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HIMNO A TOMELLOSO

jueves, 22 de febrero de 2018

El caso mudo y otras historias de Plinio - Fecha exacta de la muerte de Polonio Torrijas.



Plinio, en su despacho de la G. M. T., a falta de mayores ocupaciones, leía a don Lotario el número de «El Caso» donde se contaba con minucias el hallazgo en Madrid del cuerpo muerto de la María Luisa, dueña de los inmuebles pecaminosos que regentaban en el pueblo la Toledo y la Isabel. El hombre leía con mucho reposo y orquestación de voz, si bien a veces hacía un alto para echar un reojo a las fotos que ilustraban el reportaje o dar una chupada al cigarro que se consumía sobre el borde de la mesa. Así estaban las cosas cuando el cabo Maleza entró con cara de modorra: —Jefe, ahí está el más mozo de los Cucharones, que quiere hablar con usted. —A ver si te despabilas, hombre, que más que guardia pareces un sereno. —Es que estoy muy mal dormío, jefe. —Ya se nota, ya. Dile que pase. José García Cucharones llevaba una trinchera muy ceñida, boina perlada por la lluvia, cigarrillo en el rincón del labio y botas altas. El mozo no se hizo rogar: —Manuel, mi abuelo, que se está muriendo y quiere hablar con usted. —¿No será con el cura? —No, ha dicho que con Plinio, el jefe de la guardia municipal.

Desde que amañanó, llovía menudo. Los sin paraguas echaban carrerillas con la cabeza agachada. José García Cucharones, con gabardina, boina y botazas, andaba bien derecho, casi despectivo. Plinio y don Lotario, bajo un solo paraguas, fueron hasta el coche. —¿Y qué le ha pasado a tu abuelo? —Yo qué sé. Ha sido una banca, al lado de la chimenea, en la habitación más honda de la casa, que toda la vida fue cocinilla de gañanes. Pero desde que se trocaron mulas por tractores y se vino a vivir con él el hijo, la nuera se la apañó de alcoba al viejo. Apoyado en una torre de almohadas, en camisón y con la boina puesta, respiraba con mucho son, los ojos entornados y las manos cruzadas sobre el pecho. Las llamas de la chimenea le echaban reflejos en la cara congestionada. La nuera, el hijo y unas vecinas vestidas de oscuro, rodeaban al enfermo. —Ya está aquí Manuel Plinio —dijo una. —Dejadlo solo conmigo —pidió el viejo mirando de ladillo.

Todos salieron remisos. Incluso don Lotario, que esperaba ser admitido como ayudante de Plinio. —Manuel, siéntate en ese serijo — le dijo cuando salió el personal y sin abrir los ojos. Alguien antes de salir había avivado la lumbre, y unas llamas maestras echaban oriflamas en las cales de la cocinilla. Cucharones respiró hondo y dijo con voz segura: —Manuel, te he llamado para confesarte que maté a un hombre y no estoy arrepentido. Plinio se pasó la mano por la cara, como para ponerse en situación: —Vamos a ver si nos entendemos. ¿Te das bien cuenta de lo que dices? —Claro, hombre. —Tú sabrás… ¿Cuándo lo mataste? —Hace muchos años… Me pisó dos veces la concejalía y luego se casó con la que fue mi novia. Toda la vida me hizo mal, Manuel. —¿Cómo se llamaba? —Polonio Torrija, el Andaluz. Plinio no pudo evitar un mohín de sorpresa y al viejo no le pasó inadvertido. —¿Es que no te lo crees, Manuel? Plinio no respondió, porque en aquel momento intentaba recordar si fue el domingo cuando vio a Polonio por última vez… o el sábado, cuando los invitó Pepe Pérez a cervezas. —Yo estaba muy harto de él, ¿sabes? Me pisó dos veces la concejalía y luego se llevó a la Rosa, que me gustaba mucho por el buen corte de cara que tenía y aquel pelo tan renegro. El viejo dio un suspiro hondo y con el dorso de la mano se limpió el sudor de la frente. —Estoy muy malo, ¿sabes? El ahogo este me mata. Pero antes que se me corte el habla quería contártelo y quedarme tranquilo… Sobrábamos uno de los dos.

En los pueblos los enemigos se hacen mucho bulto. Durante largo tiempo cavilé en cómo me lo quitaría de encima. —¿Y cuándo fue? —Ya te digo que hace mucho tiempo. Por el año quince. Estaba yo acabado de salir de quintas. Plinio ya estaba seguro de que la última vez que vio a Polonio Torrijas fue el sábado, cuando convidó Pepe Pérez. —¿Y cómo lo mataste? —Manuel, si no te importa dame un trago de ese vasete que hay en la cornisa. Plinio le puso junto a la boca un vaso con cierto líquido amarillento. —Como yo sabía que siempre, al ir a su casa, pasaba por ese solar donde están los camiones viejos —continuó Cucharones—, ahí junto a la gasolinera, una noche me aposté entre la chatarra, y cuando vi que cruzaba silbandillo — porque siempre iba silbandillo—, lo llamé: «¡Eh, Polonio, un momento!». Se paró en la oscuridad. No me distinguía bien. Me acerqué, y antes de que se apercibiese le di tres garrotazos en la cabeza y lo dejé seco. Seco total. —Pero amigo —le dijo Plinio, pasándose los dedos por las comisuras —, si en el año quince en el pueblo no había camiones, ni Cristo que los fundó. —Claro que había. Tú es que eres muy joven y no sabes cómo se viajaba en aquellos tiempos… Pues como te decía, lo dejé seco total. A rastras lo llevé donde tenía pensado y lo dejé bien tapaico con la chatarra y las tablas de los camiones viejos… No creas que me he arrepentido un solo momento. Pero ahora, al verme en las últimas, pensé: voy a decírselo al Jefe, no sea que algún día se descubra el cadáver y culpen a algún inocente. —¿Y en tantos años nadie vio nunca el esqueleto? —Qué va… Allí está, entre el orín de los hierros camioneros.

