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HIMNO A TOMELLOSO

domingo, 27 de agosto de 2017

El día en el que quemaron nuestro pasado



La noche no había sido tropical, pero casi: 17 ºC de mínima. El día se presentaba despejado, ya con calor desde primera hora, seguro que nuevamente se alcanzarían los 35 ºC, como el día anterior. El cielo era azul radiante. Era sábado.

En Tomelloso, ese mediodía del 25 de julio de 1936, la plaza estaba desierta. A una semana de la sublevación militar, la situación era confusa. Ya desde días atrás, una comisión de gente de la CNT, venida de fuera, arengaba contra las autoridades municipales por su pasividad frente al triunfo de la rebelión en Villarrobledo.

Quizás, a resulta de ello, el día 24, un grupo de guardias civiles y milicianos, junto a otros de la comarca, de Alcázar de San Juan, Campo de Criptana y Pedro Muñoz, tras concentrarse en Socuéllamos, había entrado en Villarrobledo. Para ese día 25 se esperaba que cayera, al igual que la capital, Albacete, y las localidades de Hellín y Chinchilla. En Socuéllamos se había establecido vigilancia para evitar que cualquier sospechoso de apoyar la sublevación en la comarca, especialmente de Alcázar de San Juan, pudiera escapar.

También la comisión alentaba a la gente para que quemara la iglesia. Según expone Dionisio Cañas, Ángel Soubriet lo impidió, les convenció de que era una destrucción inútil. José Luis Albiñana cuenta que ese sábado había llegado un grupo de milicianos al pueblo, hombres de baja estatura y pelo rojizo. Algunos decían que eran de Terrinches. Ellos fueron los que iniciaron la locura.

La quema de los santos

García Pavón, no sin inevitables adiciones literarias, lo relató magistralmente en uno de sus cuentos incluidos en Los Liberales. Él no lo vio, solo lo atisbó, como muchos otros vecinos, a través de las persianas de su casa, tan próxima a la plaza. Quienes sí estuvieron presentes fueron los niños. Apoyados en la fuente de la plaza, esa que se construyó en 1916 cuando el agua potable, por fin, llegó a Tomelloso, o sentados en la acera de la Posada de los Portales, como José Luis Albiñana, Pona.

Cuenta Albiñana que a las 3 de la tarde no había nadie en la plaza. Solo los de Terrinches y algunos niños del pueblo, muy pocos. Los milicianos, a través de la casa contigua a la iglesia, comenzaron a sacar libros y ornatos de la iglesia, luego se dirigían al centro de la plaza y, allí, uno tras otro, iban arrojándolos al fuego. Al poco abrieron la puerta de la iglesia y desde allí continuó el acarreo. Así transcurrió todo hasta las 5 de la tarde.

Pavón, desde su casa, junto a su familia, ya después de la hora de la siesta, podía distinguir “un tráfico de gentes que iban de un lado para otro, saltaban y gritaban en torno a un gran montón de cosas. Remolinos espesos de personas que avanzaban y retrocedían gritando, con gritos histéricos de júbilo y pavor mezclados. De pronto, columnas de humos, llamas, ruidos, más voces y en seguida una gran hoguera en el centro de la plaza.”

Un testigo presencial, recogido su testimonio en el libro de Dionisio Cañas, recuerda como “a la Milagrosa le ataron una cuerda al cuello y la arrastraron hasta la hoguera, donde la quemaron. A los ángeles los subieron a la torre de la iglesia y los tiraron diciéndoles que a ver si podían volar”. Pavón en su relato nos dice que “chicos y mujeres acarreaban hasta el fuego libros gordos del registro, antifonarios, misales… todo caía en el fuego de la plaza, de la siesta incendiada.” Otro testigo recuerda “cómo lanzaron por el campanario los papeles del archivo de la Parroquia. Los fanáticos del pueblo se dijeron: aquí todo lo que huela a cera hay que quemarlo.”

Continúa Pavón diciendo que después de ardida la hoguera, cuando la gente parecía haberse aburrido, “se formó una extrañísima comitiva… Niños, niñas, mozalbetes y mujeres, con las caras tiznadas por la proximidad del fuego, saltaban enloquecidos, vestidos con albas, casullas desgarradas, bonetes y sotanas… Varios venían tocando los grandes pitos arrancados del órgano como si fueran trompetas celestiales… hubo procesiones similares por todas las calles que salían de la plaza… Y por todos sitios chiquillos con los libros del Registro o papeles pautados, simulando cantos gregorianos a base de mucho «gori-gori-gori».”

