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HIMNO A TOMELLOSO

viernes, 19 de enero de 2018

Cuentos republicanos (Plinio) El entierro del Ciego



Empezó el escándalo porque el Ciego dejó dicho a sus albaceas y otros contertulios de su agonía y muerte, que quería en su entierro la Banda Municipal. Y el alcalde se opuso. Lo dijo bien claro: «No quiero que mis músicos amenicen el entierro de un tratante de blancas». El Ciego lo repitió toda su vida. Casi nadie de los que frecuentaban su lupanar dejó de oírlo; y lo decía así que alguien canturreaba el tango famoso: «Cuando me muera, que me toquen el “Adiós muchachos, compañeros de mi vida”; así me despediré de los que me acompañaron en los buenos ratos y de los que me dieron dinero a ganar». La burguesía y la clase pretenciosa aprobó la actitud del alcalde, aunque le criticaron aquella frase de «mis músicos». «Los músicos son del pueblo y no de él. Pues qué se habrá creído, etc». El estado llano, tal vez por ir en contra de los guardias, quería que fuese la Banda al muerto. «Que a los pobres ni nos dejan música en el entierro. Que hasta las últimas voluntades nos las capan, etc».

Los albaceas del Ciego y contertulios de su agonía y muerte, para cumplir el deseo del finado sin desobedecer al alcalde (si bien tuvieron muy malas palabras para su familia por línea de mamá y esposa, y sacaron a recuerdo lo putañero que fue hasta alcanzar la vara; y aun con la vara en el puño, sus resobineos con Carolina, la del carabinero), pensaron que fuera la Rondalla. Música era a fin de cuentas, y con tal que se ejecutase el tango, lo mismo daba con púa y cuerda que con viento y caña.

Pero estaba de Dios que el entierro del pobre ciego quedara mudo. Los curas se opusieron a la amenidad de la «Rondalla Cultural Recreativa». No veían los del clero cómo casar la severidad de los latines responsorios con el ritmo pizpireto de la Rondalla, máxime con un tango golfo como base de repertorio. Y fue la negación del párroco la que de verdad encrespó los ánimos del pueblo. (Ya tenía el cura ecónomo muy mala prensa en aquel año 1931, por una serie de minucias que no vienen al caso, y aquella negativa colmó el cántaro).

Por todos estos altercados con lo civil y lo canónico, el entierro provocó una gran manifestación, entre dolorosa y política, en las clases populares y putafieras del pueblo. Hasta el Colegio de la Reina Madre llegó el desasosiego y «los niños republicanos» —como nos llamaba la hija de don Bartolomé— decidimos hacer acto de presencia en el entierro, amordazado por el «despotismo y la intransigencia» — como dijo el semanario local en su sección de «Puyas».

La casa del Ciego y la de la Carmen eran las más famosas mancebías del pueblo. La primera se distinguía por la buena música, que dirigía el mismo patrón; y las agudezas de éste cuando estaba en vena. La de la Carmen, por el esmero en el trato y la simpatía que en la «alternacía» tenían las pupilas. Él era hombre de romances, apotegmas, epigramas y muy sabedor de cante grande. Ella estaba más arrimada al cuplé y al baile moderno. Cuando recibía material nuevo mandaba avisitos a la buena clientela en tarjetas perfumadas. Para alabar las prendas de sus discípulas no había lengua como la de Carmen.

Las dos casas estaban en la calle de las Isabeles. Aquella que nace del egido donde ponen las atracciones de la feria. No lejos había otras casas de trato de menos historia y presentación. Cuando llegamos a la calle de las Isabeles, ya había mucha gente. La puerta de la casa estaba abierta de par en par. Y en el patio, donde se alternaba en verano, bullían todas las mujeres del gremio de la ingle que en el pueblo había. Pintarrajeadas y con velillos partidos en la cabeza, más bien trozos de mantilla o de algún velo grande de viuda, ya que, a buen seguro, en el colegio de la fornicación de Tomelloso no debía haber velos suficientes. A pesar de que querían ponerse serias, por la gravedad de la ocasión, se les vertían risillas y gritos, y no daban paz a las posaderas sobre las sillas. Se rebullían sus cuerpos vestidos de vivos colores, en la cálida tarde primaveral soltaban un tufo de polvos, colonias gruesas y vino agriado, que trascendía a la calle. Sus caras eran flores de trapo con ojos turbios y bocas rotas. Ojos mal dormidos, desacostumbrados a la luz del sol.

