BIENVENIDOS


GRACIAS POR TUS VISITAS.



HIMNO A TOMELLOSO

Mostrando entradas con la etiqueta Plinio (Voces en Ruidera). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Plinio (Voces en Ruidera). Mostrar todas las entradas

martes, 14 de noviembre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 8ª Capitulo

EN ESTE CAPÍTULO ACABA LA HISTORIA DE LAS VOCES EN RUIDERA, 
CON ALGUNAS REVELACIONES MUY DOLOROSAS, 
Y MELANCÓLICO EPÍLOGO EN UNA MAÑANA CASI ESTIVAL


Toda la santa mañana se la pasaron en el hotel esperando a la Gala, a don Circunciso y al pescador. Pero a las dos no había aparecido nadie. Plinio, impaciente, llamó al Comisario Perales, quien le aclaró que los viajeros no podrían salir hasta media tarde, para llegar a la hora de la cena aproximadamente. Después de comer se marcharon definitivamente las Reinas, madre e hija. Se despidieron con mucha ceremonia de todos. Desde el taxi que vino a por ellas, movían la mano como en las películas. Los de Tomelloso, quedaban como únicos huéspedes del hotel. Un cielo grisanto taponaba las ventanas y se teníala sensación de que todo el mundo había huido no por temor a las voces, sino por no importarles absolutamente nada. Las mujeres de Plinio, aquella mañana también empezaron a estar desazonadas, pero ya no había más remedio que esperar el rematín. Hasta las nueve de la noche no llegaron los viajeros de Madrid en el Mini de don Circunciso. En la semioscuridad donde aparcaron, vio Plinio al enanillo salir del coche con la cara muy mal terciada. Después apareció el pescador que, al pisar tierra, hizo una disimulada flexión gimnástica. Por fin bajó la Gala vestida color café, incluidos los pantalones y con la maleta de mano. No traía el aire presumido de otras veces. Plinio se adelantó a saludarlos. A excepción del pescador los otros le contestaron con desgana. Los dueños del hotel aparecieron en seguida con muchas cortesías para don Circunciso. Las mujeres de Plinio, tras las ventanas del hotel veían aquellas salutaciones con curiosidad. Ya dentro, los recién llegados pasaron ante ellas sin mirarlas. Gala y el pescador subieron a sus habitaciones directamente. Don Circunciso se sentó junto a su mesa de siempre y pidió un whisky, pero sin tacos de jamón. Plinio fue junto a él. Los demás se retiraron discretamente. —¿Estuvo usted allí, Manuel? —fue lo primero que preguntó. —Sí. —¿Vio usted a mi «Vida»? —Sí. —¿Dónde está? —Pegado a la casa. Bajo una ventana. —Yo quería haber llegado más temprano para ir a enterrarlo. —Mañana. Se le notaba desmejorado. Más pequeño que nunca, con los labios pálidos y los ojos tristes. Bebía en silencio, como pensando en algo que no tenía que ver con Plinio, ni con Ruidera, ni con la Gala… Tal vez sólo pensaba en su «Vida», muerto en acto de servicio. —¿Qué pasó? —le preguntó Plinio con timidez. Don Circunciso lo miró con extrañeza. Por fin hizo un esfuerzo: —Nos acercamos a Villahermosa siguiendo sus instrucciones. Localizamos al mecánico. Este nos dijo la casa de campo donde paraban los argentinos y allá nos fuimos… La misma casa que vieron ustedes desde lejos.

Plinio pensaba: De modo que a mí tanto aconsejarme prudencia y ustedes se meten en la boda del lobo sin más tientos. Don Circunciso que pareció recibir el callado reproche, entornó los ojos y apuntó con una leve sonrisa: —Si llega usted a ser el primero que va a la finca, ¿qué hubiera hecho, Manuel? Plinio se pasó la mano por la barbilla, Joder qué tío más listo, pensó, pero al fin salió con su buen natural: —Poco más o menos lo que hago siempre en casos así. Habría dejado el coche disimulado y desde un lugar oculto habría observado durante mucho rato qué pasaba en la casa. A don Circunciso se le salió una sonriseja: —Pues exactamente eso mismo hicimos nosotros… Pero con la diferencia de que ellos, a su vez, tenían centinela disimulado a la entrada de la finca o donde fuera, que nos contraminó la maniobra. Lo cierto es que veinte minutos después, según mi reloj, desarmados y esposados, un tipo con peluca y barba negra, nos llevaba en mi propio coche camino de Cuenca. Detrás venía otro coche, el famoso Seat 1500, haciéndonos escolta. Cerca de Cuenca, en medio de un pinar interminable, nos dejaron, sin haber mediado palabra. Allí pasamos el resto de la noche. Pues mi coche lo dejaron abandonado mucho más lejos. —¿Y de los secuestrados, o lo que fueran, qué pasó? —No lo sé bien. La impresión que tengo es de que todo está resuelto. Aunque no me haga usted caso. Es una suposición de Perales y nuestra. La consigna es que no volvamos a acordamos del caso. —¿Pero es posible que Perales no sepa lo que ha ocurrido de verdad? —No me extrañaría. Todo ha sido muy especial y sin duda llevado por alguien de más arriba. Nosotros hemos sido meros peones. —También es raro que no haya aparecido nada en los periódicos. —De las cosas verdaderamente graves la prensa no dice nada hasta que son historia… Debía de haber mucho interés en silenciar esto. De todas formas todos le estamos muy agradecidos, Manuel. —Yo no he hecho nada… Nunca había visto al enanillo tan sumiso. Diríase que desde que murió su perro no era nadie. Perdió aquella soberbia cicutrina que tenía en los tiempos prósperos. —¿Cuándo se marchan? —Mañana así que enterremos al «Vida». ¿Quiere usted algo? —No sé… Veremos a ver qué dice esta Gala. —Es una prostituta vulgar y corriente —dijo con gesto de repugnancia. —¿Le ha preguntado usted algo? —No, Manuel, eso es cosa suya. Don José avisó que podían cenar. Plinio decidió subir antes al cuarto de la Gala. Llamó con los nudillos. Abrió ella con cara compungida. —Si quiere usted cenar —le dijo señalando la cena ser vida sobre la mesa del cuarto. —Acabe, acabe. Yo voy a hacer lo mismo y después subo a charlar un rato. —Sí señor. Quién te conoció ciruelo y te ve guindo, se dijo Plinio recordando a la Gala pimpante de los pantalones blancos. Don Circunciso y el pescador cenaban juntos. Ya no importaba que se conociese su relación. En la otra mesa ocupada, estaban Plinio y los suyos. El resto del comedor era un desierto de manteles. Los camareros, con los brazos cruzados, miraban desde los rincones.

El cocinero, de vez en cuando, asomaba por el torno su cara lastimosa. Desde las ventanas del comedor se veía la laguna con alternativos clariones. Apenas tomaron café las mujeres se aplicaron a la televisión, don Lotario se sumo a los de Madrid, y Plinio subió a la habitación de la Gala. Esta le abrió muy envuelta en una bata color verde claro, y su último semblante de muchísimo respeto. Le ofreció la única silla que había y ella se sentó sobre la cama. A veces se le entreabría un poco la bata, y dejaba a la luz aquellas dos piernas tan bien pensadas que tenía. Pero con pudicia propia de interrogatorio, en seguida corregía la descubierta. Plinio, echando hacia atrás el asiento y mirándola fijamente, aguardó unos segundos sin decir nada. Ella, parpadeaba y se acariciaba las manos puestas sobre el halda. Por fin rompió el guardia con excusas: —Perdone usted la molestia de obligarle a venir a Ruidera otra vez, pero era imprescindible hacerle unas preguntas a ver si nos aclaramos. La Gala, con la boca muy apretada, se limitó a asentir. —Vamos a ver. ¿Usted oyó alguna noche esas voces que suelen dar a las doce? —Sí… Desde aquí se oía algo. —¿Y no sentía usted curiosidad por oírlas mejor, por saber lo que pasaba? —Nunca les di importancia. —¿Qué solía usted hacer a esa hora? —Normalmente, cenaba en mi habitación y me quedaba leyendo. No me apetecía estar sola en el comedor. —¿Por qué se marchó usted tan repentinamente? —Me cansé de estar aquí —dijo sin inmutarse. —¿Se cansó, así de pronto? —Sí. Cada vez sus contestaciones eran más tensas. —¿Cómo se hizo esas heridas? —la interrumpió señalando las cicatrices todavía visibles. —Me escurrí al subir las escaleras. —¿Al subir las escaleras… o al subir por la ventana? —¿Por la ventana? —¿De dónde venía usted a las dos de la madrugada la última noche que pasó aquí? —¿Yo? Usted está confundido. —No, varias noches la oí entrar por la ventana a esa hora… Exactamente las noches que había voces —añadió con enorme severidad. —No señor. Sería otra persona y por otro lado. Yo jamás salí del hotel de noche. —¿Qué profesión tiene usted? —Si ya la sabe. ¿Por qué me lo pregunta? —Quiero saber exactamente lo que usted hacía aquí. Las mujeres como usted para descansar se van a otros sitios más amenos. —Cada una es cada una. Usted y todos los huéspedes del hotel conocían mi vida aquí. —Naturalmente, incluidas sus salidas por la ventana las noches que había voces. —Cada uno se gana la vida como puede, Manuel. Creo que a usted le llaman Manuel. No todos tuvimos la suerte de nacer de padres que se cuidaran de nosotros como si fuésemos perlas. De padres que nos educasen y hasta nos diesen una profesión bonita para si te quedabas soltera vivir como una señorita… Usted no sabe que para mucha gente tener hijos es como una condena, que por todos los medios están deseando quitarse de en medio.

Hablaba y hablaba ahora con los ojos muy fijos en el suelo, como si de pronto le hubiesen dado cuerda o mejor como si hablase otra por ella; otra que llevaba dentro y que hasta entonces permaneció callada. Se le había vuelto a abrir un poco la bata y Plinio podía verle la pierna hasta un poco más arriba de la rodilla… La primera vez que se la vio no reparó tanto y le pareció corriente, e incluso una buena pierna. Pero ahora cambiaban mucho las cosas. Ahora se apreciaba que la pantorrilla resultaba demasiado delgada en comparación con el muslo y sobre todo, y ello es muy importante, que la tibia y el peroné se le curvaban un poco hacia afuera a manera de horcate… No tanto que se apreciase con los pantalones puestos, pero sí lo suficiente para que vista al natural y directamente, el cuerpo de la Gala perdiese mucho encanto. Otra cosa que contribuía a la decepción de Plinio era la forma de la rótula. No era redondita, graciosa y tapizada de carne, sino alargada, como un gran parche ovalado y apreciándose mucho el juego de los huesos. Parecía una rótula fabricada para una tibia y un peroné de superior formato —no era ese el caso del fémur—. De suerte que se hacía muy ostensible sobre los huesos más débiles, un poco alabeados, que bajaban hasta el tobillo, también demasiado delgado sobre sus pies de medida normal. —Mi madre nunca me quiso más que a cualquiera otra persona de la vecindad. Me daba de comer si tenía de sobra, y si no se quedaba tan tranquila. Ni se le pasó por la imaginación mandarme al colegio… y cuanto más tiempo estaba yo en la calle más contenta. Ni me preguntaba de dónde venía, con quién había estado o si había hecho esto o lo de más allá. El día que le dije que me marchaba de casa se quedó tan fresca como si le hubiera dicho que estaba con el período… Y a ver si usted me entiende: esta indiferencia no era porque su cariño me lo robase otra u otro (que yo era hija única), es que era así.

Seguía hablando, con gestos muy expresivos, pero, ya digo, como si se hablase a sí misma, como si se diese explicaciones, mirando mucho a la colcha de la cama como si expusiese unos pensamientos que acababa de encontrar en su pensadero. Otra cosa que notó Plinio es que debía tener las piernas bastante peludas. Ahora estaban afeitadas, pero el vello comenzaba a apuntar, formando unos granitos lupascópicos, que naturalmente en pocos días acabarían por tapizarle las piernas delgaditas y curvadas con una selva de vello negrísimo. —Y a mi padre no le importaba ni mi madre ni yo. No sé cómo dieron en juntarse dos seres tan iguales. Yo creo que sólo la quería para acostarse con ella y para que le hiciese la comida. Para todo lo demás ni nos miraba a ninguna de las dos. Hablaba lo que le venía en gana, pero mirando al plato o al suelo, como si estuviese cansadísimo de vernos. (Exactamente como en este momento le estaba la Gala hablando a él sin reparar en su presencia y con los ojos obstinadamente fijados en la colcha blanca a la que algunas veces tiraba unos pellizquitos, más o menos profundos, según fuera la intensidad de su razonamiento).

Calló un rato corto que lo pasó pellizcando la colcha y con las cejas muy juntas y de pronto, como si hubiera adivinado los pensamientos de Plinio, siguió: —Y es que, como decía un señor que yo conocía, lo peor de tener unos padres avaros no es sufrir sus avaricias, sino que luego sale uno tan avaro como ellos… Por eso, aunque yo comprendo que mi padre y mi madre eran así, y que la cosa no es de gusto, sé muy bien que soy igualito que ellos, y que de verdad de verdad hasta ahora no me ha importado nadie en el mundo, ni siquiera yo misma. Como me oye, Manuel. Yo no he querido nunca a nadie ni creo que me quiero a mí misma, por la sencilla razón de que me noto, de que no sé que estoy conmigo, de que me parece que yo soy otra de la que veo u oigo… De verdad, señor, que yo no siento ni padezco… También hay mucha gente que cree que yo soy muy vergonzosa. Fíjese, vergonzosa yo con este oficio. Y yo de verdad que no sé lo que es la vergüenza ni el pudor, ni el coqueteo, porque yo no deseo a nadie, hasta que llega el momento… usted me entiende. Pero el mismísimo momento. Y ahora había separado un poco los muslos, morenos, claros, bien formados y sin el menor asomo de vello como las pantorrillas. Y había separado un poco los muslos al medio tumbarse en la cama, como si le doliese algo un costado… Ah, y cuando dijo que ella no deseaba a nadie hasta que llegaba «el preciso momento, usted me entiende», empezó a reírse sola, enseñando mucho los dientes blanquísimos. Era una risa de autoburla y de burla del prójimo, pero que dejaba ver cómo en el colmillo superior derecho tenía una pequeña carie «pegadita» —como habría dicho ella— a la encía. Pequeña carie, que, como ocurría con las piernas respecto a los muslos, rompía la armonía de aquella dentadura tan blanca, tan bien ensalivada y con aquel revoloteo de lengua al reír. (La lengua esa tan caliente y ensalivada sí que está apetitosa moviéndose sola en la jaula de la boca…). —Pero si es verdad que no he querido nunca a nadie, también lo es que nunca hice mal. Ni quise ni odié. Ni hice bien ni mal. Me dedico a ganarme la vida con el único oficio que aprendí, que por otra parte me parece la profesión más cómoda para una que no siente ni padece como yo… Y yo tengo el oficio muy bien aprendido, porque me lo enseñó la Charo, que era muy perita y todo le importaba un huevo como a mí. Por eso cuando quiero se me olvida el que tengo encima o me aprovecho sólo en el momento que me apetece. Porque yo, cuando me pongo a pensar en mis cosas, y eso creo que era lo que le pasaba a mi madre y a lo mejor a mi padre, no me entero de nada de lo que tengo alrededor, aunque sea un orangután comiéndome el halda.

