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HIMNO A TOMELLOSO

jueves, 2 de noviembre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 5ª Capitulo



Plinio, apenas salió el sol, se encontró con los ojos abiertos y mirando a la ventana. No se oía nada. Dio un par de vueltas entre las sábanas, recordando al enano en pijama, con la mano en la bragueta cuando saltó de la cama. Decidió levantarse. Se afeitó con calma, y bajó al bar solo. No quiso despertar a don Lotario. El mozo del bar, mientras unas mujeres limpiaban, sacaba los primeros vapores de la cafetera. En la puerta, preparando las cañas, estaba el pescador solitario. Plinio lo saludó mientras esperaba el café. El hombre le respondió muy fino y, luego de un corto silencio, le dijo: —Si fuese usted tan amable de sostenerme la caña a ver si deshago este nudo. Le echó la mano y cuando llevaban unos segundos de manejo, entre palabras banales, le dijo como sin darle importancia: —El Comisario Perales me ha dado muchos recuerdos para usted. Plinio lo miró sorprendido. —¿Cuándo lo ha visto? —Hace poco. Es una buena persona y a usted lo estima mucho… Bueno, esto ya está. Voy a ver si hay más suerte esta mañana. Y sin añadir palabra, se puso la caña sobre el hombro, salió y montó en su coche. Plinio quedó con las manos en los bolsillos del pantalón y cara de bobo. Oyó salir el vapor de la cafetera y volvió a la barra. A aquellas horas echaba de menos los buñuelos de la Rocío. Las galletas que en el hotel le daban para mojar en el café le resultaban aburridísimas. Y el hombre masticaba con resignacion. —Oye —preguntó al barman—. ¿Este señor que ha salido con la caña, viene por aquí mucho? —No, es la primera vez, que yo sepa. —¿Cómo se llama? —Don Eusebio. Plinio pensó si sería él quien echó el sobre la noche pasada bajo la puerta de la habitación de don Circunciso. —¿Y tú sabes qué oficio tiene? —No, señor. Plinio sacó la lista de huéspedes y miró lo que recordaba muy bien: «Eusebio García. Empleado de Hacienda». Con cara inexpresiva siguió con el café y las galletas pesadísimas. —Esta noche tocan voces —dijo el del bar como para sí. —Ya, ya. —Otra vez tendremos fiesta. —Seguro. Como no aparecía nadie, se salió a echar el primer pito a la puerta del bar. Paseó tomando la fresca perfumada de romero y le dio una patada a un cantillo. De pronto se acordó del Ignacio y de su brindis al pie del apartamento. Sonrió y pensó «Ay, que leche de vida». Volvió al bar. Le cegaba tanta claridad. En la puerta se cruzó con don Circunciso y su «Vida». Llevaba el hombre un suéter rojo monísimo, pantaloncitos bombachos grises, gorra de visera y gafas ahumadas. Plinio le cedió el paso, y el tiete pasó tan tieso. Sin decir ni gracias. Ya en el campo dio un par de respirones profundos y luego, poniéndose de puntillas, limpió el parabrisas del Minimorris con una gamuza, metió al perrazo y arrancó Colgada arriba. Plinio pidió otro café. Por fin bajó don Lotario, tan relustro, planchado y la sonrisa de todas las mañanas. —Oye, Manuel. He estado pensando una cosa. —Usted dirá. —Que esta noche, en vez de quedarnos aquí como pasmarotes esperando las voces, debemos apostamos por ahí a ver si se observa algo. —Ya estaba yo en eso. —Nos largamos sin decir nada, a ver qué pasa. —Nos apostamos hacia la derecha, que es por donde vocearon la otra noche, según el magnetófono de Blas. —Eso está bien pensado. —El que vocea, como no haya una trampa mecánica, no puede estar muy lejos. —No creas, que aquí por el abrigo de los montes, si el viento es propicio, todo puede oírse, aunque no esté cerca. —Pero hasta cierto límite. —Claro… —¿Sabe usted lo que le digo? —¿Qué? —Que no me encuentro muy a gusto en este caso de las voces… Si es que es caso. —No es para menos… ¿Y en el otro? —Menos. —A to siempre te pasa igual. Te desanimes con na. —Déjese usted. A mí me gusta entrar y salir, preguntar a unos y a otros, recorrerme el pueblo siete veces. Lo que se dicen casos movidos. Pero estar aquí esperando la hueva, no va conmigo. —Hijo, Manuel, cada caso tiene su historial clínico. —Será eso… Vamos a convencer a las mujeres para hacer una excursioncilla a la Cueva de Montesinos. —No me digas. —Sí, daremos un garbeo a ver si vemos algo. —Algo que hable en chino, querrás decir. —Eso. —Joder que tío.

