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HIMNO A TOMELLOSO

domingo, 22 de octubre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 2ª Capitulo



A media mañana, por la carretera de Argamasilla, si iría el Seat de don Lotario a sus sesenta por hora. Delante, el veterinario y Plinio. Detrás la mujer y la hija del jefe. Plinio, de paisano, con la boca apretada y los ojos entornados, pensando, él sabría en qué. Y don Lotario, haciendo memoria si era aquella la primera vez que llevaba en su Seiscientos a las mujeres de Manuel. La Gregoria, sin acabar de explicarse tan rápida excursión a Ruidera de toda la familia, incluido don Lotario, como no podía ser menos. Y la hija, como siempre que iba en coche, abstraída tras la ventanilla, sintiendo que ideas muy varias y evanescentes pasaban por su magín con la misma rapidez que los aledaños de la carretera.

Aquel paisaje de llanura absoluta no lo comprende casi nadie. Hace falta mucho acomodo de los ojos. La gente ante el paisaje va al bulto: árboles, montes, valles y lomerales. Los viajeros de toda la vida se aburren al atravesar las llanuras manchegas, camino de Levante o Andalucía. Van en tren o en coche, con los ojos inexpresivos, por aquellas tierras que consideran paso forzado hacia destinos más amenos. No conciben el paisaje sin anécdota, sin los esquemas convencionales. Ante el rincón verde con vacas bucólicas el viajero entorna los ojos. Ante las montañas amenazantes, hacedoras de valles y desfiladeros truculentos, se le encoge el ánimo y piensa en fábulas épicas. Ante los campos rimados de montes suaves, de olivos trepadores o bosques de pinares y alcornoques, recuerda melodías conocidas. Pero en la llanura manchega se adormece, no la ve. Allí el paisaje no sale hacia el cielo, no son relieves que hagan mimos líricos o medrosos. La llanura manchega parece hecha para soportar el cielo en sus bordes lejanísimos. No es naturaleza que sale, que salta. Es tierra que está, que aguanta. Es plataforma ¿de qué? De lindes sin sombras. De un aire inmedible. El paisaje, en aquellos días de primavera, era cuadrantes de siembras ralas; de cepas que empiezan a romper, entre surcos rígidos.

Longuísimos barbechos, pardos, grises. Gamas de ocres y verdes tímidos. Suelo total, alfombra sin arruga, cuyos colores amortigua la extensión y el cielo limpio. Allí el prodigio no se consigue con alzas del terreno. Lo logra la luz, la luz igual, que todo lo adelgaza y espirita; que cuaja una cromía diluida, casi gaseosa. La evaporación, las anchas lejanías, el alumbrar tan uniforme del sol, hacen pensar que todas aquellas infinitudes están pasándose al cielo. O que el cielo y la tierra se reflejan mutuamente porque allá en el horizonte no se sabe bien si el cielo está sembrado o la siembra está hecha cielo de tan parecidos celestes- verdes, verdes-celestes, pardoscelestes, celestes-pardos. Todo cobra a lo lejos suspensión en la llanura y no sé qué plenitud atmosférica, cristalina, irreal. La figura lejana que avanza por la linde, el tractor de más allá, el labrador que ara tras la mula, parecen modulaciones del terreno o creaciones del aire. Figuras más lejanas de lo que están realmente, arropadas con las infinitas cristaleras que el aire pone sobre tan dilatada planicie. Los ojos, fatigados de tierra plana y cielo azul, se obsesionan con aquellas figuritas que apenas se mueven… Y solamente, de vez en vez, como un espejo perdido y fugaz, brilla el acero de una azada o rutila la cal de una casita desnuda. El paisaje manchego es sordo, sordo y mudo. La campana del cielo ha hecho el vacío sobre él. Nada se oye en la llanura. El labrador y el carrero no cantan, y si cantan su voz no llega. El aire tan libre y ancho es como la voz a flor de labios. El carro que traquetea, la esquila de la mula, el son del tractor y el ladrido del perro se pierden apenas sonados. A veces, una ráfaga de aire dislocado nos trae un chorrillo de palabras, traqueteos, motores y ladridos, que pasan veloces junto a nuestro oído, para perderse en seguida en la anchura que sigue… En los días de verano zumba el sol. En los ásperos, un aire largo nos aleja nuestra propia voz. A fuerza de no ser paisaje al uso el de estas llanuras, de ser imaginación de la tierra y forro del cielo, el terreno en primavera, como en el desierto, crea espejismos de paisajes figurativos para contentar al viandante aburrido o al pintor buscador de anécdota. Los vapores de la siembra, de la tierra yermal y del viñedo, se aglutinan y toman forma de casas con árboles, reflejados en un río inexistente.

