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HIMNO A TOMELLOSO

jueves, 3 de mayo de 2018

Plinio - Los nacionales (Los profesores de Latín)


Cuando los alumnos del colegio —el anterior al Instituto, que siempre olía a morcilla frita— tuvimos que estudiar Latín, según el plan de estudios resucitado por la República, don Bartolomé, el director y propietario, con todo el dolor de su alma, contrató a don Francisco García, porque él, de la lengua del Lacio, sólo entendía el dominus vobiscum. Don Francisco fue el primer protestante que vi en mi vida. Era, más o menos de contrabando, el pastor de los poquísimos luteranos que había en el pueblo, donde nunca se protestó por nada.

Don Francisco fue sacerdote católico antes que pastor protestante, y un hijo suyo trabajaba, precisamente, en la fábrica de muebles de mi abuelo. Oí decir que los domingos por la mañana, en una habitación grande de la casa de don Francisco, en la que sólo había una mesa con una cruz, se reunían los quince o veinte protestantes tomelloseros, que cantaban a coro y leían la Biblia, ese libro siempre tan mal visto en el país. Cuando era profesor nuestro, una mañana de domingo pasé ante la capilla protestante. Ya debían haber terminado los oficios, porque en el portal largo, hechos corrillo, algunos hombres que yo no conocía, hablaban y echaban cigarros. Supe luego que nunca salían a la calle en grupo, y que a todas las ceremonias y reuniones acudían con mucho sigilo, porque el párroco, desde el púlpito, sobre todo hasta que llegó la República, los tenía muy maldecidos. El hijo de don Francisco que estaba en mi casa, siempre trabajaba muy callado; y si le hablabas, te echaba una sonrisa muy dulce y modestísima. Nunca decía nada de religión y se mantenía un poco apartado de los demás operarios, aunque a éstos —a excepción del Jesuita— lo mismo que al abuelo y a papá, las cosas de la Iglesia no les quitaban el sueño. Don Francisco debía tener ya sesenta y muchos años. 

La calva clara, rodeada de un cerquillo cano, y unas gafas de oro que en clase le brillaban muchísimo a la luz del ventanal que le caía muy cerca. Vestido de oscuro y con corbata, siempre hacía las mismas cosas al llegar a clase a las once en punto. Antes de sentarse colocaba sobre la mesa el reloj, la lista de alumnos, el lápiz, el manual, el cuarterón de tabaco de 4,90 —que era el más lujoso de entonces—, el librillo de papel y el mechero dorado. Cada día preguntaba, uno por uno, a toda la clase. El preguntado se ponía de pie, y don Francisco, con ademanes y voz muy educados, aunque severos, nos hacía recitar las declinaciones y los verbos, cuidando mucho las terminaciones. Cada dos o tres preguntados hacía una pausa para liar el cigarro, encenderlo y echarle una ojeada al reloj de bolsillo, que indiferente a latines y romances, palpitaba sobre la vieja mesa de pino. Yo lo respetaba mucho cuando comprendí su gran honradez religiosa. Pues las pocas veces que se refería a temas de moral y creencias —siempre muy de pasada— jamás aprovechaba para hacer su publicidad protestante. Al contrario, decía que todos debíamos ir a misa y cumplir con la moral y creencias de nuestros mayores. También me gustaba que no tuviera la menor deferencia ni impertinencia, claro está, conmigo, aunque era nieto del patrono de su hijo. A principios de mes, cuando al comenzar la clase entraba don Bartolomé para pagarle el sueldo, dejaba los veinte duros sobre la mesa como un objeto más, hasta que a la hora de marcharse y recogerlo todo, se repartía los duros entre los cuatro bolsillos del chaleco. Pero las cosas como son, la única vez que lo oí reírse con ganas, fue el día que me equivoqué al conjugar el presente de indicativo del verbo sum, y en vez de decir el plural como manda la gramática: sumus, estis, sunt, dije sumus, SETIS, sunt… Estoy seguro que aquélla su única carcajada que recuerdo no fue mal intencionada o vengativa por ser mi abuelo el amo de su hijo, y sí porque debió salirme muy expresiva lo de «las setis», ya que toda la clase se rió también, y mi buen amigo Antoñito Lozano (el que pocos años después, como a su padre y hermano asesinaron en la zona republicana) desde aquel día me llamó Setis.

—An da Se tis —me decía con aquel hablar tan morosísimo que tenía—, va mos a to mar nos una ga seo sa con se tis a la plan cha en el bar de Ce ci lio. … Y con Setis me quedé hasta que pasamos al Instituto, y Antoñito marchó a Madrid a estudiar la carrera. Cada vez que me llamaba don Francisco para conjugar el verbo sum, las pasaba cicutrinas, al ver que todos —y el mismo don Francisco— estaban en suspense total a ver si decía otra vez setis por estis. Cuando pusieron el Instituto y cayó el colegio de don Bartolomé, don Francisco García desapareció de mi mundo. Algunas veces lo veía de lejos pasear solitario, o parado en una esquina liando su cigarro, con el cuarterón de tabaco de 4,90 (aquellos que, si recuerdo bien, tenían dibujos azules y dorados). No sé si durante la guerra dejaron funcionar la capilla protestante de don Francisco. Supongo que tampoco, que los extremos se tocan. Al fin y al cabo el protestantismo era religión.