Finalizada la Guerra, los acontecimientos de ese día fueron resumidos en la Causa General. Allí se nos dice que “un grupo de personas mayores y menores asaltaron la Iglesia Parroquial, robando cuanto de valor o aprovechamiento existía en la misma y, haciendo mofa de las imágenes, las sacaron, quemándolas con altares y ornamentos en el centro de la plaza pública”.

También en la Causa General, el 2 de mayo de 1946, don Eliseo Ramírez hacía relación de los libros del Archivo Parroquial que se quemaron. Fue saqueado y quemado todo él, desde su origen, en 1552, hasta esa fecha: 384 años de historia de Tomelloso y de sus gentes, toda la historia de la Parroquia. En concreto, unos 20 libros de partidas matrimoniales, además de expedientes matrimoniales; 63 libros de partidas bautismales; más de 30 libros de partidas de defunción; unos 6 libros de confirmaciones; 3 o 4 de visitas pastorales; libros de Hermandades, de fundaciones pías, boletines oficiales de las diócesis y toda la documentación con la biblioteca. Todos ellos empastados, varios en piel.

En un día, en unas horas, la acción de unos pocos llenos de odio y rabia hacia la Iglesia, en una orgía anticlerical, nos dejó huérfanos a todos los tomelloseros. A casi todos. Solo unos pocos que habían hecho su árbol genealógico antes de esa fecha pueden tener noticia de sus antepasados, de sus mayores y de sus tiempos.

El olvido de los nuestros

De nuestros padres y abuelos, aunque nadie haya puesto por escrito sus vidas y vivencias, sus alegrías y sinsabores, todos tenemos innumerables recuerdos. De nuestros bisabuelos ya es más difícil atrapar su memoria. De nuestros tatarabuelos solo unos pocos privilegiados que tuvieron la curiosidad de preguntar a sus abuelos, aún pueden decir algo. Más allá de este punto, no hay nada. Solo el silencio. Como si nuestro mundo hubiera empezado solo hace poco más de cien años.

Con lo que ocurrió ese 25 de julio de 1936, aunque no recalemos en ello diariamente, nos hemos quedado perdidos en un presente infinito, sin memoria de quiénes fueron los que nos precedieron, sin saber por qué vivimos en este trozo de la Mancha, sin saber qué hicieron durante sus vidas aquellos a los que debemos no solo nuestros apellidos, sino nuestra forma de ser y muchas de esas esencias inaprensibles que consideramos nuestra personalidad.

Pero, ¿qué podemos hacer para rescatar a los nuestros del más injusto de los olvidos?, ¿a qué nos podemos agarrar para rescatar sus nombres, cuando menos, de las garras de la locura y de la sinrazón?

No nos quedan sino los papeles que hayan sobrevivido en otros archivos. Así es. No nos queda otra cosa. Muchas veces será apenas una línea en un padrón antiguo, otras, un apellido repetido en un alistamiento de mozos para el servicio militar, otras, con más suerte, su nombre estará contenido en algún expediente judicial, da igual su causa y razón, y su vida brevemente podrá volver nuevamente a la luz.

¿Dónde buscar nuestro pasado?

Por desgracia, en nuestro Archivo Municipal, que no se quemó durante la Guerra, poco podemos hacer. Los libros de registro de inhumaciones en el Cementerio Municipal arrancan desde 1916. Allí, en cada registro, aparece el nombre de los padres de la persona inhumada. Es un punto de partida. También se conservan algunos alistamientos de mozos, incluso del siglo XIX, pero solo podemos constatar la existencia o no de nuestros apellidos. Una escasa pista para acotar la fecha en que alguien de nuestra familia, con suerte, aparece en la documentación.

Más utilidad tienen los libros del Registro Civil de Tomelloso, en los que aparecen registrados los nacimientos, matrimonios y defunciones ocurridas en Tomelloso desde 1871. En una partida de nacimiento, además del nombre del nacido, figuran los de sus padres y los de sus abuelos. Con lo que, si tenemos la suerte de llegar hasta alguien de nuestra familia nacido en la década de 1870, podemos aventurar que sus padres debieron nacer unos 30 años antes y, sus abuelos, unos 60. Es decir, nos adentramos hasta principios del siglo XIX.

