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HIMNO A TOMELLOSO

domingo, 4 de marzo de 2018

El caso mudo y otras historias de Plinio - El caso mudo.



Plinio, un poco despatarrado, las manos en los bolsillos del pantalón, la visera de la gorra azul bastante alzada sobre la nariz y el cigarro entre labios, aguantaba el refrío de aquella mañana nubosa de primavera castellana sin desclavar los ojos del cerrajero, que intentaba abrir la puerta de la calle de la casa de Pedro Ropero. —A estas cerraduras inglesas, es muy difícil meterles la ganzúa, o como se llame eso con que le hurga —dijo Antonio Guerrero, el cuñado de Pedro, que Plinio tenía a su derecha. Plinio, ni monosilabeó.

Y como un cassette, pero con voz tabaquera, Josesillo Chapuzas, el tractorista, empezó a contar otra vez — ahora a un vecino amigo— lo que ya Plinio le había oído por lo menos tres. La primera, claro, cuando se lo contó a él en su despacho: —Tos los años por este mes me contrataba como eventual, y yo como soy tan serio (las otras veces dijo: «como soy tan formal» —rebinó Plinio —), a las ocho de la mañana del lunes de la primera semana me tenías arando en La Moscaloca. Y el sábado, claro, es lo suyo, a las siete en punto de la tarde, es mi hora, me presenté aquí a cobrar la semana y, naturalmente, la cobré. Josesillo calló. Plinio lo miró de reojo. Tenía cara como de haber olvidado lo que seguía, o de estar pensando en otra cosa. Plinio, para aprovechar el silencio, ladeó el reojo hacia Antonio Guerrero, el cuñado, que continuaba absorto en el trabajo del cerrajero… Todo lo absorto azul, adelantó la cabeza, simuló un golpe de tos, y la ceniza cayó sola hasta desmenuzarse sobre el cemento de la acera.

Por fin Josesillo recuperó el habla: —El sábado pasado vine dos veces, una a las siete y otra a la hora de cenar, y que no me abrieron. Ya puedes imaginarte lo que pensé: «Se habrán ido de viaje por alguna urgencia». El sábado que viene… («o sea, anteayer» —esperó Plinio—), o sea, el pasado («coño, fallé»), vuelvo. Total, que volví, y a la misma: cerrado total. El cerrajero, agachado por lo baja que estaba la cerradura, parecía nervios, y de espaldas como estaba, se le veía mover mucho el culo por la raja de la gabardina. Así las cosas, llegó don Lotario en su «Seat 850», que frenó pegado al bordillo de la acera, rozando a algunos de los que miraban al cerrajero. —Buenos días a todos. Me ha dicho el cabo Maleza que estabais aquí. ¿Qué pasa? Plinio llevaba la mano camino de la boca para quitarse el cigarro y echar a hablar, pero se le adelantó Antonio Guerrero, el hermano, cuñado y tío, según la sangre, de los cinco desaparecidos.

Plinio se volvió la mano al bolsillo del pantalón, y mientras Guerrero hacía la relación a don Lotario, quiso recordar cuál fue la última vez que vio a Pedro Ropero… Pero no acertaba. Lo entreveía tras los visillos de su memoria, como toda la vida, pero en ningún sitio fijo. A las gentes que no frecuentamos, casi siempre las recordamos bajo el mismo dintel, pero Plinio sólo veía a Pedro alto, fino, con el traje oscuro, aquel sombrero encasquetado que le dejaba la cara tan sometida, y las patillas canosas apretadas, ante un fondo neutro. Pedro Ropero nunca fue hombre de tertulias ni visitas. Solía vérsele solo o con alguien de la familia; su mujer, Juliana Guerrero, o alguna de las tres hijas. De él se contaban cosas raras. Una, que desde que su padre, después de ponerle una inyección, murió desesperado, tirándose contra las paredes y dando brincos, con los ojos en blanco, Pedro no volvió a llamar a un médico. Su mujer e hijas, si se sentían mal, iban solas a la consulta, sin decírselo. Otra, que el coche que le tocó en una rifa de la Caja de Ahorros, diez o doce años atrás, lo tenía intacto y cubierto con un plástico en el jaraiz, ya inutilizado, de la casa.