Las mujeres no demostraron demasiado interés por ir a la Cueva de Montesinos, pero como nunca la habían visto y Manuel estaba tan animado, dijeron que ¡hala! Iban en el cochecillo despacio. Dejaron atrás la San Pedra. Pasaron ante la venta de Maese Pedro, muy adornada con ruedas de carro sobre las cales, y otros artefactos folclóricos. Cerca de la antigua ermita de San Pedro, está el camino que lleva al Castillo de Rocafrida. Por fin llegaron ante unas murallas de piedra, que abrían puerta con dos pilares. En uno de ellos estaba escrito con letras blancas: «Cueva de Montesinos». Y en el otro: «Propiedad particular». —Antes la gente tenía cosas y no les ponía carteles. Ahora todo el mundo te lanza la posesión a los ojos. —Hombre, qué le voy a decir. No se ha fijado usted que ante el pinar de toda la vida, que está junto a la fábrica de la luz, han hecho una cerca de alambres y colocado muchos carteles diciendo que todo aquello es propiedad particular. Eso de que una laguna y sus orillas sea propiedad particular es lo nunca visto. A este paso veremos carteles en medio del mar: «Propiedad particular. Prohibido el paso». La gente está dispuesta a apoderarse de todo y además a escribirlo. —Es verdad. Yo no sé como los ruidereños no se sublevan y liberan esa laguna cautiva que es una vergüenza. —A lo mejor es que es propiedad de verdad. —Pues si es posible esa barbaridad que no lo digan. Subieron la cuesta de almagra, de carrascas crispadas y piedras verdirrojas, donde se halla la tan mentada cueva. El paraje es anchura de tierra sanguina, acosada de montes y piedras recias entre árboles escasos y desordenados. Y la Cueva en sí es boca desperfilada por los hundimientos, de unos cuatro metros de anchura, entre piedras desnudas. Por tanto visiteo y tránsito, la entrada está casi monda, sin aquellas cambroneras, cabrahigos, zarzas y malezas que vio Cervantes. Cueva, como tantas cosas, cuyo mito sobrepasa la rústica realidad. Cerca había una furgoneta grande y, a su vera, un grupo de jóvenes sentados en el suelo, escuchaban lo que otro, de pie, leía en voz alta. Ni el lector ni los escuchantes se alteraron por la llegada del seílla de don Lotario. Primero salieron del auto los hombres y luego las mujeres, estirándose las faldas y componiéndose el pelo. Plinio fue hacia la Cueva, que no visitaba hacía muchísimos años, seguido del veterinario. Las mujeres quedaron mirando el agujero pedroñero, sin entender muy bien el objeto de un viaje para ver aquello nada más.

Plinio, apoyándose en la piedra del techo, comenzó el leve descenso con muchísimo cuidado, pues por las lluvias recientes estaba todo muy escurridizo, y alumbrándose con la linterna. En las masas roqueras que podríamos llamar bóvedas, había grabados nombres completos, iniciales y algún corazón con su flecha. —¿No bajáis, mujeres? —Quita… Os esperamos aquí. Entraron hasta la concavidad donde, según Cervantes, «cabía un gran carro con sus mulas». Hoy hasta allí se cuelan lucecillas por algunos agujeros que horadaron sin duda las filtraciones. Se sentaron a la fresca, pero no se determinaron a descender por la pendiente resbaladiza. En el silencio se oía el riachuelo subterráneo que vierte en la San Pedra. Y desde aquella oquedad, vuelto de espaldas a la sima, se veía el recuadro de luz muy irregular que dibujaba la salida y, en primer término, las mujeres de Plinio con los brazos cruzados y cara de interesarles sobre todo lo que hacían y decían los del corro que escuchaban al lector, que ahora se oía muy bien desde la cueva.

«… ex quo videbatur triginta aut quadraginta molinos venti et pene Quijotus vidit eos, volvit cabezam ut dicere escudero sao: Ventura guiar pasos nosotros melior quam nos potebamus esperare: vide in illo altozano triginta aut magis descomunales gigantes con quibus ad escapem volo facere batallam et quitare vitan et con suis despojis nos fiemus ricos…».

—¿Qué lee ese que no entiendo nada? —Me parece que un Quijote en latín macarrónico, Manuel. —A lo mejor, seminaristas de estos modernos. —Posiblemente, porque leen en latín y no en chino… ¿Y por qué has dicho seminaristas modernos con retintín? —Sí, de esos que ahora se ponen en contra de los ricos. —A buenas horas, mangas verdes Judas vendió a Cristo y nadie ha vuelto a rescatarlo. Sigue aún en poder de los compradores. —Eso ocurre con to, don Lotario. Así que sale algo bueno, espiritual y que puede arreglar el mundo, hay listos que lo compran para su descanso y beneficio. —Es natural. El mundo es de los más. Y los más, son tontos o mercachifles… Los hombres, sólo de uno en uno pueden salvarse por un ideal grande. Así que se agrupan, infunden temor, y los mercan. —Todas las religiones del mundo, Manuel, están en manos de los poderosos y a los poderosos halagan. —Por eso debe de ocurrir ahora algo muy malo para que se pongan los curas al lado de los pobres… —… La crisis definitiva o un puentecillo hasta que el capital halle nueva formula de traerlos al redil. —Mientras el dinero exista, no habrá nada grande en el mundo. —¿Y si no hay dinero, que va a haber, Manuel? —Ah, eso es el gran misterio que está por descubrir. Hasta que no se invente la manera de sustituirlo por algo que ignoro, no se arreglarán las cosas. Entonces cada hombre será lo que de verdad es y no un hijo del miedo. La vida es muy corta y cada vez se necesitan más cosas. Los billetes son vales para adquirir casi todo lo que en la tierra existe. Y su poder amaga al más soliviantado… No queda tiempo para sentir ni pensar nada que no sea el conseguir dinero. La vida así es la mayor corruptela que pueda pensarse. Liaron un caldo al frescor de la mazmorra y después de unas chupadas salieron agarrándose bien a las piedras para no resbalar. —¿Y decís que a ver esto vienen muchos turistas? —les preguntó la mujer de Plinio. —Sí que vienen, sí. —Pues no le veo el chiste. —Madre, es por el aquel del Quijote. —Sí, será por eso, que si no… —Señor Plinio —gritó uno del corro —, se le ofrece una copa. Manuel sonrió y se acercó a ellos. El que leía dejó y todos se pusieron en pie para saludar al Jefe de la G. M. T. —Vosotros no sois de por aquí. —Pero a usted se le conoce en todas partes. Somos del Seminario de Toledo. ¿No andará por aquí de caso? —Ca, estamos de excursión.

