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HIMNO A TOMELLOSO

martes, 14 de noviembre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 8ª Capitulo

EN ESTE CAPÍTULO ACABA LA HISTORIA DE LAS VOCES EN RUIDERA, 
CON ALGUNAS REVELACIONES MUY DOLOROSAS, 
Y MELANCÓLICO EPÍLOGO EN UNA MAÑANA CASI ESTIVAL


Toda la santa mañana se la pasaron en el hotel esperando a la Gala, a don Circunciso y al pescador. Pero a las dos no había aparecido nadie. Plinio, impaciente, llamó al Comisario Perales, quien le aclaró que los viajeros no podrían salir hasta media tarde, para llegar a la hora de la cena aproximadamente. Después de comer se marcharon definitivamente las Reinas, madre e hija. Se despidieron con mucha ceremonia de todos. Desde el taxi que vino a por ellas, movían la mano como en las películas. Los de Tomelloso, quedaban como únicos huéspedes del hotel. Un cielo grisanto taponaba las ventanas y se teníala sensación de que todo el mundo había huido no por temor a las voces, sino por no importarles absolutamente nada. Las mujeres de Plinio, aquella mañana también empezaron a estar desazonadas, pero ya no había más remedio que esperar el rematín. Hasta las nueve de la noche no llegaron los viajeros de Madrid en el Mini de don Circunciso. En la semioscuridad donde aparcaron, vio Plinio al enanillo salir del coche con la cara muy mal terciada. Después apareció el pescador que, al pisar tierra, hizo una disimulada flexión gimnástica. Por fin bajó la Gala vestida color café, incluidos los pantalones y con la maleta de mano. No traía el aire presumido de otras veces. Plinio se adelantó a saludarlos. A excepción del pescador los otros le contestaron con desgana. Los dueños del hotel aparecieron en seguida con muchas cortesías para don Circunciso. Las mujeres de Plinio, tras las ventanas del hotel veían aquellas salutaciones con curiosidad. Ya dentro, los recién llegados pasaron ante ellas sin mirarlas. Gala y el pescador subieron a sus habitaciones directamente. Don Circunciso se sentó junto a su mesa de siempre y pidió un whisky, pero sin tacos de jamón. Plinio fue junto a él. Los demás se retiraron discretamente. —¿Estuvo usted allí, Manuel? —fue lo primero que preguntó. —Sí. —¿Vio usted a mi «Vida»? —Sí. —¿Dónde está? —Pegado a la casa. Bajo una ventana. —Yo quería haber llegado más temprano para ir a enterrarlo. —Mañana. Se le notaba desmejorado. Más pequeño que nunca, con los labios pálidos y los ojos tristes. Bebía en silencio, como pensando en algo que no tenía que ver con Plinio, ni con Ruidera, ni con la Gala… Tal vez sólo pensaba en su «Vida», muerto en acto de servicio. —¿Qué pasó? —le preguntó Plinio con timidez. Don Circunciso lo miró con extrañeza. Por fin hizo un esfuerzo: —Nos acercamos a Villahermosa siguiendo sus instrucciones. Localizamos al mecánico. Este nos dijo la casa de campo donde paraban los argentinos y allá nos fuimos… La misma casa que vieron ustedes desde lejos.

Plinio pensaba: De modo que a mí tanto aconsejarme prudencia y ustedes se meten en la boda del lobo sin más tientos. Don Circunciso que pareció recibir el callado reproche, entornó los ojos y apuntó con una leve sonrisa: —Si llega usted a ser el primero que va a la finca, ¿qué hubiera hecho, Manuel? Plinio se pasó la mano por la barbilla, Joder qué tío más listo, pensó, pero al fin salió con su buen natural: —Poco más o menos lo que hago siempre en casos así. Habría dejado el coche disimulado y desde un lugar oculto habría observado durante mucho rato qué pasaba en la casa. A don Circunciso se le salió una sonriseja: —Pues exactamente eso mismo hicimos nosotros… Pero con la diferencia de que ellos, a su vez, tenían centinela disimulado a la entrada de la finca o donde fuera, que nos contraminó la maniobra. Lo cierto es que veinte minutos después, según mi reloj, desarmados y esposados, un tipo con peluca y barba negra, nos llevaba en mi propio coche camino de Cuenca. Detrás venía otro coche, el famoso Seat 1500, haciéndonos escolta. Cerca de Cuenca, en medio de un pinar interminable, nos dejaron, sin haber mediado palabra. Allí pasamos el resto de la noche. Pues mi coche lo dejaron abandonado mucho más lejos. —¿Y de los secuestrados, o lo que fueran, qué pasó? —No lo sé bien. La impresión que tengo es de que todo está resuelto. Aunque no me haga usted caso. Es una suposición de Perales y nuestra. La consigna es que no volvamos a acordamos del caso. —¿Pero es posible que Perales no sepa lo que ha ocurrido de verdad? —No me extrañaría. Todo ha sido muy especial y sin duda llevado por alguien de más arriba. Nosotros hemos sido meros peones. —También es raro que no haya aparecido nada en los periódicos. —De las cosas verdaderamente graves la prensa no dice nada hasta que son historia… Debía de haber mucho interés en silenciar esto. De todas formas todos le estamos muy agradecidos, Manuel. —Yo no he hecho nada… Nunca había visto al enanillo tan sumiso. Diríase que desde que murió su perro no era nadie. Perdió aquella soberbia cicutrina que tenía en los tiempos prósperos. —¿Cuándo se marchan? —Mañana así que enterremos al «Vida». ¿Quiere usted algo? —No sé… Veremos a ver qué dice esta Gala. —Es una prostituta vulgar y corriente —dijo con gesto de repugnancia. —¿Le ha preguntado usted algo? —No, Manuel, eso es cosa suya. Don José avisó que podían cenar. Plinio decidió subir antes al cuarto de la Gala. Llamó con los nudillos. Abrió ella con cara compungida. —Si quiere usted cenar —le dijo señalando la cena ser vida sobre la mesa del cuarto. —Acabe, acabe. Yo voy a hacer lo mismo y después subo a charlar un rato. —Sí señor. Quién te conoció ciruelo y te ve guindo, se dijo Plinio recordando a la Gala pimpante de los pantalones blancos. Don Circunciso y el pescador cenaban juntos. Ya no importaba que se conociese su relación. En la otra mesa ocupada, estaban Plinio y los suyos. El resto del comedor era un desierto de manteles. Los camareros, con los brazos cruzados, miraban desde los rincones.

