamente desnuda, con los ojos cerrados y sangrando por la boca. Respiraba con gran esfuerzo. Tiraron de ella suavemente para subirla a la cama y dio un grito. —Debe de ser la pierna. Cuidado — dijo don Lotario. La depositaron sobre la cama. Doña Jose€a iba a cubrirla con la sábana, pero don Lotario le palpó con tiento la pierna derecha. Ella volvió a gritar. —Se la ha roto, me parece. Luego encendió el mechero y se lo aproximó a la boca. —La sangre parece de los labios y dientes. Debe de haberla golpeado sin más. Por fin doña Josefa consiguió taparla. «¡Estaba como la parió su madre!», comentaría luego la Gregoria en el pueblo. Tenía un ojo amoratado. Don Lotario le tomaba el pulso. Por fin ella movió la cabeza como si se despabilase y entreabrió el ojo sano… y habló en tono bajo. —A ver, a ver qué dice. —En los chalets de la San Pedra, Manuel… Se llama García López… Por la ventana abierta de par en par, vieron en aquel momento, unos doscientos metros más allá del hotel, que un coche arrancaba a toda velocidad, pero en dirección al pueblo. —Vamos todos —ordenó Plinio—. Quedaos vosotras y don José con ella… Vamos en los dos coches, ¿le parece don Circunciso? —De acuerdo Manuel. Vamos. —¿Hacia dónde vamos? ¿Detrás del coche? —No, a los chalets de la San Pedra. Mientras marchaban, Plinio con la linterna examinaba la lista de propietarios de chalets de la San Pedra que le dejó el constructor junto a un pequeño plano. Las cigarras cantaban con frenesí obsesivo. En Ruipérez sólo se veía encendida una luz alta. El Mini de don Circunciso venía detrás respetando todas las iniciativas de don Lotario. —Creo que sé cuál es poco más o menos. Eusebio, el pescador, junto a don Circunciso, con la gorra visera bien calada miraba con ahínco a la carretera. Una vez dijo de él Plinio a don Lotario: —Es un hombre muy raro don Eusebio el pescador. —Sí… parece ausente de todo. Una especie de autómata. —Pero no debe de ser tonto. —No, no lo parece, pero sí hombre poco imaginativo. Llegaron a los chalets que están junto a la laguna San Pedra. Sólo uno estaba con las ventanas encendidas. Plinio volvió a consultar el plano con la linterna. —Pues yo creo que ese que está encendido es el que buscamos.

Se bajaron del coche y quedaron sorprendidos al ver que don Eusebio traía a don Circunciso de la mano, como si fuera un escolar. Cuando llegaron junto a ellos siguieron igual, sin soltarse. Será que le da miedo la noche o que teme tropezar. Lo cierto es que don Circunciso tenía gesto de un poco entregado. Tal vez era la manera de suplir el perro, de tener ayuda. Ya a muy pocos pasos del chalet de los García López notaron que había alguien ante la puerta. Plinio le enfocó la linterna. Era una señora mayor. La que había visto algunas veces de paseo y acompañada de un joven alto y rubio. La señora, al sentirse enfocada, con los ojos entornados, sonrió tímidamente. —Buenas noches… —dijo Plinio por decir algo. —Buenas noches traigan ustedes… —¿Esta es la casa de los señores García López? —Sí… Yo soy la señora García López. Mi marido murió. —Queríamos hablar con usted. —No faltaba más. Pasen. Encendió la luz del portal. Entraron todos. Don Circunciso por fin se soltó de la mano de Eusebio el pescador. La señora quedó mirando con mezcla de curiosidad y ternura al enanillo. Don Circunciso, sin darse por mirado, encendió tan arrechante el medio puro que traía apagado entre los labios. Pasaron a un salón grande, muy bien puesto, con muchos libros