Ahora ya se había tumbado del todo en la cama con la cabeza apoyada en el piecero y miraba hacia arriba, a Plinio, sonriendo, con simulada cachondería. En aquella postura de cara arriba y pecho arriba, las mamas se le echaban un poco hacia la cara y quedaba muy patente la canal maestra. Así tumbada boca arriba, en un plano más bajo que el de Plinio, viniéndole los pechos a la barbilla y con el despatarre mal tapado por la bata, se le veía más parte de los muslos y de la braga negra, aunque todo se descomponía al llegar a aquellos pedruscos de las rodillas, que ahora bien destapadas, mostraban sus curvas con mayor dibujo y deformación. Y sobre todo, por la luz tan directa que les daba de la lámpara del techo, se notaba más el punto azulenco de los cabellos que iban a surtir. También, al verla hablar y sobre todo reír puesta así boca arriba, parecía que aquella boca, a pesar de dientes tan blancos, sólo era agujero destinado a cosas muy practicas. —Todo eso está muy bien señorita Gala, pero nada me aclara de sus salidas por la ventana las noches que tocaban voces. Ella empezó ahora a reír estrepitosamente sin cambiar de postura y llevándose las manos a la boca. Con la congestión de la risa se le notaban más las pequeñas cicatrices de la cara y aquella otra que tenía en la mitad de la pierna derecha. —Le aseguro a usted, don Manuel, que yo no era la que voceaba, entre otras cosas porque soy mujer y las voces, según oí, eran de hombre… Y además, que no sé por qué se toma tan en serio esas bobadas un hombre tan hecho como usted. Plinio, bastante molesto por la risa, se puso de pie y con aire severo le dijo: —Señorita Gala, me preocupan esas voces, porque después de usted marcharse a Madrid, de otra noche de voces, apareció una chica de dieciocho años ahogá en la laguna… con unas heridas muy parecidas a las que usted tiene. —No… —dijo muy impresionada, sentándose en la cama y envolviéndose bien en la bata como si de pronto le llegase toda la vergüenza del mundo. —Sí. —Qué barbaridad. —Sólo le pido que nos ayude. Piénselo bien. Hasta mañana tiene tiempo. De lo contrario mañana nos iremos todos… los turistas, y me temo que la muerte de esa pobre niña quede sin aclarar… Esa y las que puedan suceder después. Plinio quedó todavía mirándola unos segundos. Pero ella, con la cara apoyada en las manos, parecía alejada, pensando en sus cosas, como su padre y su madre. —En fin, lo dicho —volvió a decirle Plinio haciéndose el remolón. De pronto sonó como si hubieran tirado un puñado de tierra sobre los cristales de la ventana. La Gala miró hacia allá sorprendida, pero en seguida empezó a reír muchísimo y con aire infantil dándose manotadas en los muslos, que al abrir las piernas de pronto, otra vez se había dejado al descubierto. —¿Qué ha sido eso? ¿Qué le pasa? —Por favor, Manuel, márchese que creo que tengo muy cerca la solución. Márchese pero no salga a vigilar, ni se haga el listo apostándose por ahí en el pasillo.

Espere en el bar. Ya recibirá aviso en el momento oportuno. Entonces suba acompañado. Como un trallazo, más fuerte, volvieron a tirar otro puñado de arena sobre los cristales. —Salga. La Gala, alargando la mano al interruptor, apagó y encendió la luz dos veces. Plinio, con gesto muy de reflexión, los ojos guiñados, y los movimientos lentos, salió, y fue por el pasillo y las escaleras camino del bar. Sentados alrededor de la mesa, charlaban en amor y compaña, don Circunciso, el pescador, don Lotario y los dueños del hotel. En la barra, el mozo lírico, hacía un leve solo de silbato a un jilguero, cuya jaula alguien había dejado sobre el mostrador. Todos miraron al jefe. —¿Qué pasa, Manuel? —le preguntó don Lotario. —Pues no lo sé… Ha quedado la cosa muy interesante. Según parece dentro de un ratillo todo estará claro. Don Circunciso, el puro entre los dientes y la mano en la mejilla, se avivó al oír a Plinio, que en pocas palabras explicó lo ocurrido arriba. —¿Y qué piensas que va a ocurrir? —Vamos a ver… El de la barra, olvidado de la jaula por un momento, se acercó a escuchar a Plinio, pero no tuvo ocasión. —¿Y de qué hablaban ustedes? — les preguntó el guardia por cambiar de tema. —Nos contaba don Circunciso de lo que tuvieron que pelear para encontrar a la Gala en Madrid. —Y ella, aquí en Ruidera conoce gente —le cortó don Circunciso a don Lotario. —¿Ah sí? —Esta tarde, cuando pinchamos al llegar a Entrelagos y nos bajamos a cambiar la rueda, salía de allí un grupito de personas y tres o cuatro de ellas se acercaron a saludarla… —A lo mejor es que hacía por aquí su negociete (Lotario). —¿Y a usted qué tipo de mujer le parece, Circunciso? —No me he preocupado, Manuel… Pero me da la sensación de un poco descarriada mental como todas las prostitutas. El hetairismo siempre es signo de desequilibrio mental añadió con aire suficiente. —¿Y no de deficiencia? —No, don Lotario, de inestabilidad. —¿Cuál cree usted que puede ser la señal para que subamos, Manuel? Plinio hizo un mimo de ignorancia alzando los hombros. Doña Josefa, movida por una intuición, según confesó luego, miró su reloj y dijo con voz ceremonial: —Van a ser las doce. Todos se miraron entre sí. Luego cada cual consultó su reloj. Los cigarros quedaron en suspenso. Tan grande era el silencio, que sólo se oía el rozar de las alas del jilguero cuando saltaba en la jaula. El pescador, con la boca apretada y los ojos entornados como si esperase oír un cañonazo. —Ahora son las doce en punto — aclaró doña Josefa. —Sí. —¿Y qué? —Vamos a ver. —¡Aaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaah! Sonó dos veces seguidísimas el grito. Más próximo y fuerte que nunca. —Ahí está la señal. Vamos —gritó Plinio saliendo disparado hacia el pasillo donde estaban las habitaciones bajas del hotel. Todos le seguían. Don Lotario a su lado y el último Circunciso. Apenas entraron en el pasillo encontraron a la mujer y a la hija de Plinio que en camisón y con la cara descompuesta venían hacia el bar. —Manuel ha sido ahí. Ahí mismo, en la habitación de al lado, en la de la rubia. —Ay, que susto, padre —decía Alfonsa cortándole el camino. —Deja, deja, sí ya sé. —Ay Señor, ay Señor, qué miedo. La puerta del cuarto de Gala estaba cerrada con llave.

Plinio empezó a forcejear. —¡Abre! ¡Abre! —gritaba. No contestaba nadie. Empezó a dar empujones contra la puerta. Pero no cedía. Eran puertas modernas, pero de madera recia. El pescador se puso de acuerdo con Plinio para empujar, pero no había modo. —Nada, que no hay manera. —Espere, esperen, que tengo yo por aquí la llave maestra —dijo doña Josefa buscándose en el bolsillo. —Eso de que las puertas se abren de un empujón, no ocurre más que en las películas —comentaba don Circunciso con tono muy frío. Doña Jose€a no se atrevió a abrir y cedió la llave a su marido. —Anda, abre tú. Las mujeres de Plinio con los brazos cruzados sobre el pecho y descalzas parecían las más asustadas. Por fin abrió don José la puerta. Estaba la luz apagada y la ventana abierta. Alguien se quejaba. —¿Dónde está la luz? Encendió doña Josefa. En la cama no había nadie. Pero al otro lado, encajada entre la mesilla y el larguero estaba la Gala, completamente desnuda, con los ojos cerrados y sangrando por la boca. Respiraba con gran esfuerzo. Tiraron de ella suavemente para subirla a la cama y dio un grito. —Debe de ser la pierna. Cuidado — dijo don Lotario. La depositaron sobre la cama. Doña Jose€a iba a cubrirla con la sábana, pero don Lotario le palpó con tiento la pierna derecha. Ella volvió a gritar. —Se la ha roto, me parece. Luego encendió el mechero y se lo aproximó a la boca. —La sangre parece de los labios y dientes. Debe de haberla golpeado sin más. Por fin doña Josefa consiguió taparla. «¡Estaba como la parió su madre!», comentaría luego la Gregoria en el pueblo. Tenía un ojo amoratado. Don Lotario le tomaba el pulso. Por fin ella movió la cabeza como si se despabilase y entreabrió el ojo sano… y habló en tono bajo. —A ver, a ver qué dice. —En los chalets de la San Pedra, Manuel… Se llama García López… Por la ventana abierta de par en par, vieron en aquel momento, unos doscientos metros más allá del hotel, que un coche arrancaba a toda velocidad, pero en dirección al pueblo. —Vamos todos —ordenó Plinio—. Quedaos vosotras y don José con ella… Vamos en los dos coches, ¿le parece don Circunciso? —De acuerdo Manuel. Vamos. —¿Hacia dónde vamos? ¿Detrás del coche? —No, a los chalets de la San Pedra. Mientras marchaban, Plinio con la linterna examinaba la lista de propietarios de chalets de la San Pedra que le dejó el constructor junto a un pequeño plano. Las cigarras cantaban con frenesí obsesivo. En Ruipérez sólo se veía encendida una luz alta. El Mini de don Circunciso venía detrás respetando todas las iniciativas de don Lotario. —Creo que sé cuál es poco más o menos. Eusebio, el pescador, junto a don Circunciso, con la gorra visera bien calada miraba con ahínco a la carretera. Una vez dijo de él Plinio a don Lotario: —Es un hombre muy raro don Eusebio el pescador. —Sí… parece ausente de todo. Una especie de autómata. —Pero no debe de ser tonto. —No, no lo parece, pero sí hombre poco imaginativo. Llegaron a los chalets que están junto a la laguna San Pedra. Sólo uno estaba con las ventanas encendidas. Plinio volvió a consultar el plano con la linterna. —Pues yo creo que ese que está encendido es el que buscamos.

Se bajaron del coche y quedaron sorprendidos al ver que don Eusebio traía a don Circunciso de la mano, como si fuera un escolar. Cuando llegaron junto a ellos siguieron igual, sin soltarse. Será que le da miedo la noche o que teme tropezar. Lo cierto es que don Circunciso tenía gesto de un poco entregado. Tal vez era la manera de suplir el perro, de tener ayuda. Ya a muy pocos pasos del chalet de los García López notaron que había alguien ante la puerta. Plinio le enfocó la linterna. Era una señora mayor. La que había visto algunas veces de paseo y acompañada de un joven alto y rubio. La señora, al sentirse enfocada, con los ojos entornados, sonrió tímidamente. —Buenas noches… —dijo Plinio por decir algo. —Buenas noches traigan ustedes… —¿Esta es la casa de los señores García López? —Sí… Yo soy la señora García López. Mi marido murió. —Queríamos hablar con usted. —No faltaba más. Pasen. Encendió la luz del portal. Entraron todos. Don Circunciso por fin se soltó de la mano de Eusebio el pescador. La señora quedó mirando con mezcla de curiosidad y ternura al enanillo. Don Circunciso, sin darse por mirado, encendió tan arrechante el medio puro que traía apagado entre los labios. Pasaron a un salón grande, muy bien puesto, con muchos libros encuadernados, chimenea, dos tresillos, alfombras persas y varios cuadros de paisajes nórdicos. La señora les ofreció asiento. Y sin decir nada fue hacia un bar que había en un rincón, tomó una bandeja cargada de vasos y una botella de whisky y otra de aguardiente y les ofreció sonriendo con gesto muy bonancible y casi infantil. Tenía la señora los tobillos muy hinchados y la artritis le deformaba los huesos de la mano. Aparentaba unos setenta años y ponía cara como de tenerse lástima a sí misma. Todavía le quedaba el rescoldo de unos ojos clarísimos. Se movía con ritmo muy lento, pero con seguridad, sabiendo lo que hacía. Cuando todos tuvieron su copa, se sentó en uno de los sillones sin dejar de mirar con gesto maternal a don Circunciso. Plinio ofreció «caldos» a don Lotario y al pescador. Este hacía verdaderos equilibrios para liar sin que se le cayera el tabaco. Don Circunciso, ya seguro con el whisky en la mano, sonreía. —¿Con quién vive usted aquí, señora? —… Con mi hijo. —¿Dónde está? —No sé… Y sonrió con gesto triste. —No sé… Tenía que ocurrir. Estaba segura. ¿Ustedes son de la policía, verdad? ¿Usted también? —añadió mirando de nuevo a don Circunciso. —… Tenía que ocurrir y es natural. A los hijos los dominamos durante los primeros años, pero al fin se nos escapan totalmente. Se hacen otros seres distintos a nosotros… Sabía perfectamente que todo ocurriría así. Y estaba resignada. Digamos que tenía la resignación almacenada… Una dolorosa resignación. Cuántas veces he temido que llegara una noche como esta. Una noche que vendrían a buscarlo y yo no tendría más remedio que explicar todo lo que pasa… Es mi hijo y estoy en mi derecho moral de no decir nada que le perjudique. Pero es inútil. Yo hasta ahora no he estado preservando a un hijo que obraba mal, sino a un enfermo… Hasta ahora, durante años, pude arreglarlo todo, facilitándoselo todo y consiguiendo que no pasara a mayores. Para ello empleé mucha habilidad y sacrificio. Pero ya es imposible… Compré esta casita, pensando que en el campo se apaciguaría… y todo sería más fácil. Incluso me traje una prostituta de Madrid para que lo atendiese regularmente… Pero no sé qué le ocurrió al llegar a estos parajes, a este campo, que a la hora de hacer el amor, le dio por vocear, por vocear en el momento del espasmo. Vocear de manera parecida a como oyó en una película de terror que vimos poco antes de venirnos de Madrid. No lo había hecho nunca… Siempre, al terminar, quedaba traspuesto, con un sudor frío en la frente, pero callado. Los que escuchaban se miraron entre sí. Don Circunciso de un tragazo consumió el whisky que le quedaba. La señora ahora hablaba como en un monólogo onírico. —Antes, de lo único que tenía que cuidarme era de tenerle una mujer preparada cada dos noches… Con dinero eso es muy fácil, ustedes lo saben, porque si a las cuarenta y ocho horas no tenía mujer atacaba ferozmente a la que fuese. Pero últimamente, ¿qué pasa Dios mío?, necesita vocear. No se pueden ustedes imaginar. Es como un estremecimiento epiléptico acompañado de una voz desgarradora, como si se le rompiese algo en su interior, como si alguien en ese instante le agarrase el cuello para estrangularlo. Y se pone las manos en los ojos como si viera algo espantoso… Ya habrán ustedes apreciado que el grito no es precisamente patético, sino más bien sensual. Sin embargo, la cara que pone al gritar y la manera como se la tapa después, da la impresión de que sufre muchísimo. O de que ve algo espantoso.