De vez en cuando llegaban del interior los lloros perrunos y cansados de las «encargadas» y coimas de la reserva. «¡Ay, Jesús! ¡Lo que somos!». Entre el personal macho, casi todo en pie en la puerta de la calle y en el salón de invierno, junto al organillo, abundaban los barberos, muchos de ellos músicos de aquellas casas en las horas libres y casi todos discípulos de bandurria, guitarra o laúd del Ciego. Que éste enseñó a mover la prima y el bordón a varias generaciones de tomelloseros. Como guitarrista en el género flamenco, y especialmente en acompañamiento, no había quien le quitase la palma al Ciego en toda la provincia. Hasta de Argamasilla y Socuéllamos venían barberillos en bicicleta para que él, que no veía, les diese luz de guitarra. Entre los entendidos tenía fama de mover la izquierda sobre los trastes como el mismísimo Segovia. Había chulos y queridones de las «sicalípticas», con pañuelo blanco terciado al cuello, gorra de cuadritos, y los dedos enguantados de nicotina hasta la primera falange; alguaciles y policías retirados, que recibieron buen trato y favor del difunto en años mejores. Y discretamente apartados, señoritos finos, que le habían roto muchas sillas y bandurrias en noches gozosas; que tiraron al pozo veladores, sostenes y botellas del «Mono» en madrugadas agrias, y alguno que cierta madrugada de enero lanzó una «azofaifa» a los charcos de la calle, porque no quiso bailarle el moro. En grupo aparte, con las caras largas y el pito en la boca o el puro entre dedos, la corte de los flamencos de todas las edades: los viejos, que sólo conservaban el compás o el canto por lo «bajini» para los cabales; los cuarentones, como Tizón, que todavía alzaban su voz con grietas en los ratos que estaban a gusto, y los mocetes de la última hornada, que cantaban a todas horas; amén del guitarrista señorito, que sólo tocaba cuando llegaban los Domecq o la Niña de los Peines y en sesiones privadísimas. En fin, allí estaban todos los productores del ramo de la fornicativa.

Apenas faltaban unos minutos para la hora del entierro, cuando abocó en la calle de las Isabeles un Citroën negro, enorme, como coche de toreros, que avanzaba muy lentamente entre el gentío hasta pararse frente mismo de la puerta del duelo. Era de la Padilla. Pepa la Padilla, famosa cupletista local, que venía ex profeso de Albacete, donde actuaba con su elenco. Su madre fue antigua pupila de la casa y junto al Ciego nació (había quien la creía hija de éste) y él la enseñó a cantar, a bailar y a tocar la guitarra, hasta que un buen día, con sus muchas influencias, la lanzó a los tablados, donde andaba apaleando los miles de duros.

Pepa la Padilla bajó del auto como una marquesa. De luto hasta los pies, pero cargada de pulseras y collares. Llevaba un gran ramo de flores rojas. La acompañaban dos gitanos culichicos de su ballet; el «cantaor» Cañameras, natural de Pedro Muñoz, gordo, sin corbata y con las patillas muy bajas, un chófer de uniforme gris, con la cara trastornada por un costurón vinoso con traza de barboquejo.