Espejismos que ondean en el lejano horizonte, como protesta de la llanura que, cansada de jugar a matices por unos momentos se concede en tópico… Sólo un pintor español, López Torres, ha sabido ver este ser tembloroso y vientero del paisaje manchego, estas llanuras siempre en evaporación, rielantes, que hacen de gas las figuras y todo lo llenan de zonas transparentes, distanciadoras, matizadas. Ni Sancho ni don Quijote pudieron ver este paisaje. Sabían que pasaban tierra llana, pero para ellos no había horizonte. Todos aquellos lienzos de tierra tan a nivel estaban cubiertos de monte bajo, de carrascas cenicientas, de verdes viejos, que le quitaban profundidad. Sólo en los ejidos de los pueblos, el remedio de cereales y algún huerto, despejaban las encinas y la chasca del suelo. Hasta que llegó el desmonte no se descubrió la repisa de la llanura y sus miradores. Todavía de vez en cuando, sobre aquellos planos solitarios aparece alguna encina con los ramos al viento, clamando sus cuitas al cierzo, haciendo su solo patético ante el horizonte sin lindes… Encinas que a poco que te alejes, por la masa del aire, no sabes si son reales o un espejismo más.

No es paisaje de encuentros súbitos, de retablos, y corros imprevistos. Al que viene se le ve apuntar desde muchos surcos y el que se va nunca acaba de desaparecer. El hombre que va en el carro, en el tractor o la bicicleta, lleva cara de no mirar. Va sin temor a sorpresas. El llanero manchego fue siempre hombre de pensares solos, de gesto inexpresivo, de caminos y labores sin misterio… De vez en cuando, una casa blanca, casi diluida en el aire; un bombo, un descardenchador, muchas ovejas. ¿Qué se mueve junto al pozo? Y la llanura sigue detrás, delante y sólo deja imaginar.

Por la carretera de Argamasilla, antes de llegar al pueblo y torcer hacia Ruidera, cambia el panorama. Ya vas al hilo del Guadiana. Del Guadiana siempre enjuto, y ahora más por el Pantano. A la derecha, los chopos y álamos del río; y hacia la izquierda, la terca llanura que sostiene a Tomelloso, que sigue sin un pliegue hasta Socuéllamos, Pedro Muñoz y Campo de Criptana.

La biografía de las aguas es rarísima en este rodal de La Mancha. El que haya unas lagunas tan nórdicas y hermosas en tierra tan poco lagunera como es España, y no digamos en esta altiplanicie manchega, ya es notable. Pero la manera que tiene de comportarse el Guadiana desde su alumbramiento hasta renacer en los Ojos del Guadiana, junto a Daimiel, supone la historia de río más única que se conoce. Y es que en la Mancha —la gente no se fija— todo es bastante raro. Desde que el Guadiana toma forma de río y deja las lagunas sucesivas, después de la Cenagal, ya pasada la aldea de Ruidera, y empieza a caminar enclenque por todos aquellos campos de Montiel, sin mayores fuerzas antaño, que para mover los molinos del Membrillo, el Curro, Santa María, San Juan, San José y ahora, para llenar cuando puede la presa del Pantano de Peñarroya, es toda un crónica. Río canijo, cruzable en dos brazadas, que discurre entre juncos: el negro, el común, el bolita, y el de sapo.