El cocinero, de vez en cuando, asomaba por el torno su cara lastimosa. Desde las ventanas del comedor se veía la laguna con alternativos clariones. Apenas tomaron café las mujeres se aplicaron a la televisión, don Lotario se sumo a los de Madrid, y Plinio subió a la habitación de la Gala. Esta le abrió muy envuelta en una bata color verde claro, y su último semblante de muchísimo respeto. Le ofreció la única silla que había y ella se sentó sobre la cama. A veces se le entreabría un poco la bata, y dejaba a la luz aquellas dos piernas tan bien pensadas que tenía. Pero con pudicia propia de interrogatorio, en seguida corregía la descubierta. Plinio, echando hacia atrás el asiento y mirándola fijamente, aguardó unos segundos sin decir nada. Ella, parpadeaba y se acariciaba las manos puestas sobre el halda. Por fin rompió el guardia con excusas: —Perdone usted la molestia de obligarle a venir a Ruidera otra vez, pero era imprescindible hacerle unas preguntas a ver si nos aclaramos. La Gala, con la boca muy apretada, se limitó a asentir. —Vamos a ver. ¿Usted oyó alguna noche esas voces que suelen dar a las doce? —Sí… Desde aquí se oía algo. —¿Y no sentía usted curiosidad por oírlas mejor, por saber lo que pasaba? —Nunca les di importancia. —¿Qué solía usted hacer a esa hora? —Normalmente, cenaba en mi habitación y me quedaba leyendo. No me apetecía estar sola en el comedor. —¿Por qué se marchó usted tan repentinamente? —Me cansé de estar aquí —dijo sin inmutarse. —¿Se cansó, así de pronto? —Sí. Cada vez sus contestaciones eran más tensas. —¿Cómo se hizo esas heridas? —la interrumpió señalando las cicatrices todavía visibles. —Me escurrí al subir las escaleras. —¿Al subir las escaleras… o al subir por la ventana? —¿Por la ventana? —¿De dónde venía usted a las dos de la madrugada la última noche que pasó aquí? —¿Yo? Usted está confundido. —No, varias noches la oí entrar por la ventana a esa hora… Exactamente las noches que había voces —añadió con enorme severidad. —No señor. Sería otra persona y por otro lado. Yo jamás salí del hotel de noche. —¿Qué profesión tiene usted? —Si ya la sabe. ¿Por qué me lo pregunta? —Quiero saber exactamente lo que usted hacía aquí. Las mujeres como usted para descansar se van a otros sitios más amenos. —Cada una es cada una. Usted y todos los huéspedes del hotel conocían mi vida aquí. —Naturalmente, incluidas sus salidas por la ventana las noches que había voces. —Cada uno se gana la vida como puede, Manuel. Creo que a usted le llaman Manuel. No todos tuvimos la suerte de nacer de padres que se cuidaran de nosotros como si fuésemos perlas. De padres que nos educasen y hasta nos diesen una profesión bonita para si te quedabas soltera vivir como una señorita… Usted no sabe que para mucha gente tener hijos es como una condena, que por todos los medios están deseando quitarse de en medio.

Hablaba y hablaba ahora con los ojos muy fijos en el suelo, como si de pronto le hubiesen dado cuerda o mejor como si hablase otra por ella; otra que llevaba dentro y que hasta entonces permaneció callada. Se le había vuelto a abrir un poco la bata y Plinio podía verle la pierna hasta un poco más arriba de la rodilla… La primera vez que se la vio no reparó tanto y le pareció corriente, e incluso una buena pierna. Pero ahora cambiaban mucho las cosas. Ahora se apreciaba que la pantorrilla resultaba demasiado delgada en comparación con el muslo y sobre todo, y ello es muy importante, que la tibia y el peroné se le curvaban un poco hacia afuera a manera de horcate… No tanto que se apreciase con los pantalones puestos, pero sí lo suficiente para que vista al natural y directamente, el cuerpo de la Gala perdiese mucho encanto. Otra cosa que contribuía a la decepción de Plinio era la forma de la rótula. No era redondita, graciosa y tapizada de carne, sino alargada, como un gran parche ovalado y apreciándose mucho el juego de los huesos. Parecía una rótula fabricada para una tibia y un peroné de superior formato —no era ese el caso del fémur—. De suerte que se hacía muy ostensible sobre los huesos más débiles, un poco alabeados, que bajaban hasta el tobillo, también demasiado delgado sobre sus pies de medida normal. —Mi madre nunca me quiso más que a cualquiera otra persona de la vecindad. Me daba de comer si tenía de sobra, y si no se quedaba tan tranquila. Ni se le pasó por la imaginación mandarme al colegio… y cuanto más tiempo estaba yo en la calle más contenta. Ni me preguntaba de dónde venía, con quién había estado o si había hecho esto o lo de más allá. El día que le dije que me marchaba de casa se quedó tan fresca como si le hubiera dicho que estaba con el período… Y a ver si usted me entiende: esta indiferencia no era porque su cariño me lo robase otra u otro (que yo era hija única), es que era así.

Seguía hablando, con gestos muy expresivos, pero, ya digo, como si se hablase a sí misma, como si se diese explicaciones, mirando mucho a la colcha de la cama como si expusiese unos pensamientos que acababa de encontrar en su pensadero. Otra cosa que notó Plinio es que debía tener las piernas bastante peludas. Ahora estaban afeitadas, pero el vello comenzaba a apuntar, formando unos granitos lupascópicos, que naturalmente en pocos días acabarían por tapizarle las piernas delgaditas y curvadas con una selva de vello negrísimo. —Y a mi padre no le importaba ni mi madre ni yo. No sé cómo dieron en juntarse dos seres tan iguales. Yo creo que sólo la quería para acostarse con ella y para que le hiciese la comida. Para todo lo demás ni nos miraba a ninguna de las dos. Hablaba lo que le venía en gana, pero mirando al plato o al suelo, como si estuviese cansadísimo de vernos. (Exactamente como en este momento le estaba la Gala hablando a él sin reparar en su presencia y con los ojos obstinadamente fijados en la colcha blanca a la que algunas veces tiraba unos pellizquitos, más o menos profundos, según fuera la intensidad de su razonamiento).