Les ofrecieron cervezas que sacaba de un frigorífico pequeño el seminarista gordo con la camisa a cuadros. Las mujeres también tomaron y el lector enseñó el libro a don Lotario. Era el conocido Quijote Manchequi de Ignatium Calvum. Plinio, con astucia, se las arregló para que cada uno dijese algo hasta comprobar que ninguno de ellos tenía acento argentino. Aquello del «Quijote» en latín macarrónico, de los seminaristas, y de Plinio como personaje popular, sin fachendas ni mixtificaciones, le iba muy bien a aquel paisaje cabrahiguero, con la Cueva de Montesinos al lado. Cueva también de traza sin artificio… Si hubiese sido cueva altanera, no le hubiera ido a don Quijote. Como no le iban los castillos de verdad, ni los duques de verdad, ni la enamorada de romance carolingio, ni los gigantes de carne y hueso. Que Cervantes sabía muy bien qué cueva elegía para seguir el hilo de su befa heroica. Por ello, los turistas inteligentes que caen por Ruidera y Montesinos no buscan el gran monumento de la naturaleza o de los hombres sino la lisura, la sencillez y la rusticidad que conviene a un héroe que no buscó sus aventuras en Grecia, Niquea o Gaula, lugares de gesta ensoñada y de novela rosa medieval sino en los parajes más antiaventureros de España. Cervantes para desmitificar los libros de caballería, que enloquecían las cabezas más vanas de aquel tiempo, puso a su héroe entre los romerales manchegos, ventas y molinos; pastores, arrieros y demás gentes de haceres rutinarios. Las lagunas de Ruidera ya son otra cosa. Por eso Cervantes, al hablar de ellas, recurre a la mitología tópica. Imponen por su misteriosa soledad, el espejo de sus aguas encantadas y su son al verterse. Antiguamente, cuando estaban rodeadas de bosques tupidos, el paisaje tendría una estampa más guerrera y nórdica. Pero ahora, pelado el contorno, quedado en monte bajo, desgarrones de tierra y cortes rojinegros de piedra indomeñable, se establece un contraste muy llamativo, entre el cerco villano y la grandeza miradera de las aguas… Por último, ahora mismo, los chalets, apartamentos, hoteles y bares, americanizan un poco el paraje dándole aire de campus en vacaciones… En el fiando, el «Quijote» es una novela idílica, pero, más que de pastores virgilianos, de pastores reales, de gentes modestísimas entre breñales e inocencias… De «bucólica grotesca», que dijo Eugenio Noel. Don Quijote y Sancho, como los que ahora mismo rodean la cueva, tenían ese idilismo de tierras poco asistidas, donde la tosca poesía no es invento, sino fruto de musa candorosa.

Los seminaristas acompañaron a los Plinios hasta el auto de don Lotario y los despidieron alzando las manos. Las mujeres contestaron a la despedida meneando ramillos de romero. El lector le decía ahora, a voces y a manera de despedida: «… Fermosae dominae, ego sum contentus faciendi favorem petitum…». Antes de acercarse a la carretera, Plinio, atento a sus disimuladas pesquisiciones, dijo de acercarse al inmediato Castillo de Rocafrida. Llegaron con el coche hasta donde les fue posible. Entre carrascas torcidas y sin orden, sobre piedras suaves y verdes rurales de aquella parte del Campo de Montiel, treparon hasta el Castillo del romance. Hoy, y ya en tiempo de Cervantes, quedado en restos de murallas asomadas entre piedras verdegrises, verdealmagre, y verde grietas, en su soledad de versos sin batalla. Ya arriba, respiraron a gusto. Una señora mayor con aspecto de extranjera, hacía fotos adoptando actitudes muy graciosas. La Gregoria y su hija se sentaron en el suelo. Esta, inclinándose un poco, olía un altísimo tomillo. —Qué bien huele, madre. La señora que bajaba apoyada en un bastón metálico, se detuvo ante ellos con gesto un poco militar, y acento extranjero: —Ustedes señores, ¿son de por acá? —Algo… de Tomelloso. —¿Y cómo consienten que en aquella escayola pegada al muro hayan puesto los primeros versos de un romance que nada tiene que ver con este castillo, habiendo, como hay un romance precioso que canta Rocafrida? —Mire usted, nosotros no… —¡Es el colmo! —dijo la extranjera a modo de despedida—, se lo voy a decir a don Dámaso en cuanto llegue a Madrid… Han debido de creer que todas las fuentes frías de España son la de este castillo. —Que barbaridad y cómo se ha puesto la señora. —Debe de ser por aquellos versos que se ven allí. —Vamos a ver. ¿Y quién es ese don Dámaso? —Uno de la Academia. En la lápida de escayola estaban escritos cuatro versos del romance de Fontefrida. —¿Y qué versos debían de haber puesto? —Unos que empiezan:

En Castilla hay un castillo que le llaman Rochafrida al castillo llaman Rocha y a la fuente llaman frida…

—Pero tampoco es para ponerse así. —Ea, si la mujer se lo ha estudiado bien y ahora ve esto… Y es que hay por ahí cada erudito en equivocaciones. Durante más de una hora rastrearon por los caminillos y recodos que hay hasta la carretera, sin que Plinio viese Seat alguno ni hombre con pelaje argentino. Al filo de mediodía, y para cambiar de condumio, decidieron llegarse a la Ossa, para que las mujeres probaran los galianos que allí prepara Santillana. Volvieron a encontrar el burro muerto junto a la cuneta. Unos cuervos, al oír el motor, levantaron el vuelo. El restaurante está a la entrada del pueblo. Junto a la puerta había algunos coches estacionados. Pasaron primero al bar, saludaron a todos y se confirmaron de que había galianos preparados. Ya en el comedor se sentaron junto a un ventanal, por el que entraba un sol delgado, un sol limón, que llenaba los platos y los vasos, los panes y saleros, y trepaba por los brazos y los hombros de la hija de Plinio, hasta metérsele por el escote con guiño sicalíptico.