Entre bayunguillos y juncias redondas o castañuelas; a veces flanqueado de álamos blancos y negros, chopos lombardos y bastardos. Y así que sus estrechas aguas alcanzan la gran anchura de San Juan, tierras calizas y esponjosas, empiezan sus filtraciones, y fatiga. Cruza el pueblo de Argamasilla sin aliento y, al llegar al molino de la Membrilla, lo traga la tierra y bajo ella camina siete leguas hasta resalir, como lágrimas abundosas, por los Ojos del Guadiana, allá por Daimiel. Ya decía Plinio el latino, y no Manuel González el de Tomelloso, que el río Anas tenía en la llanura un puente de siete leguas sobre el que pastaban los rebaños. Sin embargo, los sabios posteriores, aseguran que esas aguas resurgentes que lavan los Ojos de Villarrubia, no son todas las que se tragó el terreno por las llanezas de San Juan, del Guadiana alto, sino que una buena parte son recaudo de las nuevas filtraciones de las lluvias en el llano manchego. Es decir, que aquel Guadiana que renace junto a Daimiel, y engorda en su largo camino hasta pasar por Badajoz y Portugal como río señor, tiene poco que ver con el abortillo de tan anchurosas lagunas, lleno de vicisitudes y escamoteos. —Oye, Manuel ¿y tú crees que esta noche se oirán en la Colgada esas voces tan misteriosas que te dijo el alcalde? Plinio le hizo un gesto disimulado para que no hablase del tema, pero don Lotario, con la fijeza puesta en la carretera, no lo advirtió. —¿De qué voces habla usted, don Lotario? —preguntó la hija de Plinio incorporándose hacia el respaldo del veterinario. —Que por lo visto, de unas noches a esta parte, está la gente del hotel muy asustada, porque grita una voz misteriosa. —Vaya, vaya, Manuel —saltó la Gregoria— ya me extrañaba a mí tu repentina fineza de traernos a Ruidera. No será porque no se lo dije a esta: Milagrillo, que tu padre no vaya a algo del servicio que no nos ha dicho… Si no podía ser. —Atiza, he metido la pata — rezongó don Lotario. —Padre, ¿es verdad eso? —Es verdad, pero me lo dijo el alcalde precisamente cuando fui a pedirle permiso para venir con vosotras. Eso de las voces serán fantasías moriscas de los ruidereños, y yo no tengo nada que ver con ellas. —Es cierto, Gregoria, se lo dijo al pedirle permiso. Además, no compete a la Policía de Tomelloso. —Ya, ya, aunque así sea —reatacó la mujer— como que van ustedes a dejar de fisgar en un misterio como ese, por mucho que competa a la policía de otro sitio. Verás hija como nos dan la temporada. —Tampoco es para ponerse así, madre. ¿Qué más nos da que se distraigan en una cosa que en otra? Nosotras a estar tranquilicas, y en paz. —Sí, tranquilicas. Narices. Estaremos toda la noche oyendo voces agónicas y estos por allí corriendo peligros. Te digo que es como para volverse. —Pero, coño, mujer, ¿a qué vienen esos extremos? Ni esas voces serán tan agónicas como tú dices, ni nosotros correremos peligros, ni vamos a hacerles pizca de caso. —Bueno, bueno, te conozco bacalao y si no al tiempo. —Pues esperemos a ver qué trae el tiempo —dijo Plinio volviendo la cabeza con aire severo y de poner punto a la discordia matrimonial.

Pasados el Pantano de Peñarroya y el Castillo del mismo nombre, la llanura se quiebra, y empiezan las cuestas del Castillo, del Rivero, de la Malena y de Miravetes, tan pecheras y acibantadas, que parece pisamos otra región. Los cuatro auteros iban callados, y cada cual a su manera con la boca tensa y los ojos vueltos hacia el telón de sus preocupaciones. Conforme se llega a Ruidera, ya digo, las cuestas se empinan y las curvas se cierran. El estrecho Guadiana a ratos queda muy alejado de la carretera, tras la barrera de álamos y carrizales. La mujer de Plinio, que debía sentir mareo por tanta rúbrica del camino, se puso los dedos en la frente. La hija aspiraba con gana.

—¿Se marea usted, madre? —No… —No mires a la carretera y cierra los ojos, mujer (Lotario). Plinio pensaba que iba incómodo con las mujeres. Había organizado mal la cosa. A nadie quería él más en el mundo que a las dos que componían su familia. Pero una cosa es el cariño y estar con ellas a gusto en casa o en los sitios naturales, y otra llevarlas al oficio, donde el comportamiento de él tenía que ser distinto. Ellas estaban acostumbradas a verlo, a sentirlo en la paz de la casa o de las holganzas propias de su clase y condición humana, pero así en trance de faena, todo iba a ser de otra forma. Y si no al tiempo. Era la primera vez que lo iban a ver actuar, a aguantar sus teleles y pálpitos, sus entradas y salidas con don Lotario o… solo. Sus rebinaciones y ausencias. Aquellas otras caras que ponía cuando había caso por medio. No debía haberlas traído.

