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HIMNO A TOMELLOSO

martes, 12 de junio de 2018

Plinio - Los nacionales (Palabras cumplidas)



Antes de la guerra civil, Manolo era el único andaluz alegre del pueblo. Sí había otros andaluces, pero más apagados, de hablar cansino y manoteos más bien manchegos. Pero Manolo, no. Sólo bebía vino andaluz; se ponía sombrero calañés para ir a los toros, y tenía querida fija a la vista de todo el pueblo. Al acabar su trabajo a mediodía en la carretería, iba a comer a su hogar legítimo. Pero por la tarde, marchaba derecho a casa de su querida hasta la hora de cenar. Por los mediados años cuarenta Manolo estaba muy cambiado. Los años de cárcel por ser de la C.N.T. le sentaron muy mal; y la jubilación tres años más después, peor. Cada vez que yo volvía de vacaciones al pueblo, solía encontrarlo sentado junto a un ventanal del casino. Si no se le acercaba nadie, permanecía solo y callado sin leer periódicos, sin hacer alujerías, y tomando cerveza. —Mal debe andar el Manolo, cuando toma cerveza. —Oí decir a un amigo. 

Allí se pasaba las horas muertas de la mañana. Inexpresivo, mirando a la plaza. Como le sonaban mucho los bronquios dejó de fumar, y la nicotina que siempre manchó sus dedos morenos, ya era sombra dorada. Como había sido tan amigo de mi abuelo, y yo de su hijo, me gustaba charlar con él y darle ánimos, porque el final de sus conversaciones siempre era el mismo: —¿A ver qué pinto yo aquí, Paquito? … Se me murió la mujer, los hijos marcharon al extranjero, me jubilaron… y perdimos la guerra. ¿A ver qué me queda por hacer, dímelo? (Manolo nunca decía que también murió su querida). —Pues aguantar, Manolo, pues aguantar. —¿Y pa qué? —Porque la vida es lo único que tenemos de verdad. —¿Y pa qué la queremos cuando ya no tiene na dentro?… La primera vez que vuelvas al pueblo, ya no me encontrarás. ¡Ras! —me añadía grave, abarcándose el cuello con ambas manos a manera de horca. La primera vez que le oí aquel trágico proyecto, me alarmé, y cuando volví a Madrid me lo imaginaba cruzando la plaza, sombrío sombrío, bajo la capa, y mirando hacia una cuerda colgada… Pero como al cabo de tres o cuatro años, cada Navidad, cada Semana Santa y varias veces durante el verano, me repetía su amenaza, llevándose las manos al cuello, me acostumbré, la tomé como una tocata de anciano algo arteriosclerótico y no volví a imaginármelo debajo de la cuerda, sino allí sentado, junto al ventanal del casino, mirando a la plaza… Y cuando les conté a algunos amigos el caso, comprobé que aquel anuncio macabro se lo hacía a todos. Hasta al mismo barbero, cada sábado, cuando lo afeitaba, antes de quitarse el paño, y mirándose en el espejo fijamente, le decía: —Ésta es la última vez que me afeitas, Acacio. Antes de que me vuelva a salir la barba, ¡ras! —y se ponía las manos en el cuello, sobre el paño blanco.

A la una en punto del día, se ponía la vieja capa y la boina bien encajada y se echaba a la plaza con aquel gesto concentrado, y el paso todavía telendo. Me imaginaba al pobre Manolo haciéndose la comida, cenando solo, lavando los cacharros y limpiando la casa. Él, toda la vida fue hombre gracioso y alegre, amigo de vinos, guitarras y mítines; guiñador de ojos y mirador de nalgas… Y allí lo tenías, plaza adelante, maldiciendo su propia sombra encapada, que pisaba con las botas enterizas. El único amigo que solía sentarse con él largos ratos al lado del ventanal, era otro andaluz, jerezano por más señas, que venía muy a menudo a comprar pequeñas partidas de alcohol, y se hospedaba en una fonda. Yo coincidí con los dos varias veces, y todo resultaba muy chocante, porque el jerezano, que cada vez que daba un trago a su copa de jerez la miraba al trasluz, se reía de lo que decía Manolo. Cuanto más tristes eran los temas del cordobés, mayores las risotadas del jerezano. Pero Manolo no se inmutaba, y cuanto más altas eran las carcajadas del comprador de alcoholes, más exageraba Manolo sus siniestros pronósticos llevándose las manos al cuello en figura de garrote.

Cuando regresé a principios de junio de aquel año, ya había concluido todo. Me lo contó Perona, el camarero: Una noche, sentados en la terraza del casino, Manolo y el jerezano estaban con los temas de siempre. El pobre Manolo aseguró que aquella noche era la última que lo veían, y el jerezano, más copeado que nunca, se rió a sus anchas. Manolo dio su palabra entre las risotadas de todos los escuchantes, y el jerezano se apostó mil pesetas. —Te advierto —me dijo Perona— que yo estaba un poco mosca, porque Manolo era muy raro que viniera al casino de noche. Algo debía pasarle.

Las noches que eran buenas se paseaba solo por la Glorieta, y entraba al casino nada más que para beber agua, o hacer lo otro. Cuando quedó formalizada la apuesta, Manolo se despidió, y echó plaza adelante entre las carcajadas de todos. Dos horas después, cuando el jerezano llegó a la fonda, se encontró el portal lleno de gente… Del pasamanos de la escalera, a la altura del segundo piso, el de la fonda, colgaba el cuerpo de Manolo de una maroma flamante. El pantalón medio caído le tapaba las botas enterizas. Tenía la lengua fuera, los brazos caídos y muy separados del cuerpo por la parte delantera. Todavía no había llegado el Juzgado. El cuerpo, frente a la luz amarillenta de la escalera, proyectaba su sombra en la pared del descansillo. … Ante el asombro de todos, el jerezano subió los escalones, y cuando estuvo a la altura del cuerpo pendiente, adelantó el brazo y le puso en el bolsillo del chaleco un billete de mil pesetas.



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