La señora calló un momento. Plinio bebió un trago de chinchón con agua. Don Lotario miraba al Jefe de reojo. El más impertérrito era el pescador, aunque tenía la boca un poco entreabierta, posición esta muy poco frecuente en la figura de su rostro. —¿Entonces usted lo ha visto de cerca cuando…? Ella bajó los ojos y se miró ambas manos. —Alguna vez. —¿Cuándo empezó así? —Hace siete u ocho años. Primero comenzó a meterse con las criadas. Como eso creaba muchos disgustos, empecé a pagar chicas que viniesen a casa cada dos noches… No podía dejarlo salir solo. Claro que alguna noche se me escapaba. Sobre todo si se retrasaba la alquilada o por cualquier cosa no venía. —Usted sabe que ayer desapareció una señorita y que hoy se ha encontrado ahogada con heridas y contusiones. —Sí… me he enterado esta mañana. —¿A cuántas ha matado más? —Ninguna, de verdad. Últimamente está muy agresivo. Ya no espera cuarenta y ocho horas. Quiere amar todas las noches, a todas horas… Es terrible. Parece que le pegó a Gala. Y como ella ofendida se fue a Madrid, él salió con el coche. Por la manera que tuvo de arrancar aquella noche me di cuenta de que iba en busca de otra, la que fuere. —¿Y por qué la tiró a la laguna? —Le haría frente. Eso no puede hacerse con él. Hay que entregarse… Cuando hoy vi que volvía Gala con ustedes —dijo mirando a don Circunciso— me temí lo que iba a pasar, lo que está pasando… Se llevó una gran impresión al verla. Se me escapó al primer descuido. Y yo estaba segura que ustedes la traían de cebo… Yo no puedo hacer nada. Me doy resignadamente por vencida. Digo resignadamente porque sé que no lo pueden juzgar como a un ser normal. No tienen más remedio que llevarlo a un sanatorio donde yo pueda estar con él y orientar la manera de tratarlo y satisfacerlo… No sé por qué nació así. Vaya usted a saber. Ni en mi familia ni en la de su padre hubo anormales… Bueno hubo un hermano de mi marido, que en la guerra asesinó a cien personas. Don Circunciso se echó el vaso entero al coleto, al oír aquello, pero con tanto ímpetu que empezó a toser. Don Eusebio le dio manotadillas en la espalda. De pronto todo tomó un aire más patético todavía. La señora empezó a llorar con unos ahogos secos y aparatosos a la vez que se daba puñadas en la cabeza con gran furia. Parecía como si la dulzura de hasta entonces hubiera sido forzada. Don Lotario fue el primero en reaccionar. Intentó frenarle los golpes, hasta que por fin cogió la vasija con los cubitos de hielo, y se lo echó todo en la cabeza. Le cayeron algunos cubitos por la espalda y el escote. Durante un largo rato todos callaron. La señora, con gesto adusto más que triste, miraba el rescoldo de la chimenea. Don Circunciso, procurando no hacer ruido, se levantó y se sirvió otro whisky con mucha agua. Sin sentarse, junto a la bandeja con ruedas, se bebió un trago larguísimo. Plinio, con mucha calma, una vez superada la sorpresa, empezó a liar otro «caldo». Por fin le preguntó: —¿Dónde estará ahora su hijo, señora? —No sé —dijo volviendo a endulzar el gesto poco a poco y con voz amable— pero vendrá aquí… Antes de las tres vendrá como sea. Es superior a sus fuerzas el pasar las noches fuera de casa —¿Y por qué su hora del amor suele ser la misma, las doce en punto? —… No lo sé. Eso le ocurre desde el primer día. Al final de la jornada siente ese deseo… o lo que sea, de manera irrefrenable. —¿Y por qué no se traía Gala a casa y lo hacía en medio del campo o en el mismo hotel? —Yo siempre le decía que se la trajese y él me lo prometía. Pero es tan impaciente… o porque esperaba las doce… Yo que sé. Es mi hijo y no sé del todo bien lo que le pasa. El primer escándalo que dio fue hace cinco años con una cieguecita que vendía los cupones en una esquina. Salió solo con el perro que teníamos entonces y fíjese, aunque era sólo media tarde, le dio el arrebato y quiso violarla… Fue un escándalo horrible. A partir de entonces tuve que empezar a cuidarme seriamente de él en este aspecto. —¿Fue al colegio? —le preguntó don Lotario tímidamente. —No… siempre le tuve profesores particulares. —¿Y su padre le faltó hace mucho? —Sí… veinte años hará ahora. La señora se levantó y volvió a echar leña en la chimenea. —No debe tardar en venir. Son cerca de las tres. Tenía otra vez cara de cansada. Mejor, de entregada. Había en todas sus actitudes y palabras una forzada serenidad, mejor, una resignación casi beatífica. El mismo tono de sus palabras era añorante, como referido a un capítulo ya transitado de su vida.

El reflejo de las llamas avivadas luciernagueaba en los rostros adormecidos de todos. Aquella espera tan relajada, era lo más opuesta al final de un caso policíaco. Todo estaba resuelto, o al menos parecía resuelto con un largo maestoso. Era como esperar con paciencia el final de una agonía. A pesar de su aparente tranquilidad, cuando el silencio se prolongaba un poco, a la señora García López se le escurría una lágrima que se enjugaba pausadamente. —… Aparte de estas cosas es un alma de Dios —dijo como para sí—. Cuando no siente deseos de mujer, es como un niño. Lee libros infantiles, juega solo o se pasa horas y horas ante la televisión. Todos los días, cuando salimos de paseo la gente lo mira con agrado. Tiene tan buen tipo, es tan dulce su gesto, y ese aire distraído, de sabio, que a todo el mundo le cae bien… Cuando lo lleven al sanatorio me internaré con él para poderlo atender y tenerle a punto las mujeres que necesite. Si le faltasen enloquecería… Quiero decir que estaría anormal todo el tiempo. ¿En qué mejor cosa puedo emplear lo que me quede de vida? Calló. Ahora se miraba los rodales mojados que todavía le quedaban sobre la bata. —¿Y qué hace por ahí a estas horas? (Plinio). —Siempre… después, le gusta correr en el coche. Algunas veces se va hasta el Hundimiento, allá a la entrada del pueblo, porque le gusta oír el ruido de las cascadas… Más de las tres no aguanta por ahí, ya verán. El pescador se levantó con aire de sueño y se sirvió otra copa de Chinchón. Antes de sentarse, según solía, hizo un disimulado ademán gimnástico. Se oyó que abrían la puerta del chalet cautelosamente. —Cuidado, ya está ahí. Por favor, no le digan nada. Yo lo arreglaré todo. Unos pasos suaves en el pasillo. La madre salió a su encuentro. Durante unos minutos estuvo con él. O no hablaban o lo hacían en voz baja. Por fin se les oyó aproximarse: —Luis, por favor, pasa que hay aquí unos señores que quieren verte. Apareció en la puerta del brazo de su madre. La pobre señora tenía ahora el gesto más triste de toda la noche. El mozo, tan alto y rubio, con gesto de niño un poco enfadado, hacía a los visitantes unas reverencias muy cortesanas, desde lejos. —Anda hijo, siéntate —le ofreció la madre un sitio en el sofá que ella estaba. Luis se sentó, miró fijamente y con cierto orden a todos los que allí estaban y de pronto, como si le diese vergüenza, tomó una revista que desde lejos parecía infantil y empezó, con obstinación, a simular que leía… Era de tan buen parecer, que sólo se le notaba su anormalidad en la manera de fruncir el entrecejo, de mirar entre tímido y desconfiado. —¿Podría hacerle algunas preguntas? (Plinio). —Es inútil, señor. Pruebe y verá. —¿Cuál es su nombre? —Luis —dijo la madre en voz baja. —Óigame, don Luis. Levantó los ojos de la lectura, pero en seguida volvió a ella. —Óigame, don Luis. ¿Cuántos años tiene usted? Lo miró de reojo nuevamente y no contestó. —Anda, hijo, dile a este señor cuántos años tienes, no seas así. —Veintisiete —dijo casi bisbiseando y sin mirarlo. Plinio hizo una señal a la señora para que fuese junto a él a un rincón. La mujer fue a donde estaba el Jefe. El hijo volvió a levantar los ojos un momento al ver la maniobra. —Señora, mi deber es comunicar en seguida a la Guardia Civil que hemos localizado al presunto autor de la muerte de la señorita Solita… Ellos son los que llevan este caso. Si usted me lo permite voy a utilizar el teléfono. —¿Y van a venir ahora? —Claro —Que esperen a mañana… si nosotros no nos vamos. —Que ellos dispongan. —Está bien… El teléfono está allí dentro. Y volvió con cara compungida a su sofá. —¿Por dónde estuvo usted paseando? —le preguntó don Circunciso con su voz ronquilla e infantil. Luis levantó los ojos hacia el enanillo, y quedó unos segundos mirándolo con curiosidad, sorprendido. Pero en seguida volvió a su lectura. —Luis, por favor, te pregunta este señor que por dónde estuviste paseando. Se encogió de hombros y aproximó más la revista a la cara. —Si es inútil. —Yo creo, señora, que sería mejor que nos dejase a solas con él (Circunciso). —Como quieran, pero… —Sí, vamos a probar —insistió el enanillo poniéndose de pie y avanzando hacia el mozo con cierta arrogancia. La señora García López marchó hacia la escalera. —Marche, marche por favor. Subió lentamente. Los escalones de madera crujían bajo sus pies. Luis levantó los ojos de la revista hacia ella, con cara de no saber lo que ocurría. La señora había vuelto a detenerse. —Desaparezca, por favor. Luis se puso de pie y dejó caer la revista al suelo. —Vamos don Luis, queremos hacerle unas preguntas.

Luis miraba a don Circunciso desde su altura con gesto irresoluto. —Siéntese, por favor —y le apoyó las manos en los brazos para obligarle a sentarse. Pero Luis permaneció de pie. —Vamos a ver. ¿Dónde estuvo usted de paseo esta noche? —le preguntó con energía. En aquel momento entró Plinio. Al ver la escena, quedó parado junto a la puerta. —Haga el favor de contestar. ¿Con quién estuvo? Ahora Luis miró a todos, con cara de temor, de hallarse acorralado. Y por fin, con pasos cautelosos y las manos un poco alzadas, como si temiera que fueran a atacarle, avanzó hacia la escalera. Apenas pisó el primer escalón, la subió corriendo. Don Circunciso miró a Plinio con cara de resignación. —No hay nada que hacer. ¿Habló usted con la Guardia Civil? —Me ha dicho el sargento que no nos movamos de aquí hasta que ellos lleguen. Márchense ustedes si quieren y aguardo yo con don Lotario. A don Eusebio, el pescador, pareció gustarle la idea, pero como don Circunciso hizo un gesto de indiferencia y fue hacia su sillón, el pescador, con resignación, volvió a poner la cara entre las manos. Plinio también se sentó en el sillón que antes ocupaba la señora. Don Circunciso se dedicó a husmear entre los libros y revistas que había por allí. Don Lotario se sirvió otra copa de anisado y ofreció a Plinio. Este la tomó con cara de cómica resignacion. —Todas son revistas infantiles — dijo don Circunciso con voz de amanecida y sin quitarse el dichoso puro de la boca. —Pero delante de las mujeres no es infantil. —Me parece enormemente peligroso… Una lástima —se lamentó el enanillo. —Más lástima me da a mí la madre (Plinio). —Por supuesto. —Les digo a ustedes, que qué vidas… (Don Lotario). —Qué vidas las de ellos. Pero qué muertes las de cuantos caen en su poder en uno de esos momentos de arrebato — dijo de pronto el pescador con aire filosófico. Don Circunciso asintió con mucho respeto. La habitación estaba completamente nublada por el humo de tanto cigarro. El rescoldo de la lumbre todavía era vivo. Sólo se oía el reloj de pared. Ya eran cerca de las cuatro. —Y la señora no baja (Lotario). —Estará durmiendo al bebé (Circunciso). Plinio relió otro «caldo». Lo encendió, chupó y echó el humo con aire aburrido. Don Circunciso, sacándose el zapato con disimulo, se rascaba la planta del piececillo. Don Lotario se miraba la cara con ojos de sueño. El reloj dio otro cuarto. Y de pronto, con mayor fuerza e intensidad dramática que nunca: —¡Aaaaaaaaaaaaaah! Por lo imprevisto, y la resonancia de la casa, todos quedaron muy impresionados. Don Circunciso con las manos pegadas al pie descalzo y el puro en la boca. Plinio con los ojos entornados y la mano en la barbilla. El pescador mirando hacia el techo. Y don Lotario hacia Plinio. Este, con aire decidido, se puso de pie, y fue hacia la escalera. Todos lo siguieron. Plinio, por el pasillo iba abriendo todas las puertas que encontraba a su paso.

Fue en la del fondo precisamente. Unos centímetros antes de que la mano de Plinio llegase al picaporte, desde dentro la abrió Luis, desnudo de medio cuerpo para abajo. Al ver a los Justicias y sin venir a cuento puso las manos en alto dejando sus vergüenzas manifiestas. … Sobre una cama camera, estaba la señora García López mal tapada con una sábana, y el blanco pelo revuelto. —Hijo, baja los brazos y pásate al cuarto de baño. Salió Luis después de consultar con la mirada. Los cuatro justicias quedaron en la puerta. La señora se incorporó con ademán muy natural, aunque en triste. Inútilmente pretendía taparse con el embozo. Quedaba a la vista el arranque del pecho y de los brazos, tan blancos y mal tratados por los años. —… De vez en cuando soy yo la que tiene que calmarlo, para evitar males mayores. Y quedó mirándolos con sus ojos clarísimos, brillantes y serenos. Plinio, sin contestar, tiró de la puerta. Volvieron a sus asientos de antes sin el menor comentario. El más afectado parecía el pescador. Don Circunciso, que volvió a rascarse el pie, dijo: —Nunca lo hubiera pensado. ¿Y usted, Manuel? —A mí se me pasó por la cabeza cuando la señora nos dio tantos detalles de cómo se ponía su hijo a la hora del trance. Se oyó que un coche paraba en la puerta. Salió Plinio a abrir. En seguida aparecieron el sargento y una pareja. Frotándose las manos se aproximaron a la lumbre. Plinio empezó a explicarles. Volvieron a crujir los escalones de madera. La señora García López, envuelta en una bata gruesa, bajaba con pasos tímidos. Por el ancho ventanal que había junto a la chimenea empezaba a clarear el cielo.