Entraban en Ruidera. La primera laguna que se encuentra, la Cenagal, Cenagosa o Cenaguera, es de poca vista y anchura. Es un feo boceto de laguna. Estaba muy baja de agua. Aguas verdes turbias a aquella hora. Amago de laguna, claveteada de juncos y carrizos. Entre ellos nadeaban patos azulones, gallinas de agua y aves-toro o abotaurus stellaris, que dicen en las vitrinas. Pasaron la centralilla eléctrica que llaman de Mirabetes, y en seguida la Colgadilla, la otra laguna menor, con la que colean las quince grandes que encabezan la Blanca, treinta kilómetros al sur, en terrenos 120 metros más altos, que son la misma ubre del Guadiana. La Colgadilla, algo más alongada, recibe el agua por filtraciones subterráneas de la Cueva Morenilla, y se vierte por la superficie, con un cacho de río, en la Cenagosa. La Laguna de la Cueva Morenilla es la última de las lagunas bajas, que según se viene de Argamasilla, están antes de llegar a la aldea de Ruidera. Son prólogos del lagunario. Pasaron ante la centralita de San Alberto. Cruzaron la aldea, a aquellas horas con poca vida en la calle. Dos mujeres con escobas en la mano hablaban entre sí, y quedaron mirando al coche de los justicias. Como estaba recién pasada la Semana Santa, se veían en las fachadas enjalbegadas dibujones del Domingo de Ramos hechos con pintura verde. Debieron ser obra del mismo «equipo» de artistas y poetas, por la tintura, el tipo de letra y la sinrazón de los versos. Sólo pudieron leer uno:

Cada vez que te sientas
das un respingo.
… Yo sé lo que te duele
desde el domingo.

En la puerta de la iglesia nueva, el cura encendía un pito con aire pensaroso. —¿Qué pensará el señor cura de estos ramos? —se medio preguntó don Lotario. Como nadie le contestaba, echó un reojo por el retrovisor. La mujer de Plinio iba con la cabeza reclinada y los ojos cerrados. La hija la llevaba cogida del brazo. Y el jefe, con el pito entre comisuras, dijo: —No se va a poner él a borrar los ramos. Tendrá que aguantarse y luego decir algo en el púlpito. Las calles estrechas en cuesta. Las casas bajas con cal, la antigua fábrica de pólvora y luego residencia particular. Aldea pequeña y clara, criada a la vera de las aguas y sus lucios, de los árboles que fueron cortados antaño para poder comer. Aldea que pasó de la caza furtiva y pesca solitaria, al trajín del turismo provinciano.

Apenas salir del pueblo, entraron en el camino de las lagunas maestras. La del Rey, de casi un kilómetro de larga y más de trescientos metros de ancha. Honda, clara y verde a aquellas horas. De una quietud enferma sin el menor pellizco de relieve, como dejada por milagro, intocada. La mañana parecía salida de aquellas aguas calmas, verdes clarísimas; de su paz un poco temerosa. Esta quietud verde, azul, malva, rojiza a veces, según las luces, de las aguas quedas, bajo un cielo tan límpido, tienen algo estremecedor. De paz agorera que calambrea un punto el nervio del alma. Algo se ha roto en la armonía de la tierra, para que existan aquellos ojos gigantes, sin parpadeo, sin lágrima, sin reflejo súbito. No se sabe qué muerte cósmica representan. Tanta copia de cielo quedo a ras de tierra, tiene viso de paisaje espacial, solo. De espejo patético que somormujó palacios romanos con deidades frígidas de cabellos rubios.

Los lagos parecen pedir un contorno blandorro y lírico; o tremebundo e infernario. Pero las lagunas de Ruidera están rodeadas de un paisaje manchego, de pocas alturas, sin verduras líricas ni rincones plácidos. Monte bajo, cuñas arcillosas, tierra rota, sin disfrute ni bucolismo. Humildes paisajes de salvias, tomillos y romeros color verde viejo. Esoliegues, marrubios y lentiscos. Espinos, aliagas y velerzas. Paisaje villano y desarreglado, que sin los montes que le talaron, no resulta encuadre adecuado a la suavidad de las aguas. Contraste de rodeos cabrerizos con aguas lunarias. Colación de hadas frígidas entre lentiscos y cagarrutas. Los romanos y romanas blanquísimos que se bañaron aquí, dejaron las ropas terragosas y guerreras en las orillas del lagunario. Este contraste de aguas persas y tierra desmañada cuaja en belleza desusada, que punza con escalofríos chuscos y líricos, negros y luminares, como el viaje de don Quijote entre cabrahigos y murciélagos, hasta el cuerpo insepulto de Durandarte. Sí; no extraña que Cervantes viese este panorama del alto Guadiana como obra merlinesca, que trocó a un escudero en río y a las hijas y sobrinas de la dueña Ruidera en lagunas. Las lagunas son magia tétrica, cuerpos enaguados, insepultos. Un cuerpo de Durandarte mil veces repetido bajo las aguas. Una procesión de muertos palidísimos romanos y carolingios diciendo durante siglos la historia de sus amores frigorificados. Y fuera, las ropas pastoreñas, las monteras y los zurrones esparcidos por los montes, las esquilas oxidadas de mil rebaños seculares entre los lentiscos, como frutos perdidos. Pasaron frente a Miralagos. Y pegada a la Laguna del Rey, la mayor de todas: la Colgada. Casi dos kilómetros y medio de longitud y medio de anchura. Ambas se comunican por un estrecho muro de caliza, de suerte que parecen una, y logran la plenitud de esta cadena de aguas de la Mancha. —Ya hemos cruzado el límite de nuestra provincia con la de Albacete. ¿Qué sientes, Manuel? —le preguntó don Lotario con tono festivo. —¡Nostalgia, don Lotario, nostalgia! Llegaron al Hotel de la Colgada y la dueña, nada más ver entrar a Plinio con la maleta grande de la familia: —Bienvenido, Manuel. Ya sabía yo que no podía usted faltar tal y como están las cosas por aquí.

