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HIMNO A TOMELLOSO

miércoles, 6 de junio de 2018

Plinio - Los nacionales (Libertad condicional)



Decía mi madre en la carta: «… Así que tengas un rato libre vete a ver a mi primo José, que lo han puesto en libertad condicional». Y aquella tarde de domingo, con sol entre refriores, me fui dando un paseo desde la Plaza de España. Parejas aburridas arrastraban la tarde comiendo pipas o hacían cola en los cines de la Gran Vía. En un bar próximo a la Plaza de la Marina Española, tertulianos endomingados echaban la partida. El Palacio de Oriente, con la facha renegrida, parecía una abstracción. Junto al Viaducto, unos chicos jugaban a la pelota. Desde él miré a la calle de Segovia, solitaria, con resoles en los balcones, que desde la altura parecían de fragua. La casa donde vivía nuestro pariente José, tenía delante un patio de vecindad, casi corralazo de pueblo. Al fondo, la escalera descubierta que llevaba a los pisos en galería. Mientras José estuvo en la cárcel, su esposa y su suegra tuvieron que dejar el piso de toda la vida y cobijarse allí, como realquilados de la madre de otro preso político. La escalera tenía mellicones y basura en los descansillos. Las galerías, cuerdas con ropas colgadas. Ropas olvidadas y tiesas en la tarde cansina del domingo. Al segundo timbrazo abrieron la puerta con mucha cautela. Era la suegra de José. Delgadísima y un poco encorvada, me miró sin reconocerme. Cuando dije quién era, se disculpó de su mala vista.

Secándose las manos en el mandil largo, me guió por el pasillo oscuro. En una habitación pequeña con ventana a la galería, y alrededor de una mesa camilla, José, su mujer y la vieja que les realquilaba, comían castañas asadas. —Mira quién está aquí, José. Después de mirarme unos segundos, con gesto entre de puchero y gusto, vino hacia mí. Nos abrazamos sin decir palabra. Me hicieron sitio junto a la mesa camilla. Con mi corbata y traje dominguero, sentía vergüenza entre tanta pobreza. José llevaba una chaqueta marrón muy brillante, pañuelo blanco terciado al cuello, y boina. La mujer, de luto, con la melena corta, estaba muy envejecida. La realquiladora, que comía castañas poniendo mucho cuidado con qué diente mordía, no me quitaba ojo. José estaba palidísimo, con la papada colgona y las manos vacilantes. Pasadas las primeras efusiones, José parecía escucharme con mucha complacencia. Pero en seguida noté, que si dejaba de hablarle, seguía igual de maganto, como si me siguiera escuchando. Para coger las castañas, alargaba la mano pálida y temblona. Y al hablar, a veces, se le cortaba la voz y quedaba mirándome con ojos de mucha lástima. Una de las veces que le acudió esta sequera, su mujer le pasó la mano delante de los ojos y le dijo bromeando:
«Insensato, despierta». —El pobre se distrae con na. No sé qué habrá visto allí —me dijo ella en un descuido. Al poco rato llamaron a la puerta. Fue la suegra con su chepa entoquillada y en seguida volvió con Marcelino y Sebastián, dos compañeros de José. Marcelo sacó de la trinchera cotosa media botella de anís; y Sebastián, otro papelón de castañas asadas. Marcelo también había estado en la cárcel, aunque sólo un año.

Y a Sebastián lo habían depurado y echado de su empleo en el ferrocarril. Destaparon el botellín de anís y la mujer de mi primo sacó unas copas muy desiguales. —Anda, ponte tú también, mujer. —Quita de ahí. A mí eso me está muy fuerte. ¿No lo sabes? La realquiladora aprovechó la copa. Liamos cigarros, y pasado un rato, salió, claro está, el tema político. Pero Marcelo y Sebastián se dirigían a mí todo el tiempo, porque José seguía callado y con su sonrisa complaciente, sin motivo. Eso sí, de vez en cuando copeaba con sorbetes finos y chupaba muy hondo del cigarro. —Anímate, José, que esto se acaba —le dijo de pronto Marcelo dándole una manotada en el muslo—. Los aliados ya han tomado creo que Sicilia. Lo dijo anoche la BBC. El Mussolini ese de la camisa negra tiene los días contados. Y José sonrió mirando al suelo, pero sin decir palabra. 