EPÍLOGO

Cuando Plinio y los suyos amañanaron en el bar del hotel, don Circunciso y el pescador ya habían marchado a La Cimera para enterrar a «Vida». Y según contó don José, muy de mañana, los García López, seguidos de las motocicletas de la Guardia Civil, pasaron en su Seat camino del pueblo. Bien pasado el mediodía volvieron los enterradores caninos, y mientras recogían el equipaje, Plinio y don Lotario sacaron a la rubia Gala en silleta la reina. Decidieron tomar todos juntos el ultimo café. La pobre Gala hacía guiños de dolor cada vez que se estremecía. Las mujeres de Plinio no le quitaban ojo. En su vida habían visto una puta tan cerca. Y la contemplaban con mezcla de ternura y prevención, como si su mal —el del oficio— fuera pegadizo. Los dueños del hotel de pie, junto al corro cafetero, monosilabeaban a unos y otros. El mozo de la barra silbaba lírico mientras secaba el vidriado. Con la partida de los que ahora tomaban café, quedaba el hotel vacío. Pero todo podía darse por bien llegado —según dijo repetidamente doña Josefa — con tal de haber acabado para siempre con aquellas voces que parecían terroríficas y resultaron de amor… a su manera. Bajaron los de los servicios especialísimos: don Circunciso y el pescador. Aquel, con su puro para consolarse del réquiem de «Vida». Don Eusebio, callado, y con el aire distraído de siempre. El corro estaba casi rodeado con las maletas de todos. El sol, indiferente a toda clase de dolores, quebraduras de huesos y lascivias, brillaba terso y echado jubiloso sobre las aguas clarísimas de la Colgada. Después de los despidos, Plinio y don Lotario colocaron a la Gala en el asiento posterior del Mini. La pobre, a pesar de ser ya tan público su oficio, y de la quebradura del remo, todavía echaba sonrisas coquetonas y abultaba el busto cuando tenía ojos atentos. Pero después de todas las despedidas a quien miró con especial ternura fije a Plinio, sólo a él… Y este, súbito, recordó cuanto ella le contó de sus padres y de su vida la noche anterior. Don Circunciso le echó la manecilla también con tímida ternura. Y el pescador miraba a otro lado, aunque sonriéndole. Al arrancar el Mini, Plinio se llevó lentamente la mano a la altura de la sien, como si llevase la gorra de plato, y miró a todos, pero muy especialmente a la Gala, que le meció la mano abierta tras el cristal… Lo más pintoresco de la despedida fue la reverencia con que el mozo silbante le dio sus adioses a don Circunciso. Y un rato después, partieron los de Tomelloso. Las dos mujeres, con gusto de volver al pueblo, pero con ojos de recordar las escenas de aquellos días. Don Lotario, bien apescado al volante y pendiente de las muchas curvas de la carretera. Plinio, echando los ojos sobre los verdes claros de las lagunas quedas, sobre las piedras rojas y pardos tomilleros de los villares y cañadas. Atrás quedaba tanto cielo azul y tanto espejo de él y del monte pastor que hacen Ruidera. Otro capítulo de la vida profesional de Plinio que pasaba al archivador, al fue, al repertorio contadero. A la altura del Buen Retiro, poniéndose muy a su par, les pasó un coche. Desde él, alguien les hacía señas muy jubilosas. Era Ignacio, el recién casado y su mujer, la por fin desvirgada —¡Adiós! ¡Adiós! —Padre, ¿por qué le saluda ese tan contento? —Por un favorcillo que le hicimos la otra noche. —¿Ah sí? ¿De qué? —Que te lo cuente luego tu madre…

Benicasim - Madrid, 1972-1973



viernes, 10 de noviembre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 7ª Capitulo

NOTICIA DETALLADA DE LA FINCA CIMERA. 
RESPONSO PARTICULAR POR EL PERRO «VIDA» 
Y OTRAS TRISTEZAS Y ESPERANZAS
Sería por falta de sueño, rara en él, o porque olvidó echar las cortinas, lo cierto es que Plinio despertó muy temprano. Quedó un rato con las manos bajo la nuca mirando al cielo raso, hasta que por fin se tiró de la cama. Pasó a desayunar al bar. —Le vamos a servir, Jefe, el primer cafetito del día —dijo el silbador. —A ser posible con una torta de Alcázar. —Eso está hecho. —¿Se levantó ya el dueño? —Sí, me ha parecido oírle zapatillear por ahí. En la mañana tan limpia, la laguna parecía recién surgida. Entró López Torres con la caja de pinturas en la mano. —Buenos días, Manuel. ¿Has visto qué mañana? Qué luz. Como si acabara de empezar el mundo. —Pues nos ha pillao un poco viejos. —Es verdad… Pero es una luz que se entra por todos los poros. —Vaya si… Antonio miraba por el ventanal que daba a la laguna, con la boca muy junta, y los ojos claros abiertísimos. Don Lotario y don José entraron juntos. —¿Volvieron esos hombres? —le pidió en un aparte. —No… —¿Va a ir usted a algún sitio con la furgoneta esta mañana? —No. ¿Por qué? —¿Le importaría llevarme hasta Fuenllana? —¿Es que se ha estropeado el coche de su amigo? —No. Es que sería conveniente ir con usted. —Siendo así… cuando usted quiera. —Ahora no, un poco más tarde. Don Lotario, mientras oía distraído a López Torres, echaba reojos a Plinio y al hostelero.

Se asomó doña Josefa: —Oye, que se van los hermanos Riofrío. —A tus mujeres se les han pegado las sábanas, Manuel. —Al contao se acostumbran a lo bueno. Un mozo sacó la gran maleta de los Riofrío hasta el Dodge grande. El chófer le ayudó a colocarla. Los dos hermanos, muy atildados se despidieron sólo de los hosteleros. —¿De dónde han sacado ese coche? —Ha venido de Madrid por ellos. —Manuel, ¿se ha sabido algo de la chica desaparecida anoche? —Yo no. El caso está en manos de la Guardia Civil, según me dijo el padre, don José. Hacia las diez, después de bajar las mujeres le dijo al veterinario: —Voy con don José en su furgoneta hasta Fuenllana. Tengo que hacer allí una diligencia e importa que él dé la cara. —Como digas, Manuel… Si te puedo ser útil en alguna cosa —dijo con ojos tristísimos— ya sabes dónde estoy. —Es usted un chiquillo. —Qué chiquillo ni qué leches. Es que es la primera vez que ocurre esto. —Lo sé y bien que lo siento. Pero lo tratado es lo tratado, don Lotario. —Que sí hombre, que sí. Cuando entraban en el pueblo dijo Plinio a don José: —Pregunte usted dónde vive Juan el mecánico. —No era taller, ni garaje, sino un portal de casa antes con carro, ahora con motos y un tractor. Al entrar Plinio advirtió a don José: —Pregúntele usted si estuvo aquí ayer don Circunciso. Según le responda intervendré yo. Don José lo miró sorprendido y aguzando los ojos. —Venga, vamos. Plinio se caló hasta las cejas la boina. Juan, con mono, sentado en el suelo y lleno de tiznajos, enredaba en el motor de una motocicleta. —Soy el dueño del Hotel La Colgada y vengo a ver si me puede usted dar razón de un huésped que no volvió anoche… Es liliputiense y vino en un Minimorris. —Sí estuvo aquí, sí. Vino con otro. —¿A qué hora? —Hacia media tarde. —¿Y dónde fueron? —intervino Plinio. —Hombre a ciencia cierta no lo sé… —Se puso de pie y rascó la cabeza como pensando—. A ciencia cierta no lo sé, pero yo les di una dirección pizca más o menos. —¿De quién? —De un argentino. —¿De un argentino con barba? —Eso es. —¿Y dónde es? Hacia la mitad del camino, yendo a Villahermosa, a la izquierda, hay una casa muy larga con árboles que le llaman La Cimera. —¿Y cómo vive ahí un argentino? —Ni idea. Esa finca la vendieron hace muchos años Los dueños nuevos creo que viven en Madrid y no son conocidos. Al menos yo nunca los vi por estos alrededores —¿Y cómo sabe usted que vive ahí el argentino? Juan miró al Jefe algo tímido. —Cosas del oficio —se animó al fin —. Vino hace unos días a que le reparase el coche y no tenía dinero. Quedaron en traérmelo por la tarde. Pero no me fie, mandé al chico que los siguiera con la moto, y vio que se metían allí. —¿Y le pagó? —Sí.

A la vuelta Plinio iba mirando todo el tiempo hacia la izquierda de la carretera. Y dijo después de media hora de camino: —Debe de ser aquella casa de los árboles altos. —Supongo. ¿Entramos? —No. Vaya un poco más despacio, pero no pare. —Como usted quiera.

Continuaron en silencio, y ya cuando entraban en Villahermosa preguntó el hostelero: —¿Qué va a hacer usted? ¿Dar parte a la Guardia Civil? —No. —Usted perdonará, pero no entiendo entonces. Don Circunciso es una persona muy importante ahí donde le ve. —¿Pues qué es? —No lo sé a ciencia cierta, pero muy importante. Me lo dijo alguien bien enterado. —Bueno, don José, por una serie de razones que no puedo decirle de momento, le agradecería que no hiciese el menor comentario, ni con su mujer, de lo que ha pasado esta mañana. Ya le avisaré cuando pueda hablar. La cosa es muy seria. No lo olvide. Yo sé quién es don Circunciso. —Como usted quiera… Yo lo decía… —No podemos hacer nada hasta que no hable con Madrid. —¿Don Lotario no sabe nada de esto? —No… Pero además somos muy conocidos los dos juntos. Por eso le dije a usted que me trajese. —¿Desde dónde va a hablar usted con Madrid? —Desde Ruidera. —¿Y por qué no desde Villahermosa? —Pase de largo ante el hotel, por favor. —Vale. No vieron parado el coche de don Lotario. Sin duda se llevó a las mujeres de Plinio a dar un paseo. Tardó más de media hora en conseguir la conferencia con el comisario Perales. Le dijo: —Creo que tengo localizado aquí cerca al de las voces, que por lo visto se ha tragado al gusano y al otro. —¿De modo que han desaparecido? —Ayer tarde salieron en busca de una pista. Y hasta ahora. Usted dirá qué debo hacer. —Nada. Absolutamente nada hasta que yo le indique. Llamaré a las cuatro. Manuel González pagó la conferencia maquinalmente sin fijarse en lo que daba y le devolvían. —¿Qué le han dicho? —Nada. Que espere instrucciones. —Ustedes sabrán. Qué más quisiera yo, iba a contestar Plinio, pero se calló. Volvieron al hotel. Don Lotario y las mujeres estaban sentados en una barbacana que hay junto a la carretera. Plinio fue junto a ellas inexpresivo. Las mujeres y don Lotario lo observaban y se miraban entre sí. —¿Qué, padre, se arreglan las cosas? —¿Qué cosas? —Qué sé yo. Las que usted traiga entre manos. —Si las tuviera entre mis manos como tú dices… —Si Dios quiere todo se irá arreglando —suspiró la Gregoria. —A Manuel siempre le salen —Sí, y un jamón, don Lotario.

A las Margaritas, madre e hija, por la ventana abierta se las oía dar grandes voces. —¡Miserable, que es usted un miserable! Toda una vida de miserable. —Y tú machorra, muslos de mozo, a quién le dirá… —Le juro a usted que la mayor desgracia de mi vida ha sido tenerla por madre. —Y a ti por hija, masturbadora. —Mejor es eso que no como usted, matar a su marido a disgustos. Se casó usted con él por dinero y luego lo mató a zarpazos. —Bien muerto está el imbécil. Ahora, que tú no vas a ver un duro. Te lo juro por estas. —Eso es que se lo cree usted. ¡Ay! De pronto cerraron la ventana. Y dejó de oírse la trifulca. —Qué barbaridad —dijo la Gregoria— nunca oí nada igual. —Y eso que según decía la crio como una malva, un rosal o qué sé yo (Plinio). —Así que sale una de casa oye unas cosas (Alfonsa). —Son dos cómicas (Lotario). —Pero por muy cómicas que sean, decirle esas cosas a una hija, Manuel. —Y a una madre, Gregoria. Sonó una moto con todo el escape metido. Era el cabo Maleza que hacía la exhibición. Frenó casi a los pies de la barbacana. —A la orden del jefe y la compaña. —Hombre, el subjefe Maleza. —Cabo y nada más, don Lotario. ¿Qué dicen las seras…? Mejor dicho la señora y señorita. —Pues ya ves. —Están ustés de un moreno que pa qué. Esto es vida. Mucha comida y mucha paz. Ahora, que un servidor, viene dispuesto a estarse aquí hasta la anochecida, que allí quedó todo muy bien dispuesto. ¿Me autoriza, Jefe? —Hombre, si no hay ningún imprevisto… Pero vamos al grano. ¿Qué noticias hay? —Pocas. Me dijeron de Madrid que la tal Gala no ha asomado todavía por el apartamento… Por lo visto el oficio la obliga a vivir mucho fuera de casa… Parece que trabaja a domicilio. —Explícate. —Ya está explicao. Que es una furcia y va a las casas donde la llaman. —Anda con la psicóloga. —De psicóloga nada, don Lotario.

Trabaja en clubs nocturnos y es muy conocida en el barrio. Plinio y don Lotario se miraron. —Está visto, Manuel, que estamos muy anticuados. Nunca pensé que fuera del oficio de la braga. ¿Y tú? —Más bien tampoco. Además aquí estaba muy formal. —De día… Que según tú oíste, de noche hacía sus saliditas por la ventana. —¿Es posible, padre? —Parece que sí… —Bendito sea Dios… —¿Y qué más, Maleza? —Nada, que van a averiguar dónde está y así que aparezca, si usted no dice otra cosa, se la mandan. —¿Nos la mandan? —Eso dijo el Comisario. —Bueno. Así es más fácil. —¡Ah!, y antes que se me olvide, le traigo recuerdos de la Rocío. Que con el permiso de su mujer vendrá esta noche a oír las voces. —Dichosa Rocío, siempre con ganas de bulla (Gregoria). —Bueno Jefe, ¿tomamos unas cervecillas para hacer boca? —Espera hombre, si todavía no es mediodía. —Es que traigo una resequez. Así estaban cuando apareció López Torres muy nervioso, con la caja de colores. —A ti te buscaba, Manuel. —¿Qué pasa? —Han encontrado a una chica ahogada. Dicen que es la que desapareció anoche. La han visto unos pescadores. Acaba de llegar la Guardia Civil que estaba rondando por esta parte.

Plinio y don Lotario se miraron: —Vamos. —Qué impresión me ha hecho. Tiene el vestido desgarrado y una mordedura en el hombro. —Venga, vamos. ¿En qué laguna está? —En esta misma, junto a la Isla. —¿Me voy yo también, Jefe? —No, tómate la cerveza tranquilo. Por la carretera adelante se veían correr motos y bicicletas hacia aquella parte. Bajaron del coche al llegar a la Lengua. Por ella, que es un lomo de tierra verde que atraviesa la laguna hasta llegar a un ensanchamiento que llaman la Isla, iban gentes apresuradas. Ellos siguieron el mismo camino. —Nosotros en plan de mirones nada más. Me entiende. Nadie hablaba. Todos miraban a la ahogada. Incluso los padres, que no parecían haber reaccionado todavía. Varias chicas jóvenes, una de ellas la amiga que la vio por última vez la noche anterior, estaban arrodilladas junto a la ahogada. El sargento de la Guardia Civil, al ver a los justicias de Tomelloso, le salió al paso. —Es la de anoche. Ya hemos avisado al juzgado. —¿Quién la encontró? —Un pescador, Manuel. —¿A qué hora? —Hará una, poco más o menos. —¿Puedo verla? —No faltaba más. El sargento pidió paso con voz enérgica. Todos los que hacían corro se abrieron de mala gana. Era una chica morena y pernilarga. Tenía los carrillos un poco abultados, como si hubiese muerto soplando. A la altura del pecho el vestido estaba desgarrado. —Fíjese usted —dijo el cabo señalando unos hematomas que tenía junto al cuello, en la parte visible del hombro y en los pechos. —Ya, ya. Plinio inclinó la cabeza. El pelo todavía muy mojado se le pegaba a la carne. —¿Por qué la miran tanto? —dijo la madre llorando. La laguna tan calma, tan lisa y tan azul. El cielo tan alto y el campo reflejado en el agua, daban la sensación a Plinio de no querer asumir aquella tragedia.