Calló un rato corto que lo pasó pellizcando la colcha y con las cejas muy juntas y de pronto, como si hubiera adivinado los pensamientos de Plinio, siguió: —Y es que, como decía un señor que yo conocía, lo peor de tener unos padres avaros no es sufrir sus avaricias, sino que luego sale uno tan avaro como ellos… Por eso, aunque yo comprendo que mi padre y mi madre eran así, y que la cosa no es de gusto, sé muy bien que soy igualito que ellos, y que de verdad de verdad hasta ahora no me ha importado nadie en el mundo, ni siquiera yo misma. Como me oye, Manuel. Yo no he querido nunca a nadie ni creo que me quiero a mí misma, por la sencilla razón de que me noto, de que no sé que estoy conmigo, de que me parece que yo soy otra de la que veo u oigo… De verdad, señor, que yo no siento ni padezco… También hay mucha gente que cree que yo soy muy vergonzosa. Fíjese, vergonzosa yo con este oficio. Y yo de verdad que no sé lo que es la vergüenza ni el pudor, ni el coqueteo, porque yo no deseo a nadie, hasta que llega el momento… usted me entiende. Pero el mismísimo momento. Y ahora había separado un poco los muslos, morenos, claros, bien formados y sin el menor asomo de vello como las pantorrillas. Y había separado un poco los muslos al medio tumbarse en la cama, como si le doliese algo un costado… Ah, y cuando dijo que ella no deseaba a nadie hasta que llegaba «el preciso momento, usted me entiende», empezó a reírse sola, enseñando mucho los dientes blanquísimos. Era una risa de autoburla y de burla del prójimo, pero que dejaba ver cómo en el colmillo superior derecho tenía una pequeña carie «pegadita» —como habría dicho ella— a la encía. Pequeña carie, que, como ocurría con las piernas respecto a los muslos, rompía la armonía de aquella dentadura tan blanca, tan bien ensalivada y con aquel revoloteo de lengua al reír. (La lengua esa tan caliente y ensalivada sí que está apetitosa moviéndose sola en la jaula de la boca…). —Pero si es verdad que no he querido nunca a nadie, también lo es que nunca hice mal. Ni quise ni odié. Ni hice bien ni mal. Me dedico a ganarme la vida con el único oficio que aprendí, que por otra parte me parece la profesión más cómoda para una que no siente ni padece como yo… Y yo tengo el oficio muy bien aprendido, porque me lo enseñó la Charo, que era muy perita y todo le importaba un huevo como a mí. Por eso cuando quiero se me olvida el que tengo encima o me aprovecho sólo en el momento que me apetece. Porque yo, cuando me pongo a pensar en mis cosas, y eso creo que era lo que le pasaba a mi madre y a lo mejor a mi padre, no me entero de nada de lo que tengo alrededor, aunque sea un orangután comiéndome el halda.

Ahora ya se había tumbado del todo en la cama con la cabeza apoyada en el piecero y miraba hacia arriba, a Plinio, sonriendo, con simulada cachondería. En aquella postura de cara arriba y pecho arriba, las mamas se le echaban un poco hacia la cara y quedaba muy patente la canal maestra. Así tumbada boca arriba, en un plano más bajo que el de Plinio, viniéndole los pechos a la barbilla y con el despatarre mal tapado por la bata, se le veía más parte de los muslos y de la braga negra, aunque todo se descomponía al llegar a aquellos pedruscos de las rodillas, que ahora bien destapadas, mostraban sus curvas con mayor dibujo y deformación. Y sobre todo, por la luz tan directa que les daba de la lámpara del techo, se notaba más el punto azulenco de los cabellos que iban a surtir. También, al verla hablar y sobre todo reír puesta así boca arriba, parecía que aquella boca, a pesar de dientes tan blancos, sólo era agujero destinado a cosas muy practicas. —Todo eso está muy bien señorita Gala, pero nada me aclara de sus salidas por la ventana las noches que tocaban voces. Ella empezó ahora a reír estrepitosamente sin cambiar de postura y llevándose las manos a la boca. Con la congestión de la risa se le notaban más las pequeñas cicatrices de la cara y aquella otra que tenía en la mitad de la pierna derecha. —Le aseguro a usted, don Manuel, que yo no era la que voceaba, entre otras cosas porque soy mujer y las voces, según oí, eran de hombre… Y además, que no sé por qué se toma tan en serio esas bobadas un hombre tan hecho como usted. Plinio, bastante molesto por la risa, se puso de pie y con aire severo le dijo: —Señorita Gala, me preocupan esas voces, porque después de usted marcharse a Madrid, de otra noche de voces, apareció una chica de dieciocho años ahogá en la laguna… con unas heridas muy parecidas a las que usted tiene. —No… —dijo muy impresionada, sentándose en la cama y envolviéndose bien en la bata como si de pronto le llegase toda la vergüenza del mundo. —Sí. —Qué barbaridad. —Sólo le pido que nos ayude. Piénselo bien. Hasta mañana tiene tiempo. De lo contrario mañana nos iremos todos… los turistas, y me temo que la muerte de esa pobre niña quede sin aclarar… Esa y las que puedan suceder después. Plinio quedó todavía mirándola unos segundos. Pero ella, con la cara apoyada en las manos, parecía alejada, pensando en sus cosas, como su padre y su madre. —En fin, lo dicho —volvió a decirle Plinio haciéndose el remolón. De pronto sonó como si hubieran tirado un puñado de tierra sobre los cristales de la ventana. La Gala miró hacia allá sorprendida, pero en seguida empezó a reír muchísimo y con aire infantil dándose manotadas en los muslos, que al abrir las piernas de pronto, otra vez se había dejado al descubierto. —¿Qué ha sido eso? ¿Qué le pasa? —Por favor, Manuel, márchese que creo que tengo muy cerca la solución. Márchese pero no salga a vigilar, ni se haga el listo apostándose por ahí en el pasillo.