Se derrumbó la hoguera y la cocinilla quedó muy oscura. A la luz garnacha de los tizones desparramados, apenas se sacaba el perfil del viejo Cucharones. Callaba. Tal vez dormía. Le sonaban los bronquios a cocción. Plinio salió sin hacer ruido. Plinio y don Lotario, para poder hablar tranquilos, se quedaron en el bar «Gol», cerca de la casa de Polonio Torrijas. Era temprano, y los chicos de la barra preparaban las tapas. —Pues sí, don Lotario, eso me ha dicho. Que lo mató el año quince. —Qué disparate, y cómo se ponen las cabezas con los años. ¿Cuándo estuvimos con Polonio tomando copas…? Hace na. —El sábado pasado, cuando invitó Pepe Pérez en el casino. Así que terminaron las cañas, Plinio se puso polvos de talco en una manchita que le cayó en el uniforme gris, casi a estreno. —Bueno, pues vamos para allá. —¿Adónde, Manuel? —Adónde va a ser, a casa de Polonio Torrijas.

Don Lotario quedó mirándole a los ojos con mucha gravedad. —¿Pero es que piensas, Manuel, que…? —Sólo un asomo de pálpito, como usted llama a mis ideas. —¡Qué tío! Hasta que llamaron por cuarta vez no se oyó rebullir a nadie en la casa de Polonio Torrijas. Por fin abrió una mujer con muy buen corte de cara y el pelo, todavía negro, recogido. Los entró hasta la cocina, donde guisoteaba. Casi sin hacerles caso volvió a sus sartenes. —¿Está tu marido? —No sé. —¿Cómo que no sabes? —¿Y yo que sé cuándo entra ni cuándo sale mi marido? —Pero ¿sabrás si vino a acostarse anoche, por ejemplo? —Pues no. Se acuesta a la hora que quiere, como quiere y donde quiere. —¿Desde cuándo no lo ves? —No sé si hace dos días o dos horas. Ya estoy muy vieja. A lo mejor está todavía en la cama… o no se ha acostao. Así anduvo toda su vida de desmadrado. —Anda, Rosa, mira a ver si está en la alcoba. Sin contestar, pasó ante ellos, cruzó la habitación contigua, en la que había una mesa camilla y una cómoda antigua, y entreabrió la puerta del fondo. —Ahí lo tienes. Durmiendo como un lirón a las doce de la mañana. Plinio se asomó sobre los hombros de ella. De espaldas y con el embozo hasta las orejas, estaba Polonio Torrijas. —Ahora es capaz de quedarse en la cama hasta mañana. Don Lotario, por delicadeza, no hizo ningún comentario. Como arreció la llovizna, puso los limpiaparabrisas. Plinio lió un «caldo» con aire muy concentrado. —¿Dónde vamos, Manuel? —Al Ayuntamiento… Como verá usted esto de los pálpitos a veces resulta una estafa. —No tiene importancia, Manuel. En el portal del Ayuntamiento Maleza charlaba con Nicomedes, el jefe de los barrenderos municipales. —Aquí Nicomedes, Jefe, que quería decirle algo. —¿Qué pasa? —Que anoche, Jefe, cuando pasaba junto al solar que hay frente a la gasolinera, ahí donde están amontonados los camiones viejos, oí un grito, vi cómo dos hombres reñían. Mejor dicho, que uno le pegaba al otro palos en la cabeza. Como está tan oscuro, no los conocí. —¿Y no los separaste? —No, Jefe, me fui. No me quise meter en líos. —Ya… Vamos al coche, don Lotario.

Nicomedes se quedó con la palabra en la boca y Maleza con gesto imbécil. Apenas les abrió la mujer de Polonio Torrijas, con su cara de buen corte y el pelo negro tan recogido, Plinio, seguido del veterinario, entró a toda prisa, sin decirle palabra. —Pero ¡qué asuras son ésas! Cruzaron la cocina, la habitación con la camilla y la cómoda antigua, y de un manotazo abrió Plinio el cuarto donde dormía Polonio Torrijas. Llegó la mujer con las manos en la cadera: —Pero ¿qué quieren ustedes otra vez? Plinio movió suavemente el cuerpo de Polonio, que seguía en la misma postura. En seguida levantó el embozo con cuidado, le descubrió hasta medio cuerpo. Estaba vestido. La cara hinchada, la frente partida, manchas de sangre y orín en todo su cuerpo. Lo tocó don Lotario. Estaba totalmente frío. Se apartaron para que la mujer del pelo renegro pudiese ver a su marido. Se quedó inexpresiva, con las manos cruzadas y los ojos tristes. —Oye, Manuel —le dijo don Lotario en voz baja y misteriosa. —¿Qué? —No ves como tus pálpitos nunca fallan. —Gracias… Pero ¿por qué habrá esperado a ser viejo para matarlo? —… Todo lo que dura mucho tiempo acaba siendo patético, Manuel. —Se ve que el pobre tuvo fuerzas para venir a morir en su cama. —Lo que es la querencia, Manuel. Por fin, Rosa, la viuda recientísima, empezó a pistonear un llanto con mucha lentitud.



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