Aunque algunas veces —según le contó ahora Antonio Guerrero— Pedro se animaba, levantaba el plástico, se sentaba al volante, y lo giraba como jugando; imitaba con pedorretas de boca el pistoneo del motor, encendía y apagaba los faros, tocaba el claxon unas cuantas veces y, ya satisfecho, volvía a taparlo hasta que le tornara la tentación. Tal vez, la imagen más fija que Plinio tenía de Pedro, era cuando muchos años atrás coincidieron en el trenillo de Cinco Casas-Tomelloso, y Pedro le habló mucho y muy mal de un abogado de Madrid. Antonio Guerrero seguía contándole el caso a don Lotario. —Nosotros, don Lotario, no es que nos llevemos mal, pero como nos pasamos meses y meses sin vernos —los de esta familia las gastamos así—, no sabíamos nada de nada, hasta que vino el tractorista… Y claro, nos ha extrañado mucho, porque ellos no viajan ni para muertos ni bodas. Y si hubieran tenido que salir, así todos juntos, a no sé qué, era de esperar que nos lo hubiesen dicho porque somos su única familia cercana, para atenderles las urgencias, como ésta del tractorista. Total, que decidimos aguardar a la mañana de hoy lunes, y si no había novedades, como no las hubo, contárselo a ustedes los justicias, para descerrajar la puerta y ver qué pasa dentro.

Don Lotario miró a Plinio para cerciorarse de que era cierto lo que acababa de decirle Antonio Guerrero, y como el jefe bajó un poco los párpados en señal de «sí», con aire pensativo, y en pago a tan rauda y eficaz explicación, les ofreció cigarrillos. Plinio dio una chupada inútil a la colilla ya apagada que conservaba en el rincón derecho de la boca, y tomó el que le ofrecía el veterinario con cierto regusto, expresado en la tierna manera que tuvo de pinzar los dedos al hacerse de él. Así estaban las cosas, cuando el cerrajero, con leve patada, entre despectiva y jubilosa, abrió la hoja derecha de la puerta de la casa de Pedro Ropero, y con la mano izquierda en los riñones y al aire la que empuñaba la herramienta, les brindó la entrada. Plinio, con cara de suspense, se adelantó. Sobre el poyete, miró hacia el portal con los ojos entornados y las narices algo abiertas, y entró con pasos calmos. Mirando a uno y otro lado llegó al patio con zócalo de azulejos andaluces, que olía a cerrado. Pasó el dedo por el borde de una silla y se miró la yema. No había trastos. Todo en su sitio. De pronto, sin romper el silencio y entre las piernas de cuantos ya había en el portal, entró corriendo un perro blanco y negro, como terrier. —Es Cipion, el perro de mis sobrinas… Flacucho está el pobre. —Cipion, Cipion. Ven aquí, Cipion. Cipion daba vueltas por el patio, oliendo las puertas. —Si no llega a ser por nosotros, los vecinos —dijo una gorda—, se habría tenido que desterrar. Andaba por estas calles —y nunca mejor dicho— como perro sin amo y sin hueso que llevarse a la boca. Plinio, con precaución, comenzó a abrir puertas, y por todas entraba Cipion. Las persianas estaban echadas. —Aquí abajo sólo vivían los veranos —dijo el cuñado. Y después de intentar abrir por las buenas la puerta del corral, le dio un patadón. Cipion volvió a adelantarse y ya correteaba, olismeando, entre las ruedas del remolque, las macetas medio secas y el tronco de la parra que bordeaba las vigas del porche. —Mire, Manuel, aquí en el jaraiz está el coche que le tocó a mi cuñado en la rifa. Se asomó Plinio por los empolvados cristales de la ventana, y entrevió el «Renault», cubierto con una funda de plástico gris. —No tenga usted cargo, Manuel, que en el coche no se iban a ir…, si es que se fueron por su pie —dijo una. —Pues ¿por cuál pie entonces? — coreó otra con aire pensativo—, vamos, digo yo.