Tardó más de una hora en llegar el juzgado. Plinio y don Lotario aguardaron en un aparte con amigos y conocidos. Poco a poco fue aumentando el número de espectadores. El forense, un chico muy joven, con aire cajalesco, y el secretario inspeccionaron el cadáver, mientras el juez hablaba con el sargento de la Guardia Civil. Luego llamó al pescador que había encontrado el cuerpo. Era un hombre muy alto, con gesto como si le doliera algo. Contestaba al juez pensándolo mucho y con muy chicas palabras. Plinio y don Lotario permanecieron en su sitio sin perder detalle. Pronto llegó la ambulancia. A Plinio, acostumbrado a los grandes desmadres sentimentales en casos parejos, le sorprendió la discreción de los padres de la ahogada. Se limitaban a mirarla con ahínco. Sólo ella lloraba bajo o preguntaba algo. Cuando se abrió el corro para dejar paso a los de la camilla, el de Argamasilla reconoció a Plinio y se le acercó con aire pesquisitivo. —Perdone que no le haya saludado antes, como está de paisano… no lo conocí al pronto. —Sí, estamos pasando aquí unos días… —Qué raro, usted de excursión —Más bien de campo. —¿Si le interesa a usted algún dato? —le dijo casi a ras de la oreja. —Muchas gracias… Sólo por curiosidad me gustaría saber el resultado de la autopsia. —¿Dónde para usted? —El Hotel de La Colgada. —Esta noche me acerco. —Muy amable. —Es usted Plinio y basta. Cuando entraron el cuerpo en la ambulancia los padres subieron también.

Plinio y Don Lotario volvieron al hotel en el coche. Maleza, sentado con las mujeres de Plinio en el bar, tomaba cervezas y raciones, contándoles cosas de su mujer y sus hijos. —Si tuviéramos cinco o seis vidas, no me importaría que mi Agustinillo fuera albañil en la primera. Hay que construir viviendas y carreteras y algunos tienen que hacerlas… Pero no habiendo más que una vida, al menos en la que se coma, mi Agustinillo no va a ser albañil. Lo juro por estas… Aunque haya que sacarle una beca a mano armada, ese tendrá estudios de envergadura, pero albañil ni hablar. —Pero Maleza, ¿por qué te obstinas en lo de albañil? (Alfonsa). —Bueno, quien dice albañil, dice cualquier oficio de arriñonarse. —¿Y tú quieres que sea oficinista? —Ni eso. No quiero que tenga señoritos mandones. Quiero que sea libre en su botica, en su clínica o abogacía. —Tendrás tú queja de tus jefes, so mamón —le dijo Plinio. —No, señor, no la tengo, pero mejor se está por solo, no me lo negará, aunque el jefe sea usted. —Pues yo toda la vida tuve jefes, y no me ha importado. —Hombre claro, como usted cualquiera. —¿Por qué? —Porque usted es un intocable como dicen los periódicos. —En eso lleva razón Maleza, Manuel. —Sí jefe, que usted se pasa a los alcaldes, y no digamos los concejales, por debajo de la visera. Y ya se cuidará ninguno de tenerle un mal modal. Porque a usted lo aprecia España entera. —Contra el envidioso o malaúva, no hay aprecio nacional que valga. —Sí, Jefe, sí lo hay. Para el que vale de verdad no hay enemigo servible. Más o menos pronto sale la verdad, y el trampillero se queda en cuclillas, con los molletes al aire. Entraron en el bar las Margaritas, madre e hija, cogiditas del brazo, ternuronas, y se sentaron a una mesa. Comieron pronto y tomaron café en el mismo comedor. Plinio pensó que era mejor hablar con Madrid desde Ruidera que desde el hotel. —Si ustedes se van yo me quedo aquí un ratillo, jefe. —Desde luego, Maleza, no tienes arreglo. Pero a las cuatro lo más tardar coges la moto y sales de pira. Si avisan de Madrid di que sí. —¿Que sí qué? —Que manden a la Gala.

Don Lotario miró a Plinio sorprendido. —Está bien, ¿pero hasta cuándo van a estar ustedes aquí en Ruidera? —No sé. Si la mandan antes de que hayamos vuelto, nos la encaminas para acá, y en paz. —Vale. Al pasar frente a Entrelagos, don Lotario miró al reloj. —Oye, Manuel, podíamos tomar un cafetillo aquí. Entraron. De codos sobre el mostrador, estaba el borracho del pelo blanco, con los ojos entornados y la copa de coñac entre los dedos. El hombre se traía a solas una carcamusa de mala transcripción. Por la laguna del Rey rubricaba una canoa con la proa muy alzada. Del restaurante bajaban como dos docenas de turistas muy alegres. Algunos cubiertos con yelmos de Mambrino, hechos con cartón dorado. Sin pararse en el bar, subieron en un autocar muy moderno. —Son holandeses que están haciendo la ruta del Quijote —aclaró el barman. —¿Holandeses? —balbució el borracho—. España para los españoles. Toda esa chusma es la que ha corrompido el glorioso crisol de las virtudes hispanas… ¿A que sí? —le dijo con aire de reto a Plinio. Pero con tan malafortuna, que por el exceso de coñac y arrebatos nacionalistas, se le escurrieron los pies del travesaño de la banqueta, y cayó al suelo. Lo levantaron entre todos. —Pobrecito, se ha hecho una herida en la frente. Hablaba la señora mayor que habían visto algunas veces pasear junto a las lagunas con su hijo rubio. Le pasó un pañuelo por la herida que sangraba algo. Enseguida apareció el hijo. Bajaba la escalera del restaurante consultando una guía de carreteras con gran fijeza. —No es nada —dijo el del bar— pero algún día nos va a dar un buen disgusto. Plinio le echó un vaso de agua en la cabeza. El del pelo blanco abrió por fin los ojos y miró con gesto ido. Lo sentaron y volvió a musitar: —¡Muera la pérdida Holanda! La señora se guardó el pañuelo y se unió a su hijo o lo que fuera, que seguía con la guía en la mano. Saludó ella con gran cortesía y salieron con pasos calmos.

Hasta las cuatro y cuarto no le dieron la conferencia. Don Lotario esperaba fuera discretamente. —Soy Manuel González. —Ya —dijo Perales—, aguardaba su llamada… Allí ya no hay nada. Parece que todo está ahora localizado en otra parte lejana. Inspeccione de todas formas la casa de campo por si encuentran algo… Su intervención, aunque indirecta, ha sido eficaz. Le felicito. Creo que el final está próximo. —¿Final bueno? —Espero que sí. —¿Se sabe algo de los amigos? —Sí. —¿Pero están bien? —Sí. Cuelgo. Vuelva a llamarme antes de las ocho para contarme lo que vean en la casa. —De acuerdo.

Plinio salío liando un «caldo» con muchos pliegues en la cara. —Tú dirás, Manuel. —Vamos a una casa de campo que esta entre Villahermosa y Fuenllana. Yo le indicaré. —Bueno. Caminaban en silencio. Cada cual en lo suyo. Al llegar ante la Cimera pararon junto a la cuneta. —¿Trajo usted los gemelos? —Sí, Manuel. Ahí los tienes en el salpicadero. Plinio sin bajarse del coche miró con los gemelos pacientemente a la casa que quedaba a unos trescientos metros. Miraba sin quitarse el cigarro de la boca. —¿Encuentras lo que buscas, Manuel? Negó con la cabeza. —Parece que el camino que lleva hasta la casa es aquel. —Tire usted. Plinio se sacó la pistola del bolsillo trasero del pantalón y la montó. —¿Es que hay peligro, Manuel? —Espero que no. Nadie había por el camino. Se detuvieron a pocos metros de la casa, entre los árboles. Bajaron. Apostados entre ellos aguardaron un rato. No se oía absolutamente nada. —Vamos. Plinio avanzó decidido, sin más precaución que la mano en el bolsillo de la chaqueta donde llevaba la pistola. —Manuel, ¿no hueles? —No… ¿A qué? —A muerto. —¿A hombre? —A animal más bien. —¿Usted distingue? —Creo que sí… Volvieron a apostarse tras los árboles. Don Lotario miraba en derredor, más con las narices que con los ojos. —Mira, mira, debajo de aquella ventana —dijo al tiempo que lanzaba una piedra hacia ella. Varios cuervos alzaron un vuelo de lutos desgarrados, aparatosos. Se adelantó don Lotario: —Es un perro, Manuel. —Sí… el «Vida» del enano. —Es verdad. Don Lotario, pinzándose las narices se agachó sobre el animal muerto. —Mira, aquí, le dieron un trancazo en la cabeza. La casa, con dos plantas, de piedra y puertas de almagre despintado, parecía deshabitada. Dieron un rodeo. Todo cerrado. —Mire, rodadas de coche. Intentaron abrir la puerta principal, pero fue imposible. —Vamos a ver por la portada. Forcejearon y tampoco hubo forma. —Estas cerraduras tan grandes, aunque les disparásemos un cargador entero no habría manera de abrirlas. —Quizá desde la capota del automóvil podríamos pasar por esa ventana, que tiene abiertas las contravidrieras. —Eso está bien pensado, Manuel.

Voy por el coche. Lo aproximó hasta pegarlo a la pared. Subió Plinio. Golpeó con la culata de la pistola un cristal, y cuando no hubo peligro quitó los pasadores de las vidrieras y saltó. —Tráigame la linterna. —Es verdad. —Venga, aúpa, yo le agarro. La parte alta de la casa estaba abandonada hacía mucho tiempo. Había polvo en todos los muebles y pasamanos. Abajo, en una cocina grande sí se veían restos de alimentos y de leña en la chimenea. Botellas en un rincón. Y en la habitación inmediata, varios colchones muy juntos en el suelo. Las demás habitaciones, cámaras y graneros grandísimos, intactos. Plinio volvió a la cocina y a los cuartos contiguos donde estaban las camas, y examinó todo con mucho cuidado. Había algunos periódicos atrasados y un bote de bicarbonato. En el cuarto de aseo antiguo quedaba una pastilla de jabón a medio gastar. En una tinaja rota del corral, restos de alimentos y basuras. Plinio los removió con un sarmiento. —Esa gente ha vivido a base de comer huevos. Eh, qué cantidad de cascarones. —Y de cerveza. Mira, Manuel, cuantas botellas. De las habitaciones altas, la única que debieron de habitar últimamente era un comedor de muebles chipendales y cristalerías cursilísimas de los años cuarenta. Habían quitado el polvo y todo. Sobre una mesa baja había un antiguo aparato de radio en forma de teja española y varios ceniceros con colillas. Las alcobas, poco cuidadas, estaban totalmente intactas, con los colchones enrollados. Don Lotario comprobó que funcionaba la radio. Volvieron a descolgarse por la ventana hasta la toldilla del coche del veterinario. Todo estaba cerrado por dentro. Todavía emplearon un buen rato en voltear por la finca, completamente de liego. Don Lotario apreció huellas de dos tipos de ruedas de coches. Unas más anchas. —¿Estas pueden ser de un Seat 1500, usted que entiende? —Sí… y estas de uno pequeño, como el mío.

Volvieron en completo silencio. Don Lotario sin atreverse a preguntar. Plinio, confuso. —¿Dónde vamos, Manuel? —Pare usted en Villahermosa. Caía la tarde. Se detuvieron en teléfonos. —Yo, Manuel, te espero en aquel bar —le dijo el veterinario con aire de resignación. Plinio pudo comunicar en seguida con Madrid. Explicó a Perales lo que encontró en la casa… —¿Y los amigos del perro? —Bien, afortunadamente bien. Volverán por ahí mañana. Por cierto que aprovechando se van a llevar a esa Gala que tanto necesita usted. —Hombre, eso está bien. ¿Y a qué vienen? —¿Ella? —No, hombre, ellos. —A recoger su equipaje, y el niño además a enterrar a su perro. —Ya. —¿Qué es eso de la chica ahogada que se ha encontrado por ahí? —No sé; lo lleva la Guardia Civil. —¿Pero no cree que tenga relación con estas cosas? —¿Con lo de las voces querrá decir…? No sé. —Ya. —¿Alguna otra novedad? —No. —No entiendo nada. —Ni yo tampoco. —¿Puedo ya decirle a don Lotario lo que ha pasado? —Querrá usted decir de lo que no sabemos que ha pasado… Bueno. Plinio volvió jubiloso. Don Lotario al verlo entrar en el bar con aquella cara de franqueza se le ensanchó el ánimo. Entre cervezas con cortezas fritas hablaron largamente, maneando mucho Manuel y poniéndole caras muy aparentes y convencedoras. —Debe de ser algo de política raro. —¿Pero tu descubrimiento ha sido útil o no? —Descubrimiento de la casualidad, dirá usted… No sé. Ya nos explicarán mañana el enanillo y el pescador. —Quién me iba a decir que don Circunciso era de la poli. Nunca pensé que un tipo así… —Lo tendrán para servicios muy especiales como este. —De todas formas no tiene media guantá. —Pero es duro el tío. Ahí donde lo ve usted tan bajete es duro. Y sabe. Despacio, volvieron al hotel. Las mujeres no estaban, se habían cruzado a ver unas amigas a los apartamentos de enfrente. —Avelino, el constructor de los chalets de la San Pedra les ha dejado aquí un papel —dijo don José a Plinio.

Era la lista de los propietarios y un pequeño plano. Le echaron un vistazo, pero no conocían a nadie. El bar estaba completamente solo. Parecía que la tarde, sin ganas de irse, permanecía colgada a medio solespones, lamiendo los cerros largamente con manchones gualda. Echando en el agua semblantes de sangre quieta. Pidieron más cervezas. Don Lotario, después de las aclaraciones de Plinio había recobrado el gesto de siempre. Estaba otra vez pimpante y decidor. —Mañana viene don Circunciso — dijo Plinio a los dueños que acababan de entrar en el bar. —No me diga. —Sí, nos lo acaban de decir de Madrid. Vienen él y el pescador a por su equipaje. —Qué gusto… ¿Y qué les ha pasado? —Cosas del servicio. Trabajan con la policía. —Ya me sonaba a mí a algo muy importante. No había más que verlos. ¿Y usted lo sabía, Manuel? —Sí. —Ahora que, francamente creí que eran algo más que policías. El matrimonio de los cuatro hijos se despidió de los dueños. Iban a cenar a Manzanares y ya marchaban para Madrid. Llegó el médico forense de Argamasilla. Se sentó en seguida con los justicias. —¿Qué pasa? —Ha muerto ahogada. —¿No de los golpes? —No, ahogada. Pero hay algo más grave. —¿Qué? —Tiene señales de violación. Se la zumbaron antes de echarla a la laguna. —Me lo imaginaba… —Coño, Manuel, ¿y eso? —Nada… cosas mías. —Los pálpitos de Manuel, amigo doctor, parece mentira que no lo sepa. —Bueno, pero los pálpitos de Manuel tendrán un fundamento. —¿La iban a matar para robarla? ¿Para sacarle sangre como en las películas de vampiros…? Esos atracos, cuando se trata de una chica joven y guapa, en un descampao y de noche, toda la vida de Dios fueron para lo mismo. —Pero no hace falta tirarla después al agua, Manuel —dijo el forense jovencillo y nervioso sujetándose las gafas con el índice sobre la nariz. —Eso ya son circunstancias que ignoramos. —Pobre chica. Venir a pasar unos días en esos villares y mira. —No hay sitio sin muerte, amigo. —Sí, hombre, la tumba. Allí no puede uno ya morirse más de lo que está. —Eso es verdad, don Lotario —dijo el médico—, allí el que llega «más muerto estar no podía» como dice el verso. Marchó el forense y no acudía nadie. Parecía que todos habían huido del hotel. Ni a las Reinas se las veía. Solos Plinio y don Lotario en el bar. El chico silbón tampoco estaba. Hasta muy cerca de las diez no llegaron las mujeres hablando de la chica muerta. Plinio prefirió no entrar en detalles. El comedor estaba tan solo, que decidieron tomar unos pepitos en el bar. López Torres y las Reinas fueron los únicos que cenaron en el comedor. Aunque aquella noche tocaban voces, no se notaba animación. Sólo dos hombres de la fábrica de la luz llegaron a ver la televisión. —¿Por qué no vendrá gente esta noche, Manuel? —preguntó de pronto la Gregoria. —No sé… Tal vez como la última noche no se oyó nada desde aquí. —O que están recelosos con lo de la chica ahogada, padre. —Bueno, pero no sabemos hasta qué punto tiene que ver una cosa con otra. —Pero siempre atemoriza un poco. —Tú es que ya tienes ganas de volver al pueblo, Gregoria. —Pues no crea, don Lotario, que me estoy acostumbrando. —¿Y tú, Alfonsa? —Yo también. Me gusta mucho Ruidera, aunque sea con voces.

