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HIMNO A TOMELLOSO

domingo, 25 de febrero de 2018

El caso mudo y otras historias de Plinio - Detalles sobre el suicidio de Arnaldo Panizo.



Plinio, con las manos en la espalda y el cigarro entre los labios, miraba a la plaza por el ventanal de su despacho. Cuando estaba ocioso o esperaba algo, le gustaba mucho observar a los que iban, venían o perneaban. Mejor dicho, le gustaba pensar, echando ojeos distraídos a los placeros… Salvo, claro está, que ocurriese algo muy llamativo como al solespones de aquella tarde de octubre.

Y fue que vio venir en total derechura al Ayuntamiento a Meliana Quiralte, aquélla que le dio un cierzo años pasados y creía ver el retrato de su pobre padre en el embozo de la cama las noches que daba cumplimiento a su deber matrimonial. También aseguraba tener avisos ultraterrenos en las horas graves. Y para mayor gracia, afirmaba que las muelas se le caían sin dolor. «Estoy comiendo, fíjese usted, y salen solicas».

Pero cuando Meliana Quiralte estuvo a metro y medio de la puerta del Ayuntamiento, miró con fijeza el portal donde cigarreaban los guardias, y dando media vuelta, súbita desanduvo lo hecho, y desapareció calle de la Independencia adelante… A los quince minutos recruzó la plaza telenda, todo exactamente igual que antes. Y a la tercera vez que operó de aquella forma tan obsesa, Plinio, asomándose a la ventana, le dijo: —Meliana, ¿quieres algo? Quedó transmutada, como si le hablara la cara de su padre retratada en el embozo. Y con el rostro un poco vuelto y los ojos revirados, se acercó a la reja por donde asomaba el jefe. —Que si querías algo, Meliana. —Sí… —dijo, echando mucho la cabeza atrás como si algún invisible quisiera cogerla del cuello por la empuñadura de la nuez—, quiero de —Pasa, pasa y explícate. —No, no paso ni me explico. Que mi marido ha cometido un suicidio, y ya está. —¿Pero cómo? —Dándose un navajazo en el comedio del cuerpo y dejándose caer luego por las escaleras de la cueva. —¿Y qué motivos tenía para suicidarse? —Los que todos tenemos. Ya estaba harto de ver caras.

Meliana Quiralte, aunque cincuentona, conservaba suntuoso el arranque de la cadera, y las piernas muy bien concebidas. Le amortiguaban la cara las arrugas naturales de la edad, pero todavía entornaba los ojos parpadeando promesas y hablaba con los labios muy ensalivados. —Espera, que voy contigo. Bajó Plinio ciñéndose bien el cinturón de la pistola y emparejado con la Quiralte echaron por la calle de la Independencia, camino de la del Monte, donde ella vivía. Iban a buen paso. Meliana, aldeando resoluta. Plinio, con la malicia presta. —Y se ha empeñao en matarse justamente el último día de la vendimia. No creas que… En las vísperas de coger los cuartos. Cuando acabamos de comer, se fue a la cueva a ver si fermentaba la última tinaja. Y según la cuenta no llegó a bajar. Se metió la navaja en el bajo vientre. ¡No creas que el rodal que fue a escoger! Y cayó rodando por los escalones. —¿Y a qué hora coméis vosotros? —A la una o así. —¿Y cómo vienes a dar parte a las ocho? —¿Eh…? ¿Qué más da? El caso es que he venido. ¿O no? —Sí, pero algo tarde. —Pobre Arnaldo. ¡Con las cosas que me tenía hechas…! Sin estar lo que se dice gordo, era muy redondo de lomo y tenía el pescuezo un poquillo amoratao. Era buen hombre, no creas, pero seco de palabra, cosero y sin un entrecejo para el dolor ajeno.