Más atrás en el tiempo nos podemos ir aún con los libros de registro de defunciones. Si podemos localizar a algún familiar fallecido en esa década de 1870 con una edad, supongamos, de 75 años, y al figurar en cada registro el nombre de sus padres, nos podremos acercar a 1770 en nuestra búsqueda de nuestros antepasados.

Desde este punto todo se complica. Ya no hay ni registros ni documentación en nuestra localidad. De 1752 data el conocido como Catastro del Marqués de la Ensenada en el que, casa a casa, se tomaron los datos de todos los tomelloseros que vivían en esa fecha, así como las propiedades que tenían. El problema es que solo identifican a las familias y sus miembros, pero no podemos saber quiénes era los padres de los cabezas de familia, ni cómo sus hijos entroncan con esos que nacieron a finales del siglo XVIII encontrados en el Registro Civil. Aún así, por el conjunto de apellidos que aparecen, volvemos a tener un indicio sobre si nuestra familia vivía ya en esta localidad o no.

Con anterioridad, existen padrones de vecinos de Tomelloso que se custodian en el Archivo Municipal de Socuéllamos. Uno de ellos es de 1686. Solo aparecen los vecinos, es decir, los cabezas de familia, normalmente hombres, además de las viudas. Como antes decíamos, solo es un indicativo de que nuestro apellido ya existía en Tomelloso, ahora en el siglo XVII.

De principios de ese siglo XVII, de 1625, es un padrón de tomelloseros que se custodia en el Archivo General de Simancas realizado con ocasión de un donativo real. Con poco más de 100 vecinos, nos sitúa ya casi en los orígenes de nuestro pueblo. De 1589 es otro padrón custodiado también en el Archivo General de Simancas, esta vez realizado con ocasión de la primera independencia de Tomelloso. Allí aparecen 94 vecinos, desglosados por las casas en que habitaban.

Algo anterior, de 1563, es una relación de vecinos que firman un poder por el que solicitan que Tomelloso tuviera alcaldes y regidores, es decir, que fuera un lugar o aldea, en lugar de unas quinterías. Son 31 los nombres que aparecen, si bien no están todos. Esos serían los primeros tomelloseros que verían existir oficios concejiles, que vieron cómo Tomelloso dejaba de ser unas casas de labor en el campo para pasar a ser un núcleo de población.

El siguiente y último paso que nos queda es un padrón realizado en 1544 y que se conserva en el Archivo de la Chancillería de Granada. Allí figuran los nombres de los 30 cabezas de familia que moraban en El Tomilloso en esa fecha, alojados en 25 casas. Es nuestro pasado más remoto.

A modo de conclusión

Como dijimos, son solo unos nombres y unos apellidos que nos van a permitir constatar que nuestro linaje ya estaba presente, o no, en una determinada fecha en nuestro pueblo. Es cierto que es una información tan limitada y el esfuerzo para encontrarla tan grande, que casi no merece la pena perder el tiempo en eso… o no. Al fin y al cabo, si no hubieran sido por esas personas, cuya vida y memoria ha quedado reducidas muchas veces a una línea en un padrón, hoy no estaríamos vivos ni nuestro ser sería el que es, debemos más al pasado de lo que normalmente creemos.

Es solo cuestión de justica traer a la luz el nombre y el recuerdo de unas personas que lucharon y sintieron en las mismas tierras y en los mismos espacios que nosotros ahora lo hacemos, que rezaron en nuestra iglesia de la Asunción y pasearon por las mismas calles y plazas que lo hacemos nosotros, que vieron cómo venían al mundo sus hijos y nietos, en la esperanza no solo de llenar su vida con amor, sino también, aunque de forma inconfesable, de que algo de ellos quedara todavía vivo cuando su nombre y su vida fueran solo un recuerdo… o quizás una brizna de humo en una tarde calurosa de julio. 

 Vicente Morales Becerra


miércoles, 23 de agosto de 2017

Tomelloso ciudad del vino pintura y letras ( Calle Alcazar )











sábado, 19 de agosto de 2017

El vino de Tomelloso

En la población se nota ese olor acre y dulzón que despide y sobre el perfil de los edificios se vislumbran las antiguas chimeneas de las fábricas de alcohol.