Para hacer boca pidieron vino de la Cooperativa de Tomelloso y berenjenas de Almagro, que vieron comían los de una mesa próxima, con muchos chorriteos y colgar de picante. —Galianos. ¡Huy, qué buenos, madre! —Espérate que los arreglen y luego hablas. —Es que hace mucho tiempo que no los comemos. —Es muy difícil hacerlos bien. Mi abuelo fije maestro galianero. —Tu abuelo Matías fue perito en tortas de pastores (siempre lo decía mi padre), pero en el pueblo el verdadero maestro en la cocción y punto del guiso fije mi abuelo Plinio el Viejo. —Hombre, ¿cómo no? ¡Estaría bueno que mi familia ganase en algo a la tuya! —Si no es que lo diga yo, Gregoria. Había un refrán en verso que se cantaba en las quinterías:

Al mejor galianero de Tomelloso le llaman Plinio el Viejo, … aunque sea mozo.

—Entonces no digas más. Dejemos a mi abuelo Matías como el mejor tornero y en paz… Era yo muy chica cuando murió, pero todavía recuerdo verlo amasar la harina sin levadura, con agua y sal, sobre una piel de oveja extendida en el suelo. De rodillas y arremangado, trabajaba la masa hasta dejarla en la dureza y espesura que él sabía, sin quitar el ojo de la hoguera hecha con romeros, cagarrutas y cajones secos, que hacen la brasa ideal para cocer las tortas de pastores. —Vaya mezcla de aromas y de pestes, madre. —Sí, exactamente excrementos de ganado ya secos, que llaman sirle, junto con leña de romero aclaró don Lotario. —Y cuando la masa estaba en su punto y en figura de tortas de dos cuartas de anchas y un dedo de recias, las metía entre dos capas del rescoldo de la hoguera de sirle y romero, que es muy liviano. Y así las tenía hasta que a su nariz llegaba el olor del punto. Entonces, las desarropaba del cisco, y las sacaba tan finas, con sus bulloncicos tostaos, el borde más recio, y algunas ampollejas cubiertas con álgaras o biznas ronchonas… Cómo me acuerdo de aquel olor de las tortas de pastores recién hechas en el ejido de la quintería. —Bueno, ya que has contao lo de las tortas de pastores que era la especialidad de tu abuelo Matías, déjame a mí que cuente cómo hacía los galianos mi abuelo Plinio el Viejo y así tenemos la comida completa. —Nos están ustedes poniendo a don Lotario y a mí la boca hecha agua. —Escucha, Alfonsa. Primero, en la sartén grande, hacían un sofrito de jamón y cebolla. Cuando estaba en su punto, le echaban los conejos, perdices y liebres, en la cantidad que pedía el número de comensales. Parece que lo veo removiendo el cucharón, dándole la claridad de la llama en la cara. —Oye, Manuel, y deja que te interrumpa. Estoy pensando, ¿por qué en el cantar decían que tu abuelo era mozo? —Porque se llamaba Mozo de segundo apellido. —Es verdad. —Cuando los trozos de caza empezaban a dorarse, echaba un tomate, y en seguida lo rehogaba todo con un vaso de vino. Y ya así, apaciguado el freír con el blanco, cubría bien con agua toda la fritanga de caza y tomate, le echaba una cabeza de ajos, un ramillete de tomillo y dos hojas de laurel, y lo dejaba cocer todo tres o cuatro horas… Entonces, apartada la sartén, sacaba las tajadas de carne, y echaba al caldo sólo las tortas troceadas a pellizcos. Luego los conejos, liebres y perdices deshuesados y ya dejaba hervir todo junto hasta darle punto cabal. »Punto que estriba en no dejarlos secos ni caldosos, sino asociación muy aparente de trozos de carne y de torta, entre una sustancia espesorra sabrosona. Los galianos son comida de mollas, porque los huesos de la caza quedan fuera, y sólo conviven entre tantos sabores la carne blanda, casi filachá y las tortas hechas sopas blandorras y sustanciosas. —Pero te dejas muchos detalles, Manuel. —Hombre, como que yo hablo, no guiso…

En esas estaban cuando llegó el mozo con la gran fuente de galianos color oro sucio, rezumando olores de tomillo y laurel. Entre los amarillos de la torta dos veces cocida, la carne deshuesada. La Gregoria empezó a hacer platos. El mozo trajo dos tortas enteras de pastores, para ayudar al moje. Y entre el sol tan fino que se echaba sobre el mantel, el manjar y los cubiertos, se alzaban los humos saludadores. Movían las cucharas y los vasos de tinto, se abrían y cerraban las bocas complacidas… y por un poco tiempo, el rito de vivir tomaba empaque maestoso y casi feliz. Después del café se volvieron a paso lento, viendo las aves seguir el camino del solespones. Ya a la altura del carreterín que lleva a Tomelloso, apreciaron miles de pájaros, en bandadas lisas y anchísimas como banderas gigantes sacudidas al aire, que iban y venían haciendo estrecheces y anchurones; lutos tupidos y de pronto mantillas clarionas por el esparcimiento de las aves. Era un juego precipitado de ires y venires el de aquel cortinón de piares, que tan pronto se alzaban a cielos superiores, como rozaban las barbas del candeal. —Cucha, cucha, coño. Pare usted don Lotario.