Espere en el bar. Ya recibirá aviso en el momento oportuno. Entonces suba acompañado. Como un trallazo, más fuerte, volvieron a tirar otro puñado de arena sobre los cristales. —Salga. La Gala, alargando la mano al interruptor, apagó y encendió la luz dos veces. Plinio, con gesto muy de reflexión, los ojos guiñados, y los movimientos lentos, salió, y fue por el pasillo y las escaleras camino del bar. Sentados alrededor de la mesa, charlaban en amor y compaña, don Circunciso, el pescador, don Lotario y los dueños del hotel. En la barra, el mozo lírico, hacía un leve solo de silbato a un jilguero, cuya jaula alguien había dejado sobre el mostrador. Todos miraron al jefe. —¿Qué pasa, Manuel? —le preguntó don Lotario. —Pues no lo sé… Ha quedado la cosa muy interesante. Según parece dentro de un ratillo todo estará claro. Don Circunciso, el puro entre los dientes y la mano en la mejilla, se avivó al oír a Plinio, que en pocas palabras explicó lo ocurrido arriba. —¿Y qué piensas que va a ocurrir? —Vamos a ver… El de la barra, olvidado de la jaula por un momento, se acercó a escuchar a Plinio, pero no tuvo ocasión. —¿Y de qué hablaban ustedes? — les preguntó el guardia por cambiar de tema. —Nos contaba don Circunciso de lo que tuvieron que pelear para encontrar a la Gala en Madrid. —Y ella, aquí en Ruidera conoce gente —le cortó don Circunciso a don Lotario. —¿Ah sí? —Esta tarde, cuando pinchamos al llegar a Entrelagos y nos bajamos a cambiar la rueda, salía de allí un grupito de personas y tres o cuatro de ellas se acercaron a saludarla… —A lo mejor es que hacía por aquí su negociete (Lotario). —¿Y a usted qué tipo de mujer le parece, Circunciso? —No me he preocupado, Manuel… Pero me da la sensación de un poco descarriada mental como todas las prostitutas. El hetairismo siempre es signo de desequilibrio mental añadió con aire suficiente. —¿Y no de deficiencia? —No, don Lotario, de inestabilidad. —¿Cuál cree usted que puede ser la señal para que subamos, Manuel? Plinio hizo un mimo de ignorancia alzando los hombros. Doña Josefa, movida por una intuición, según confesó luego, miró su reloj y dijo con voz ceremonial: —Van a ser las doce. Todos se miraron entre sí. Luego cada cual consultó su reloj. Los cigarros quedaron en suspenso. Tan grande era el silencio, que sólo se oía el rozar de las alas del jilguero cuando saltaba en la jaula. El pescador, con la boca apretada y los ojos entornados como si esperase oír un cañonazo. —Ahora son las doce en punto — aclaró doña Josefa. —Sí. —¿Y qué? —Vamos a ver. —¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaah! Sonó dos veces seguidísimas el grito. Más próximo y fuerte que nunca. —Ahí está la señal. Vamos —gritó Plinio saliendo disparado hacia el pasillo donde estaban las habitaciones bajas del hotel. Todos le seguían. Don Lotario a su lado y el último Circunciso. Apenas entraron en el pasillo encontraron a la mujer y a la hija de Plinio que en camisón y con la cara descompuesta venían hacia el bar. —Manuel ha sido ahí. Ahí mismo, en la habitación de al lado, en la de la rubia. —Ay, que susto, padre —decía Alfonsa cortándole el camino. —Deja, deja, sí ya sé. —Ay Señor, ay Señor, qué miedo. La puerta del cuarto de Gala estaba cerrada con llave.

Plinio empezó a forcejear. —¡Abre! ¡Abre! —gritaba. No contestaba nadie. Empezó a dar empujones contra la puerta. Pero no cedía. Eran puertas modernas, pero de madera recia. El pescador se puso de acuerdo con Plinio para empujar, pero no había modo. —Nada, que no hay manera. —Espere, esperen, que tengo yo por aquí la llave maestra —dijo doña Josefa buscándose en el bolsillo. —Eso de que las puertas se abren de un empujón, no ocurre más que en las películas —comentaba don Circunciso con tono muy frío. Doña Jose€a no se atrevió a abrir y cedió la llave a su marido. —Anda, abre tú. Las mujeres de Plinio con los brazos cruzados sobre el pecho y descalzas parecían las más asustadas. Por fin abrió don José la puerta. Estaba la luz apagada y la ventana abierta. Alguien se quejaba. —¿Dónde está la luz? Encendió doña Josefa. En la cama no había nadie. Pero al otro lado, encajada entre la mesilla y el larguero estaba la Gala, completamente desnuda, con los ojos cerrados y sangrando por la boca. Respiraba con gran esfuerzo. Tiraron de ella suavemente para subirla a la cama y dio un grito. —Debe de ser la pierna. Cuidado — dijo don Lotario. La depositaron sobre la cama. Doña Jose€a iba a cubrirla con la sábana, pero don Lotario le palpó con tiento la pierna derecha. Ella volvió a gritar. —Se la ha roto, me parece. Luego encendió el mechero y se lo aproximó a la boca. —La sangre parece de los labios y dientes. Debe de haberla golpeado sin más. Por fin doña Josefa consiguió taparla. «¡Estaba como la parió su madre!», comentaría luego la Gregoria en el pueblo. Tenía un ojo amoratado. Don Lotario le tomaba el pulso. Por fin ella movió la cabeza como si se despabilase y entreabrió el ojo sano… y habló en tono bajo. —A ver, a ver qué dice. —En los chalets de la San Pedra, Manuel… Se llama García López… Por la ventana abierta de par en par, vieron en aquel momento, unos doscientos metros más allá del hotel, que un coche arrancaba a toda velocidad, pero en dirección al pueblo. —Vamos todos —ordenó Plinio—. Quedaos vosotras y don José con ella… Vamos en los dos coches, ¿le parece don Circunciso? —De acuerdo Manuel. Vamos. —¿Hacia dónde vamos? ¿Detrás del coche? —No, a los chalets de la San Pedra. Mientras marchaban, Plinio con la linterna examinaba la lista de propietarios de chalets de la San Pedra que le dejó el constructor junto a un pequeño plano. Las cigarras cantaban con frenesí obsesivo. En Ruipérez sólo se veía encendida una luz alta. El Mini de don Circunciso venía detrás respetando todas las iniciativas de don Lotario. —Creo que sé cuál es poco más o menos. Eusebio, el pescador, junto a don Circunciso, con la gorra visera bien calada miraba con ahínco a la carretera. Una vez dijo de él Plinio a don Lotario: —Es un hombre muy raro don Eusebio el pescador. —Sí… parece ausente de todo. Una especie de autómata. —Pero no debe de ser tonto. —No, no lo parece, pero sí hombre poco imaginativo. Llegaron a los chalets que están junto a la laguna San Pedra. Sólo uno estaba con las ventanas encendidas. Plinio volvió a consultar el plano con la linterna. —Pues yo creo que ese que está encendido es el que buscamos.