Plinio, con el traje gris usado, la camisa oscura, sin corbata, la boina y la maleta en la mano, quedó parado con cara de contrariedad por si oían sus mujeres, pero enseguida reaccionó: —Para que usted vea. ¿Habrá habitaciones? —Estamos casi vacíos. Y como sigan las voces dichosas nos tendremos que ir todos. El dueño, don José, llegó con un periódico bajo el brazo. La mujer de Plinio, con gesto tirante dijo algo en voz baja a su hija. Don Lotario esperaba con la maleta breve. Plinio abrió de par en par la ventana de su cuarto, que daba sobre la Colgada. Miró el agua verde clara, transparente. Don José y doña Josefa comentaban tras el mostrador del hotel: —No creas que esto de que venga el guardia es bueno. —¿Por qué? —Verás como se van los pocos que quedan. Ahora va a parecer que todo es más peligroso. —Qué va, les dará más seguridad. —No, un guardia siempre es un guardia. La mujer y la hija de Plinio deshacían la maleta con mucho esmero. —¡Qué silencio, madre!

Don Lotario puso el bicarbonato sobre la mesilla y sin saber qué hacer se asomó también a la ventana. El agua verde clara con mucho sol diluido, le echaba claridades en los ojos y entornó los párpados. Plinio liaba un cigarro y respiró hondo, sin dejar de mirar al tabaco. El silencio completo de vez en cuando lo rompían sones de esquilas alejadas, balidos de invisibles ovejas o la voz corta de un pastor, también invisible. Por la orilla frontera, Plinio veía el reflejo de los montes color verde viejo, que daba a las aguas un tono más bravo y adensado. Las mujeres de Plinio colgaban las ropas en la percha. —Tu padre no se ha llevado nada a su cuarto. —Ya irá pidiendo. Don Lotario se quitó la corbata y sacó unas botas. Así que se acostumbraba el oído a aquel silencio, se percibía el ruido que hacían las aguas de una laguna al caer en otra. En la Colgada vierten las aguas de escorrentía de la Cañada de las Hazadillas. En los días de primavera las aguas de escorrentía se multiplican, los saltos de laguna a laguna se asonoran, y en algunos parajes todo es concierto de aguas saltadoras y escaloneras. Que por eso Ruidera se llama como se llama. Porque es la zona «roidera» o ruidosa del Guadiana. Plinio seguía de codos sobre la ventana acomodándose a aquella paz de ruidos sensitivos, de luces tan anchas y licuosas. Allí uno volvía al sí mismo, al desierto solitario que es, sin más turbanza que el breve esquilear de las ovejas lejanas. Se desvestía de las imágenes de las gentes, vehículos, casas y perros del pueblo, y ganaba romancillas de agua; solos de balido, reflejos que limpian la sensitiva y aguas en las que no nos vemos, pero copian el cosmillo rodeante. Con la ventana abierta se tumbó en la cama.

