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HIMNO A TOMELLOSO

jueves, 29 de marzo de 2018

Plinio - Los nacionales (Últimas noches)



En Los nacionales, García Pavón recrea las vividuras que le dejó el final de la guerra en Tomelloso, y primeros años de la posguerra en Madrid, donde residió como estudiante. En Los nacionales, una vez más, dentro de la mejor tradición literaria española —que no quiere decir arcaizante— sabe entreverar su humor y doloroso sentir; el relato realista de tan difícil capítulo de nuestra historia, y el estremecimiento poético que surge en los mejores trozos de su prosa. Y todo ello, como siempre, visto con ojos desapasionados, aunque heridos, y expresado con el rico y plástico lenguaje que domina en toda su obra.


Los últimos días de marzo del año 1939 fueron templados, pero al cerrar la noche, las calles se quedaban solas y seguro que caladas de ojos acechadores. Si afinabas el oído, se entreoían los aparatos de radio de la vecindad. En muchas casas, todavía con miedo, se escuchaban los últimos partes de guerra de las emisoras franquistas. En los edificios ocupados por los partidos políticos y los sindicatos, estaban las luces encendidas hasta muy tarde. Luces velatorias para recoger papeles y discutir la actitud última. En la U.G.T., instalada en la casa de la señora más rica del pueblo —tres fachadas más hacia la plaza que la nuestra—, estaban los miradores abiertos de par en par y sus luces se proyectaban en las casas fronteras. En los trenes llegaban los milicianos derrotados, con maletas de madera, y los «monos» sucios. Se les veía calle abajo, pegados a la pared, con la valija al hombro, haciendo regates por el cansancio. … Estábamos en la frontera de un miedo que se iba y otro que llegaba. Aquellas últimas noches de la guerra, tan templadas, nos sentábamos unos cuantos amigos y vecinos en el borde de la acera, junto a la puerta de mi casa. 

Hablábamos en voz baja de los últimos acontecimientos. Algunos, por sus razones o dolores, se frotaban las manos de gusto. Yo, por la historia republicana de mi familia y mis propias convicciones contra toda dictadura, los escuchaba melancólico. Abelardo el marmolista, que a los pocos meses de acabar la guerra sería Jefe Local de Falange, a eso de la una, en mangas de camisa, se levantaba de la cama, se asomaba al balcón, miraba hacia uno y otro lado, bebía un trago del botijo puesto al fresco, y se volvía a las sábanas. Un poco antes solía asomarse a su ventana de la Pensión Marquina el maestro Pedro. Con las diez o doce palabras de ruso que sabía, fue intérprete de los aviadores soviéticos, que tuvieron sus escuadrillas junto al Parque. Desde el alto recuadro de luz, decía alguna indirecta satisfactoria sobre el avance de los nacionales, y luego: —¡Hasta mañana «tovarisquis»! … Y en los ratos que callábamos, se oían los acordes de la danza macabra de no recuerdo quién que tocaba al piano don Luis Quirós, «el republicano honrado». Su casa estaba en la calle de Belén, casi a la vuelta de la esquina de la nuestra, más allá de la de Marcelino.

Tenía el piano en su despacho, en la planta baja, y tocaba todas las noches con la ventana abierta y la persiana caída. El piano era negro. Tenía retratos encima, y unos candelabros con velas encendidas, única luz de la habitación porque apagaba las bombillas. Algunas noches que nos asomamos tras la persiana, lo vimos sentado en la banqueta, de espaldas totalmente a la ventana, y con el pelo, medio melena entrecana, sobre el cuello sport de la camisa. Durante toda la vida tocó piezas de zarzuela, y de Chopin, pero en las últimas semanas, desde que las cosas se pusieron tan torcidas, al acabar sus conciertos nocturnos y solitarios, interpretaba una danza macabra, ya digo… A ratos, dejaba las teclas y daba paseos por la habitación con las manos atrás y la barbilla inclinada. Pero al cabo, no fallaba, volvía a la música agorera. … Pero aquella noche, dos antes del último parte de guerra, se me quedó grabada para siempre. Apenas nos sentamos en el bordillo de la acera, se abrió bruscamente la ventana de la Pensión Marquina, y el maestro Pedro, en mangas de camisa, empezó a dar ¡vivas! a Franco, y luego, con el brazo en alto, a cantar el himno de la Falange. Asustados, por la puerta entreabierta de la calle, subimos a la pensión.