Se bajaron del coche y quedaron sorprendidos al ver que don Eusebio traía a don Circunciso de la mano, como si fuera un escolar. Cuando llegaron junto a ellos siguieron igual, sin soltarse. Será que le da miedo la noche o que teme tropezar. Lo cierto es que don Circunciso tenía gesto de un poco entregado. Tal vez era la manera de suplir el perro, de tener ayuda. Ya a muy pocos pasos del chalet de los García López notaron que había alguien ante la puerta. Plinio le enfocó la linterna. Era una señora mayor. La que había visto algunas veces de paseo y acompañada de un joven alto y rubio. La señora, al sentirse enfocada, con los ojos entornados, sonrió tímidamente. —Buenas noches… —dijo Plinio por decir algo. —Buenas noches traigan ustedes… —¿Esta es la casa de los señores García López? —Sí… Yo soy la señora García López. Mi marido murió. —Queríamos hablar con usted. —No faltaba más. Pasen. Encendió la luz del portal. Entraron todos. Don Circunciso por fin se soltó de la mano de Eusebio el pescador. La señora quedó mirando con mezcla de curiosidad y ternura al enanillo. Don Circunciso, sin darse por mirado, encendió tan arrechante el medio puro que traía apagado entre los labios. Pasaron a un salón grande, muy bien puesto, con muchos libros encuadernados, chimenea, dos tresillos, alfombras persas y varios cuadros de paisajes nórdicos. La señora les ofreció asiento. Y sin decir nada fue hacia un bar que había en un rincón, tomó una bandeja cargada de vasos y una botella de whisky y otra de aguardiente y les ofreció sonriendo con gesto muy bonancible y casi infantil. Tenía la señora los tobillos muy hinchados y la artritis le deformaba los huesos de la mano. Aparentaba unos setenta años y ponía cara como de tenerse lástima a sí misma. Todavía le quedaba el rescoldo de unos ojos clarísimos. Se movía con ritmo muy lento, pero con seguridad, sabiendo lo que hacía. Cuando todos tuvieron su copa, se sentó en uno de los sillones sin dejar de mirar con gesto maternal a don Circunciso. Plinio ofreció «caldos» a don Lotario y al pescador. Este hacía verdaderos equilibrios para liar sin que se le cayera el tabaco. Don Circunciso, ya seguro con el whisky en la mano, sonreía. —¿Con quién vive usted aquí, señora? —… Con mi hijo. —¿Dónde está? —No sé… Y sonrió con gesto triste. —No sé… Tenía que ocurrir. Estaba segura. ¿Ustedes son de la policía, verdad? ¿Usted también? —añadió mirando de nuevo a don Circunciso. —… Tenía que ocurrir y es natural. A los hijos los dominamos durante los primeros años, pero al fin se nos escapan totalmente. Se hacen otros seres distintos a nosotros… Sabía perfectamente que todo ocurriría así. Y estaba resignada. Digamos que tenía la resignación almacenada… Una dolorosa resignación. Cuántas veces he temido que llegara una noche como esta. Una noche que vendrían a buscarlo y yo no tendría más remedio que explicar todo lo que pasa… Es mi hijo y estoy en mi derecho moral de no decir nada que le perjudique. Pero es inútil. Yo hasta ahora no he estado preservando a un hijo que obraba mal, sino a un enfermo… Hasta ahora, durante años, pude arreglarlo todo, facilitándoselo todo y consiguiendo que no pasara a mayores. Para ello empleé mucha habilidad y sacrificio. Pero ya es imposible… Compré esta casita, pensando que en el campo se apaciguaría… y todo sería más fácil. Incluso me traje una prostituta de Madrid para que lo atendiese regularmente… Pero no sé qué le ocurrió al llegar a estos parajes, a este campo, que a la hora de hacer el amor, le dio por vocear, por vocear en el momento del espasmo. Vocear de manera parecida a como oyó en una película de terror que vimos poco antes de venirnos de Madrid. No lo había hecho nunca… Siempre, al terminar, quedaba traspuesto, con un sudor frío en la frente, pero callado. Los que escuchaban se miraron entre sí. Don Circunciso de un tragazo consumió el whisky que le quedaba. La señora ahora hablaba como en un monólogo onírico. —Antes, de lo único que tenía que cuidarme era de tenerle una mujer preparada cada dos noches… Con dinero eso es muy fácil, ustedes lo saben, porque si a las cuarenta y ocho horas no tenía mujer atacaba ferozmente a la que fuese. Pero últimamente, ¿qué pasa Dios mío?, necesita vocear. No se pueden ustedes imaginar. Es como un estremecimiento epiléptico acompañado de una voz desgarradora, como si se le rompiese algo en su interior, como si alguien en ese instante le agarrase el cuello para estrangularlo. Y se pone las manos en los ojos como si viera algo espantoso… Ya habrán ustedes apreciado que el grito no es precisamente patético, sino más bien sensual. Sin embargo, la cara que pone al gritar y la manera como se la tapa después, da la impresión de que sufre muchísimo. O de que ve algo espantoso.