Con Plinio y Cipion delante, a paso lento y en silencio, como si el jefe temiera que en el piso alto podían encontrar lo peor, subieron la escalera. El pasamanos barnizado también estaba cubierto de polvo, y la cortina azul que cubría la ventanilla del descanso, medio caída. Ayudándose con las dos manos, abrió. Todo estaba tan silente, oscuro y empolvado como abajo. Antonio Guerrero abrió la puerta que le quedaba más a mano: —Mira, mira, ésta es la alcoba de Aurorita, la changá… De la minusválida, como le dicen ahora. Plinio señaló a don Lotario bajo los pies de la cama. Medio tapada por los flecos de la colcha, asomaba la cabeza de una guitarra. Antonio Guerrero tiró de ella. Estaba rota. El mástil, más all —¿Es que tocaba? —preguntó don Lotario con extrañeza. —A manotazos. Mejor dicho, a dedazos… Na. Ruidos. —Parece como si al dar un palo con ella se hubiera tronchado. Plinio, en cuclillas, sin tocarla, la miró despacio. Luego, al levantarse, separó levemente la colcha. —La cama está cubierta con la colcha, pero no hecha —dijo señalando la almohada y las sábanas arrugadas. Plinio recordaba a Aurora, desde niña, siempre cogida al brazo de su madre, con la boca entreabierta y caminando muy inclinada hacia adelante. Antonio Guerrero, imponiéndose como guía, impaciente, abrió la próxima puerta. Los sillones del comedor estaban cubiertos con fundas blancas. En el cuarto de estar, aunque con las cortinas echadas, también todo parecía normal. Sobre uno de los radiadores de la calefacción, asepiada por el vapor, había una fotografía grande de toda la familia Ropero. La mujer, muy de frente, sonreía con aquella papada que le tapaba los collares. A pesar de tanta ventana cerrada y cortina corrida, la casa conservaba cierta alegría de paredes blancas y retratos sonrientes, que no cuadraban con la imagen siempre seria y evasiva de Pedro, con el sombrero encasquetado… El coche cubierto y cerrado en el viejo jaraiz era tal vez lo único que evocaba la imagen pesamenera del amo.

De las tres hijas, la que estaba en el centro de la fotografía, con la cara blanquísima, fue unos años monja en Toledo. Y el día menos pensado apareció de civil, sin amaneramiento ni bajadas de párpados, y empezó a entrar y salir como si tal cosa. Pero la guapa de verdad, era la pequeña, la que estudiaba en el Instituto, y tenía un novio en Manzanares, que venía a Tomelloso las vísperas de fiesta. El despacho de Pedro era tan pequeño, que el cerrajero tuvo que quedarse en la puerta; Josesillo pegado a la ventana y los demás sin entrar. Sobre el sillón, un retrato grande, demasiado grande para tan poca pared, del padre de Pedro Ropero. —¿En qué banco tenía Pedro su cuenta corriente? —le preguntó Plinio de pronto. —Como no hubiera cambiado mucho a última hora, él nunca fue hombre de cuentas corrientes. Todo lo cobraba y pagaba a mano. —¿Quieres decir, Antonio, que todo el dinero lo guardaba en esa caja fuerte que hay junto a la ventana? —Ni idea. Vaya usted a saber. Con lo secretero que ha sido toda su vida. —Cuando te pagaba a ti, Josesillo, la semana del tractor, ¿de dónde sacaba el dinero? —No sé, jefe. Yo le esperaba en el patio, y allí me lo bajaba. Plinio probó a abrir los cajones de la mesa del despacho y las puertas del armario, pero todo estaba con llave. No se veía un libro, ni un periódico. Plinio miró hacia don Lotario con aquella cara tan alargada que ponía cuando no entendía, y abrió por su cuenta la habitación del piso alto que faltaba por ver: la alcoba del matrimonio Ropero. Todo parecía igualmente en orden. Plinio, con cierta timidez, alzó por la cabecera un pico de la colcha. La cama ancha también estaba cubierta, sin hacer. Guerrero abrió el armario de tres cuerpos. —Mira, Manuel dijo señalándole unas perchas vacías. —Sí, parece que se han llevado algo… pero nada más que algo, porque todo está repleto. ¿Y tú sabes dónde guardan las maletas? —Ni idea. Pero no creo que tengan muchas. En los años que yo recuerdo, de esta familia sólo salió de viaje la que fue monja. Bajaron la escalera. Ya el patio estaba lleno de vecinos. Plinio, desde el segundo escalón, quedó mirándolos. Como le notaron ganas de hablar, todos callaron. —Oídme —dijo alzando la voz por los ruidos que llegaban de la calle, pero con tono de conversación, y no de policía—: ¿Alguno de vosotros vio marchar a esta familia, o sabe por qué no están aquí? Enseguida saltó la vecina que decía cuidarse del perro Cipion: —Ya sabe usted. Manuel, que no era gente habladora de sus cosas. —Para mí, que se fueron por no votar —dijo una pavisosa con voz de monólogo. —Como si les importaran a ellos las elecciones y los ministerios. —Segurico, que si están vivos, vuelven antes de la vendimia. Menudo es él —saltó otro, medio tapándose la risa con la mano. —Desde luego, Manuel, éste es el mayor misterio que ha ocurrido en el pueblo desde la aparición del muerto de Witiza. —Y es que hay mucho malo por ahí. Sepa Dios lo que hayan hecho con ellos, mayormente si eran violadores. —Pues no serían tan malos —dijo un viejo con voz ronca—. Si les dejaron hacer las camas y correr las cortinas antes de violarlas. —Eso, de violarlas, porque lo que es a él… —Y de robar, ni el coche, que sigue ahí tan flamante, como cuando se lo trajeron de la rifa. —O que se fueron para llevarse el dinero al extranjero, porque con esto de haber salido un comunista Alcalde de Argamasilla, nadie sabe lo que puede pasar… Y Pedro, seguro que medio millón de pesetas en cuartos sí que tenía —soltó uno, que cuando joven vendió lotería.