Llamamos en su cuarto, y lleno de miedo, creyendo tal vez que fueran los soldados de Etapas, nos abrió en calzoncillos. Estaba Pedro completamente borracho, con los ojos desorbitados y el flequillo en la nariz. La habitación llena de paquetes de periódicos muy bien atados. Pretendimos tranquilizarlo, pero estaba nerviosísimo. Daba puntapiés a los paquetes de periódicos republicanos, y repetía a grito pelado lo de ¡viva Franco! ¡viva Franco! Cerramos la ventana, y con cien esfuerzos, conseguimos meterlo en la cama. Uno de los amigos le puso entre los dedos un rosario que encontró en el cajón de la mesilla, le caló un gorro de dormir que asomaba entre las sábanas, y con cara quijotil y el rosario entre manos, lo dejamos apoyado en dos altas almohadas. Volvimos al bordillo de la acera, junto a mi puerta, y comentamos largamente el extravío nacionalista y alcohólico del maestro. La paz seguía en la calle. La Plaza totalmente desierta, y las luces de los miradores de la casa donde estaba la U.G.T., proyectadas en la fachada de enfrente… Sólo nos llegaban en los momentos de silencio los compases espaciados de la danza macabra que una vez más tocaba don Luis Quirós… Aquella noche ultimísima de marzo, me pareció que la tocaba con más fuerza que nunca, y no sé qué vibraciones adioseras. 

Tanto, que mis amigos hicieron chistes sobre él y la oportunidad de la danza para su situación. Yo, repasaba mentalmente cosas de su vida: su lema cuando se presentó a las elecciones municipales: «¡Votad a Quirós, el republicano honrado!». El libro que dedicó a la memoria de Blasco Ibáñez, impreso con letras azules. Y los versos quevedescos que publicó en un programa de festejos satirizando a los guarros que hacían aguas en la trasera de la iglesia, junto al pretil. El día 14 de abril lo vi entrar en el Ayuntamiento con su chalina, sombrero ancho y los brazos abiertos como para abrazar a la República que, pensaba yo, bajaría a recibirlo por aquella escalera de mármol tan pulido. En los inviernos llevaba capa.

Y muchas veces, desde el balcón de casa, lo vi hablar con mi padre en la esquina de la confitería, accionando mucho con sus brazos cortos… Seguro que aquella noche que digo, a papá, también desvelado, debían llegarle los lejanos acordes de la última danza macabra que tocaba su amigo Quirós. … Y cuando nos disponíamos a ir a dormir, en uno de los balcones fronteros, pero recién pasada la calle del Monte, precisamente donde estaba la Cruz Roja, encima de la peluquería de Canuto, se oyó a alguien hablar en voz alta. La persiana echada impedía ver a los dialogantes… mejor al monologante, pero yo bien que lo conocí. Era Vergara, el que antes de la guerra fue camarero del Bar Medina y luego mandamás de la C.N.T. Pequeño y delgado, lo recordaba con la chaquetilla blanca sirviendo en la terraza del bar cañas de cerveza; y luego de «mono», con el fusil al hombro que le venía larguísimo, las cartucheras colgonas y el brazalete rojo y negro de su sindicato. Después, avanzada la guerra, lo perdí de vista. Debió irse al frente… Pero desde dos o tres días antes de aquella noche que cuento, lo sorprendí algunas veces asomado al balcón de la Cruz Roja, con la cara muy pálida y canas en las sienes. Nos callamos, para poder oír lo que decía —casi voceaba— con voz tensa y defensiva: —«Yo no he hecho nada malo. He tenido mis ideas como todo el mundo y he procurado defenderlas honradamente, dentro del clima propio de una guerra civil… que no iniciamos nosotros. 