La señora calló un momento. Plinio bebió un trago de chinchón con agua. Don Lotario miraba al Jefe de reojo. El más impertérrito era el pescador, aunque tenía la boca un poco entreabierta, posición esta muy poco frecuente en la figura de su rostro. —¿Entonces usted lo ha visto de cerca cuando…? Ella bajó los ojos y se miró ambas manos. —Alguna vez. —¿Cuándo empezó así? —Hace siete u ocho años. Primero comenzó a meterse con las criadas. Como eso creaba muchos disgustos, empecé a pagar chicas que viniesen a casa cada dos noches… No podía dejarlo salir solo. Claro que alguna noche se me escapaba. Sobre todo si se retrasaba la alquilada o por cualquier cosa no venía. —Usted sabe que ayer desapareció una señorita y que hoy se ha encontrado ahogada con heridas y contusiones. —Sí… me he enterado esta mañana. —¿A cuántas ha matado más? —Ninguna, de verdad. Últimamente está muy agresivo. Ya no espera cuarenta y ocho horas. Quiere amar todas las noches, a todas horas… Es terrible. Parece que le pegó a Gala. Y como ella ofendida se fue a Madrid, él salió con el coche. Por la manera que tuvo de arrancar aquella noche me di cuenta de que iba en busca de otra, la que fuere. —¿Y por qué la tiró a la laguna? —Le haría frente. Eso no puede hacerse con él. Hay que entregarse… Cuando hoy vi que volvía Gala con ustedes —dijo mirando a don Circunciso— me temí lo que iba a pasar, lo que está pasando… Se llevó una gran impresión al verla. Se me escapó al primer descuido. Y yo estaba segura que ustedes la traían de cebo… Yo no puedo hacer nada. Me doy resignadamente por vencida. Digo resignadamente porque sé que no lo pueden juzgar como a un ser normal. No tienen más remedio que llevarlo a un sanatorio donde yo pueda estar con él y orientar la manera de tratarlo y satisfacerlo… No sé por qué nació así. Vaya usted a saber. Ni en mi familia ni en la de su padre hubo anormales… Bueno hubo un hermano de mi marido, que en la guerra asesinó a cien personas. Don Circunciso se echó el vaso entero al coleto, al oír aquello, pero con tanto ímpetu que empezó a toser. Don Eusebio le dio manotadillas en la espalda. De pronto todo tomó un aire más patético todavía. La señora empezó a llorar con unos ahogos secos y aparatosos a la vez que se daba puñadas en la cabeza con gran furia. Parecía como si la dulzura de hasta entonces hubiera sido forzada. Don Lotario fue el primero en reaccionar. Intentó frenarle los golpes, hasta que por fin cogió la vasija con los cubitos de hielo, y se lo echó todo en la cabeza. Le cayeron algunos cubitos por la espalda y el escote. Durante un largo rato todos callaron. La señora, con gesto adusto más que triste, miraba el rescoldo de la chimenea. Don Circunciso, procurando no hacer ruido, se levantó y se sirvió otro whisky con mucha agua. Sin sentarse, junto a la bandeja con ruedas, se bebió un trago larguísimo. Plinio, con mucha calma, una vez superada la sorpresa, empezó a liar otro «caldo». Por fin le preguntó: —¿Dónde estará ahora su hijo, señora? —No sé —dijo volviendo a endulzar el gesto poco a poco y con voz amable— pero vendrá aquí… Antes de las tres vendrá como sea. Es superior a sus fuerzas el pasar las noches fuera de casa —¿Y por qué su hora del amor suele ser la misma, las doce en punto? —… No lo sé. Eso le ocurre desde el primer día. Al final de la jornada siente ese deseo… o lo que sea, de manera irrefrenable. —¿Y por qué no se traía Gala a casa y lo hacía en medio del campo o en el mismo hotel? —Yo siempre le decía que se la trajese y él me lo prometía. Pero es tan impaciente… o porque esperaba las doce… Yo que sé. Es mi hijo y no sé del todo bien lo que le pasa. El primer escándalo que dio fue hace cinco años con una cieguecita que vendía los cupones en una esquina. Salió solo con el perro que teníamos entonces y fíjese, aunque era sólo media tarde, le dio el arrebato y quiso violarla… Fue un escándalo horrible. A partir de entonces tuve que empezar a cuidarme seriamente de él en este aspecto. —¿Fue al colegio? —le preguntó don Lotario tímidamente. —No… siempre le tuve profesores particulares. —¿Y su padre le faltó hace mucho? —Sí… veinte años hará ahora. La señora se levantó y volvió a echar leña en la chimenea. —No debe tardar en venir. Son cerca de las tres. Tenía otra vez cara de cansada. Mejor, de entregada. Había en todas sus actitudes y palabras una forzada serenidad, mejor, una resignación casi beatífica. El mismo tono de sus palabras era añorante, como referido a un capítulo ya transitado de su vida.