Pocos días después de la entrada de los nacionales, Melitón el ebanista, que vivía frente a la calle de Roque, le contó a papá, que varios hombres con camisas azules, habían destruido las pocas cosas de la capilla protestante, y luego, en un coche, se llevaron a don Francisco descorbatado; y —a él le pareció— con las manos atadas a la espalda. Su hijo, que hasta entonces había estado en el frente republicano, unas semanas después se presentó en la fábrica del abuelo muy enlutado. Creímos que a reincorporarse al trabajo, pero no. Iba a despedirse. Su madre, otro hermano y él, se marchaban del pueblo… Su padre había muerto en la cárcel. Dijo él que de tristeza, de pena, de asco. Dijo también que lo habían enterrado en el rodal del Camposanto destinado a los excomulgados, a los apátridas, a los sin Dios… Alguien contó que lo vio en el ataúd de chopo sin pintar, en mangas de camisa, con la boca muy abierta… (Y sin gafas — pensé yo— ni el cuarterón de 4,90).

Don Máximo
El segundo vasco que conocí en mi vida
—el primero fue José Luis Arrarte, el tío de Claudio— fue don Máximo. Don Máximo, el cura de San Sebastián, llegó al pueblo como profesor de Latín del Instituto, un año poco más o menos antes de empezar la guerra. Fue también el primer cura que vi con boina o chapela, como él acostumbraba llamar. Era muy alto, ni gordo ni fino; más bien fuerte, con gafas, y un poco encorvado. Caminaba siempre con las manos atrás y aire de ir pensando en lo suyo. Al preguntarte el tema, te miraba muy fijo, echándote el reflejo de las gafas y como queriendo adivinar todo lo que llevabas en el cerebro. Tenía fama de nacionalista vasco y hablaba con voz muy viril y sonora, de cantor. Con frecuencia, a los alumnos más amigos, nos hablaba de los problemas de su país, que claro, nosotros, manchegos, no entendíamos muy bien. Vivía en unas habitaciones alquiladas, con una mujer muy mayor que le cuidaba. Allí fui un verano a que me diese clases particulares de Latín, y antes y después de cada lección me hablaba de política con su vozarrón. Muy liberal y moderado, nunca le proponía a uno, como casi todos los curas, que se apuntase a esto o a lo otro, ni me preguntaba si iba a misa o confesaba al menos una vez dentro del año. 

Como no debía tener casa en San Sebastián, se quedó en el pueblo las vacaciones del 1936, y allí le pilló la guerra. Después que los milicianos mataron al primer caído, al párroco don Vicente Borrell, todos los curas, menos él, se encerraron en sus casas. Sin quitarse la boina, se puso un traje de paisano de color café oscuro, e iba y venía al Instituto con las manos en la espalda y los mismos andares que cuando llevaba aquella sotana tan larguísima. No estaba con las barbaridades de los llamados rojos, ni con las de los llamados nacionales. Andaba muy triste a todas horas, y su angustia aumentó cuando supo que su gran amigo, Mateo Mújica, el obispo de Vitoria, tuvo que cruzar la frontera por las intransigencias de la Cruzada. Como era el único cura que andaba por las calles, aunque con traje de civil, algunas veces —yo me enteré— las familias de los muy católicos moribundos —aunque don Máximo entre ellos tenía fama de rojillo—, lo llamaban para que los confesara y les diese la extrema unción en secreto. Luego me contó después de la guerra, que tuvo un portahostias de bolsillo, y un crucifijo bastante grande, que se colgaba debajo del chaleco, para poder oficiar aquellos auxilios. De modo que lo veías por la calle como si tal cosa, con las manos atrás, la boina encima de las gafas, y a lo mejor iba de viático secreto. Como el director del Instituto durante la guerra era un desmadrado que siempre estaba en el claustro echando mítines furibundos, y llevaba en el costado un pistolón nada pedagógico, don Máximo se limitaba a dar sus clases, no entraba en su despacho, ni le llamaba «camarada Director». 