encuadernados, chimenea, dos tresillos, alfombras persas y varios cuadros de paisajes nórdicos. La señora les ofreció asiento. Y sin decir nada fue hacia un bar que había en un rincón, tomó una bandeja cargada de vasos y una botella de whisky y otra de aguardiente y les ofreció sonriendo con gesto muy bonancible y casi infantil. Tenía la señora los tobillos muy hinchados y la artritis le deformaba los huesos de la mano. Aparentaba unos setenta años y ponía cara como de tenerse lástima a sí misma. Todavía le quedaba el rescoldo de unos ojos clarísimos. Se movía con ritmo muy lento, pero con seguridad, sabiendo lo que hacía. Cuando todos tuvieron su copa, se sentó en uno de los sillones sin dejar de mirar con gesto maternal a don Circunciso. Plinio ofreció «caldos» a don Lotario y al pescador. Este hacía verdaderos equilibrios para liar sin que se le cayera el tabaco. Don Circunciso, ya seguro con el whisky en la mano, sonreía. —¿Con quién vive usted aquí, señora? —… Con mi hijo. —¿Dónde está? —No sé… Y sonrió con gesto triste. —No sé… Tenía que ocurrir. Estaba segura. ¿Ustedes son de la policía, verdad? ¿Usted también? —añadió mirando de nuevo a don Circunciso. —… Tenía que ocurrir y es natural. A los hijos los dominamos durante los primeros años, pero al fin se nos escapan totalmente. Se hacen otros seres distintos a nosotros… Sabía perfectamente que todo ocurriría así. Y estaba resignada. Digamos que tenía la resignación almacenada… Una dolorosa resignación. Cuántas veces he temido que llegara una noche como esta. Una noche que vendrían a buscarlo y yo no tendría más remedio que explicar todo lo que pasa… Es mi hijo y estoy en mi derecho moral de no decir nada que le perjudique. Pero es inútil. Yo hasta ahora no he estado preservando a un hijo que obraba mal, sino a un enfermo… Hasta ahora, durante años, pude arreglarlo todo, facilitándoselo todo y consiguiendo que no pasara a mayores. Para ello empleé mucha habilidad y sacrificio. Pero ya es imposible… Compré esta casita, pensando que en el campo se apaciguaría… y todo sería más fácil. Incluso me traje una prostituta de Madrid para que lo atendiese regularmente… Pero no sé qué le ocurrió al llegar a estos parajes, a este campo, que a la hora de hacer el amor, le dio por vocear, por vocear en el momento del espasmo. Vocear de manera parecida a como oyó en una película de terror que vimos poco antes de venirnos de Madrid. No lo había hecho nunca… Siempre, al terminar, quedaba traspuesto, con un sudor frío en la frente, pero callado. Los que escuchaban se miraron entre sí. Don Circunciso de un tragazo consumió el whisky que le quedaba. La señora ahora hablaba como en un monólogo onírico. —Antes, de lo único que tenía que cuidarme era de tenerle una mujer preparada cada dos noches… Con dinero eso es muy fácil, ustedes lo saben, porque si a las cuarenta y ocho horas no tenía mujer atacaba ferozmente a la que fuese. Pero últimamente, ¿qué pasa Dios mío?, necesita vocear. No se pueden ustedes imaginar. Es como un estremecimiento epiléptico acompañado de una voz desgarradora, como si se le rompiese algo en su interior, como si alguien en ese instante le agarrase el cuello para estrangularlo. Y se pone las manos en los ojos como si viera algo espantoso… Ya habrán ustedes apreciado que el grito no es precisamente patético, sino más bien sensual. Sin embargo, la cara que pone al gritar y la manera como se la tapa después, da la impresión de que sufre muchísimo. O de que ve algo espantoso.