Don Lotario así que sacó las botas y se quitó la corbata no sabía qué hacer. Dio dos paseos por el cuarto y bajó al bar. Las mujeres se arreglaban el pelo. —¿Se le pasó el mareo, madre? —Nada más bajarme. En el bar rodeado de cristales tomaban café los cuatro. Sólo ellos. El chico de la barra limpiaba unos vasos con mucha calma, mirando a otro sitio. Junto a la puerta, coches estacionados. El viaje los había dejado algo varados. O tal vez era la calma. Se cruzaban las manos de todos sobre la mesa para coger las tazas de café. El cielo que se veía por los cristales era una lumbrera de luz delgada. Allí no se oía el bando de las ovejas. Salió otro chico a la barra. Silbaba con mucho regusto, oyéndose, entornando los ojos. Era un camarero mirlo. Plinio y los suyos lo miraban sonriendo. El chico era divo del silbato. El otro de la barra, lo miraba y los miraba cachonriendo. Pero él, tan tranquilo. Cuando terminó la romanza pitada, se puso a ordenar las tazas, tan indiferente. Plinio hizo un mimo de silbar sólo para los suyos. Por la puerta del bar que daba al hotel se oyó un vozarrón: —¡Este, este era el que hacía falta aquí!

Era Honorio de la Cruz, grandón, con los brazos alzados, acompañado de Blas Camacho, que señalaban a Plinio riéndose con cariño. —Sí, Manuel, a ver si descubres pronto al de las voces, que aquí está to el mundo aterrao. Las mujeres tomaban el café con gesto circunspecto. —Pero si veníamos a pasar unos días sin saber nada. Me lo dijo el alcalde al despedirme. —Pues ya verás la que os espera. Menuda ocasión has elegido para traerte a las mujeres. —No me diga usted más —le confirmó la Gregoria. —¿Vosotros habéis oído esas voces? —No —dijo Blas— porque vivimos lejos, pero esta noche, que creo que tocan, vamos a venir a oírlas. —Nosotros y mucha gente. Esta noche esto va a ser una romería (Honorio). —¿Y qué texto tienen las voces? (Lotario). —Ninguno —dijo el barman del silbido—. Es un quejío muy triste. —No tan triste —dijo el otro barman que no silbaba. —¿Pero en qué quedamos, leche, en que es triste o no? (Blas). —Es más bien triste. —Pero menos… más de sorpresa. —Pero triste. —De sorpresa. Y dale. —¿Vosotros entonces lo habéis oído? (Plinio). —Claro. —¿A qué hora? —Sobre la medianoche. Entre las doce y la una. —¿Cada cuarenta y ocho horas me han dicho? —Una vez, la última, se retrasó y tardó tres noches. —¿Entonces esta noche hace cuarenta y ocho horas desde la última vez? (Plinio). —Eso es. —¿Y de qué parte vienen? (Lotario). —Varía. Pero de bastante cerca… Al menos eso parece. —Pues nada —dijo Plinio quitándole importancia— estaremos a la escucha. Los dueños del hotel entraron en el bar. Ella con unos papeles en la mano. —Ya estará usted tranquilo, don José; con Plinio aquí, todo resuelto (Blas). —A ver si es verdad —dijo don José con aire melancólico. —¿Y quién piensan que puede ser el que vocea? (Plinio). —Nadie se explica. —Pero algunas conjeturas se harán. —Yo no oigo más que tonterías. —¿Por ejemplo? —Por ejemplo… que el voceador es un forastero que se ahogó el año pasado en la Laguna del Rey y nunca lo encontraron. —Esa conjetura no nos vale, ¿verdad don Lotario? —Creo que no. —¿Otra? —Que es uno que quiere que nos arruinemos y dejemos el hotel. —Esa ya es más verosímil (Honorio). —Yo esta noche me voy a traer un magnetófono a ver si puedo tomarla (Blas). —En fin, lo que sea sonará. Tras las vidrieras del bar se veían unas torres bajas y fronteras de apartamentos. Entre los coches que estaban aparcados, junto al bar, apareció un liliputiense que aparentaba unos cincuenta años, con pantalón corto y aire muy deportivo. Sujeto traía un perro lobo que casi le igualaba en alzada. Le llevaba puesto un sombrerillo de paja amarilla sujeto con un barboquejo. —Ahí viene don Circunciso Zaplana y su «Vida». Miraron hacia donde señalaba Honorio.