Las Reinas volvieron de la cena seguidas de López Torres. Ellas se sentaron a una mesa solas, frente a la televisión. López Torres, tímidamente, se acercó al corro. —Siéntate Antoñete. —No, me voy a acostar en seguida que mañana quiero madrugar… ¿Y qué pasa, esta noche no viene la gente? —No sé. —Será aprensión. Por fin se sentó en el borde de una silla. Plinio, bien recostado en el respaldo, con los ojos entornados, miraba hacia la carretera. —¿Esperas algo esta noche, Manuel? —No mayormente, don Lotario. Y sacudiéndose la distracción se fijó en la pantalla de televisión como los demás, pues daban una pieza de teatro muy hermosa. Hacia las once de la noche llegaron al bar dos parejas de la Guardia Civil mandadas por el sargento que estuvo por la mañana donde la ahogada. Saludaron desde lejos a Plinio y se acodaron en la barra a tomar un café. Luego se quedaron fijos en la televisión. Don Lotario guiñó un ojo a Manuel. López Torres, completamente ausente de la pantalla, se despidió con un movimiento corto de mano. Los dueños del hotel hacían las cuentas. Los civiles acabaron sentándose, con los barboquejos bajados, pero totalmente agarrados por la televisión. No llegaba ni un coche ni una sola moto con forastero como las noches anteriores que tocaban las voces. «Ni que se hubiesen puesto todos de acuerdo», pensaba Plinio. Cuando fueron las doce menos poco, Plinio quitó volumen a la televisión. El sargento de la Guardia Civil comprendió y entreabrió la puerta del bar. Todos esperaron con cierta inquietud que llegaran las doce. El guardia, con la mano en el picaporte y la puerta entornada, parecía dispuesto a detener la voz en el mismo momento que entrase por la puerta del bar. Pasaron los minutos sin mediar palabras. El locutor de televisión hablaba sin ser oído. La Alfonsa miraba de reojo a su padre que aparentaba impasibilidad. Don Lotario vibraba las piernas… A las doce y diez el sargento cerró la puerta y miró a Plinio. Este encogió los hombros. —Se ve que esta noche no hay voces (Gregoria). —Ojalá no las haya más (Alfonsa). —La que no ha venido por fin ha sido la Rocío. —Esa no sale a ninguna parte. Sólo sabe dar pasos contaos. De su casa a la buñolería y de la buñolería al huerto (Plinio). —Y mejor es que no haya venido, porque si se acerca esta noche, tan soso como ha sido todo… (Gregoria). —¿Se sabe algo más de la ahogada? —preguntó Plinio al sargento, poniéndose de pie. —De momento, no. —¿Pero hay alguna pista? —Que yo sepa tampoco. Los civiles marcharon cerca de la una. Y poco después los huéspedes subieron a sus habitaciones. Plinio ya en su cuarto, se notó desalentado. Miró e hizo oído por la ventana. Luego se paseó largo rato fumeteando y dándole al magín.




lunes, 6 de noviembre de 2017

Voces en Ruidera (Plinio) 6ª Capitulo



Si no es porque lo despierta Lotario pasadas las nueve, se levanta a la hora de los levitas, como antes llamaban en el pueblo a los señoritos. —Pero, Manuel, ¿en qué piensas? Que ya hemos desayunado y te esperamos para ir a Villahermosa. Le hablaba con el faria en la boca, mientras Plinio, en pijama, sentado en la cama, se restregaba los ojos y recomponía la cabeza. —Venga, alivia. —Espere usted unas chuscas. Y mientras se afeitaba, le contó sus pesquisiciones de la madrugada por la planta baja del hotel. —Claro que es muy inseguro. Pero lo más probable es, que quien entró por la ventana las dos noches de las voces, fue la señorita del 10. —¿Quién, Manuel? —Esa tremendona que vio mi mujer haciendo gimnasia. La Gala. Don Lotario, al acabar su narrativa el Jefe, se quedó con la boca prieta y los ojos meditativos. Y al fin rompió: —Pues no vas a volverla a oír entrar por la ventana. —¿Por qué? —Porque hace una hora o cosa así pagó la cuenta y se largó. —Mecagüenla. —Marchó con don José en su furgoneta. —La puta… Para un día que me duermo, fíjese. Y que anoche estuve tentao de llamar en su cuarto y entrar, pero me dio reparo. Me dije, a partir de mañana a esta no le quito ojo. —Y ahora que me acuerdo, llevaba un ojo totalmente amoratado y un esparadrapo sujetando una gasa junto a la sien. Ha dicho que se escurrió anoche al subir la escalera. —Mientras me acabo de arreglar baje usted corriendo y pregunte a doña Josefa dónde fue su marido. —De compras. —Sí, pero dónde. —Vale. Voy

Cuando Plinio bajó, don Lotario seguía de plática con doña Josefa. —Nada que hacer, Manuel. Don José fue a Alcázar porque hay buen mercado de pescados. Y a la Gala le habrá dao tiempo de tomar alguno de los muchos trenes que pasan por allí en todas direcciones. —Es de Madrid, ¿no? —Creo que sí. —Deme el fichero, doña Josefa. —… Aquí está. Es de Cádiz, pero vive en Madrid. —A ver que tome bien la dirección de la psicóloga. —Esa tenía de psicóloga lo que yo —dijo la dueña. —En fin, no aventuremos juicios. ¿Podría pasar a echar un vistazo a su habitación? —No faltaba más. Pero padre — asomó su hija—, ¿no viene usted a desayunar? Que sus amigos quieren salir para Villahermosa. —Que esperen un poco, guapa, que voy al contao.

En la mesilla había muchas revistas tontorronas. Plinio miró minuciosamente el cuarto de baño. Todo estaba bastante sucio, pero no encontraba nada de particular. Miró las almohadas con calma. —SÍ, aquí hay un restregón de sangre. —Y aquí otro mayor —dijo don Lotario señalando la parte alta de la sábana de arriba. —¿No se ha fijado si llevaba heridas en las piernas? —Iba en pantalones. —Es casi seguro que no se curó aquí. —¿Por qué, Manuel? —En el cuarto de baño no hay ni un hilo de gasa. Dieron más vueltas, removieron y miraron entre las revistas. Por la escalera, dijo pensativo a don Lotario: —Desde Villahermosa llamaremos al Comisario Perales a ver si pueden darnos una información de esta Gala. Las mujeres de Plinio, de muy buen humor, tenían a sus conalmorzantes embobados contándoles cosas del Jefe. Por eso, nada más verlos entrar, callaron. —Vaya, vaya con Manuel. De modo que cuando te afeitas le hablas al espejo como si fuera el detenido de turno —le espetó el Faraón. —Calle, chivato —le dijo Gregoria sonriendo. —Ya os están contando mis individualidades. —Lo que más gracia me ha hecho — terció Braulio— es que silbas mientras duermes. Lo corriente es roncar, o dar suspiros, pero el tocarse a punta de labios la Rosa del Azafrán entera, es lo nunca visto. —Exageraciones de esta. —No padre, que yo lo he oído también. —Sí, Manuel. Silbas un trocillo y te callas. Al cabo de un rato, otros compases. Y eso desde que nos casamos. —¿Y silba cuando está contento o siempre? —Cada dos o tres noches, esté alegre o sentío. —Pues, hija, eso de dormirse con música debe de ser gustoso —¿Y qué cantar silba? —No es conocido y bastante desperdigao. Se ve que con el sueño no hila bien. —Yo, cuando hice la mili —dijo el Faraón—, tenía un vecino de cama que algunas noches se incorporaba, con los ojos cerrados y todo, y echaba un discurso contra el Rey. Pero luego de día, cuando estaba en sus luces, y salía el tema político, resulta que era monárquico. —Coño, qué raro. Sería bueno saber con qué bando acabó la guerra (Braulio). —A lo mejor lo persiguieron en las dos zonas a la vez (Don Ricardo). Eran casi las once cuando salieron en los autos. Las mujeres prefirieron quedarse en Ruidera. Un poco apretados fueron todos en el coche del catedrático. Pasaron las lagunas verdes claras y cruzaron el pueblo. Había animación en las callecillas sin pavimento y con nombres de lagunas. Casas pequeñas con puerta y ventana. Una mujer, con gran ahínco, se dedicaba a borrar los ramos verdes que había en las fachadas. Pasaron la Ossa. Camino de Villahermosa, chaparrales. El terreno pierde la valentía de las curvas y abultaciones que alcanzó en Ruidera, y se modula suave mece-tierra, meceverde, mece-repechos y colinas. Entre sembradíos, sabinares con las puntas levemente declinadas por el viento. Algún cortijo al fondo, escaso de árboles, como mal avenido con la carretera. Y riachuelos menguados que alientan pordioseros el paisaje… Sabinares con olor a hembra encamada. Por Villahermosa se veían hombres aburridísimos, como sin saber dónde ir. Se pararon en la plaza, donde está la iglesia que quería ver el catedrático. Iglesia grande, de traza nórdica, con gran portada gótica. Alta torre poligonal y chapiteles de pizarra. En una plaza de casas bajas, la iglesia parecía excesiva, como para una ciudad que ya no existía. El Faraón soltó unos versos, que según él, cantaban los antiguos del pueblo:

En lo alto la torre
hay un nido de borricos.
Cuando rebuznan los grandes,
alzan el rabo los chicos.

Mientras don Julián y sus amigos entraron a ver la famosa iglesia, Plinio y don Lotario marcharon a la Central de teléfonos. Iban por las calles seguidos de sus sombras y de las miradas de algunas mujeres que puerteaban curiosas. A pesar del planchado matinal que le hicieron sus mujeres, el traje de Plinio seguía bastante arrugado, de suerte que, junto al empaque relamido de don Lotario, parecía algo su criado. Por la ventana de una escuela se oía a unas niñas cantar una retahíla multiplicativa. Y una vieja, posiblemente centenaria, sentada en el poyete de su puerta, con zuros infantiles, echaba de comer a unas palomas. El grupo era tan parejo de bulto que daba la impresión o de que ella se achicaba para estar a la altura de las palomas, o que estas se agrandaban para verle el albo pelo a la viejecilla. La conferencia tardó poco, y cuando dieron al comisario Perales las señas de la Gala psicóloga, este les preguntó: —Pero ¿qué ha hecho? —No sé qué le diga de momento. Creo que nada gordo. —Usted siempre con sus cosas. —Por favor, cuando sepa algo lo comunica a Tomelloso. Es lo más seguro. Por lo demás seguimos con igual temperatura. —Comprendo Plinio de la Mancha. Saludos a don Lotario… Llamaremos. ¡Ah!, y pregúntele que cuándo se debe vacunar de la rabia a un perro. —¿Me lo dice en serio o en metáfora? —No, hombre, en serio. Es que mi mujer se ha empeñado, y tenemos perro. —Bueno, pues se lo paso, que aquí está conmigo. —Como no podía ser menos.

Luego llamó a Tomelloso. —Ya sé que se puso usted anoche hecho una sopa, Jefe. —Qué bacín eres, Maleza. No se te pasa una aunque sea en Ruidera. Oye, llama al comisario de Alcázar de mi parte, a ver si localizan en la estación a una rubianca muy buena que se llama Gala, que ha ido con don José, el dueño del hotel de Ruidera. —¿Pero que se ha ido de ligue? —No, hombre, no, que la ha llevado a Alcázar en su coche. —Bueno, ¿y qué? —Si está ella que no la dejen marchar hasta comunicar conmigo, y si sólo ven a don José, que me llame enseguida al hotel diciendo dónde ha ido la Gala Rodríguez, qué ha hecho, con quién se ha visto, etc. En fin, lo que se pueda saber… y si te llega de Madrid algo para mí me lo comunicas en seguida. Volvieron a la plaza. Como ya habían visto la hermosa iglesia los otros, decidieron acercarse a Fuenllana, porque don Ricardo dijo que allí tenía un buen amigo y estaba a un paso. Todavía era temprano. Iban despacio, recreándose en la limpieza mañanera, en el relajo del campo después de la prematura tormenta nocturna. Toda la naturaleza parecía pasiva, femeninamente pasiva, con evaporaciones líricas y susurros quedos. Hay jornadas en las que la tierra se pone tensa, pujante hacia el cielo. Y cobra dureza de formas y de líneas, de robustos volúmenes, de sombras radicales, que agarran la vista del hombre que pasa. Pero en otras jornadas como aquella mañana, el paisaje se acloca y enteta como un niño dormido. Queda en suspiro matiz. Dispuesto a admitir el pequeño valer del hombre. Todo era liviano, sin gravitaciones de color, viento o bulto. Maganto, echadón, recibidor. Los cinco hombres del coche iban transidos por aquella levedad. La tierra, cuando amaina, como el mar, se maternaliza, mima el oído, la vista y el corazón del que pasa. En esos ratos el hombre se desterra, se desunce del imperio telúrico, y se siente amo espiritual de cuanto pisa. Algo trascendente, propenso a la mística, a la efusión lírica, a la amatoria, a la reconciliación con la dura bandeja, tan adusta, que nos soporta el corto tiempo de la vida, mientras ella pervive hasta la consumación del planeta. Y en aquel silencio sensitivo, que ni se oía el motor del coche, dijo de pronto Braulio con aquella voz de predicador soliloquiero, de hombre que de pronto se sitúa más arriba: —Es curioso que no me acuerdo en absoluto de lo que hice anteayer. Había tal son de autenticidad en su dicho que nadie replicó. —Llevo dándole vueltas a la bodega de los hechos y los dichos, que es la memoria, y no consigo cuajar ninguna de mis acciones de hace dos noches. Fue como jornada en blanco, que se me quedó en la cama. Vivimos días y días, meses y años, y a la hora de poner en movimiento la memoria resulta que no se nos filtra casi nada. A la hora del balance: después de apretarnos hasta saltar los tornillos del recordador, toda nuestra historia se reduce a un puñadito de jirones de estampas, de momentillos, de palabras sueltas, de retratos cortados, chuchurríos y descoloridos… Cuando quiero recordar cosas de mi madre, sólo me afloran dijes chiquitines. La veo sentada junto al fogón, dándome sopas, mirándome con ojos fijones y tristes… Las llamas de las cepos y sarmientos, la cuchara cerca de mi boca, y aquellos ojos cargados de tristeza. Otra reliquia que me quedó fue el abrazo tan prieto, tan de corazón a corazón y de hueso a hueso, que me dio cuando me fui al servicio. Aquel abrazo todavía lo llevo en mi natura con la misma apretación… Y luego, la tercera estampa, en el catafalco. Tan dura, tan pajiza, como si yo no le tocara nada, y cuantos rodeaban su cuerpo presente le fueran ajenísimos.