El reflejo de las llamas avivadas luciernagueaba en los rostros adormecidos de todos. Aquella espera tan relajada, era lo más opuesta al final de un caso policíaco. Todo estaba resuelto, o al menos parecía resuelto con un largo maestoso. Era como esperar con paciencia el final de una agonía. A pesar de su aparente tranquilidad, cuando el silencio se prolongaba un poco, a la señora García López se le escurría una lágrima que se enjugaba pausadamente. —… Aparte de estas cosas es un alma de Dios —dijo como para sí—. Cuando no siente deseos de mujer, es como un niño. Lee libros infantiles, juega solo o se pasa horas y horas ante la televisión. Todos los días, cuando salimos de paseo la gente lo mira con agrado. Tiene tan buen tipo, es tan dulce su gesto, y ese aire distraído, de sabio, que a todo el mundo le cae bien… Cuando lo lleven al sanatorio me internaré con él para poderlo atender y tenerle a punto las mujeres que necesite. Si le faltasen enloquecería… Quiero decir que estaría anormal todo el tiempo. ¿En qué mejor cosa puedo emplear lo que me quede de vida? Calló. Ahora se miraba los rodales mojados que todavía le quedaban sobre la bata. —¿Y qué hace por ahí a estas horas? (Plinio). —Siempre… después, le gusta correr en el coche. Algunas veces se va hasta el Hundimiento, allá a la entrada del pueblo, porque le gusta oír el ruido de las cascadas… Más de las tres no aguanta por ahí, ya verán. El pescador se levantó con aire de sueño y se sirvió otra copa de Chinchón. Antes de sentarse, según solía, hizo un disimulado ademán gimnástico. Se oyó que abrían la puerta del chalet cautelosamente. —Cuidado, ya está ahí. Por favor, no le digan nada. Yo lo arreglaré todo. Unos pasos suaves en el pasillo. La madre salió a su encuentro. Durante unos minutos estuvo con él. O no hablaban o lo hacían en voz baja. Por fin se les oyó aproximarse: —Luis, por favor, pasa que hay aquí unos señores que quieren verte. Apareció en la puerta del brazo de su madre. La pobre señora tenía ahora el gesto más triste de toda la noche. El mozo, tan alto y rubio, con gesto de niño un poco enfadado, hacía a los visitantes unas reverencias muy cortesanas, desde lejos. —Anda hijo, siéntate —le ofreció la madre un sitio en el sofá que ella estaba. Luis se sentó, miró fijamente y con cierto orden a todos los que allí estaban y de pronto, como si le diese vergüenza, tomó una revista que desde lejos parecía infantil y empezó, con obstinación, a simular que leía… Era de tan buen parecer, que sólo se le notaba su anormalidad en la manera de fruncir el entrecejo, de mirar entre tímido y desconfiado. —¿Podría hacerle algunas preguntas? (Plinio). —Es inútil, señor. Pruebe y verá. —¿Cuál es su nombre? —Luis —dijo la madre en voz baja. —Óigame, don Luis. Levantó los ojos de la lectura, pero en seguida volvió a ella. —Óigame, don Luis. ¿Cuántos años tiene usted? Lo miró de reojo nuevamente y no contestó. —Anda, hijo, dile a este señor cuántos años tienes, no seas así. —Veintisiete —dijo casi bisbiseando y sin mirarlo. Plinio hizo una señal a la señora para que fuese junto a él a un rincón. La mujer fue a donde estaba el Jefe. El hijo volvió a levantar los ojos un momento al ver la maniobra. —Señora, mi deber es comunicar en seguida a la Guardia Civil que hemos localizado al presunto autor de la muerte de la señorita Solita… Ellos son los que llevan este caso. Si usted me lo permite voy a utilizar el teléfono. —¿Y van a venir ahora? —Claro —Que esperen a mañana… si nosotros no nos vamos. —Que ellos dispongan. —Está bien… El teléfono está allí dentro. Y volvió con cara compungida a su sofá. —¿Por dónde estuvo usted paseando? —le preguntó don Circunciso con su voz ronquilla e infantil. Luis levantó los ojos hacia el enanillo, y quedó unos segundos mirándolo con curiosidad, sorprendido. Pero en seguida volvió a su lectura. —Luis, por favor, te pregunta este señor que por dónde estuviste paseando. Se encogió de hombros y aproximó más la revista a la cara. —Si es inútil. —Yo creo, señora, que sería mejor que nos dejase a solas con él (Circunciso). —Como quieran, pero… —Sí, vamos a probar —insistió el enanillo poniéndose de pie y avanzando hacia el mozo con cierta arrogancia. La señora García López marchó hacia la escalera. —Marche, marche por favor. Subió lentamente. Los escalones de madera crujían bajo sus pies. Luis levantó los ojos de la revista hacia ella, con cara de no saber lo que ocurría. La señora había vuelto a detenerse. —Desaparezca, por favor. Luis se puso de pie y dejó caer la revista al suelo. —Vamos don Luis, queremos hacerle unas preguntas.

Luis miraba a don Circunciso desde su altura con gesto irresoluto. —Siéntese, por favor —y le apoyó las manos en los brazos para obligarle a sentarse. Pero Luis permaneció de pie. —Vamos a ver. ¿Dónde estuvo usted de paseo esta noche? —le preguntó con energía. En aquel momento entró Plinio. Al ver la escena, quedó parado junto a la puerta. —Haga el favor de contestar. ¿Con quién estuvo? Ahora Luis miró a todos, con cara de temor, de hallarse acorralado. Y por fin, con pasos cautelosos y las manos un poco alzadas, como si temiera que fueran a atacarle, avanzó hacia la escalera. Apenas pisó el primer escalón, la subió corriendo. Don Circunciso miró a Plinio con cara de resignación. —No hay nada que hacer. ¿Habló usted con la Guardia Civil? —Me ha dicho el sargento que no nos movamos de aquí hasta que ellos lleguen. Márchense ustedes si quieren y aguardo yo con don Lotario. A don Eusebio, el pescador, pareció gustarle la idea, pero como don Circunciso hizo un gesto de indiferencia y fue hacia su sillón, el pescador, con resignación, volvió a poner la cara entre las manos. Plinio también se sentó en el sillón que antes ocupaba la señora. Don Circunciso se dedicó a husmear entre los libros y revistas que había por allí. Don Lotario se sirvió otra copa de anisado y ofreció a Plinio. Este la tomó con cara de cómica resignacion. —Todas son revistas infantiles — dijo don Circunciso con voz de amanecida y sin quitarse el dichoso puro de la boca. —Pero delante de las mujeres no es infantil. —Me parece enormemente peligroso… Una lástima —se lamentó el enanillo. —Más lástima me da a mí la madre (Plinio). —Por supuesto. —Les digo a ustedes, que qué vidas… (Don Lotario). —Qué vidas las de ellos. Pero qué muertes las de cuantos caen en su poder en uno de esos momentos de arrebato — dijo de pronto el pescador con aire filosófico. Don Circunciso asintió con mucho respeto. La habitación estaba completamente nublada por el humo de tanto cigarro. El rescoldo de la lumbre todavía era vivo. Sólo se oía el reloj de pared. Ya eran cerca de las cuatro. —Y la señora no baja (Lotario). —Estará durmiendo al bebé (Circunciso). Plinio relió otro «caldo». Lo encendió, chupó y echó el humo con aire aburrido. Don Circunciso, sacándose el zapato con disimulo, se rascaba la planta del piececillo. Don Lotario se miraba la cara con ojos de sueño. El reloj dio otro cuarto. Y de pronto, con mayor fuerza e intensidad dramática que nunca: —¡Aaaaaaaaaaaaaah! Por lo imprevisto, y la resonancia de la casa, todos quedaron muy impresionados. Don Circunciso con las manos pegadas al pie descalzo y el puro en la boca. Plinio con los ojos entornados y la mano en la barbilla. El pescador mirando hacia el techo. Y don Lotario hacia Plinio. Este, con aire decidido, se puso de pie, y fue hacia la escalera. Todos lo siguieron. Plinio, por el pasillo iba abriendo todas las puertas que encontraba a su paso.