La gente se volvía para mirarlos: a la Meliana, con los ojos tan abiertos y el gesto ido. Y a Plinio, sin quitarle el ojo y con el semblante rebinatorio. Al pasar junto a la casa de don Lotario, a Plinio le hubiese gustado darle un aviso, pero como la Meliana daba cada vez pasos más acelerones, no encontró manera. —¡Pobre Arnaldo! El pobre se ha quedao mucho más feo que fue sie fue fea desde la primera cuna. Pero él era el más feo de todos. El más feo y el más mulo. ¿Tú sabes, Manuel, lo triste que es pasarse toda la vida junto a un Panizo? Abrías los ojos por la mañana y te encontrabas con el Panizo. A todas las horas del día con el Panizo delante, enseñándote los dientes amarillos, y aquellas canillas de sarmiento que le salían bajo los zaragüelles… Todas las noches junto al Panizo, sintiéndole los ronquíos y el zurrar de las tripas. Ahora, Meliana se reía sola. Se reía sola y alto. Mayormente al pasar junto a las portadas de Bolós dio una carcajada bastísima. —De verdad, Manuel, que llegó un momento en que estaba harta de Panizos y todas las mañanas me subía al caballete del tejado para sentir el aire y ver otras cosas y otras personas que no fueran Panizos. Pobre Arnaldo. Cuando me casé con él, hace treinta años, tenía unos ademanes muy mocetes y contaba las cosas muy de prisa. Creí que iba a ser así toda la vida. Siempre lo quise a mi manera, ¿sabes? Cuando llegaron ante la casa, Meliana calló. Cambió el gesto, y sacando la llave grande del bolsillo del mandil abrió la portada. Ya dentro del corral perdió el brío y se movía remisa. De pronto dijo como en soliloquio: —El pobre, al sentir el hierro en las entrañas, puso la cara muy dolorida, pero en seguida se le deshizo el gesto, porque cayó redondo por la escalera. —¿Y dónde estabas tú, Meliana, cuando cometió el suicidio tu marido? —¿Yo…? Fue una suerte, no te creas. Porque las puñaladas en esa parte no siempre matan al contao. Pero a éste no le duró el aliento más que el grito primero. Rápido, cayó difunto…, ya digo, por las escaleras abajo. —¿Que dónde estabas tú, Meliana, cuando se mató tu hombre, para verlo con tanto detalle? —¿Yo…? ¡Ay, y qué Manuel éste…! Y cayó mismamente como dando pingotas, sonándole la cabeza sobre cada escalón, como un mazo: zas, zas, zas. Yo estaba allí, Manuel. Yo estaba en la cocina cuando él se tiró. Yo estaba, sabes, recogiendo las cosas y quitando las migas…

Plinio, sin decir palabra, fue hacia la cueva. Junto a la piquera abierta, con las cales manchadas de mosto, se veía el remolque que trajo las últimas uvas de aquella vendimia de los Panizos. Plinio desentornó la puerta de la cueva. Se notaba un leve aliento a tufo. Bajó con una cerilla encendida, por si había peligro. En casi todos los escalones, gotas de sangre. Como la escalera era muy pina y de bordes agudos, el cuerpo de Arnaldo debía estar muy maltrecho. Plinio bajaba muy despacio, mirando la llama de la cerilla y las gotas de sangre. Abajo, bastante apartado de la escalera, junto al pie del empotre, estaba Arnaldo, boca abajo, en una postura caprichosa y arrugada. La navaja se había salido de la herida justo al llegar al último escalón. Plinio, por hacer algo, le puso los dedos en la frente. Estaba ya completamente frío. Meliana, muy lentamente, empezó a descender. Se la veía a contraluz, con los hombros alzados, pensando cada escalón. Plinio la aguardaba con toda la cara hecha puchero de tristeza contenida. Ella se detuvo tres o cuatro escalones antes. —Pobre Arnaldo. Era un buen hombre. Y fue un buen marido. Créeme, Manuel. Un marido cabal. —Ya lo sé, pero tienes que acompañarme al Juzgado, Meliana. —¿Para qué, Manuel? ¿Qué culpa tengo yo de que haya cometido un suicidio? —Anda, vente y allí hablaremos… Se lo tienes que contar al juez. —Tú no sabes, Manuel, lo que era vivir con un Panizo toda la vida. Toda la vida, de día y de noche… con aquellas canillas tan finas y los dientes amarillos… Los que somos viejos, Manuel, morimos mucho antes del día de nuestro entierro… ¿Lo sabías? —Sí… Y también sé que envejecemos mucho antes de caer en la cuenta de que hemos envejecido. —Mi marido estaba muerto hace muchos años, Manuel…, y yo te doy mi palabra de que estaba en la cocina recogiendo las cosas y quitando las migas cuando él…

Ahora subían lentamente por la escalera. Con la luz del crepúsculo sobre las caras. Abajo, tras el último escalón, entre las sombras quedaba el cuerpo de Arnaldo Panizo. —Tú no sabes lo que era vivir con un Panizo… Pero yo estaba recogiendo las migas cuando él… Entre las sombras del anochecido desanduvieron el camino sin hablar. Cuando llegaron a la puerta del Juzgado ya los acompañaba un grupo muy numeroso de placeros bacines.