La señora calló un momento. Plinio bebió un trago de chinchón con agua. Don Lotario miraba al Jefe de reojo. El más impertérrito era el pescador, aunque tenía la boca un poco entreabierta, posición esta muy poco frecuente en la figura de su rostro. —¿Entonces usted lo ha visto de cerca cuando…? Ella bajó los ojos y se miró ambas manos. —Alguna vez. —¿Cuándo empezó así? —Hace siete u ocho años. Primero comenzó a meterse con las criadas. Como eso creaba muchos disgustos, empecé a pagar chicas que viniesen a casa cada dos noches… No podía dejarlo salir solo. Claro que alguna noche se me escapaba. Sobre todo si se retrasaba la alquilada o por cualquier cosa no venía. —Usted sabe que ayer desapareció una señorita y que hoy se ha encontrado ahogada con heridas y contusiones. —Sí… me he enterado esta mañana. —¿A cuántas ha matado más? —Ninguna, de verdad. Últimamente está muy agresivo. Ya no espera cuarenta y ocho horas. Quiere amar todas las noches, a todas horas… Es terrible. Parece que le pegó a Gala. Y como ella ofendida se fue a Madrid, él salió con el coche. Por la manera que tuvo de arrancar aquella noche me di cuenta de que iba en busca de otra, la que fuere. —¿Y por qué la tiró a la laguna? —Le haría frente. Eso no puede hacerse con él. Hay que entregarse… Cuando hoy vi que volvía Gala con ustedes —dijo mirando a don Circunciso— me temí lo que iba a pasar, lo que está pasando… Se llevó una gran impresión al verla. Se me escapó al primer descuido. Y yo estaba segura que ustedes la traían de cebo… Yo no puedo hacer nada. Me doy resignadamente por vencida. Digo resignadamente porque sé que no lo pueden juzgar como a un ser normal. No tienen más remedio que llevarlo a un sanatorio donde yo pueda estar con él y orientar la manera de tratarlo y satisfacerlo… No sé por qué nació así. Vaya usted a saber. Ni en mi familia ni en la de su padre hubo anormales… Bueno hubo un hermano de mi marido, que en la guerra asesinó a cien personas. Don Circunciso se echó el vaso entero al coleto, al oír aquello, pero con tanto ímpetu que empezó a toser. Don Eusebio le dio manotadillas en la espalda. De pronto todo tomó un aire más patético todavía. La señora empezó a llorar con unos ahogos secos y aparatosos a la vez que se daba puñadas en la cabeza con gran furia. Parecía como si la dulzura de hasta entonces hubiera sido forzada. Don Lotario fue el primero en reaccionar. Intentó frenarle los golpes, hasta que por fin cogió la vasija con los cubitos de hielo, y se lo echó todo en la cabeza. Le cayeron algunos cubitos por la espalda y el escote. Durante un largo rato todos callaron. La señora, con gesto adusto más que triste, miraba el rescoldo de la chimenea. Don Circunciso, procurando no hacer ruido, se levantó y se sirvió otro whisky con mucha agua. Sin sentarse, junto a la bandeja con ruedas, se bebió un trago larguísimo. Plinio, con mucha calma, una vez superada la sorpresa, empezó a liar otro «caldo». Por fin le preguntó: —¿Dónde estará ahora su hijo, señora? —No sé —dijo volviendo a endulzar el gesto poco a poco y con voz amable— pero vendrá aquí… Antes de las tres vendrá como sea. Es superior a sus fuerzas el pasar las noches fuera de casa —¿Y por qué su hora del amor suele ser la misma, las doce en punto? —… No lo sé. Eso le ocurre desde el primer día. Al final de la jornada siente ese deseo… o lo que sea, de manera irrefrenable. —¿Y por qué no se traía Gala a casa y lo hacía en medio del campo o en el mismo hotel? —Yo siempre le decía que se la trajese y él me lo prometía. Pero es tan impaciente… o porque esperaba las doce… Yo que sé. Es mi hijo y no sé del todo bien lo que le pasa. El primer escándalo que dio fue hace cinco años con una cieguecita que vendía los cupones en una esquina. Salió solo con el perro que teníamos entonces y fíjese, aunque era sólo media tarde, le dio el arrebato y quiso violarla… Fue un escándalo horrible. A partir de entonces tuve que empezar a cuidarme seriamente de él en este aspecto. —¿Fue al colegio? —le preguntó don Lotario tímidamente. —No… siempre le tuve profesores particulares. —¿Y su padre le faltó hace mucho? —Sí… veinte años hará ahora. La señora se levantó y volvió a echar leña en la chimenea. —No debe tardar en venir. Son cerca de las tres. Tenía otra vez cara de cansada. Mejor, de entregada. Había en todas sus actitudes y palabras una forzada serenidad, mejor, una resignación casi beatífica. El mismo tono de sus palabras era añorante, como referido a un capítulo ya transitado de su vida.