Plinio se pasó la mano por la boca para maltaparse la risa, y volvió a preguntar: —¿Alguno de vosotros sabe cómo se llama el novio que tiene en Manzanares la hija más chica? —Yo sé que se llama Ezequiel. —Y yo Pacheco, porque hizo la «mili» con mi hijo. —Yo, que trabaja en un banco. —Muchas gracias —concluyó el jefe—, y si alguno se entera de cualquier cosa que pueda servirnos, ya sabe dónde estamos. —Jefe Plinio —se adelantó una chica con pantalones vaqueros—, la última noche que debieron pasarla en casa, yo vi ahí en la puerta, a la Aurora madre. —¿Y qué te dijo? —Nada, ni la saludé, porque al pasar yo, ella miraba al cielo. Y quedó la chica así, con cara de boba. —Bueno. Antonio —dijo Plinio a Guerrero, ya en voz baja—, hasta que se sepa algo, creo que debes hacerte cargo de todo. —¿Del perro también? —Digo yo. —Pues, menuda me ha caído, pero lo que haga falta. Mi hermana es, al fin y al cabo. A la luz, ya casi del mediodía, que se filtraba por el techo de cristales del patio bajo, se veían aquellas caras alzadas hacia Plinio. Su uniforme azul oscuro estaba ahora iluminado por un sol repentino, así como la mano que movía en el aire para redondear la frase de despedida ante la cara de don Lotario, que, como siempre, lo escuchaba con el entrecejo meditador. Ya en el coche, rodeados todavía de vecinos, mientras ponía el motor en marcha, le preguntó el veterinario: —¿Que qué me dices, Manuel? —Que éste es el caso mudo, don Lotario. El caso mudo. Camino del Ayuntamiento, fue Plinio el que preguntó: —¿Cuándo vio usted por última vez a Pedro Ropero? —Eso he intentado recordar unas cuantas veces esta mañana, pero no he dado con el sitio ni el día. —Igual me pasa a mí. —Siempre me viene como lo vi, hace muchos años, un día de feria, paseando al anochecer con toda la familia, entre los puestos de turrón y las orzas de berenjenas. —Yo fui con él a la escuela. Siempre se sentaba en los últimos bancos, y te miraba como si no te viera o te viera muy chiquitín. —Sí. Manuel, él siempre parecía lejano. A media tarde se detuvo en la puerta del Ayuntamiento una moto muy grande, y enseguida pasó al despacho del jefe Ezequiel Pacheco, el manzanareño novio de la hija de Pedro Ropero. Con cazadora de cuero y pantalón vaquero, su cuerpo tenía un aire ágil y deportivo, que no entonaba con su cara caidona. —Pacheco, muchas gracias por haber venido tan pronto. ¿Cuándo supiste que se había ido? —Yo no supe que se había ido. Me enteré que no estaba —puntualizó—. Según teníamos acordado, yo venía todos los sábados por la tarde, si no le avisaba a su vecina Rosita por teléfono pues ya sabe usted que en su casa no tienen aparato—… O ella me telefoneaba a mí desde donde fuese. De modo que, aquel sábado, a las siete de la tarde me planté ante la puerta de su casa, como siempre. Esperé. Luego, lo que no hice nunca, llamé a la puerta, y nada. Por fin, me fui a casa de Rosita, y me dijo que llevaba dos días sin verla. —¿Y no se le ocurrió preguntarle a su tío, Antonio Guerrero? —No lo conozco, ni sé dónde vive. ¿Es que su tío Guerrero sabe algo? —No. —Y nada, un día sí y otro también llamaba a Rosita, pero ni noticia. Hasta que acordamos que ella me telefonearía cuando tuviera noticias. —¿Tú la oíste decir palabra que pudiera tener relación con esta historia? —Ya he hecho memoria, porque sabía que usted me lo iba a preguntar, pero no. —¿No notaste si temían algo, o esperaban a alguien? ¿Si les inquietaba…, qué sé yo? —No, señor. El último sábado que estuve con ella, tan contenta. Estuvimos en el «pub» nuevo, el que ha puesto el hijo de Castellanos, y a eso de las diez, como siempre, la dejé en su casa… Pues, en cuestión de horarios, su padre no transigía.