Pepa la Padilla dio en seguida al duelo una categoría y seriedad que hasta entonces faltaba. Seguida de los suyos, y sin saludar a nadie, pasó desde el auto hasta la capilla ardiente. Nosotros, «los niños republicanos», aprovechamos el descuido para colarnos hasta la «cámara», como decía el Coleóptero. Al verla entrar en el patio se agitaron las furcias, se la comían con los ojos, llenos de veneración. Dos o tres se pusieron en pie y la besaron con repentina y cortesana mesura, como si aquélla fuese la ocasión de lucir las finuras y urbanidades que cotidianamente habían de olvidar por razones de oficio. Los hombres, como a toque de corneta, volvieron los ojos a su paso en derechura al trasero, que era de aquellos gozosos y lozanos, con la canal maestra bien marcada, de los que solía llamar el Coleóptero «culos imperiales». «El mejor culo de Europa», dijo un decrépito, poniendo un ojo en blanco y sin quitar el otro de la diana. (Que según el Coleóptero, un peritísimo teórico en estas plásticas andantes, los había imperiales como aquél; dicharacheros y pendoncillos, como pitorros de botijo o clavel en el ojal; a la buena fin o confiadotes, es decir, de pa allá y pa acá; de balandrán o planos, es decir, amarillos o a la inglesa —que así aseguraba tenerlos todos los de la Pérfida Albión—; de coronel o rígidos, como obra de tonelero; de mermelada o bombón, sin más referencia figurativa, y que parecían aludir a los de mocita en flor o de cuarto verdor, y, por último, «los tristes», culos sin sonrisa y de jeta larga, culos de menopáusicas y beatas correosas).

Llegamos a la cámara, que estaba instalada en el dormitorio del Ciego. Unos paños negros cubrían el armario de luna con garras de bronce, y en un rincón, sobre la mesita redonda, estaba la guitarra en su estuche negro, ya gastado por el palpo lento y untoso del que fue su dueño. El pobre Ciego, gordo, moreno, casi negro, con manchas verdosas en la nariz y la papada, verde, de bronce viejo, parecía casi dormido con las manos cruzadas sobre el pecho. Lo vistieron con terno marrón, botas enterizas de color sangre de toro, sortija de plata y cadena gruesa del reloj, que brillaba a la luz de los cirios.

Al entrar la cómica en la cámara, amainaron los llantos perrunos del meretricio jubilado, que circundaban el féretro. Todos dejaron de mirar al muerto por mirar a la viva frescachona, cuyas patillas de pelusa negrísima y rizada le caían hasta más abajo de los pendientes rojos. La Padilla, sin inmutarse, se acercó al cadáver, le besó en la frente y dejó las flores con mucho amor sobre todo el cuerpo del difunto. Se hincó luego de rodillas a los pies de la caja y rezó largamente alzando mucho sus ojos enormes y oscuros. Persignada con mucha unción, volvió a su aire imperativo de mujer con muchas tablas, y dijo a las viejas que lloraban otra vez: —Hasen falta más flores.

Se armó una rebatiña de correr sillas y taconazos. Empezaron a moverse las coimas como si hubieran recibido la orden del mismísimo muerto, cuando mandaba desde la tarimilla de la orquesta el gran rigodón de su negocio, y súbitamente empezaron a llegar flores por todos sitios. Venían las fornicarias con grandes brazadas de rosas, lirios y hasta yerbabuena y amapola, que, imitando los ademanes de la Padilla, esparcían sobre el cuerpo muerto. La misma Padilla les ayudaba a colocarlas con mayor simetría, hasta que quedó la caja completamente cubierta, sin más resquicio de muerto que su cara verdinegra y las puntas rojas de las botas… Todavía durante un buen rato siguieron llegando capulinas con flores, y la Padilla, con ademanes de maître de escena, ordenó echarlas a los lados de la caja y al pie de los candelabros. Luego se sentó en la silla más próxima al muerto y, clavando la barbilla en el pecho, quedó presa de una congoja sombría, casi irracional. Los «bailaores» y rufos que la acompañaron, con los sombreros de ala ancha entre las manos, en posición de en su lugar descansen y situados en el centro de la habitación, contemplaban entristecidos las muestras de dolor de «su figura». Cuando corrió la noticia de que habían llegado los curas, se armó un gran alboroto. Arreciaron los llantos, empezaron los hombres a salirse a la calle, y un jayán con pañuelo negro al cuello, de cuatro empujones nos echó a la calle a los chicos que andábamos por allí curioseando.