El reflejo de las llamas avivadas luciernagueaba en los rostros adormecidos de todos. Aquella espera tan relajada, era lo más opuesta al final de un caso policíaco. Todo estaba resuelto, o al menos parecía resuelto con un largo maestoso. Era como esperar con paciencia el final de una agonía. A pesar de su aparente tranquilidad, cuando el silencio se prolongaba un poco, a la señora García López se le escurría una lágrima que se enjugaba pausadamente. —… Aparte de estas cosas es un alma de Dios —dijo como para sí—. Cuando no siente deseos de mujer, es como un niño. Lee libros infantiles, juega solo o se pasa horas y horas ante la televisión. Todos los días, cuando salimos de paseo la gente lo mira con agrado. Tiene tan buen tipo, es tan dulce su gesto, y ese aire distraído, de sabio, que a todo el mundo le cae bien… Cuando lo lleven al sanatorio me internaré con él para poderlo atender y tenerle a punto las mujeres que necesite. Si le faltasen enloquecería… Quiero decir que estaría anormal todo el tiempo. ¿En qué mejor cosa puedo emplear lo que me quede de vida? Calló. Ahora se miraba los rodales mojados que todavía le quedaban sobre la bata. —¿Y qué hace por ahí a estas horas? (Plinio). —Siempre… después, le gusta correr en el coche. Algunas veces se va hasta el Hundimiento, allá a la entrada del pueblo, porque le gusta oír el ruido de las cascadas… Más de las tres no aguanta por ahí, ya verán. El pescador se levantó con aire de sueño y se sirvió otra copa de Chinchón. Antes de sentarse, según solía, hizo un disimulado ademán gimnástico. Se oyó que abrían la puerta del chalet cautelosamente. —Cuidado, ya está ahí. Por favor, no le digan nada. Yo lo arreglaré todo. Unos pasos suaves en el pasillo. La madre salió a su encuentro. Durante unos minutos estuvo con él. O no hablaban o lo hacían en voz baja. Por fin se les oyó aproximarse: —Luis, por favor, pasa que hay aquí unos señores que quieren verte. Apareció en la puerta del brazo de su madre. La pobre señora tenía ahora el gesto más triste de toda la noche. El mozo, tan alto y rubio, con gesto de niño un poco enfadado, hacía a los visitantes unas reverencias muy cortesanas, desde lejos. —Anda hijo, siéntate —le ofreció la madre un sitio en el sofá que ella estaba. Luis se sentó, miró fijamente y con cierto orden a todos los que allí estaban y de pronto, como si le diese vergüenza, tomó una revista que desde lejos parecía infantil y empezó, con obstinación, a simular que leía… Era de tan buen parecer, que sólo se le notaba su anormalidad en la manera de fruncir el entrecejo, de mirar entre tímido y desconfiado. —¿Podría hacerle algunas preguntas? (Plinio). —Es inútil, señor. Pruebe y verá. —¿Cuál es su nombre? —Luis —dijo la madre en voz baja. —Óigame, don Luis. Levantó los ojos de la lectura, pero en seguida volvió a ella. —Óigame, don Luis. ¿Cuántos años tiene usted? Lo miró de reojo nuevamente y no contestó. —Anda, hijo, dile a este señor cuántos años tienes, no seas así. —Veintisiete —dijo casi bisbiseando y sin mirarlo. Plinio hizo una señal a la señora para que fuese junto a él a un rincón. La mujer fue a donde estaba el Jefe. El hijo volvió a levantar los ojos un momento al ver la maniobra. —Señora, mi deber es comunicar en seguida a la Guardia Civil que hemos localizado al presunto autor de la muerte de la señorita Solita… Ellos son los que llevan este caso. Si usted me lo permite voy a utilizar el teléfono. —¿Y van a venir ahora? —Claro —Que esperen a mañana… si nosotros no nos vamos. —Que ellos dispongan. —Está bien… El teléfono está allí dentro. Y volvió con cara compungida a su sofá. —¿Por dónde estuvo usted paseando? —le preguntó don Circunciso con su voz ronquilla e infantil. Luis levantó los ojos hacia el enanillo, y quedó unos segundos mirándolo con curiosidad, sorprendido. Pero en seguida volvió a su lectura. —Luis, por favor, te pregunta este señor que por dónde estuviste paseando. Se encogió de hombros y aproximó más la revista a la cara. —Si es inútil. —Yo creo, señora, que sería mejor que nos dejase a solas con él (Circunciso). —Como quieran, pero… —Sí, vamos a probar —insistió el enanillo poniéndose de pie y avanzando hacia el mozo con cierta arrogancia. La señora García López marchó hacia la escalera. —Marche, marche por favor. Subió lentamente. Los escalones de madera crujían bajo sus pies. Luis levantó los ojos de la revista hacia ella, con cara de no saber lo que ocurría. La señora había vuelto a detenerse. —Desaparezca, por favor. Luis se puso de pie y dejó caer la revista al suelo. —Vamos don Luis, queremos hacerle unas preguntas.