Pacheco, cada vez que acababa una frase, bajaba sus ojos tristes al suelo. —¿Qué pensaba ella de su padre? —Sólo decía que era muy antiguo. —¿Tenían muchas complicaciones con la retrasada? —No, las corrientes, ya estaban resignados. —¿Y con la que fue monja? —Decía que era la más alegre de la familia, que no se le había pegado nada del convento y tenía muchas ganas de novio. Durante los quince o veinte días siguientes, Plinio, unas veces con don Lotario y otras solo, no dejó de preguntar a vecinos y conocidos de Ropero. De dar vueltas por la calle, de ir a los bancos, a Correos, y llamar a Ezequiel a Manzanares, por si le llegó alguna noticia. Pero nada más logró saber de lo que oyó el primer día. La guitarra rota de la anormal, las camas sólo cubiertas con las colchas, pero sin hacer, y el perro Cipion en la calle, eran los únicos detalles llamativos que encontró en la casa abandonada. … Hasta que poco a poco, como nada hay que con el tiempo pueda, la desaparición de los Ropero se postergó en las conversaciones de los tomelloseros, para sólo aflorar cuando pasaban ante su casa, o salía el apellido a relucir. Llegó setiembre, Plinio tuvo el primer nieto, que su hija se empeñó en llamarle Manuel, como él, y no Rodrigo como su padre; pasó la Feria, maduraron las uvas y, una mañana, cuando Plinio, solo en su despacho, hacía mil gestiones para ver la manera de conseguir el personal que necesitaba para que le vendimiaran las pocas fanegas de viña que tenía, sonó el teléfono. —¿Sí? —Manuel, soy Pacheco. —¿Qué Pacheco? —Ezequiel Pacheco, de Manzanares, el que fue novio de Julianita, la hija de Pedro Ropero. —Sí, hombre, sí. Perdona el despiste. ¿Qué pasa? —Pasa, que hace unos minutos he visto a toda la familia de Pedro Ropero subir en el coche de línea que va a Tomelloso. —¿En el de Manzanares? —Sí. —¿A todos? —A todos. —¿Y qué te han dicho? —… Nada. No he hablado con ellos. —¿Y eso? —… Cosas de la vida. Ahora tengo una novia aquí, en Manzanares. Plinio llamó a don Lotario, que llegó rápido, y los dos, metidos en el «Seat», para disimular, aguardaron frente a la esquina donde paraba el coche de línea de Manzanares. Sobre las calles blancas, el vinoso sol casi otoñal y cierto prearoma de vendimia.

Apenas parado el motor, don Lotario dejó salir una sonrisa dulzona. —¿Por qué se sonríe usted con esa cara de guasa santa? —¿No recuerdas, Manuel, que el día que estuvimos en la casa de Pedro descerrajando la puerta, alguien dijo, poco más o menos: «Estén donde estén, adonde los tengan, veréis como así que esté cerca la vendimia, acuden»? —Sí, me acuerdo, sí; pero a lo mejor es una casualidad. Podían haberse venido un poco antes, porque no les va a dar tiempo a buscar vendimiadoras. Menudo está el año. —Yo creo. Manuel, que los tomelloseros acudimos a la vendimia aunque estemos en el otro barrio. —A lo mejor. Y no los espera nadie. Entre bromas y miradas de reloj, llegó la hora enseguida y apareció el autocar. —Ahí está, ahí está, Manuel. Frenó junto a la portada ancha y azul de la que fue posada de los Galiano. Plinio y don Lotario, ahora calladísimos, miraban fijos. El chófer bajó ligerísimo, abrió las puertas de los maleteros, y empezó a sacar bultos, dejándolos a lo largo del coche. Los viajeros, conforme bajaban, antes de saludar a nadie iban a buscar sus maletas. —Mucho vendimiador viene ahí. —¡Míralos! Pedro, con su sombrero de siempre encajado hasta las patillas blancas, y por lo delgado, con aire de ser mucho más joven, dio tres pasos y se clavó junto a las maletas. Lo primero que recogió fue el estuche de una guitarra nueva. —Se ve, Manuel, que le han comprado otra guitarra a la anormalilla. —Ya veo, ya. —Ya están ahí las tres hijas. —Y Aurora, la madre.