El hombre tenía sus caminos contados. De su casa al Instituto, del Instituto a su casa, y algunas tardes a ver a don Eliseo, el cura, tío de Paquito Lozano, que como los demás de la Parroquia, estuvo toda la guerra sin asomarse a la calle. No bebía, no fumaba, y siempre que me lo encontraba me hablaba a grandes voces contra la guerra en ambos bandos. Sí, como tenía aquella voz tan cantora, yo pasaba mucho miedo, no lo fueran a oír y lo metieran en la cárcel con el portahostias en el bolsillo. A los pocos días de acabar la guerra, cuando hicieron en la plaza el gran funeral por todos los caídos del pueblo, ante la extrañeza de muchos, fue don Máximo el encargado de decir la misa y la homilía. Estaba la plaza de bote en bote, las jerarquías, a estreno, en primera fila ante el altar; los balcones del Ayuntamiento llenos de gente. Como los paisanos, vecinos todo el tiempo de la zona republicana, desconocían los nuevos ceremoniales políticos, mandaron a muchos soldados de la Bandera de Falange que ocupó el pueblo, para que enseñaran a la gente los llamados «gritos de ritual». Y tuvo mucha gracia —yo estaba en el balcón del tío Isidoro, que daba a la plaza—: el jerarca mayor, después de los interminables tres himnos, gritó por vez primera: ¡España, una!, y la masa ya embalada en la cuenta, cuando gritó otra vez ¡España!, dijo: ¡Dos! en vez de: ¡Grande! Al gritar la tercera ¡España! contestó ¡Tres! en vez de ¡Libre!; y al acabar con el ¡Arriba España!, contestaron ¡¡Cuatro!!… Pero a lo que iba. En aquel funeral, dijo dos cosas don Máximo a la hora de la predicación, que indignaron a las jerarquías y a la Bandera, hasta el extremo, de que pocos días después, cuando cerraron el Instituto por republicano, don Máximo tuvo que marcharse del pueblo. La primera cosa fue que, en vez del tono triunfalista y condenatorio que tenían entonces todos los discursos públicos, adoptó un aire puramente evangélico y nada político, pidiendo misericordia para los vencidos, y asegurando severamente —vade retro— que tan españoles, para bien y para mal, fueron los de uno y otro bando. 

Y que Dios perdona siempre al que sabe perdonar, y jamás al que se venga, sea cual fuere la ofensa… Y para remate, la segunda rareza suya de aquel día fue, que cuando acabada la misa, su homilía, y los discursos arrebatados de los políticos —en los que no faltaron indirectas a la petición pastoral de don Máximo—, al tocar los himnos — (cuando lo del ¡una!, ¡dos!, ¡tres!, ¡cuatro!, que he dicho)— los miles de asistentes levantaron el brazo al estilo fascista, el cura vasco y profesor de latín, en su puesto junto al altar, escuchó las músicas con aire cortés y meditabundo, pero sin levantar la mano, ni un dedo tan siquiera. Su destierro más o menos forzado lo llevó a Puertollano. Con él y su ama viejísima fuimos varios amigos a la estación. Otra vez con su sotana y un maletín en la mano, iba paseo adelante. Y nosotros, atemorizados, por los grandes vozarrones que daba contra los excesos de los vencedores. … Allí también duró muy poco. En seguida nos llegó la noticia. Por lo visto, las autoridades y patronos en general, obligaban a los mineros y obreros de otros ramos a ir a la misa dominical.

La mayoría de ellos, desacostumbrados a aquella devoción por tres años de guerra o falta de credo, maldita la formalidad que tenían mientras duraba el ceremonial. Hablaban, se movían y entraban y salían como en el casino. Don Máximo, indignado por aquellas irreverencias, un domingo interrumpió la misa, y dijo poco más o menos a los feligreses: «Ruego a los señores patronos y a las autoridades políticas, que en lo sucesivo, no obliguen a nadie a venir a misa. Que acuda el que lo desee y lo sienta. La Casa de Dios está abierta para los que se alleguen con buena voluntad, no para recibir forzados. Que en este mundo, cada cual, incluidos los españoles, está en su derecho de pensar y sentir lo que estime más conveniente para su patria». Dos días después tuvo que salir para Madrid. Allí me lo encontraba de vez en cuando, cada vez más encorvado. —¿Dónde está usted ahora, don Máximo? —le pregunté la primera vez. —En la Iglesia de San Ginés. —¿De qué? —De chantre… Como no quieren que hable, me han puesto a cantar. Ir por las calles de Madrid con don Máximo en aquellos primeros años cuarenta… como en los últimos treinta por las de mi pueblo, era muy peligroso. Con aquel vozarrón de tenor que Dios le dio, decía lo que le venía en gana, dentro de su línea independiente, contra Franco, el Gobierno, y el neotridentismo imperante… Por él supe las matanzas de judíos que hacía Hitler. 

Se lo había escrito un cura coterráneo suyo que, por aquel entonces, vivía en Roma. La última vez que lo vi en Madrid, hace pocos años, tardó mucho en reconocerme. Vestido de paisano otra vez con un traje color café oscuro — supongo que sería otro—, boina y alzacuellos, iba ya encorvadísimo. Estuvo un ratillo examinándome con la mano puesta en mi hombro, y cuando por fin dio con mi imagen, me invitó a entrar en un café de la Puerta del Sol, y me habló con una ternura desacostumbrada en él. Apenas rozó ya el tema político. Cansado de todo, parecía sin esperanzas de llegar a ver una España normal. Aún recuerdo sus últimas palabras cuando nos despedimos: —Me temo, Paquito, que voy a morirme sin volver a ver a Mateo Mújica y la libertad para todos. Ya tengo más de ochenta años… Marcharé muy pronto a San Sebastián para al menos descansar entre los míos. Y con las manos atrás y el tronco casi paralelo a sus pies, se perdió entre el gentío de descamisados y con pantalones vaqueros.



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