 Tomelloso no pretende ser la aldea de don Quijote, pues ni siquiera existía (era un grupo de alquerías desperdigadas por la llanura), cuando aquél cabalgaba por La Mancha, pero su situación e importancia actual hace que también se sume al negocio de la ruta quijotesca. No la que siguió Azorín, que ni siquiera pasó por él, pues desde Argamasilla viajó en tren, después de regresar de Ruidera, hasta Campo de Criptana, sino la que las instituciones políticas han dibujado a lo largo y ancho de la geografía manchega tratando de rentabilizar turísticamente la novela de Cervantes. ¡Pobres don Quijote y Sancho, tan pobres y despreciados por sus vecinos y ahora dándoles de comer! Así se escribe la historia.

La de Tomelloso, no obstante, no se circunscribe a ellos. El lugar de tomillos, que de ahí le viene el apelativo, que hoy es la segunda ciudad de Ciudad Real y la tercera en población de la región excluidas las capitales de provincia, debe su crecimiento a la agricultura y en particular al vino, del que es el máximo productor en cantidad de toda España. Basta acercarse a la población para empezar a notar ese olor acre y dulzón que despide toda ella y que subrayan sobre el perfil de los edificios las antiguas chimeneas de las fábricas de alcohol. Eso si uno no se ha fijado ya, que lo ha hecho, en los miles de hectáreas de viñedo que hoy ocupan lo que fueran tomillares y baldíos por los que seguramente pasaron don Quijote y Sancho sin dejar memoria de ellos. Y es que la población importante entonces de la comarca era Argamasilla, hoy casi un barrio de Tomelloso.

Tras la soledad de ayer, la actividad de la ciudad produce en uno cierto estupor, pues creía que en toda La Mancha los pueblos eran como los que había visto hasta ahora. Pero Tomelloso, al menos en su centro, tiene más que ver con una pequeña capital de provincia que con un pueblo, por más que todo el mundo se conozca. Tanto en la plaza del Ayuntamiento —la principal— como en las calles que parten de ella la gente se saluda y conversa en las aceras entreteniendo su actividad o pasando la mañana, los que están ya jubilados. Que son muchos, como se puede ver en los soportales de la llamada —por éstos —Posada de los Portales, una antigua casa de postas, con balconadas corridas, que hoy alberga la Oficina de Turismo y un museo, y en el Casino de San Fernando, al otro lado de la plaza, en el que permanece intacto el aire de los casinos manchegos que tan bien captó Azorín: “Hay algo en estos ambientes de los casinos de pueblo que os produce como una sensación de sopor e irrealidad. En el pueblo está todo en reposo; las calles se hayan oscuras, desiertas; las casas han dejado de irradiar su tenue vitalidad diurna.

Y parece que todo este silencio, que todo este reposo, que toda esta estaticidad formidable se concentra, en estos momentos, en el salón del Casino, y pesa sobre las figuras fantásticas, quiméricas, que vienen y se tornan a marchar lentas y mudas”. Cuesta creer, leyendo esta descripción, que estas mismas personas protagonicen, llegado el 15 de agosto, el gran festejo hedonista y báquico, ininterrumpido durante varios días, que los tomelloseros celebran, según me cuentan y leo en las guías, para honrar a su patrona, la Virgen de la Asunción, más conocida como de las Viñas por residir en un santuario en medio de ellas y portar en las manos, tanto la Virgen como el Niño, sendos racimos de uvas.

Faltan aún para el retrato completo del pueblo los bombos. Están fuera de él, desperdigados por la llanura imponente, entre las viñas y los cultivos modernos, y son las construcciones más rudimentarias y primitivas que uno pueda imaginar, pues se trata de chozos hechos con piedra seca, miles, millones de piedras de las que los arados sacaban al labrar la tierra (ahora los tractores, pero ya no se hacen bombos, pues la gente tiene coche para volver a sus casas y ya no duerme en el campo) y en los que los campesinos y los pastores se refugiaban cuando hacía frío, llovía o el sol pegaba de firme, como hoy en las calles de Tomelloso; estas calles anchas y luminosas, “en perfecta concordancia con los interiores de las casas”, al final de las cuales “la llanura se columbra inmensa, infinita” que describió Azorín hablando de estos pueblones manchegos y en las que huele a vino a todas las horas ¿Cómo extrañarse de que, si don Quijote no las transitó, pues no existían aún, sí lo hayan hecho otros muchos locos, aficionados a la pluma o al pincel, gentes como Antonio López Torres y su sobrino Antoñito López García, pintores, o los poetas y novelistas Francisco García Pavón, Eladio Cabañero, Félix Grande, Dionisio Cañas y un largo etcétera, que han hecho que a Tomelloso se la conozca, bien que con exageración, como la Atenas de La Mancha.