Don Circunciso, ahora inclinado sobre el perro, lo desguarnecía del sombrerete. —¿Y quién es su vida? —preguntó la mujer de Plinio. El perro. —El perro (Don José). —¿Es que se llama así? —Así lo llama él. Por lo visto algunos parientes suyos murieron al contao de morir sus perros. Y él cree que le va a pasar lo mismo. Por eso lo cuida tanto. —Coño, pues con no tener perro tendría la tranquilidad ganada. Don Circunciso, después de destocar al perro le acariciaba la testa. —¿Y es de estos terrenos? (Gregorio). —No, es forastero total (Don José). Abrió la puerta del bar y, sin soltar al perro, entró con aire ausente. Se fue a la mesa más apartada y a su lado sentó al lobo. El barman mayor, el que no silbaba, que desde que vio aparecer a don Circunciso empezó a preparar un whisky doble y tacos de jamón, lo puso todo en la bandeja y fue hacia él con aire muy ceremonial. El perro, al ver el gran plato de jamón, moneó goloso y sacudió las orejas. Don Circunciso, sin ojos nada más que para su «Vida», tomó un taco de jamón, se lo enseñó sonriendo y con el mayor amor del mundo se lo puso entre dientes. Luego con aire suficiente tomó un buen trago de whisky. Encendió un cigarrillo rubio con boquilla y mirando al campo con aire concentrado, expelió el humo con muchísimo gusto. No habrían pasado dos minutos cuando «Vida» levantó suavemente su mano derecha hasta posarla en el muslillo de su amo. Y este, sacando su lírica sonrisa de antes, trasladó otro taco de jamón a la lengua del perrazo. Se echó otro trago de whisky, y etcétera.

Blas y Honorio, sentados a la mesa de Plinio, bebían y hablaban con discreción. La llegada del liliputiense y su «Vida» habían impuesto respeto. Don José y señora, desde la puerta, parecían esperar cualquier instrucción de don Circunciso. Al cabo de un buen rato, cuando el perro acabó con el jamón y el enanillo con el whisky, este hizo una seña para que le trajesen más bebida. El mozo mayor ya la tenía preparada, pues estuvo observando los volúmenes del vaso y del companaje, y apenas el pequeño hizo el gesto, le entregó la bandeja al otro mozo, al silbante. Una vez que retiró el servicio usado y puso el renuevo, don Circunciso le guiñó un ojo. El silbante consultó con los ojos al patrón. Este le dijo que sí con la cabeza. Y sin más, se arrodilló ante el perro, y empezó a hacer un concierto de silbo dulcísimo, con los ojos blanqueados y meneando suavemente el ademán. El lobo lo miraba muy fijo como sonriendo, mientras su amo lo acariciaba suavemente.

Algunos huéspedes entraban en el hotel directamente sin pasar por el bar. Hasta que de pronto Blas le dio un codazo a Honorio: —Ahí viene la que tú querías ver, so galgo. Por la puerta del bar entró una rubia de repartida encarnadura, con pantalones blancos, grandes gafas ahumadas, suéter que le realzaba el tetuario y pañuelo a la cabeza. Saludó con un movimiento de cuello muy británico, y se sentó en un taburete de la barra, mostrando la línea acampanada de su tras, con la ceja central bien embutida. El mozo de la barra acabó su romanza pitada dedicada al «Vida». Don Circunciso, le dio con discreción unas monedas. Se retiró reverente. El perro bostezó en espera de más jamón. En el comedor grandísimo, poca gente, en mesas muy separadas, con la luz del sol y las lagunas sobre los platos, y sacando destellos agudísimos a la cristalería. La señorita rubia y bonísima comía, casi abriendo la boca, somormujándose la cuchara con mucha precisión entre los labios. Don Circunciso y su «Vida» quedaron en el bar. Plinio y los suyos comían con ritmo de pueblo, paneando, levantando la ceja mucho cuando decían algo, servilleteándose la boca muy cumplidamente. Su mujer no había comido en hotel desde que fue a Madrid a una Feria de San Isidro, hacía qué sé yo los años. No tenía costumbre de que la sirvieran, se ponía nerviosa. Seguía al camarero con los ojos entre intimidada y criticona. Le gustaba servir la mesa a su marido, temía que le pusieran algo mal. Pero Plinio parecía indiferente a todo. Comía y bebía sin prestar atención, pensando en sus cosas.