La minusválida, gozosamente sorprendida, con la boca entreabierta y las manos como para aplaudir, paseaba los ojos por la plaza. Las otras dos hijas y la madre —Plinio lo observó bien—, miraban con cautela a su alrededor. Enseguida, Pedro acercó al corro familiar el equipaje. Se le notaba que tampoco quería levantar la cabeza. Rápido, tomó las dos maletas mayores; y las mujeres, menos la enferma que sólo tomó la guitarra, se repartieron lo demás. Camino de la calle de Socuéllamos pasaron junto al Ayuntamiento. Cuando les pareció que había transcurrido un tiempo discreto, don Lotario arrancó el coche, le dio la vuelta a la plaza y los siguieron a prudentísima distancia. Pedro iba delante de ellas con los brazos estiradísimos por el peso de las maletas, y las mujeres, de dos en dos y como antes, haciéndose las distraídas. Ya a la altura de la manzana anterior a la que estaba la casa de Ropero, Plinio le pidió a don Lotario que la rodease, para salir otra vez a la calle de Socuéllamos, pero bastante más allá. —Deje usted el coche aquí y vamos ahora para allá a pie, como si viniésemos del Parque Viejo. Cuando ellos estaban ya a unos cien metros de la casa, la familia llegaba ante su fachada. Pedro dejó las maletas en el suelo con gran placer. Se restregó las manos sobre la chaqueta, sacó un llavero, e intentó abrir la puerta. Daba vueltas y vueltas a la llave con nerviosismo, rodeado de sus mujeres. Ya a los ojos de ellas, Plinio y don Lotario se hicieron los sorprendidos. —Hombre, por fin volvió esta familieja.

Pedro se incorporó, pero no dijo nada. Ni ellas. —¿Qué tal? —Bien… Manuel. Aquí, intentando abrir la puerta. —Pues no te empeñes, que con esa llave no vas a poder. Como no se sabía de vosotros, hubo de descerrajar para ver qué pasaba, y luego, claro, poner una cerradura nueva. Tu cuñado Antonio tiene la llave. Pedro quedó pensativo. La minusválida quiso cogerle el llavero. Él lo retiró bruscamente. —Niña, estate quieta —le gritó la madre. —¿Y también descerrajasteis la portada? —preguntó seco. —Que yo sepa, no. Y, sin añadir palabra, tomó una antigua cartera de cuero que estaba en el suelo, junto a las maletas, y sacó varias llaves grandes. Con una, bien tiesa en la mano, fue hacia la portada. Varias vecinas observaban ya desde puertas y ventanas. Pero al ver a Plinio, calladas, esperaban a ver cómo acababa aquello. Pedro metió la llave, y después de un buen esfuerzo, consiguió abrir, con dos vueltas chirriantes el postigo de la portada. —Venga. chicas. —Pues sí, hombre —le dijo Plinio acercándose más al postigo abierto—, tu cuñado estaba muy preocupado por vuestra ausencia. —¿Por qué? —preguntó, mientras ofrecía paso a las mujeres cargadas de maletas. —Hombre, porque como os fuisteis así, sin decir palabra… —Ah, ya —replicó como para hacer tiempo. Y pisándoles los talones a sus mujeres, tomó la maleta grande, y sin levantar cabeza, dijo seco: —Buenos días, Manuel y don Lotario. Y después de cerrar con discreto portazo, dio dos vueltas de llave. Hubo un instante en el que de los ojos de Plinio saltó una chispa malauvera, infrecuente en su pacífico mirar… Pero. rápido, su amigo don Lotario le ofreció un «caldo», y las cosas volvieron a su estar. Ya camino del coche, dando las primeras chupadas, entre las miradas interrogantes de los vecinos y vecinas que no se atrevían a abordar al jefe, con voz opaca, rompió: —El caso mudo, como usted decía, don Lotario. —Vaya, sí, Manuel. Pero todo acabará por saberse. 
—O no.



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