JULIO LLAMAZARES



miércoles, 16 de agosto de 2017

Oscar Herrero



Nace en Tomelloso, Ciudad Real, el 12 de marzo de 1959. Tierra manchega en la que la afición por el flamenco era tan natural como el folclore propio de la comarca.

Comienza muy joven su carrera profesional donde destacaría ya su talento como concertista, compositor y pedagogo.

Ha sido distinguido con los primeros reconocimientos y galardones del más alto nivel en el mundo del flamenco, Premio Nacional de Guitarra Flamenca en Jerez de la Frontera, (Cádiz) y Bordón Minero (Festival de La Unión), entre otros.

Autor de un elaborado método de enseñanza. Pionero en este campo donde destaca con un largo y acertado trabajo de investigación sobre la pedagogía de la guitarra flamenca. Ha sido nombrado Premio Especial a la Didáctica del Flamenco en el Festival de las Minas de La Unión. En su amplio repertorio como compositor se encuentran diversas obras de estudio y de concierto: "La Guitarra Flamenca Paso a Paso", "Tratado de la Guitarra Flamenca" “Estudios para Guitarra Flamenca”… Es además fundador y director de la editorial de flamenco Oscar Herrero Ediciones.

Goza del enorme privilegio de ser el primer profesor de flamenco que impartiera sus cursos en lugares como Conservatorio Tchaikovsky, Moscú o en la Academia Chopin, Varsovia.
Ha llevado su guitarra a los más prestigiosos teatros, desde El Teatro de La Opera de El Cairo, o el Hermitage Theatre de Saint Petersburg, hasta escenarios de Australia, Singapur, China, Filipinas, Estados Unidos, Canadá, Brasil, Cuba, Jordania o Namibia, además de todo el continente europeo y sudamericano.

Una de sus últimas composiciones es la obra para guitarra flamenca y orquesta, “Concierto Flamenco Verum” que además interpreta como solista.

Le caracteriza su particular entrega por la música flamenca, su impecable técnica y su sonido pulcro y elegante.

DISCOGRAFÍA

“Torrente” (Colaboran Carmen Linares, Serranito, Sara Baras, Javier Barón...)
“Brindis de Guitarras” (Con la guitarra clásica de Carlos Oramas)
“Hechizo” (Con Tino di Geraldo, Xosé Manuel Budiño, Guillermo McGill...)
“Abantos” (Con Enrique Morente, Antonio Serrano, Pedro Esparza…)
"Oscar Herrero en Concierto" (DVD en formación de Trío)
"Concierto Flamenco Verum" (DVD en directo)
“1912” Homenaje a Sabicas y Esteban de Sanlúcar

Obras

Libros de texto

Tratado de la Guitarra Flamenca Vol. 1 - Técnicas
Tratado de la Guitarra Flamenca Vol. 2 - Técnicas Avanzadas
Tratado de la Guitarra Flamenca Vol. 3 - La Soleá y La Siguiriya
Tratado de la Guitarra Flamenca Vol. 4 - Los Fandangos y Los Tangos
Tratado de la Guitarra Flamenca Vol. 5 - Bulería
Tratado de la Guitarra Flamenca Repertorio - Varios palos tradicionales de Diego del Gastor, Manolo de Huelva, Perico el del Lunar y Melchor de Marchena.

DVDs

Guitarra Flamenca Paso a Paso. Volumen 1 - Técnicas
Guitarra Flamenca Paso a Paso. Volumen 2 - Técnicas
Guitarra Flamenca Paso a Paso. Volumen 3 - Técnicas
Guitarra Flamenca Paso a Paso - La Soleá. Volumen 4
Guitarra Flamenca Paso a Paso - La Soleá. Volumen 5
Guitarra Flamenca Paso a Paso - La Soleá - Acompañamiento al cante. Volumen 6
Guitarra Flamenca Paso a Paso - La Alegría. Volumen 7
Guitarra Flamenca Paso a Paso - La Alegría. Volumen 8
Guitarra Flamenca Paso a Paso - La Alegría - Acompañamiento al cante. Volumen 9

Recibió el primer premio en el Bordón Minero y en el Premio Nacional de Guitarra Flamenca en Jerez de la Frontera , Cádiz . Ha sido nombrado "Premio Especial de Enseñanza del Flamenco" Festival de las Minas ".




domingo, 13 de agosto de 2017

Fernando Ugena López



Asesinado tras ser capturado por el Tercer Reich mientras combatía el fascismo en Francia durante su exilio, Fernando Ugena López fue un cartero que ingresó como voluntario en el ejército republicano durante la Guerra Civil.