De pronto, parecían súbitamente orientados, y toda aquella tropa se disparaba con sus miles de alas, hacia un punto remoto en las alturas. El cielo quedaba limpio y sin piares… Y al minuto reaparecían como negrura enorme, tirada desde algún avión o mirador celestial, que venía a encobertar a los del suelo. —Qué pájaros locos, madre. Nunca vi nada así. Hubo un momento que bajaron tanto, y tan piando, que el coche y el paisaje quedaron salpicados de trinos rebotantes… Por fin, organizados como flecha anchísima, apuntaron hacia poniente, bajo el cielo ya casi rojo. Enseguida quedaron lejos, cometa pequeñísimo.

Al anochecer y poco después de los osseros, empezaron a llegar curiosos al bar del hotel con el propósito de tomar algo y esperar la hora de las voces. Visita inesperada y temprana fue la de Braulio, el Faraón y don Ricardo el director del Instituto. Antonio el Faraón, al ver sentados ante una mesa a don Lotario, Plinio y sus mujeres, dio un vozarrón para remedar las de medianoche. Don Circunciso, en su mesa de siempre, con el whisky, el jamón y su «Vida», puso cara de muy mal genio al oír la gamberrada. —Anda con Dios, lo que faltaba — entresuspiró la mujer de Manuel. —Esta noche, que el gran jefe Plinio va a descubrir al autor de las voces tormentosas, pago yo cuanto tome la tertulia. —Venga, Antonio, no bromees y ten compostura. Los hermanos Riofrío, que cenaron al atardecer se sentaron donde solían tomar la manzanilla, y muy juntas las caras, cuchicheaban sin parar. Cuando uno hablaba, la otra escuchaba con aire muy concentrado y siseando mucho con la cabeza y al revés. —Pues sí Manuel, no nos vamos de Ruidera hasta que no descubras la boca que da las voces. Yo me he echado tres mil duros en el bolsillo para pagar las pensiones de todos hasta que surta el hallazgo —volvió el Faraón.

Como Braulio cuchareaba del café con los párpados bajos y el gesto de mucha concentración, le dijo Plinio: —¿Y tú, Braulio, qué rebinas? —Poca cosa, porque este paraje me disminuye mucho el pensadero. —¿Es que no te gusta Ruidera? —Sí que me gusta, Manuel, pero me da miedo. Mejor dicho: aprensión. Cuando el sol cae y las aguas se oscurecen sin otra manifestación que algún reguerín de luna, si la hay, doy en sentir que se acaba el mundo y me quedo solo en este laguerío esperando la canoa de la muerte… Por estas tierras vino siempre mucho loco, pues alteran el alucinatorio y se siente uno prójimo de los que inquilinan en el más allá. —Ya está este con sus muerterjos. Como que no da gusto bañarse en las aguas tan claras, luego comer como Dios manda, y más después echar una siesta bajo los pinos esos que tienen encarcelados los de la luz. —Hombre, Antonio, si yo de día no le pongo reparos a Ruidera. Mi aprensión es de noche, cuando cobra ese empaque de panteón, los espejos del agua se anegran, choquetean las alas de los pájaros luteños, se oyen los casqueríos de entre lagunas, y la luna da a las aguas color de lápida… De verdad, Antonio, que este paraje de noche siempre tuvo poder fantasmal. Ahora ya, con las luces y los edificios que han hecho inspira menos respeto… Mi abuelo contaba que, en las guerras carlistas, una moza que se volvió loca porque le habían quemado al novio en una hoguera de pinos, se escondió entre los bosques que entonces había, y vivió muchos meses sola y llorando. Cuando se le destrozó la ropa, vistió de ramas. Y por más que le hicieron ojeos los paisanos, no la conseguían. Se hizo tan ágil, suave de paso y oreja, que apenas oía ruido humano corría como zorro hasta los lugares menos sabidos. En las noches se oía su llanto sobre las aguas negras. Y murió tostada como su novio.

Porque una noche que se prendió fuego el monte, la vio de lejos un casado que la deseó siempre, y con astucia trepó hasta ella. Cuentan muchas versiones de cómo lo recibió y de lo que pasó entre ellos. Lo más seguro es que el casado quiso aprovecharse de la serrana, que era más pura que una torta de pastores. Y al no poder resistir ella el empuje del adúltero, simuló que cedía, lo abrazó a gusto, y se dejó caer de espaldas sobre la hoguera sin desasirlo. Prefirió matarlo y morir entre llamas, a perder el virgo… Encontraron los dos esqueletos sobre las cenizas. El de él encima y anudado tensamente por la nuca con los brazos de ella. —Como doña María Coronel —dijo el catedrático, la que con fuego mató sus fogueras. —Pero aquí, jefe Ricardo, las que mató fueron las fogueras de él, porque ella, según la historia, sólo quiso a su novio, el tostado por el enemigo. —¿Y el novio qué era, carlista o liberal? —Qué más da, compadre veterinario; la raza es la misma en todos los costados de esta España de nuestros dolores. No hay ideologías buenas e ideologías malas, sólo penuria mental y almas recocidas… Cuando hay guerras nadie sabe cuál es el bando campeón de sangres… Claro que el tiempo siempre es progresista. Cuando acabó Braulio sus patéticos decires, quedó la tertulia meditabunda, como si un refrior histórico dominase las médulas. Menos mal que el run run cada vez mayor de los que acudían a la barra deshizo la aprensión y los humores volvieron a su tono.