Nada me pueden hacer… Y por eso me quedo en mi pueblo». Mis amigos, en voz baja, comentaron sarcásticamente las palabras de Vergara: —«Qué infeliz. Y que no ha hecho nada. Verás la que le espera». —«Yo he sido un cenetista honrado —seguía— que sólo luché por la justicia social, por el bien de los trabajadores, y cualquier medida contra mí sería una injusticia». No sé por qué me lo imaginaba con la chaquetilla blanca de camarero, con la bandeja en la mano llena de cervezas, y echando muy serio aquel discurso a un corro de señoritos cachondos sentados en la terraza del Bar Medina, el que estuvo donde luego La Madrileña. —«Yo he luchado por el bien de mi país y de los de mi clase. Si hemos perdido la guerra, no es delito. Cada cual en su bando hizo lo que pudo para ganarla. Tan españoles éramos los de aquí como los del otro bando. Nada pueden hacerme. Por eso no me voy, me quedo en el pueblo». —Mejor, así no habrá que buscarte, chato —dijo mi amigo, el gordo, frotándose las manos. Los escuchadores de Vergara, los que fueren, no le respondían, o sus respuestas no llegaban a nosotros. De rato en rato hacía un silencio, hasta que volvía a tomar la palabra para convencerles… o convencerse a sí mismo de que no debía marcharse. En uno de sus silencios, se asomó al balcón, con un jersey oscuro, y escupió a la calle. Cuando marcharon mis amigos, estuve un rato asomado a la ventana de mi alcoba, pero ya no lo oí más. Yo no había hablado nunca con Vergara. Era casi un niño cuando empezó la guerra, y él, hombre hecho y derecho, no debía conocerme. Durante el tiempo de la guerra que estuvo en el pueblo, lo veía de lejos, siempre pensando en sus cosas, o dialogando muy de prisa y con ademanes enérgicos. De pronto me llegó la idea de bajar, cruzarme a la Cruz Roja, y aconsejarle que se marchase del pueblo y de España, como estaban haciendo otros, según tenia oído… Pero no me atreví.

No me haría caso, tan obseso como parecía por su monólogo. —«Tú, chaval, vete a dormir. ¿Qué sabes de eso?» —podría decirme. Como es frecuente, decidí lo más cómodo. Decírselo a mi padre, que sí lo conocía, para que lo visitase y le quitara de la cabeza la idea de quedarse. Aún había tiempo. Pero al día siguiente, cuando me desperté, papá ya se había marchado a la fábrica. Me asomé a la ventana, y el balcón de la Cruz Roja estaba cerrado. Por las calles, ya se veían ir y venir gentes muy de derechas, sonriendo, hablando en voz baja en las esquinas y puertas entreabiertas. Cuando papá vino a comer se lo conté todo. —Son unos ilusos… Somos. Lo fuimos siempre. Ya no hay tiempo para nada. A estas horas, las tropas nacionales están entrando en Madrid. Del mismo tema hablé esta mañana con Luis Quirós. Tampoco ha querido marcharse. Se ha creído lo de la justicia de Franco. Dos días después, a eso de las nueve, por la ventana entreabierta de mi cuarto oí llantos de mujeres. Me tiré de la cama y empujé la persiana. Unos hombres con camisas azules y fusiles en ristre sacaban a empujones a Vergara de la Cruz Roja. Echaron a andar. Vergara iba entre los cuatro que lo llevaban muy de prisa, y con unos fusiles manejados de cualquier manera, como palos. Unos cuantos que formaban corrillo en la esquina de Compte, le dijeron no sé qué chuladas al verlo pasar. Él, con el jersey oscuro, las manos en los bolsillos de los pantalones y mirando al frente, no se inmutó. … Minutos después, era don Luis Quirós el que en mangas de camisa y despeinado, pasaba ante la misma esquina entre otros cuatro nacionales. Los del corrillo de la esquina le dijeron otra chulería.

En los días inmediatos, echaron a la familia de Vergara de la Cruz Roja. Ya enlutada, vi salir a su mujer con maletas viejas y unas botas altas en las manos. La misma semana, también de luto, en el coche de un amigo, la familia de Luis Quirós dejó su casa para siempre, camino de Argamasilla donde tenían parientes.



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