CIUDAD REAL.- Tomelloso es un pueblo joven, dinámico, trabajador… y sin Historia. Posiblemente por lo anterior, este municipio situado en la provincia de Ciudad Real, desde su origen, sólo fue futuro. Un pedregal difícil de trabajar, arisco, en el que era difícil arañar el sustento. Por eso Tomelloso tiene su empuje en el siglo XIX, con la introducción del cultivo de la vid y el desarrollo de la industria alcoholera. La historia de Tomelloso se capta con un golpe de vista, breve, de distancias cortas. No hay, por poner un ejemplo, una tradición hidalga que nos dejara sus palacios para aprovecharlos hoy como atractivo turístico. Sólo chimeneas, cuevas y bombos. Instrumentos de trabajo.

No tener Historia, sin embargo, tiene sus ventajas. Quizás, la primera, que posibilita ese mirar al futuro sin ataduras que ha hecho de Tomelloso, una población moderna en sentido estricto. Tomelloso es progreso lineal sin paradas. Racionalidad técnica aplicada al campo y a la vid. Un continuo mirar hacia adelante… con algunas excepciones. Y es que al volver la vista atrás sin estar acostumbrados, las figuras que divisamos se nos muestran torcidas. Eso si aparecen. Porque la memoria es caprichosa y deforma los contornos. Es necesario el olvido para delinearla, silencios que probablemente nacieran de lo que fueron gritos y sollozos, y que casi siempre fueron tapados con un manto de vergüenza.

Quien fuera alcalde de Tomelloso allá por el mes de octubre de 1941, don Abelardo Contento, firmaba un informe sobre la actividad política de un vecino de Tomelloso, Fernando Ugena López. Dicho documento formaba parte del expediente de depuración político-social al que este vecino estaba siendo sometido. Fernando había sido cartero en Tomelloso, y por lo que el alcalde franquista escribió de su puño y letra, era “de ideología marxista, siendo su actuación político-social malísima, la actitud observada en relación al Movimiento Nacional, era extremista sin precedentes; hizo mucha propaganda roja y en filas alcanzó el grado de Comandante”.

Y es que Fernando se había destacado activamente en política en los años treinta. Miembro desde 1931 del PSOE, formó parte activa en las conferencias políticas que tenían lugar en la Casa del Pueblo que la UGT tenía en la localidad. Debió ser en aquellas reuniones donde se impregnó de esa cultura política que le hizo partir, como muchos de sus vecinos, voluntario al frente de batalla en el momento en el que aquel golpe de Estado fracasado contra la República se transformó en guerra abierta.

Era julio de 1936, y como nos indica el informe redactado por el Servicio que en Tomelloso tenía la Falange, “al iniciarse el Glorioso Movimiento pasó a militar a las filas del partido comunista, siendo gran alentador de las masas rojas, siguiendo las mismas actividades propagandistas que anteriormente se mencionan. Meses después se marchó voluntario al Ejército rojo, donde por actuación alcanzó la graduación de Comandante del mencionado ejército. Desconociéndose por la presente su paradero”.

EL CAMINO A MAUTHAUSEN

Hoy sí sabemos cuál fue su paradero. Activo militar durante la Guerra Civil, Fernando estuvo al mando de varias Brigadas Mixtas. Concretamente la 203 y la 137. Con ellas, Fernando combatió en frentes como el de Levante, o el de Noguera Pallaresa, ya en Cataluña, desde el que, con los últimos coletazos de la contienda, fue replegándose hacia la frontera francesa. La historia es de sobra conocida: la República había perdido la guerra, el “Glorioso Movimiento”, apoyado por las potencias fascistas europeas, había conseguido acabar con la experiencia democrática republicana, y para Fernando, como para tantos otros que habían defendido aquella República, la única salida que no significaba una muerte segura era la de cruzar la frontera hacia Francia. Se había perdido una guerra, debieron pensar aquellos derrotados, pero pronto tendrían posibilidad de volver a luchar contra el fascismo, esta vez en tierras francesas. Al fin y al cabo, pensarían, se trataba de seguir luchando contra los mismos contra los que lo habían hecho en España.