Los dueños del hotel hablaban con unos y con otros y ayudaban a servir en el bar. No cesaban de llegar tomelloseros, argamasilleros de Alba, manzanareños osseños, fuenllaneros y villahermosos. Las Reinas, madre e hija, paradas en la puerta del bar que daba al hotel, buscaban con inspección altiva donde sentarse. En vista que no había sillas ni quien se las ofreciera, la madre, con gesto de reina gobernadora, dijo en voz alta: —Señor hostelero, por favor. ¿Es que no hay asientos para dos huéspedes fijas de esta hostería de mierda? Tal fue el grito, que la gente calló, y quedó mirando a la Reina hierática. —Señora, perdone, pero creo que se han acabado ya todas las sillas que había a mano, y no puedo obligar a nadie a que se levante… Y sobre todo, no admito insultos, por muy huéspedes fijas que sean. —Por favor, por favor —dijo la dueña—, voy a la cocina a ver si encuentro algunas. —Señora, mi hija y yo no nos sentamos en sillas de cocina. Plinio y don Lotario, que habían hecho ademán de ceder su plaza, al oír aquello se resentaron con adustez. —Pues lo siento mucho, pero si no quieren sillas de cocina tendrán que estar de pie si continúan en el bar. —Ni en el bar, ni en el hotel. Haga el favor de darnos la factura inmediatamente. —Está bien —gritó don José, y salió seguido de las dos Reinas. Apenas idas, comenzaron los comentarios. —Esas dos tías son de los tiempos de los duros de plata —dijo el Faraón. Don Circunciso, a pesar de que debía de sentirse enormemente incómodo con tantas voces, apreturas y bacinerías hacia su corta persona, parecía dispuesto a aguardar la función voceadora de aquella noche.

Plinio echó un ojeo y comprobó que de los huéspedes fijos faltaba don Eusebio el pescador, el matrimonio con hijos pequeños, y la señora estupenda que llamaban Gala. El coro de los justicias, por miedo de perder el sitio, cenaron de tapas allí mismo. Junto a una ventana se situaron Blas y el de Argamasilla con sus magnetófonos. Se veía el cielo capotón con algún relámpago lejano. El ahogo era grande, y los Plinios comisqueaban rodeados por todos lados. Las mujeres tomaban las cosas ya con bastante serenidad. Apenas dieron las once, Plinio y don Lotario decidieron hacer su descubierta. —Volvemos al contao —dijo Plinio a los suyos por toda explicación y, sin más, salieron entre los empujones y las caras interrogativas de algunos rodeantes. Pero ante la escena que se desarrollaba en recepción, no tuvieron por menos que detenerse. Doña Margarita madre, con las manos juntas, decía con tono de función: —Don José y doña Josefa, por el amor de Dios, no permitan que dos damas desvalidas tengan que salir a tales horas de la noche de este hotel señorial, a merced de la alimaña que da las voces… Confieso que me excedí por tanta descortesía… Pueden cobrarme el doble si así lo desean, que medios no me faltan, pero no nos ponga en la calle, por sus antepasados se lo pido, don José… En nosotras tienen ustedes dos servidoras fraternales, dos admiradoras de este negocio noblemente turístico…

A Plinio y a don Lotario les hubiera gustado seguir allí para ver completo aquel paso de comedia antigua, pero el tiempo les apremiaba y salieron después de hacerle un visaje al hostelero, que con la factura en la mano no sabía qué réplica dar a la transición de las Reinas. Salieron a pie hasta la carretera. Había una especial calma y, entre las nubes densas y corredoras que se copiaban en las lagunas, de vez en cuando la raya de un relámpago, que luego se hacía ruido lontanero. Rebasaron el pinar con la laguna cautiva, pues les pareció sitio demasiado próximo, y anduvieron despacio, sin hacer ruido, echando ojos hacia todo el contorno. No se veía un alma. Los curiosos andaban en el bar o en las ventanas de los pocos apartamentos que había ocupados. Nadie se lanzaba a andulear a aquellas horas. Iba Plinio pegado al lado de las lagunas y don Lotario al del monte. El cielo se cerraba por momentos y el silencio se hacía más fino. De pronto se abrió un relámpago universal, rápida la redundancia del trueno que meció los montes, y unas gotas calientes llenaron de sarpullidos sonadores la laguna. Y a poco, el caer fue tan recio, que no se veía laguna, lentisco, ni perfil de monte, a no ser cuando repetía relámpago cresteando el cielo. Plinio y don Lotario, metidos en una oquedad del monte y alejados de los pocos árboles de por allí, aguantaron la caladera con los brazos cruzados y las barbas en el pecho. —Esta noche —dijo don Lotario— con semejante aparato, ni voces ni na. —Pienso en lo que dirán de nosotros las mujeres.

Tan fuerte era el empujón de la nube, que en seguida se sintió correr el agua sobre la carretera pendiente. A pesar de estar muy pegados al monte, el agua les venía abondo. —No te creas que el acierto… —No me diga usted. Y así de mojaos no hay quien investigue na. —Como decía un pastor de mi tía cuando tronaba: «Santa Bárbara, vuelve el culo pa otro lao». —Es tormenta muy madrugadora, pero bien acelerá. Tardó en amainar y hacerse un poco de luz en el cielo. Tiempo suficiente para que Plinio y don Lotario chorreasen como canalones. El Jefe se llevó la mano miedosa al bolsillo de la americana y halló el paquete de «caldo» hecho un estropajo. —¿Qué hacemos, Manuel? — preguntó el veterinario con voz casi de lloro. —Ya metíos en agua, esperemos a ver si vocean. Aumentaba el refrior del cuerpo, y don Lotario sacó unos Celtas que preservó en el bolsillo del pantalón. Consiguió encender. A la claridad que crecía se veían cruzar pájaros nocheros. Tornaba la paz a las lagunas, y al oído las escorrentías que con la calma cobraban serenidad de cantos reidores o calderones, según el desnivel.