Fíjate, treinta años con ella, y por más que aprieto mi sesera no consigo estrujar otras presencias de mi madre. Y si de ella, que fue mi causa y mi amor, quedan tan endebles memorias, ¿qué puede recordar uno de tantas jornadas y personas que pasaron sin tocarte nadica? De todo un año a lo mejor sólo nos queda una esquirla de lo visto y sentido… La boda de Zacarías, no sé por qué. El entierro de Zafra. Aquella puta del Canto Grande que tenía un lunar en el pecho. Cuando se hundió el balcón grande del Ayuntamiento el día que el Candojo ganó la gran carrera ciclista. Y aquella mañana de la guerra que mandaron poner banderas de colores adictos en todas las ventanas… Podría seguir con cuarenta o cien dibujos más de lo que uno fue y presenció durante toda la vida, pero ahí acaba cuanto flota de todo lo que uno fue y pasearon sus ojos y entendederas… Y resulta, cosa bien desasosegante, que tantas penas, trabajos, decires y acuestes; comidas y ciberas del pijo, quedan al cabo de los años en tan chico almacén… Todo esto me hace pensar que, de verdad, sólo vivimos en el día en que estamos… Y si me apuras, la hora que chaspo. Lo demás, aventó total. Se ve uno en el espejo, encanecido, la cara surcada y el cuerpo sin fibra, y recuerda sus efigies anteriores como perdido. Y tanto destrozo de presencia y ánimo, de decires y miradas (me pregunto muchas veces ante el espejo), ¿para qué sirvió si aina recuerdo lo que fui? A cada paso, con la punta del pie empezamos un camino, que a la vez borramos con el talón. Andares inútiles, de los que sólo queda memoria de alguna piedra del camino, o de una huella de nuestro pie grabada en el barro seco del tiempo. Lo mismo que desaparece de nuestro cuerpo lo que comemos cada día, se anula lo que vivimos. Y sólo permanecen destilaciones ínfimas, pegadas en las paredes de la vasija de la memoria…

Hizo una pausa, con el gesto entornado hacia el paisaje sumiso, que aprovechó el catedrático para decir: —Muy bien traído todo, Braulio. Pero ¿has pensado qué infierno sería la vida si recordásemos puntualmente todos nuestros pesares? Si todo el pasado lo llevásemos dentro, bullente, como usted diría, enloqueceríamos enseguida. El olvido de lo que fuimos en los momentos malos… y en los buenos si me apura, nos permite creer que cada día es nuevo, que nacemos cada amanecida. Nos permite ser inconscientes de nuestros errores repetidos y limitaciones y volver a ellos mil veces con frescura y desparpajo. Si tuviéramos esa memoria que usted pide, nuestro magín sería una película de millones de metros que nos repetiría hasta la demencia los mismos haceres y dichos, ademanes y copiados errores. Sería el más patético infierno que imaginar pudiera un tridentino. A Braulio lo dejó pensaroso el razonamiento del catedrático, aunque le picó lo del tridentino. —Es verdad —reaccionó al fin levantando la mano con desánimo—. Vivir es dejar de ser desde el mismo momento que se nace, hasta la dejadez cabal del sepelio. No enterramos días, sino cachos, rodajas de nuestro vivir, cada hora más lacio y repetidor.

Empezar a ser es empezar a demolernos… Y la gran medicina, como bien dice aquí el señor licenciado, es no recordar nada o casi nada de lo demolido… Y sólo queda, como testimonio de que pasamos, ese sonsonete de pocas memorias, buenas y malas, y el formato cada día más deslucido que nos vemos en el espejo; estropajo, cada jornada más reseco, de lo que empezamos a ser. Por eso yo, cada vez envidio más a los que hacen libros y cuadros, y siento que no me dieran instrucciones para saberlos hacer, porque ellos, de alguna manera, dejan rúbrica de lo que sintieron y pensaron, mientras que los demás, apenas plegamos el párpado, caemos en el olvido sin remedio… Y llega día que hasta se borra nuestro nombre de los registros. —De acuerdo, pero sólo en parte. Porque los libros y cuadros, como usted dice, resultan más valiosos para el autor que para los otros. Me explico: Lo que los demás puedan pensar de nosotros después de la muerte importa tan poco… como lo que pensaran antes de nacer. El verdadero valor de la obra de arte es para el propio creador. Porque al releerse, mirar sus lienzos o escuchar sus músicas, «ve» sus ideas y sentires pasados, cosa que no podemos los que no trasladamos nuestras vivencias por el cable del pensamiento escrito, pintado o tocado. Todo se olvida menos lo que «nos» decimos por arte. Pues el tiempo anula, y hasta nuestro cuerpo, como usted dice, se desmiente cada jornada en su metamorfosis destructora. Pero lo que se dijo, pintó o armonizó, queda para el propio autor, que es el que importa, como retrato vivísimo de parcelas de su vida anterior… El que el arte sugiera a los ajenos cosa de su pasado, es otro cantar. —Pero ciertas obras, como ocurriría con el recuerdo perennal de lo vivido, también serán dolorosas para el autor si las repasa. —Seguro, amigo Braulio, que ocurre a muchos creadores. Pero ello crece mi tesis… —… Y de las historias del mundo de los países tampoco se recuerda más que un puñaillo de cosas. —Cierto, es la misma mecánica en colectivo. Pero así como el individuo, aunque a veces trate de engañarse, de creerse otro, la repetición de los tic de su ser acaban por vencerlo y resignarlo a su condición, la historia, que es memoria acopiada por muchos, suele ser muy cernida y mixtificada. Y procura sólo recordar aquellas cosas que convienen a los manejadores de turno.

El recordar con detalle la historia de cualquier país, tal y como fue, provocaría una náusea colectiva, que acabaría con la humanidad en menos tiempo que la bomba atómica. —Total, señor catedrático, que según usted, lo que permite que la vida de todos y cada uno siga, es el olvido. —Por supuesto, gracias al santo olvido, de lo demás y de lo propio, estamos cada día dispuestos a reempezar, y a acometer los mismos errores, tanto en la vida personal como en la colectiva. Por eso habrá observado usted que a pesar de los adelantos técnicos, la condición humana varía poco en lo sustancial. Cambian ostentosamente los contornos del hombre, pero él apenas. El hombre de nuestro tiempo es difícil que muera de apendicitis o de pulmonía, como ocurría a nuestros padres. Puede ir a la luna y ver lo que pasa a miles de kilómetros en muy pocas horas, pero continúa con las mismas experiencias, digamos íntimas, que los precedentes, por esa falta de memoria de cómo somos, de cómo fueron los que nos precedieron. En los errores políticos repetidísimos es donde más se aprecia la amnesia humana. —De donde se saca que la falta de memoria que yo decía es bonísima para conformarse cada cual con lo cañamón que es, pero, al tiempo, es malo para saber los cañamones pequeñísimos que somos todos. Lo que vale para que el hombre se mantenga tieso, no vale para que las multitudes aprendan en la generación ajena. —Bien resumido, Braulio, bien resumido. —Y uno a conformarse con lo poquísimo que de sí mismo recuerda cada día. ¡Na! Al entrar en Fuenllana callaron ambos filósofos. Plinio y don Lotario habían escuchado reverentes, y el Faraón refrendó: —Resumiendo, que como mejor se está es como somos. Pues menudo infierno recordar todos los días los dolores de aquel en que nos hicieron la fimosis. —Pero ¿es que a ti te la hicieron? —Clarito, don Lotario. Poco antes de casarme. Porque lo mío era catral. Un volumen tan aparente de minga como la que poseo… y perdón por la inmodestia, pero terminada en punta, como cabeza de pez. Usted no sabe las que yo pasaba a la hora de la irritación. Era un manantial de naturaleza con la compuerta echá. Y así que me quitaron la rodajilla y aquel cabezudo salió al aire, qué desahogo, coño. Qué comodidad en la fornicativa. Qué mirar cara a cara y sin temores el túnel de la contraria.

En la Plaza de Fuenllana preguntaron por la casa del amigo de don Ricardo. Las calles estaban casi vacías. Algún viejo sentado al sol. Unas mujeres sacudían mantas en un patio. Bandadas de vencejos, asustados por el ruido del auto, cruzaron la calle. El pueblo aparecía semiabandonado. —Los pueblos del corazón de España se acaban —exclamó don Ricardo—. Pueblos pequeños, pobres, levantados a la vera de un convento, fuente, señorío feudal o cruce de caminos. Pueblos de pan llevar y de hambres frecuentes, ya no tienen razón de ser. Las mocedades emigran por falta de una industrialización bien repartida o de lugar para asechanzas turísticas. La mecanización del campo permite vivir lejos del predio y las gentes quieren vida de otra hechura. Todos estos pueblos en breve serán solar olvidado… Por lo que decíamos de la memoria, Braulio… A La Mancha nadie le ha hecho caso en su puñetera historia. Valió para lo que valió en su tiempo. Fue criada y mandadera entre los cuatro puntos cardinales de España, y ahora la quieren dejar como solar, como campo que produzca sí, pero administrada desde lejos. Los pueblos del interior de España se acaban… Llegaron a la casa del amigo de Ricardo. Les abrió la portada una mujer magra, vestida de negro y el mandil gris oscuro. También acudió un hombre con boina. Después de mirarlos mucho los dejaron entrar. Cruzaron un patio grande. Se veía bajo un tejadillo la bodega abandonada con telarañas y bombas oxidadas. En un rincón, cubas deshechas en montones de duelas. Pasaron a otro patio mayor, con cobertizos declinantes, carros destartalados, destrozadoras de uva oxidadas, jaulas vacías. En todas las habitaciones de la casa, muebles finos de otro tiempo, deslucidos. Estantes con libros viejos. Búcaros empolvados. Cuadros al óleo entre sombras. Más jaulas vacías. Se entreveían alcobas con camas altas, y colchas de colores sin lustre. Mecedoras y sillas curvadas con asiento de rejilla. Casa que debió de tener muchos habitantes en tiempos mejores. El profesor estaba en su despacho estilo español, recargado de tallas siniestras. Había estantes de libros hasta el techo. Títulos, orlas, cestas con revistas y periódicos antiguos. El profesor, ya jubilado, con la barba de días y en pijama, leía a la luz de una ventana entre montones de papeles y libros que cubrían la mesa de corte austríaco.

Como la vieja les abrió sin previo aviso, el profesor los recibió mirándolos sobre las gafas, con el gesto insípido. Al reconocer, por fin, a don Ricardo, avanzó con los brazos alargados y la boca blanda. Se sentaron en el tresillo de damasco rojo, y bebieron copas de mistela. El hombre oía hablar a su amigo con gesto infantil. Y de vez en cuando echaba una ojeada a los acompañantes, como para cerciorarse de que estaban allí. Plinio, don Lotario, el Faraón y Braulio labieaban la mistela con cara de retratados, no de presentes. El profesor, sujetándose los pantalones del pijama, sacó un tomo de su diario, entre otros veinte que llenaban un anaquel y empezó a enseñarle recortes de periódicos antiguos, fotogramas y hojas manuscritas. En una de las fotos aparecía el profesor, muy joven, rodeado de alumnos. Uno de ellos era Ricardo. El hombre se embebía con aquellos recuerdos. —Fíjate, fijate, Ricardo. Y leía unos párrafos escritos por él con motivo de una excursión a El Escorial con sus alumnos universitarios en los años treinta. Citaba nombres de ausentes y muertos. De exiliados, de maestros que fueron. Se veía que sólo vivía para aquel ayer. Cuando de pronto recordaba que estaban allí los amigos de Ricardo, aunque estuvieran las copas sin mediar, las rellenaba de mistela, y volvía a su diario y a su conversación con Ricardo.

Braulio, en aquel mundo de recuerdos, pensaba en la plática que trajeron el profesor Ricardo y él, desde Villahermosa, sobre la memoria humana. Por fin la conversación se generalizó cuando el catedrático de Tomelloso le preguntó a su maestro si había mucha emigración en el pueblo. —Ya lo creo que la hay, hijo, ya lo creo. Ya no quedan más que mujeres, niños y ancianos. Y menos mal que la gente se distrae con la televisión. Así que llega la hora se queda el pueblo vacío. Aquí nunca hubo teatro ni casi cine. Se ha pasado de la nada a la televisión. Ya no hablan. Se meten en casa y pasan las horas muertas pegados a la pantalla, mirando lo que pasa por ahí en Madrid y en el mundo que nos dejan ver. Qué fenómeno más raro. De la nada a la televisión. Ella tiene bastante culpa de las emigraciones. Ven otra vida y se van. Más que por causas económicas, por cambiar… Yo no tengo televisión, prefiero leer y escribir mi diario… Muchas veces he pensado que cuando muera te lo dejaré a ti, Ricardo. ¿A quién si no? En el piso que tiene mi hija en Madrid no caben todos los tomos. Ni además le importa. Y menos a mi yerno, que es un imbécil… Paso los días enteros aquí solo o doy un paseíllo. Pero prefiero esto a Madrid. Aquello me marea. Además, ya no entiendo nada… El otro día, sin embargo, pasó algo gracioso. Como la tapia del último corral está medio hundida desde hace qué sé yo los años, un señor se metió en esta casa creyendo que el corral era todavía calle. Un chico joven. Se le había estropeado el coche en la carretera y venía en busca de un mecánico. Hablamos un buen rato. Ya digo, era un argentino muy simpático.

Al oírlo, a Plinio se le tenso el ánimo y se disponía a hacerle una pregunta muy directa, pero al acordarse de las prevenciones de don Circunciso, pilló vuelta a su hablar: —Qué raro, un argentino por aquí. —Ahora con el turismo ya se sabe. Me dijo que venían a visitar los lugares cervantinos. —¿Y pudieron arreglar el coche? —No sé, lo encaminamos a casa de Juan, que sabe algo de motores. El hombre volvió en seguida al tema de sus recuerdos, a mostrarle trozos del diario a Ricardo. Cuando se despidieron los acompañó hasta la puerta de los trascorrales, sin dejar de sujetarse los pantalones del pijama con la mano. Don Ricardo y el maestro se despidieron con mucha efusión. El pobre quedó un ratillo junto a la portada.

Dieron una vuelta por el pueblo. Se veían muchas casas cerradas, como abandonadas. Por la ventana de una cuadra sin reja asomaba la cabeza de un mulo muy serio. —Viendo el diario de mi maestro se habrá acordado usted de nuestra conversación de antes, ¿eh, Braulio? —Vaya, sí. Plinio apenas atendía a nada desde que oyó lo del argentino. Por primera vez le pareció real aquel oscuro caso en que ayudaba a los de Madrid de manera tan solitaria.