Y así fue. Fernando cruzó la frontera y comenzó a colaborar con el ejército francés. Era evidente que más pronto que tarde la guerra comenzaría en Europa, y muchos españoles que habían combatido en España no tardaron en unirse a las Compañías de Trabajadores Extranjeros en las que el ejército francés ocupaba a los exiliados españoles. En poco tiempo vieron confirmadas sus predicciones: en el mes de mayo de 1940 el ejército alemán se lanzó a conquistar Francia. Sin embargo, la batalla en esta ocasión fue corta para Fernando: si el 10 de mayo comenzó la ofensiva alemana, el 21 del mismo mes fue capturado por el ejército del Tercer Reich en los alrededores de Amiens. Once días había durado la guerra para el tomellosero que, junto a otro pequeño grupo de republicanos españoles, fue trasladado a un campo para prisioneros en Moosburg. Para él había terminado la guerra. Ahora empezaba la condena.

Cuentan los que lo vivieron que aquel agosto de 1940 fue especialmente caluroso. Bajo aquel sol, prisionero en aquel campo cercano a Múnich, Fernando debió maldecir su suerte: había perdido dos guerras, había tenido que huir de su país, y quién sabe si alguna vez podría volver a su pueblo y abrazar a su mujer. Es verdad que estaba vivo, y, en el fondo, y a diferencia de tantos otros compañeros que habían caído en la batalla, él, quizás, si su suerte cambiaba, podría volver a Tomelloso. Es posible que Fernando albergara esta esperanza aquel día de primeros de agosto cuando, junto con otros españoles, le subieron a un tren de mercancías y los sacaron de allí. Ninguno sabía a ciencia cierta adónde los llevaban. Hacinados en el tren, de pie, sin espacio apenas para respirar, la escasa luz que las rendijas de la madera dejaban pasar del exterior no les permitía adivinar hacia dónde se dirigían.

Tras algo menos de 300 kilómetros de viaje el tren se detuvo. Al abrir las puertas vieron que los SS les esperaban, y entre golpes e insultos les fueron bajando del vagón. No había cambiado la suerte para Fernando, más bien al contrario: frente a ellos se alzaban las puertas del campo de concentración de Mauthausen. Fueron los primeros españoles que tuvieron el macabro honor de cruzarlas. Era un seis de agosto de 1940, y Fernando Ugena López dejaba de ser tal, para convertirse en “3256”, su número de prisionero en aquel campo, y que, a partir de entonces, en el proceso de deshumanización sistematizado al que eran sometidos los reclusos, le identificaría.

Ubicado a unos 20 kilómetros de Linz y cercano al Danubio, el campo de concentración de Mauthausen cumplía a la perfección el objetivo para el que había sido concebido. Y este no era otro que el exterminio mediante el trabajo. Todo giraba en torno a este fin. Desde el trabajo en la cantera hasta la misma dieta que, perfectamente calculada desde Berlín, era insuficiente para soportar las trece horas de trabajos forzados que los reclusos debían cumplir a diario.

Berlín había establecido la cantidad de 2.300 calorías diarias por preso, poco más de la mitad de las necesarias para hacer frente al extenuante trabajo. En Mauthausen aún se redujeron a menos de 1.500 calorías: café, que no era café, sino un líquido negruzco hervido; un litro de sopa aguada al mediodía, en el que con suerte podrían encontrar un trozo de nabo o de patata; y un pedazo de margarina con salchichón y un trozo de pan cuadrado que tenían que repartir entre varios al terminar la jornada. Siempre lo mismo. El hambre, cuentan los supervivientes, la falta de alimentos, fue el peor martirio sufrido por los deportados.

LA "CANTERA DE LA MUERTE"

Es tristemente famosa la cantera a la que los reclusos de Mauthausen eran enviados a trabajar. Situada a menos de un kilómetro de la puerta principal del campo, la Wiener Graben fue una de las canteras más rentables para el Tercer Reich. De ella se extrajo gran parte del granito destinado a construir el nuevo Berlín tal cual lo había imaginado Albert Speer para colmar los deseos de Hitler, y de ella se extrajo también el granito que sirvió para terminar de construir el campo en aquellos primeros días de agosto.