Luis miraba a don Circunciso desde su altura con gesto irresoluto. —Siéntese, por favor —y le apoyó las manos en los brazos para obligarle a sentarse. Pero Luis permaneció de pie. —Vamos a ver. ¿Dónde estuvo usted de paseo esta noche? —le preguntó con energía. En aquel momento entró Plinio. Al ver la escena, quedó parado junto a la puerta. —Haga el favor de contestar. ¿Con quién estuvo? Ahora Luis miró a todos, con cara de temor, de hallarse acorralado. Y por fin, con pasos cautelosos y las manos un poco alzadas, como si temiera que fueran a atacarle, avanzó hacia la escalera. Apenas pisó el primer escalón, la subió corriendo. Don Circunciso miró a Plinio con cara de resignación. —No hay nada que hacer. ¿Habló usted con la Guardia Civil? —Me ha dicho el sargento que no nos movamos de aquí hasta que ellos lleguen. Márchense ustedes si quieren y aguardo yo con don Lotario. A don Eusebio, el pescador, pareció gustarle la idea, pero como don Circunciso hizo un gesto de indiferencia y fue hacia su sillón, el pescador, con resignación, volvió a poner la cara entre las manos. Plinio también se sentó en el sillón que antes ocupaba la señora. Don Circunciso se dedicó a husmear entre los libros y revistas que había por allí. Don Lotario se sirvió otra copa de anisado y ofreció a Plinio. Este la tomó con cara de cómica resignacion. —Todas son revistas infantiles — dijo don Circunciso con voz de amanecida y sin quitarse el dichoso puro de la boca. —Pero delante de las mujeres no es infantil. —Me parece enormemente peligroso… Una lástima —se lamentó el enanillo. —Más lástima me da a mí la madre (Plinio). —Por supuesto. —Les digo a ustedes, que qué vidas… (Don Lotario). —Qué vidas las de ellos. Pero qué muertes las de cuantos caen en su poder en uno de esos momentos de arrebato — dijo de pronto el pescador con aire filosófico. Don Circunciso asintió con mucho respeto. La habitación estaba completamente nublada por el humo de tanto cigarro. El rescoldo de la lumbre todavía era vivo. Sólo se oía el reloj de pared. Ya eran cerca de las cuatro. —Y la señora no baja (Lotario). —Estará durmiendo al bebé (Circunciso). Plinio relió otro «caldo». Lo encendió, chupó y echó el humo con aire aburrido. Don Circunciso, sacándose el zapato con disimulo, se rascaba la planta del piececillo. Don Lotario se miraba la cara con ojos de sueño. El reloj dio otro cuarto. Y de pronto, con mayor fuerza e intensidad dramática que nunca: —¡Aaaaaaaaaaaaaah! Por lo imprevisto, y la resonancia de la casa, todos quedaron muy impresionados. Don Circunciso con las manos pegadas al pie descalzo y el puro en la boca. Plinio con los ojos entornados y la mano en la barbilla. El pescador mirando hacia el techo. Y don Lotario hacia Plinio. Este, con aire decidido, se puso de pie, y fue hacia la escalera. Todos lo siguieron. Plinio, por el pasillo iba abriendo todas las puertas que encontraba a su paso.

Fue en la del fondo precisamente. Unos centímetros antes de que la mano de Plinio llegase al picaporte, desde dentro la abrió Luis, desnudo de medio cuerpo para abajo. Al ver a los Justicias y sin venir a cuento puso las manos en alto dejando sus vergüenzas manifiestas. … Sobre una cama camera, estaba la señora García López mal tapada con una sábana, y el blanco pelo revuelto. —Hijo, baja los brazos y pásate al cuarto de baño. Salió Luis después de consultar con la mirada. Los cuatro justicias quedaron en la puerta. La señora se incorporó con ademán muy natural, aunque en triste. Inútilmente pretendía taparse con el embozo. Quedaba a la vista el arranque del pecho y de los brazos, tan blancos y mal tratados por los años. —… De vez en cuando soy yo la que tiene que calmarlo, para evitar males mayores. Y quedó mirándolos con sus ojos clarísimos, brillantes y serenos. Plinio, sin contestar, tiró de la puerta. Volvieron a sus asientos de antes sin el menor comentario. El más afectado parecía el pescador. Don Circunciso, que volvió a rascarse el pie, dijo: —Nunca lo hubiera pensado. ¿Y usted, Manuel? —A mí se me pasó por la cabeza cuando la señora nos dio tantos detalles de cómo se ponía su hijo a la hora del trance. Se oyó que un coche paraba en la puerta. Salió Plinio a abrir. En seguida aparecieron el sargento y una pareja. Frotándose las manos se aproximaron a la lumbre. Plinio empezó a explicarles. Volvieron a crujir los escalones de madera. La señora García López, envuelta en una bata gruesa, bajaba con pasos tímidos. Por el ancho ventanal que había junto a la chimenea empezaba a clarear el cielo.