Apenas llegaron al hotel, Plinio buscó a don José para saber de la Gala. Hacía poco que había vuelto y descargaba la furgoneta, pero ya lo había puesto su mujer al corriente. —Pues nada, me pidió si la quería llevar a Alcázar, y dije que sí. Al llegar la dejé en la estación y en paz. —¿Y no habló nada en todo el camino? —No… bueno, sí, cosas corrientes. —¿Tampoco dijo nada de las heridas? —Lo que explicó aquí, que se había caído. —Aparte de en la frente y el ojo, ¿sabe usted si tenía contusiones en otra parte del cuerpo? —Algo debía de tener en la pierna, porque a veces se tocaba, pero como llevaba pantalones… Plinio y don Lotario se miraron. —¿Y dónde le dijo que iba? —A Madrid… ¿Cree usted que esta tiene relación con las voces? —No puedo decirle. Pero estoy casi seguro que esa chica entró al hotel a eso de las tres de la madrugada, por la ventana de su cuarto, las dos últimas noches que hubo voces. —Entonces sí tiene que ver. —O que salía para oírlas mejor (Lotario). —Lo que no sé es qué pintaba aquí. Tenía poco trato con los huéspedes, y se pasaba la mayor parte del día en el cuarto. —¿Nunca vino nadie a preguntar por ella? —No. —¿Cuántos días ha estado? —Como quince. Ahí lo tendré. —Es decir, desde que empezaron las voces poco más o menos. —Sí… pero ella no es la que voceaba. —Claro que no. —No entiendo, Manuel. —Ni yo. En el bar esperaban las mujeres tomando naranjada y patatas fritas. —Cómo se nota que sois mujeres honradas y cabales —les dijo el Faraón —, míralas nada de whiskys, ginebras y vermutes como toman las perdidas. La hija sonrió y la madre le remató: —No se puede decir de ti lo mismo. —¡Uh, qué lástima! Yo cervecica na más y algo de vino. Lo menos que puede beber un hombre. A mí el whisky me sabe a zapato.

Plinio, que entró el último por la puerta del bar que daba al hotel, al ver a don Circunciso en la mesa de siempre, se inclinó un momento y acarició al perro. El liliputiense le echó un reojo fugaz y siguió con el vaso. El guardia se sentó con los amigos y mujeres. —Aquí las tienes, encurdándose. —¿Qué tal la mañana, hermosas? —Pues ea, dimos un buen paseo. La Reina hija, que tomaba el té junto al matrimonio con niños, les decía con énfasis: —Porque mamá es la mujer más dulce y sentimental que pueda imaginarme… ¡qué amor el suyo! ¡Qué ternura de trato! Nos crio como malvas, como capullos calientes. Siempre en la hora de las atribulaciones y amarguras de la vida, tuvimos su aliento y su sonrisa… Mamá es igual que la Virgen. —Qué gusto una madre así —le respondió la señora de verdad emocionada. —Pero qué me va usted a decir si ya lo llevamos oyendo qué sé yo el tiempo —dijo Plinio, guiñando el ojo a su hija. Al cabo de un rato, don Circunciso, muy serio, con el perro de la correa, y sus pantalones cortos, pasó ante ellos tan repeinado. —¿Cómo sería este de recién nacido? —exclamó el Faraón. —Pues lo mismo que ahora, pero sin barba. Pasado un cuarto de hora, Plinio, pretextando algo, subió a la habitación del liliputiense. Dio un golpe con los nudillos y oyó el adelante chillón. El hombre estaba sentado en la cama. Recibió con la mirada severa de siempre, pero impaciente a Plinio. —¿Qué hay de nuevo, Manuel? Siéntese.

Plinio le refirió lo que contó el profesor de Fuenllana del joven argentino que se le rompió el coche. Don Circunciso quedó mirando al suelo, fumando su purazo, y moviendo en el aire las piernecillas. —Puede ser un buen servicio, Manuel. —Ha sido la casualidad. Como iba tan acompañado no quise hacer más averiguaciones. —Para que ocurran ciertas casualidades hay que estar al acecho… Bien, espere mis órdenes. Dentro de un rato marcharé a Fuenllana. Si hay algo, le avisaré esta noche… Estamos en un momento delicado. No lo sabe usted bien. —No, no lo sé. —Menuda suerte tiene. Plinio bajó la escalera hablándose con gestos solitarios. Vio que se había sumado a la tertulia López Torres. Por lo visto andaba buscando aires que pintar en aquel lagunario y se había hospedado en el hotel un par de días. Con el pelo blanco muy hueco, sin corbata, la cara de cepa seca, y moviendo a compás nervioso las manos sarmentosas, decía cosas de pájaros, Plinio le escuchaba echando de vez en cuando los ojos por la ventana, tras una canoa muy señorita que hacía giros y elevaba espumas.

Después de cenar el bar estaba muy solitario. Los hermanos Riofrío, como todas las noches que no tocaban voces, salieron a dar su paseíto junto a los lagos, como ellos llamaban a las lagunas. A última hora de la tarde, Braulio, el catedrático y el Faraón se volvieron al pueblo. Las mujeres de Plinio hablaban con doña Josefa en otra mesa. Plinio y don Lotario tomaban café junto a López Torres que andaba cucharilleando la manzanilla. Los justicias se refirieron a su encuentro con los pastores junto a la San Pedra. Y a lo que uno les dijo sobre los muertos que andaba sueltos por aquellos pueblos, particularmente desde la guerra. López Torres se rio abriendo mucho los ojos y las manos puestas en las rodillas sucintas: —Si a ese lo conozco yo. Tiene una imaginación de fuego. Una vez que fui a pintar una tablilla por allí me contó que en Las Labores, donde él pasó varios años, había una mujer que cada nueve meses paría pompas de jabón muy gordas y azulencas. —¿Cómo dice, Antonio? —Sí, que se le empezaba a hinchar la barriga como a una preñada, y a los nueve meses le llegaban los dolores naturales. Llamaban a la comadrona, hervían el agua y preparaban todo lo que se precisa para estos casos, y cuando llegaba el momento, en vez de soltar un llorón, le salían de la alcancía pompas gordas como globos azules que llenaban la habitación. —Anda, coño. —Sí, y que cuando saltaba la última pompa, la barriga se le quedaba tan natural. Y que el coño de ella, fíjate la imaginación, Manuel; soltaba entonces una risotá. —Ay qué tío. —Sí… y que los globos se quedaban muchos días flotando por las calles de Las Labores. —¿Y lo cuenta tan serio? —Lo mismo que os ha contado lo de los muertos que andan por Ruidera. Como pasa tan largas soledades siempre se está imaginando historias. A las once López Torres se fue a la cama. —Bueno, Manuel. ¿Y cómo van las investigaciones de tu caso secreto? —No sé, don Lotario. —¿Cómo que no sabes? —Como que no sé. Porque yo estoy, según le dije, de auxiliar, para encarguitos de na. —Pues anda. —Le dio una chupada al cigarro y quedó con el gesto de amargura que siempre le dejaba el hablar del caso solitario de Plinio. Este vio que las mujeres bostezaban desde lejos. El único chico que quedaba en la barra abría también la boca sin medida. Había acabado la televisión, aunque nadie le prestó mucha atención, y se apreció gana general de irse a dormir. Plinio y don Lotario sólo esperaban consumir el último cigarro. Don José entró en el bar a echar el vistazo final y dar la orden de cierre. Y precisamente cuando se dirigía a la mesa donde estaban el guardia y el veterinario, de pronto, rompiendo el silencio casi absoluto que filtraba la ventana abierta, y con más intensidad y aproximación que nunca, se oyó el grito rápido y medianochero: —¡Aaaaaaaaaaaaaaaaah! ¡Aaaaaaaaaaaaaaaaah! El chico de la barra se despabiló asustado y quedó con los ojos muy abiertos. Plinio y don Lotario con las fumadas en el aire. —¡La voz! —gritó a su vez la mujer de Plinio. —Se ha oído como nunca — reaccionó el chico de la barra muy impresionado. —¡Vamos! —dijo Plinio poniéndose en pie. —¿En el coche, Manuel? —Sí. Treparon hasta la carretera. —Tire usted Colgada arriba… Pero no deprisa. Dé la luz larga. —Esta noche no tocaba, se conoce que han perdido la cuenta. Se veía gente asomada a los pocos apartamentos habitados. A unos trescientos metros, sentados en una piedra muy abrazados, vieron a los hermanos Riofrío. —Pare usted no sea que estos hayan visto algo.

Al ver que se paraba el coche y dos hombres iban hacia ellos, el hermano Riofrío preguntó con voz medrosa: —¿Quién, quién es? —Somos nosotros, los de Tomelloso, no se asuste. —Qué horror, qué horror, ha sido horroroso —dijo el hermano apretando la mano de Plinio. —Vuelvan al hotel tranquilos. Por ahí no hay nadie. Nosotros vamos a dar una vuelta hasta más arriba. —No, no por favor, llévennos con ustedes. Mi pobre hermano es incapaz de moverse. Tomándolos del brazo los subieron en el coche. —¿Han visto ustedes algo? —No señor, no hemos visto nada, sólo hemos oído. Salimos confiados en que esta noche no tocaba… Tal vez el aire venía a favor y ha sido horripilante. —Eso, horripilante. —Una voz furiosa, más furiosa que nunca. Voz irracional… Mañana mismo nos vamos de este hotel. ¿Verdad, hermana? —Ay, sí, por lo que más quieras. —¿No han oído o visto pasar algún coche? —No señor, sólo la voz, la voz horripilante. Anduvieron un kilómetro más sin hallar nada. Todo estaba silencioso y enlunado. Cuando fue posible dieron la vuelta. Los hermanos Riofrío rezaban en voz baja. Los dejaron en el hotel. Plinio y don Lotario decidieron hacer otro recorrido, pero a pie. Iban muy despacio ahora hacia la aldea. Un perro ladraba lejano. Debía de ser un perro pequeño y chillón. La luna, cuando quería, copiaba sobre las aguas quietas y astrales los bravos y bajos montes ibéricos que cercan las lagunas.

Al doblar una curva, oyeron una conversación. Varias personas hablaban excitadas en la puerta de un chalet. —Hace más de una hora que se despidió de nosotras —decía una chica. —¿Más de una hora? —Dimos un paseo hasta Entrelagos, como todas las noches antes de cenar y marchó. —¿Pero antes de las voces? —Claro que antes. —Vamos a ver qué pasa —dijo Plinio a don Lotario. Quienes hablaban eran el matrimonio propietario del chalet, su hija y un señor. Al oírlos llegar intentaron conocerlos entre la sombras. —Buenas noches. Soy Manuel González, el Jefe de la Guardia Municipal de Tomelloso. —Ah, ¿es usted Plinio? —dijo la dueña. —El mismo. ¿Pasa algo? —Sí, la hija de este señor, que es de Madrid, se despidió de mi hija hace más de una hora y no ha llegado a su casa, que está a unos trescientos metros. —¿Qué edad tiene? —Diez y ocho. —¿Y estando las cosas como están la dejan ir sola? —Como es la que vive más lejos, todas las noches la acompañábamos las amigas, pero esta, como no estábamos más que las dos y no tocaban voces, dijo que se iba sola. —¿Habéis visto algo o alguien que os haya llamado la atención? —No señor. La gente de siempre poco más o menos. Los vecinos de por aquí. —Vamos hacia allá mirando bien si les parece. —Tú no hace falta que vengas —le dijo el dueño a su mujer. Los dos hombres, la chica y los de la justicia, bajaron hasta la carretera, camino de la casa de Solita, que así se llamaba la desaparecida. Plinio dispuso de avanzar desplegados. Él iba en la parte más lindera a la laguna. Al doblar una curva vieron un chalet con las luces encendidas. —¿Quién vive allí? —Es nuestra casa. —Vamos a ver. No sea que haya vuelto. Subieron una rampa suave de tierra y piedras, pasaron entre varios coches. Una señora todavía muy joven, al oírlos, se asomó a la ventana abierta. —¿Qué pasa? —preguntó con ansia a su marido. —¿No ha vuelto? —No. Al ver a la amiga de su hija se fue hacia ella malconteniendo los sollozos. —¿Pero a qué hora se vino? —Hace más de una hora se vino ella sola. —Ay, Dios mío, Dios mío. ¿Qué le habrá podido pasar? Quedaron en la puerta. La madre cada vez más nerviosa. La amiga, con los brazos cruzados, miraba al suelo. Dos hermanos pequeños de Solita salieron en pijama y con cara de miedo se agarraron a los pantalones de su madre. El padre dijo a Plinio con aire muy decidido: —No le importará a usted que denuncie la desaparición a la Guardia Civil. —Creo que es lo que debe hacer. —Pues voy ahora mismo —dijo dirigiéndose al coche. —Yo voy con usted —dijo el padre de la amiga—. Mi hija acompañará a la señora mientras volvemos. Plinio y don Lotario se consideraron despedidos y marcharon también. Como la luna aclaraba mucho, siguieron un poco el paseo sin ver nada de particular. —¿Qué se te ocurre, Manuel? —Absolutamente nada. —Pero algo imaginarás. —Imaginar imagino muchas cosas. Pero casi nada de lo que he imaginado en mi vida resulta luego cierto. —No exageres. Muchas veces los pálpitos te salen calcaos. —No tan calcaos. Además que, en este caso, hasta ahora, ni pálpitos ni leches. No sé si será porque todo ocurre de noche. Pero me da la impresión que estamos ante un retrato velado. —Lo raro es que en tan corto espacio nadie haya visto algo cuando suenan las voces. —¿Usted asocia la posible desaparición de esta chica con el caso de las voces? —Claro… ¿Y tú no? —Hombre… Pero a base de echarle imaginación. —¿Es que si no a qué coño vas a asociarlo? —Joder, que estamos obsesionados con eso de las voces y todo se lo achacamos. Pues sí que no pueden ocurrir cosas. —Claro que sí, pero no tan juntas. Plinio, con aire rápido y sin avisar, dio la vuelta. —Yo lo que pienso don Lotario, es que el de las voces, debe ser un sujeto tan corriente, que a nadie despierta sospechas. —No está mal traído eso que dices. —Si hubiera algún tío raro por estos contornos, todo el mundo diría que era él. —Y estás convencido, aunque no lo declaras, que la desaparición de la Gala tiene algo que ver con las voces. —Tanto como convencido… Esta noche, siempre a fuerza de imaginación, he pensado en ello. —¿Por qué? —Ah, no sé. —¿Y el enano? —¿El enano, qué? —Que si no lo implicas un poco en esto. —No, ese no. Ese… —¿Ese qué? —Que ese no. Cuando llegaron al hotel —el bar ya estaba cerrado— encontraron a don José en recepción, haciendo sus números. —¿Han visto ustedes algo? —Nada. ¿Y por aquí hubo alguna novedad? —Sólo una… Mejor dicho, dos. —¿Cuáles? —Primera, que los hermanos Riofrío han pedido la cuenta y el coche a Madrid. Se marchan mañana. Están muy asustados. —Ya me lo habían dicho. ¿Y la segunda? —La segunda, que don Circunciso por una parte y don Eusebio el pescador por otra, no han vuelto a dormir. —¿No dejaron nada dicho? —No. Y don Circunciso es puntualísimo para todo. —Noche de desapariciones, por lo visto.

Cuando subían la escalera le hurgó don Lotario: —Me parece, Manuel, que no vas a tener más remedio que unir al liliputiense al fenómeno de las voces. —No. Así que se dijeron el hasta mañana, Plinio miró en su cuarto y no vio aviso ninguno. Después, de puntillas, se fue a la habitación de don Circunciso, que, como dijo el hotelero, estaba cerrada. Y sin saber por qué, nunca lo hacía, cerró con llave la puerta de su cuarto y comenzó a pasear. De vez en cuando echaba un vistazo por la ventana. Pasada una hora, bajó despacio hasta recepción. El dueño ya no estaba. Quedaba encendida la luz pequeña del escritorio. Cogió la llave de la habitación de don Circunciso. Volvió a subir. Abrió. Encendió la luz. Vacía. La cama arreglada, con el pijamilla sobre la colcha y el cajón con la almohada verde para «Vida». Hizo un gesto de no comprender, volvió la llave al casillero y subió definitivamente a su cuarto con intención de descansar.