Fue en la del fondo precisamente. Unos centímetros antes de que la mano de Plinio llegase al picaporte, desde dentro la abrió Luis, desnudo de medio cuerpo para abajo. Al ver a los Justicias y sin venir a cuento puso las manos en alto dejando sus vergüenzas manifiestas. … Sobre una cama camera, estaba la señora García López mal tapada con una sábana, y el blanco pelo revuelto. —Hijo, baja los brazos y pásate al cuarto de baño. Salió Luis después de consultar con la mirada. Los cuatro justicias quedaron en la puerta. La señora se incorporó con ademán muy natural, aunque en triste. Inútilmente pretendía taparse con el embozo. Quedaba a la vista el arranque del pecho y de los brazos, tan blancos y mal tratados por los años. —… De vez en cuando soy yo la que tiene que calmarlo, para evitar males mayores. Y quedó mirándolos con sus ojos clarísimos, brillantes y serenos. Plinio, sin contestar, tiró de la puerta. Volvieron a sus asientos de antes sin el menor comentario. El más afectado parecía el pescador. Don Circunciso, que volvió a rascarse el pie, dijo: —Nunca lo hubiera pensado. ¿Y usted, Manuel? —A mí se me pasó por la cabeza cuando la señora nos dio tantos detalles de cómo se ponía su hijo a la hora del trance. Se oyó que un coche paraba en la puerta. Salió Plinio a abrir. En seguida aparecieron el sargento y una pareja. Frotándose las manos se aproximaron a la lumbre. Plinio empezó a explicarles. Volvieron a crujir los escalones de madera. La señora García López, envuelta en una bata gruesa, bajaba con pasos tímidos. Por el ancho ventanal que había junto a la chimenea empezaba a clarear el cielo.

EPÍLOGO

Cuando Plinio y los suyos amañanaron en el bar del hotel, don Circunciso y el pescador ya habían marchado a La Cimera para enterrar a «Vida». Y según contó don José, muy de mañana, los García López, seguidos de las motocicletas de la Guardia Civil, pasaron en su Seat camino del pueblo. Bien pasado el mediodía volvieron los enterradores caninos, y mientras recogían el equipaje, Plinio y don Lotario sacaron a la rubia Gala en silleta la reina. Decidieron tomar todos juntos el ultimo café. La pobre Gala hacía guiños de dolor cada vez que se estremecía. Las mujeres de Plinio no le quitaban ojo. En su vida habían visto una puta tan cerca. Y la contemplaban con mezcla de ternura y prevención, como si su mal —el del oficio— fuera pegadizo. Los dueños del hotel de pie, junto al corro cafetero, monosilabeaban a unos y otros. El mozo de la barra silbaba lírico mientras secaba el vidriado. Con la partida de los que ahora tomaban café, quedaba el hotel vacío. Pero todo podía darse por bien llegado —según dijo repetidamente doña Josefa — con tal de haber acabado para siempre con aquellas voces que parecían terroríficas y resultaron de amor… a su manera. Bajaron los de los servicios especialísimos: don Circunciso y el pescador. Aquel, con su puro para consolarse del réquiem de «Vida». Don Eusebio, callado, y con el aire distraído de siempre. El corro estaba casi rodeado con las maletas de todos. El sol, indiferente a toda clase de dolores, quebraduras de huesos y lascivias, brillaba terso y echado jubiloso sobre las aguas clarísimas de la Colgada. Después de los despidos, Plinio y don Lotario colocaron a la Gala en el asiento posterior del Mini. La pobre, a pesar de ser ya tan público su oficio, y de la quebradura del remo, todavía echaba sonrisas coquetonas y abultaba el busto cuando tenía ojos atentos. Pero después de todas las despedidas a quien miró con especial ternura fije a Plinio, sólo a él… Y este, súbito, recordó cuanto ella le contó de sus padres y de su vida la noche anterior. Don Circunciso le echó la manecilla también con tímida ternura. Y el pescador miraba a otro lado, aunque sonriéndole. Al arrancar el Mini, Plinio se llevó lentamente la mano a la altura de la sien, como si llevase la gorra de plato, y miró a todos, pero muy especialmente a la Gala, que le meció la mano abierta tras el cristal… Lo más pintoresco de la despedida fue la reverencia con que el mozo silbante le dio sus adioses a don Circunciso. Y un rato después, partieron los de Tomelloso. Las dos mujeres, con gusto de volver al pueblo, pero con ojos de recordar las escenas de aquellos días. Don Lotario, bien apescado al volante y pendiente de las muchas curvas de la carretera. Plinio, echando los ojos sobre los verdes claros de las lagunas quedas, sobre las piedras rojas y pardos tomilleros de los villares y cañadas. Atrás quedaba tanto cielo azul y tanto espejo de él y del monte pastor que hacen Ruidera. Otro capítulo de la vida profesional de Plinio que pasaba al archivador, al fue, al repertorio contadero. A la altura del Buen Retiro, poniéndose muy a su par, les pasó un coche. Desde él, alguien les hacía señas muy jubilosas. Era Ignacio, el recién casado y su mujer, la por fin desvirgada —¡Adiós! ¡Adiós! —Padre, ¿por qué le saluda ese tan contento? —Por un favorcillo que le hicimos la otra noche. —¿Ah sí? ¿De qué? —Que te lo cuente luego tu madre…

Benicasim - Madrid, 1972-1973



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