EPÍLOGO

Cuando Plinio y los suyos amañanaron en el bar del hotel, don Circunciso y el pescador ya habían marchado a La Cimera para enterrar a «Vida». Y según contó don José, muy de mañana, los García López, seguidos de las motocicletas de la Guardia Civil, pasaron en su Seat camino del pueblo. Bien pasado el mediodía volvieron los enterradores caninos, y mientras recogían el equipaje, Plinio y don Lotario sacaron a la rubia Gala en silleta la reina. Decidieron tomar todos juntos el ultimo café. La pobre Gala hacía guiños de dolor cada vez que se estremecía. Las mujeres de Plinio no le quitaban ojo. En su vida habían visto una puta tan cerca. Y la contemplaban con mezcla de ternura y prevención, como si su mal —el del oficio— fuera pegadizo. Los dueños del hotel de pie, junto al corro cafetero, monosilabeaban a unos y otros. El mozo de la barra silbaba lírico mientras secaba el vidriado. Con la partida de los que ahora tomaban café, quedaba el hotel vacío. Pero todo podía darse por bien llegado —según dijo repetidamente doña Josefa — con tal de haber acabado para siempre con aquellas voces que parecían terroríficas y resultaron de amor… a su manera. Bajaron los de los servicios especialísimos: don Circunciso y el pescador. Aquel, con su puro para consolarse del réquiem de «Vida». Don Eusebio, callado, y con el aire distraído de siempre. El corro estaba casi rodeado con las maletas de todos. El sol, indiferente a toda clase de dolores, quebraduras de huesos y lascivias, brillaba terso y echado jubiloso sobre las aguas clarísimas de la Colgada. Después de los despidos, Plinio y don Lotario colocaron a la Gala en el asiento posterior del Mini. La pobre, a pesar de ser ya tan público su oficio, y de la quebradura del remo, todavía echaba sonrisas coquetonas y abultaba el busto cuando tenía ojos atentos. Pero después de todas las despedidas a quien miró con especial ternura fije a Plinio, sólo a él… Y este, súbito, recordó cuanto ella le contó de sus padres y de su vida la noche anterior. Don Circunciso le echó la manecilla también con tímida ternura. Y el pescador miraba a otro lado, aunque sonriéndole. Al arrancar el Mini, Plinio se llevó lentamente la mano a la altura de la sien, como si llevase la gorra de plato, y miró a todos, pero muy especialmente a la Gala, que le meció la mano abierta tras el cristal… Lo más pintoresco de la despedida fue la reverencia con que el mozo silbante le dio sus adioses a don Circunciso. Y un rato después, partieron los de Tomelloso. Las dos mujeres, con gusto de volver al pueblo, pero con ojos de recordar las escenas de aquellos días. Don Lotario, bien apescado al volante y pendiente de las muchas curvas de la carretera. Plinio, echando los ojos sobre los verdes claros de las lagunas quedas, sobre las piedras rojas y pardos tomilleros de los villares y cañadas. Atrás quedaba tanto cielo azul y tanto espejo de él y del monte pastor que hacen Ruidera. Otro capítulo de la vida profesional de Plinio que pasaba al archivador, al fue, al repertorio contadero. A la altura del Buen Retiro, poniéndose muy a su par, les pasó un coche. Desde él, alguien les hacía señas muy jubilosas. Era Ignacio, el recién casado y su mujer, la por fin desvirgada —¡Adiós! ¡Adiós! —Padre, ¿por qué le saluda ese tan contento? —Por un favorcillo que le hicimos la otra noche. —¿Ah sí? ¿De qué? —Que te lo cuente luego tu madre…

Benicasim - Madrid, 1972-1973