A la hora del café se quedaron solos Plinio y don Lotario. Las mujeres fueron a descansar. Don José, el dueño, se sentó con ellos. Plinio, como que no quería la cosa, aprovechó para interrogarle. —Esta noche, por lo que dicen, no le faltará parroquia al bar. —Preferiría no tenerla por tal motivo. —Pero hombre, no creo que sea para tanto. —Imponen mucho, no crea. —¿Cuántas veces se han oído ya? —Seis. —¿Cómo ocurrió la primera noche? —Estábamos ahí en el bar viendo la televisión, y como la teníamos alta no oímos casi nada. Pero algunos huéspedes, que paseaban por la carretera, se llevaron el susto. Los de la Central Eléctrica de ahí al lado, los de Santa Elena, al día siguiente dijeron lo mismo. »Dos noches después, a eso de las doce y media, estaba yo en la puerta del hotel con los chicos de la barra echando un cigarro, cuando la oímos por primera vez. De verdad que se me puso carne de gallina. Es un grito largo que impone. Qué sé yo, el tono es poco humano. Como de un animal parecido al hombre o al revés. —¿Y dura mucho? —No mucho, pero lo bastante. Suena muy fuerte, se mantiene unos segundos y luego decae. —¿Y no repite? —No. Sólo una vez… En este lugar de aguas, montes y tinieblas, impone mucho. Esa noche como era fin de semana, hacía buen tiempo y había bastante gente, lo oyeron muchos… Aquella señora que hay allí comiendo con su hija, se desmayó… o hizo que se desmayaba.

Plinio se fijó en la pareja. Era una señora ya anciana con aire y papada retóricas, y su hija rondaba la cincuentena. —¿Y el enano del perro? —¿Don Circunciso? No. Ese se acuesta pronto. No le importan esas cosas —¿A la hora de los perros? —le preguntó don Lotario con sorna. —Pues sí, porque, al «Vida» lo acuesta en su habitación… Pero les advierto que es todo un caballero. Plinio y don Lotario se miraron. —¿Y la rubia tremendona, no se asusta? (Lotario). —También se recoge pronto. Cena en su habitación y no ha dicho nada. —Siga —le pidió Plinio. —Pues nada, que a partir de esa noche y cada cuarenta y ocho horas, todo el mundo está con el oído alerta hasta que se oye el graznido. —¿Y no se sospecha quién pueda ser? —No. —¿Ni desde dónde? —No. Cerca. —¿Y no han visto alguna barca por las noches? —Nadie lo dijo. —¿Desde qué distancia no lo han oído? —Sólo lo oímos los de este rodal del hotel, en los apartamentos y en la Central Eléctrica. —¿Y no han intentado hacer alguna descubierta por estos alrededores? —No… Que yo sepa. Se meten aquí en el bar a bacinear. —Bueno, pues veremos qué pasa hoy. —Veremos, pero ojalá que acabe, porque no me gustan estas cosas. —¿No ha observado a alguien raro entre los huéspedes? —No, aquí en este tiempo paran pocos. Hoy, como final de semana, hay más. Y todos gente corriente. —Antiguamente —terció don Lotario— de Ruidera siempre se decían cosas misteriosas. Estas lagunas alientan mucho la imaginación. Me acuerdo que oí contar lo de aquellos muertos que encontraron en la Cueva de María Garria. —Pero siempre fueron historias de venganzas campesinas o matados en otro lado que trajeron a estas soledades. —Lo que quieras Manuel, pero que estos terrenos y sus aguas provocaron mucho romance negro. —… ¿Podría pedirle un favor, don José? —Usted dirá, Manuel. —La lista de los huéspedes que están aquí desde que empezaron las voces. —No faltaba más, pero son pocos y no creo. Volvió en seguida con las fichas disimuladas entre las manos. —Y esa rubia tan guapa que come ahí, ¿quién es? —No lo sé bien. Llegó hace diez o doce días. Y apenas tiene trato con nadie, que yo sepa. Coquetea mucho, eso sí. El documento de identidad dice que es psicóloga. Yo no sabía que eso fuese una profesión. Y aquí no sé qué psicologías va a estudiar. —Quién sabe, don José, quién sabe. —Psicóloga. Toma del frasco. Verás cuando se lo diga a mi mujer. —Con cierto disimulo don José iba dejando las fichas sobre la mesa. Plinio apuntaba los nombres y apellidos en un cuadernillo. —¿Los hermanos Riofrío? —Aquella pareja de viejos que está allí en el rincón. —¿Señora y señorita Reina, las que manean tanto al hablar? —Sí. —Eusebio… —El pescador. Así le decimos. Casi nunca come aquí. Y así siguieron la lista de los huéspedes. Plinio al lado de cada nombre ponía una observación para entenderse: «Los viejos», «Las que manean», etc. Cuando pasaron las cinco sin que le llamasen por teléfono, Plinio propuso dar un paseo por la carretera. Las dos mujeres y ellos salieron a paso tardo. Metido en su cochecillo —debía ir sentado sobre cojines, porque se le veía mucha cabeza— encontraron a don Circunciso y perro a poquísima velocidad. Llevaba el hombre un gafas ahumadas que casi le tapaban la cara.



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