Yo no le quitaba ojo. Era una sombra de aquel José tan alujero y discursivo de cuando la guerra. Lo comentamos cuando salió un momento arrastrando las zapatillas. —Yo no sé —dijo la mujer— si le habrán dado algunas pastillas o qué, pero no es ni su sombra. —El miedo basta para cambiar a un hombre —dijo Marcelo con la cara muy grave—… ¡Te parecen malas pastillas el haber estado condenado a muerte! Callamos porque volvía José. Desde la ventana se veían las chimeneas y buhardillas de las casas fronteras, entre sombrajos y solespones. Y en la habitación, los pobres muebles, hacían siluetas larguirutas sobre las paredes sucias. La mujer de José entraba y salía con aire de no hacer nada urgente, estirándose con ambas manos la bata sobre el trasero ovaladísimo. Las dos viejas, ajenas también a la política, entre castaña y castaña, se dirigían alguna frase desleída. —Vaya otra copita, José, por el triunfo definitivo de los defensores de la libertad. Y José levantó la copa como los otros, con su aire de lejano, mirando la bebida transparente que se mecía un poco entre sus dedos temblorosos. Liamos de nuevo. —Al que han trasladado al Dueso ha sido a Mejía… La cosa tiene mal cariz. José arrugó la cara y se pasó la mano doblada por la frente como para arrebañarse un mal recuerdo. —Yo pienso que al ver el rumbo que ha tomado la guerra, aquí tendrán que aflojar —dijo Marcelo— ¿no te parece, José? —… No creo. —¡Pero, leñe! Eres de un pesimismo que pa qué. José mirándose las manos muy abiertas sobre la mesa, dijo en voz muy baja: —Lo siento, Sebastián, pero lo que he visto hasta… no hace una semana, no es para optimismos. —Así que vean correr a los fascistas por todos los frentes, no tendrán más remedio que templar gaitas. 

Y si no, al tiempo. Casi había cerrado la noche y no encendían la luz. Apenas se distinguían las caras. Las buhardillas y chimeneas vecinas ya se fundían con el cielo. El humo del tabaco, el tufo del brasero y el olor del anís, malambientaban la habitación estrecha. —… Al que no acaban de quitarle la condena, a pesar de lo dicho, es a Natalio. La mujer, me ha contado su yerno, marchó ayer en dirección a Ocaña. —Le está bien empleado por boceras. —No digas eso, por favor —pidió suavemente José con aire de importarle por vez primera lo que allí se hablaba. —Sí; lo digo porque fue un boceras. —Era un compañero, Sebastián, y el miedo puede a todos. —Pero menos. Todos tenemos miedo, pero hemos sabido echarle redaños al trance. Se hizo un silencio muy largo. Seguíamos a oscuras, y a los relumbres de los cigarros se entreveía a José otra vez sumido en su lejanía, en su particular realidad. —Con los americanos a nuestro lado no hay Hitler que valga. —Sin los americanos también habríamos vencido. Los rusos se sobran y se bastan. —No sé qué te diga. Yo no sabía cómo irme. Llevaba dos horas largas allí, pero con la luz apagada me daba no sé qué. Entró la mujer y dijo con voz falsa: —¿Pero qué hacéis a oscuras? Encendió. Todos nos miramos como si acabáramos de encontrarnos. 

La luz alta y pajiza hacía más siniestro el cuchitril. —¿Y tú tienes algún trabajo en perspectiva, José? Me miró como si le hablase de un imposible. —No… Ni creo que sea fácil. Ya veré… Si tú sabes algo —y se me quedó encanado indagando una posibilidad en mis palabras. —Haré todo lo que pueda —dije inseguro. —Todo se arreglará. Venga, Julia, pon la radio a ver qué dice la BBC, que ya es hora —pidió Marcelo con brío para animar el cotarro. —Yo la pongo, pero no sé cómo se busca esa estación. —Déjame a mí. —Espera unos segundos que se caliente el aparato. Todos miramos el aparatillo color nogal, que estaba en un estante bajo, entre libros viejos. Así que se oyeron pitidos, Marcelo empezó a mover los mandos en busca de la emisora de la BBC. —Más despacio y más fuerte, Marcelo —dijo Sebastián. 

Marcelo le dio más intensidad y movió el selector de estaciones con mucho pulso. Se oían jirones de voz, ráfagas musicales, la voz elocuente de un actor recitando un poema sobre la División Azul; y de pronto, muy fuerte, sonaron unos compases del «Cara al Sol». … Y José, rápido, transmutado, se puso firme, con el brazo en alto y la mirada perdida. Todos, menos Marcelo, que seguía en cuclillas ante el aparato y mantuvo unos segundos la música del himno, a la vez que llevaba el compás haciendo la higa con la mano izquierda, lo miramos asustados. José, al dejar de oírse aquella música, reaccionó de pronto, bajó el brazo, titubeó un momento y cayó de bruces, llorando sobre el halda de su mujer. —¡Pero, José, pobre mío… Es la segunda vez que le pasa! Marcelo, que seguía buscando la BBC, al oír el llanto de José, se volvió sorprendido. El recién puesto en libertad condicional seguía de rodillas sobre las piernas de su mujer, con la cara entre las manos, sollozando bronca, patéticamente. —Anda hermoso mío. Anda, José mío, serénate, si ya estás conmigo. Y le besaba en la cabeza y en la nuca. Un locutor, con voz triunfal, daba el resultado de los últimos partidos.



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