Plinio miró el Acutrón a la luz del mechero y vio que faltaba muy poco para las doce. —La cosa está al caer… si es que cae. —No me imagino desde donde pueden vocear por aquí. —Yo tampoco. —Lo cierto va a ser la pulmonía. —No será tanto. —Joder, si tengo mojá hasta la camiseta. Don Lotario se echó el aliento en las manos húmedas. Y cuando Plinio chupaba el cigarro con mucha profundidad y agachando la cabeza para que no le cayesen gotas de agua sobre la brasa, como un desgarrón, asedado por la distancia, sonó el grito una sola vez: —¡Aaaaaaaaaaaah! Una sola, pero con rabia superior al de la última noche. Sin respirar aguardaron un segundo más. —Ya… Esta noche no lo han oído desde el hotel. —Entonces hemos hecho bien en salirnos. —No sé que le diga… —Venga, vámonos ya. Torpes por el peso de la ropa, siguieron el camino casi a tientas, porque el cielo se emborronaba de nuevo. Iban callados, con los pasos cortos y el oído presto.

Unos doscientos metros más allá del refugio oyeron algo. Plinio puso la mano sobre el hombro del veterinario para que se detuviese. Fue el golpe de la puerta de un coche. En seguida el ruido del motor y unos faros encendidos. El coche después de salir de una parte muy próxima venía hacia ellos. Se pegaron a un lado de la carretera. Hubo un momento en el que la dirección del coche titubeó. Pero el conductor optó por apagar los faros y rebasarlos a gran velocidad. —Los cabrones no han querido que viésemos la matrícula. —Ya. —¿Y sabe usted lo que le digo? —¿Qué? —Que quienes van en ese coche saben quiénes somos. —Tal vez lleves razón. —En fin, algo es algo. A lo mejor el remojón no ha sido en balde. —¿Tú crees, entonces, que esos o ese son los de las voces? —Yo no digo eso… Pero más cerca andaban de ellas que nosotros. Friolento y chapoteando sobre el agua de sus propios zapatos, volvieron al hotel sin perder la vigilancia. Todavía antes de llegar cargó otra vez la artillería del cielo y reincidió el chaparrón, aunque más piano. —¿Habéis oído vosotros algo, jefes? —se adelantó a preguntarles Honorio.

Plinio asintió con la cabeza. —¿Sí? Pues aquí ni letra. —No me extraña porque esta noche ha sido bastante lejos. —¿Y habéis visto algo? Plinio dudó un momento: —No… —Te parece si y cómo se han puesto —ausionó la Gregoria. —Nos pilló la tormenta. —¿Y las voces eran como las de las otras noches? —volvió Honorio. —Sí… Ta vez más tristes. Pero sólo una. —Pero suban ustedes al contao a cambiarse de ropa, que así van a coger una pulmonía, padre. El enanillo seguía sentado a su mesa, con el «Vida» al lado y echando reojos muy serios a unos y otros. Las Reinas, que por lo visto habían superado la trifulca con los del hotel, estaban medio encajonadas junto al futbolín. En la barra seguía la animación de copas y cafeses, unos segundos suspendidos durante el diálogo de Plinio y Honorio. —Venga, muchachos, cambiaros pronto y tomad algo caliente. Nosotros nos quedamos a dormir. ¿Dónde vamos a ir con lo que está cayendo? —dijo el Faraón. Plinio, ya en el cuarto, con la luz apagada, se asomó a la ventana y miró hacia todos lados. Se desvistió sin dejar la vigía, pero nada anormal se oía ni veía. Se secó bien con la toalla y se puso un jersey largo. Ya caldeado encendió un «caldo» de los que tenía en la maleta. Hasta que no fumaba tabaco de hoja no se sentía conforme. Echó otro vistazo por la ventana y, con gesto de no comprender, se bajó. El veterinario ya estaba en el corro con otro traje, su corbata y todo. Les pusieron café caliente con coñac del pueblo. Plinio vio que ya no estaba el enano. —Para una noche que venimos nosotros dijo el Faraón se llevan las voces más allá. No te creas que… Es que no damos una. Venga, tomamos unas tortejas de Alcázar para rehacer calorías. —Siempre tomando, siempre tomando —dijo de pronto Braulio con una exaltación que no venía a cuento. —Anda la leche y con las que salta este. Pues mejor es tomar que dar —dijo el Faraón. —Y es que nos creemos que el cuerpo tiene tantas necesidades como inventa nuestra fantasía, y nos pasamos el día echándole cosas calientes, cosas frías, humos y salivas. La tradición de las hambres, nos hace creer que el cuerpo siempre tiene que estar lleno, que el descanso de la tripa es la muerte y no damos paz al diente ni a la lengua. En vez de pensar sobre la vida y observarla como episodio tan corto y misterioso que es, sólo sabemos pasarla ensilando. Yo me imagino el cuerpo en su tiniebla de tubos blancos y depósitos húmedos, harto de recibir tanto pan y tanto campanaje, tanto vino, leche y demás caldos bebibles. Pobre cuerpo, qué trajín de zurrires, qué entra y saca de cosas innecesarias. La mayoría de los mortales son un tubo digestivo puesto en pie, sin otro pensamiento que hincharlo, ni otro remedio que el sueño, ensayo diario de la función muerte. Todo nuestro furor y energía lo empleamos en defender el ensile y el reposo. Millones de seres humanos viven para comer y holgar, sin hacer nada para que mejore la vida de los sucesivos. Sólo los pocos sabios que en el mundo fueron son, mandaron esas preocupaciones a la rinconera de lo imprescindible y trabajaron por el bien humano, o por descubrir la gran incógnita del ser aquí, y del ser o no ser al contao del tránsito. Desde que nacemos sólo nos enseñan a cosear, a ir detrás de menudencias y condumios, dejando el gran problema de la ultravida… si es que lo hay. O al menos de componerse una mejor convivencia entre los que venimos sin saber por dónde. —Oiga, señor Braulio, eso de que no sabemos por dónde vinimos, es negar la evidencia —saltó el Faraón— porque cada cual, por poco que le viviera su madre, sabe su procedencia y hasta el rodal exacto por el que le echaron a la luz.