Los meses que Fernando estuvo en Mauthausen fueron especialmente duros para trabajar en aquel lugar. El calor de las primeras semanas provocaba insolaciones a los deportados, deformando sus cabezas hasta el punto de dejarlos irreconocibles. Luego, en invierno, el hielo cubría los 186 peldaños que componían la conocida como “escalera de la muerte” que daba acceso a la cantera. En aquellas condiciones, las chancletas con suela de madera que calzaban los presos dificultaban mantener el equilibrio, y muchos morían aplastados por los bloques de granito de hasta 50 kilos que estaban obligados a transportar. Cuando el peso de la piedra no lo hacía, eran los oficiales alemanes quienes, por diversión, pataleaban a los prisioneros para hacerles caer en cadena.

Fernando presenciaría y sufriría ese proceso con aún más intensidad si cabe, pues fue sólo a partir de enero de 1941 que los deportados debían subir las escaleras de la cantera transportando bloques de piedra una vez al día, al finalizar la jornada; desde agosto de 1940 hasta diciembre del mismo año, los prisioneros tenían que escalar los peldaños entre diez y doce veces al día. Tales eran las condiciones que gran número de presos optaban por suicidarse arrojándose al vallado eléctrico que rodeaba la cantera para morir electrocutados.

Un lugar menos conocido que Mauthausen fue el subcampo de Gusen, ubicado a cinco kilómetros del campo central. Construido en 1939, los españoles no tuvieron noticias del mismo hasta enero de 1941, cuando los SS realizaron una primera selección entre los prisioneros que serían enviados allí. Normalmente eran enfermos, débiles, o simplemente agotados y destrozados por un trabajo que no podían volver a realizar, quienes eran seleccionados para el traslado. En este subcampo, los procesos de aniquilación eran aún más letales que los que realizaban en Mauthausen. Los prisioneros eran depositados en barracas rodeadas de alambradas, donde la ración de comida se reducía a la mitad, condenando a los presos a la muerte por inanición. Si esta no se producía, los SS eliminaban a los deportados de forma más rápida mediante una inyección de gasolina en el corazón.

Y es aquí donde Fernando acabó sus días. No sabemos con exactitud de qué modo fue asesinado o hasta qué punto sufrió las vejaciones de los SS. El único dato cierto que nos queda de él es la fecha y el lugar de su muerte, consignada por los oficiales alemanes como un mero trámite burocrático: Gusen, 21 de marzo de 1941.

HUMILLADO TRAS LA MUERTE

En España el proceso de depuración político-social aplicado a Fernando seguía adelante. El 12 de diciembre de 1941 se publicó en el Boletín Oficial de la Provincia de Ciudad Real un edicto en el que se requería la presencia de Fernando. Evidentemente, no se presentó. Como consecuencia, el juez instructor, Sr. Estévez Ortega, publicó una providencia con fecha de 15 de enero de 1942, en la que podía leerse que “De los informes recibidos consta su marcada actuación y significación marxista sin que por otra parte hubiese presentado ni declaración jurada ni dato alguno que pudiese desvirtuar los cargos que contra el mismo aparecen”.

Entendía así el Juez Especial que Fernando, al no acudir a su requerimiento, renunciaba “voluntariamente” a seguir perteneciendo al cuerpo de funcionarios de carteros urbanos. Pocos días después, el 19 de enero de 1942, se le impuso la condena: “sanción máxima de separación definitiva del servicio”. La burocracia española había concluido su trabajo. En Mauthausen asesinaron a Fernando; aquí “sólo” le humillaron.

NO FUE EL ÚNICO

Fernando Ugena López no fue el único tomellosero deportado a un campo de concentración nazi. Valentín Espinosa Giménez, muerto en Gusen el 18 de julio de 1941, o Abdón Alonso Casas, quien fue deportado al campo de concentración de Dachau, siendo en este caso liberado en mayo de 1945, le acompañaron en su triste destino.

Con ellos, otros 9.328 españoles engrosan la odiosa lista de españoles enviados a campos de concentración alemanes con la aquiescencia del régimen franquista. Aquí, en España, los represaliados se cuentan por cientos de miles. También los hay en Tomelloso. Muertos, exterminados, humillados, y, finalmente, olvidados. El olvido con el que hemos construido una memoria llena de silencios vergonzantes. Y esta vergüenza es nuestra. Una vergüenza que se mide en la propia incapacidad de tan siquiera imaginarnos ofreciéndoles el homenaje que se merecen. La Memoria que se merecen.

⃰ Todos los datos contenidos en el texto han sido obtenidos de documentos oficiales y de testimonios de los escasos supervivientes. 

 Vicente Jesús Díaz Burillo

martes, 8 de agosto de 2017

Tomelloso en imágenes (8)