El coche negro estaba en la puerta cargado de coronas: «Sus huéspedas que no lo olvidan», en una corona. En otra: «El eterno recuerdo de la Rondalla Cultural Tomellosera». Estaba la calle tan llena de gente que no hallábamos a los curas por ningún sitio. Nos abrimos paso a codazos, y ya casi en la explanada que servía de parque de atracciones en las ferias, vimos con sorpresa que los curas cantaban tímidamente en la esquina de la calle, casi a cien metros de la puerta de la casa. Don Leopoldo, el coadjutor; Paco, el sacristán, y Becerra, el monaguillo, latineaban mirando al suelo y casi vueltos de espaldas hacia la mancebía, como si enderezasen sus oraciones a otro muerto que no se veía. Sólo Becerra, descansando el cirial en tierra con cierto abandono, echaba reojos hacia la nefasta calle de las Isabeles, y casa del muerto Ciego.

Sacaron el ataúd sobrenadando a hombros de seis lupanarios pálidos. Uno, con la colilla en la comisura del labio. Dos, con pañuelo blanco terciado. Otro, completamente doblado, cual si llevara encima el universo mundo. Apenas estuvo el féretro en el coche, los curas echaron a andar muy delante, conservando la distancia que se habían marcado.

Según la costumbre, los hombres, con su duelo, iban primero. Lo formaban los músicos de la casa y un hermano del difunto, que era guardia civil en Argamasilla. Detrás, las mujeres, y presidiendo, la Padilla, como una emperatriz entre velos y pulseras; adelantando el busto, y el paso bien marcado con aquellos miembros que Dios le dio. («No hay prenda como los muslos», dijo un doliente mirándole el aldear por aquellas alturas). Ellos, pálidos y delgados, iban fumando. Se les veían sombras de antiquísimas ojeras y las bocas torcidas de tanto pegarse al vaso. Ellas, pintarrajeadas de carmín, en grupos, cogidas del brazo, con vestidos chillones y los medio velillos mal colocados. A pesar de que se proponían ir serias, sobre todo por imitar a la Padilla, se les escapaban ademanes disparatados, miradas furtivas, risas mal sofocadas. A las más viejas, las lágrimas les hacían surcos sobre los polvos y el colorete. Era una extraña multitud un poco circense, nerviosa, desacompasada, en procesión locaria. Se comentó mucho en el pueblo la asistencia al entierro de algunos hijos de buena familia, grandes visitadores del barrio. Iban con su canotier y aire de estar muy por encima de los prejuicios de la masa.

Las gentes abrían calle a aquel entierro, cuyos curas marchaban casi a cien metros del muerto. Las mujeres decentes que presenciaban el espectáculo miraban boquiabiertas tanto puterío junto. Los hombres las chicoleaban y decían barbaridades importantes:
—Juana, «aspérame» esta noche. Ellas se reían, hacían dengues y se daban codazos. Pero la mayor atracción para los espectadores era la Padilla, tan famosa y tan rica, dando solemnidad y señorío a aquel muerto en entredicho. De pronto se vio revuelo en el duelo de mujeres. Algo habían dicho a la Padilla sus compañeras que le hizo detenerse, interrumpiendo el cortejo. Hacía oídos a lo que venían a comentar unas y otras. Se partió el entierro en dos partes. Curas, carro fúnebre y hombres se alejaban, mientras las mujeres se arremolinaban en torno a la Padilla, que escuchaba con los ojos muy abiertos y la boca fruncida. Por fin, con ademán autoritario, dio la cupletista orden de continuar, y a buen paso, se soldaron al resto de la comitiva.

Al llegar a la capilla, que está al principio del paseo del Cementerio, y apenas los curas echaron el último responso y se volvieron en silencio, la Padilla, con voz de flamenca que difícilmente sabe salir de su son, comenzó a cantar aquel tango:

Adiós, muchachos,
compañeros de mi vida,
farra querida
de aquellos tiempos.

Todos volvieron hacia ella la cabeza con estupor, pero al comprender la intención, y que iba en serio, primero las pelandruscas y en seguida los gamberros, encabezados por los señoritos del canotier, jubilosísimos, continuaron el cantar. Arrancó el coche, y todo el duelo, a voz en grito, rompiendo cada cual la estrofa por donde no sabía más, hasta la misma puerta del Cementerio Católico, cantaron aquél son que tantas veces tocase el Ciego para la juerga de turno.

Adiós, muchachos,
ya con ésta me despido
frente al destino
no somos nada.
Ya se acabaron para mí
todas las farras…



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