Braulio quedó con el gesto confundido como siempre que le interrumpían y, al fin, afilando los ojos con rabia, dijo: —Señor Faraón, cuando como en tu caso no se está en condiciones de entender mis parlas, lo menos que puede hacer uno es callarse y no salirse con interpretaciones virulas. Comprende para siempre que entre tu mente y la mía hay diferencias montescas. Y cuando yo hable, al menos por un respeto, aunque no entiendas, porque la tripa te llega hasta el pescuezo, no me salgas con sandunguerías carnavaleras. —Oye, amigo Braulio, que ya estoy harto de oírte presumir de la talla de tu cerebro y de creer que los demás, y yo el primero, somos atajo de berzas. Y ya que te aguantamos esos discursos tan hartones, déjanos al menos que respondamos a nuestro aire, para así poder sobrellevar la carga de tu maestría… Que nos tienes hartos a todos los del pueblo con tanta toma de palabra y sabihondeces. —Un momento —terció el catedrático—, Faraón que aquí el amigo Braulio es de verdad hombre de superior inteligencia y mejor decir. Y cuando él habla, quien quiera escucharlo por lo que fuere, debe marcharse o callarse pero no salirle con respuestas rebajadas. —Gracias, don Ricardo. —Tampoco la cosa es para ponerse así —remontó Plinio—, porque si es verdad la superioridad de Braulio, y que es de gusto y provecho escucharle, también lo es que estamos en un pueblo de gentes sencillas y con pasares muy repetidos y hay que hacerse consentidor de preguntas, chistes y respuestas que, aunque no vengan muy a pelo, están faltas de mala intención. —Lleva razón, Manuel, y ruego al amigo Antonio el Faraón que me perdone la demasía. Cuando hablo me pongo un poco fosco, ya lo sé. Y si es verdad que hablo alzado e incluso bien, del pueblo soy como los demás y cada cual tiene derecho a contestar del modo que sabe y de acuerdo con su humor y entendimiento del mundo. Me parece que el orgullo es la más inhumana de las presunciones, porque, dada la miseria que todo hombre arrastra desde la placenta hasta la fosa, es ridículo que alguien se crea mayor que el que tiene enfrente, por muchos atributos imperecederos que crea poseer. Además que yo soy liberal de sangre, y de liberales es oír y comprender a todo el mundo. De modo que pelos a la mar, que amigos somos y la vida estrecha. ¿De acuerdo Faraón? —De acuerdo hermano Braulio. Y conste que me gusta más oírte hablar que a mi hija reír, pero a veces me aprietan las chisterías y hay que dejarme desahogo, porque, como dice aquí el amigo Manuel, es sin mala intención y creído que gusto a todos. Además, y no es mentira oportuna, Braulio, te quiero más que a mis entretelas. —Así se habla, Antonio. Y así se habla, Braulio —dijo Manuel. Algunos de la barra se habían acercado al corro al oír la discusión, pero los más, desanimados por la falta de voces y aventuras, desfilaban sin amainar. —Nosotras vamos a dormir ya — dijeron las mujeres. Quedaron los hombres un tiempo sin saber por dónde romper. —Mañana vamos a ir a Villahermosa —dijo el catedrático—, quiero ver la iglesia. ¿Se vienen ustedes? —A… lo mejor sí (Plinio). Plinio, sin encender la luz de su habitación, comprobó que no había carta del enano. Cerró y se acodó en la ventana abierta. Había dejado de llover. No se veía nada. Sólo de cuando en cuando el parpadeo de un relámpago. Las luces de dos ventanas del hotel que daban a la Colgada, las apagaron con poco intervalo. De vez en cuando echaba un reojo al reloj. No se oían cigarras ni pájaros. Sólo atenuado, el ruido cantor de los torrentes lagunarios. Alguien empezó a roncar con mucha grandilocuencia en el cuarto inmediato.

El depósito del cuarto de baño goteaba. Plinio dio una cabezada. Se rehizo. Y en seguida le sobresalió, como hacía noches, el ruido muy discreto de una ventana que cerraban abajo. Se puso en tensión. Levantado de la silla, con los labios apretados, lio un cigarro. Sería el último de la noche. Ya estaba bien de pitos. Le dio dos chupadas y lo despachurró sobre el cenicero. Se quedó en calcetines. Abrió la puerta de su cuarto con mucho pulso, y salió. La luz del pasillo y escalera estaban encendidas. Bajó haciendo oído. Todo el hotel dormía. Llegó a la planta baja. En aquel pasillo las luces estaban apagadas. Bajo una de las puertas flotaba cierta claridad, como si estuviera encendida la luz lejana de la mesilla de noche. De pronto se oyó el correr de un grifo. Esperó. Otro ruido de un vaso. Por fin cesó el grifo. Desapareció la claridad leve y abrieron una puerta, sin duda la del cuarto de baño. Quien allí andaba iba descalzo y sin encender la luz de la habitación. Lo que él creyó luz de mesilla era del baño. Ya no se oía nada. Esperó todavía un buen rato. Según la cuenta, la ventana de aquella habitación daba a la laguna. Apartándose un poco encendió el mechero y miró el número. Era el 10. Quedó pensativo. Realmente no podía entrar. No fuera acolarse. Volvió por el mismo camino. Al llegar a su cuarto miró la lista de huéspedes. El número 10, como él suponía, lo ocupaba la psicóloga, la vecina de su mujer y su hija, Gala la tremendona. Encendió la luz y se desnudó muy despacio, haciendo cábalas que no veía claras.



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