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HIMNO A TOMELLOSO

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martes, 12 de junio de 2018

Plinio - Los nacionales (Palabras cumplidas)



Antes de la guerra civil, Manolo era el único andaluz alegre del pueblo. Sí había otros andaluces, pero más apagados, de hablar cansino y manoteos más bien manchegos. Pero Manolo, no. Sólo bebía vino andaluz; se ponía sombrero calañés para ir a los toros, y tenía querida fija a la vista de todo el pueblo. Al acabar su trabajo a mediodía en la carretería, iba a comer a su hogar legítimo. Pero por la tarde, marchaba derecho a casa de su querida hasta la hora de cenar. Por los mediados años cuarenta Manolo estaba muy cambiado. Los años de cárcel por ser de la C.N.T. le sentaron muy mal; y la jubilación tres años más después, peor. Cada vez que yo volvía de vacaciones al pueblo, solía encontrarlo sentado junto a un ventanal del casino. Si no se le acercaba nadie, permanecía solo y callado sin leer periódicos, sin hacer alujerías, y tomando cerveza. —Mal debe andar el Manolo, cuando toma cerveza. —Oí decir a un amigo. 

Allí se pasaba las horas muertas de la mañana. Inexpresivo, mirando a la plaza. Como le sonaban mucho los bronquios dejó de fumar, y la nicotina que siempre manchó sus dedos morenos, ya era sombra dorada. Como había sido tan amigo de mi abuelo, y yo de su hijo, me gustaba charlar con él y darle ánimos, porque el final de sus conversaciones siempre era el mismo: —¿A ver qué pinto yo aquí, Paquito? … Se me murió la mujer, los hijos marcharon al extranjero, me jubilaron… y perdimos la guerra. ¿A ver qué me queda por hacer, dímelo? (Manolo nunca decía que también murió su querida). —Pues aguantar, Manolo, pues aguantar. —¿Y pa qué? —Porque la vida es lo único que tenemos de verdad. —¿Y pa qué la queremos cuando ya no tiene na dentro?… La primera vez que vuelvas al pueblo, ya no me encontrarás. ¡Ras! —me añadía grave, abarcándose el cuello con ambas manos a manera de horca. La primera vez que le oí aquel trágico proyecto, me alarmé, y cuando volví a Madrid me lo imaginaba cruzando la plaza, sombrío sombrío, bajo la capa, y mirando hacia una cuerda colgada… Pero como al cabo de tres o cuatro años, cada Navidad, cada Semana Santa y varias veces durante el verano, me repetía su amenaza, llevándose las manos al cuello, me acostumbré, la tomé como una tocata de anciano algo arteriosclerótico y no volví a imaginármelo debajo de la cuerda, sino allí sentado, junto al ventanal del casino, mirando a la plaza… Y cuando les conté a algunos amigos el caso, comprobé que aquel anuncio macabro se lo hacía a todos. Hasta al mismo barbero, cada sábado, cuando lo afeitaba, antes de quitarse el paño, y mirándose en el espejo fijamente, le decía: —Ésta es la última vez que me afeitas, Acacio. Antes de que me vuelva a salir la barba, ¡ras! —y se ponía las manos en el cuello, sobre el paño blanco.

A la una en punto del día, se ponía la vieja capa y la boina bien encajada y se echaba a la plaza con aquel gesto concentrado, y el paso todavía telendo. Me imaginaba al pobre Manolo haciéndose la comida, cenando solo, lavando los cacharros y limpiando la casa. Él, toda la vida fue hombre gracioso y alegre, amigo de vinos, guitarras y mítines; guiñador de ojos y mirador de nalgas… Y allí lo tenías, plaza adelante, maldiciendo su propia sombra encapada, que pisaba con las botas enterizas. El único amigo que solía sentarse con él largos ratos al lado del ventanal, era otro andaluz, jerezano por más señas, que venía muy a menudo a comprar pequeñas partidas de alcohol, y se hospedaba en una fonda. Yo coincidí con los dos varias veces, y todo resultaba muy chocante, porque el jerezano, que cada vez que daba un trago a su copa de jerez la miraba al trasluz, se reía de lo que decía Manolo. Cuanto más tristes eran los temas del cordobés, mayores las risotadas del jerezano. Pero Manolo no se inmutaba, y cuanto más altas eran las carcajadas del comprador de alcoholes, más exageraba Manolo sus siniestros pronósticos llevándose las manos al cuello en figura de garrote.

Cuando regresé a principios de junio de aquel año, ya había concluido todo. Me lo contó Perona, el camarero: Una noche, sentados en la terraza del casino, Manolo y el jerezano estaban con los temas de siempre. El pobre Manolo aseguró que aquella noche era la última que lo veían, y el jerezano, más copeado que nunca, se rió a sus anchas. Manolo dio su palabra entre las risotadas de todos los escuchantes, y el jerezano se apostó mil pesetas. —Te advierto —me dijo Perona— que yo estaba un poco mosca, porque Manolo era muy raro que viniera al casino de noche. Algo debía pasarle.

Las noches que eran buenas se paseaba solo por la Glorieta, y entraba al casino nada más que para beber agua, o hacer lo otro. Cuando quedó formalizada la apuesta, Manolo se despidió, y echó plaza adelante entre las carcajadas de todos. Dos horas después, cuando el jerezano llegó a la fonda, se encontró el portal lleno de gente… Del pasamanos de la escalera, a la altura del segundo piso, el de la fonda, colgaba el cuerpo de Manolo de una maroma flamante. El pantalón medio caído le tapaba las botas enterizas. Tenía la lengua fuera, los brazos caídos y muy separados del cuerpo por la parte delantera. Todavía no había llegado el Juzgado. El cuerpo, frente a la luz amarillenta de la escalera, proyectaba su sombra en la pared del descansillo. … Ante el asombro de todos, el jerezano subió los escalones, y cuando estuvo a la altura del cuerpo pendiente, adelantó el brazo y le puso en el bolsillo del chaleco un billete de mil pesetas.



sábado, 9 de junio de 2018

Plinio - Los nacionales (Mamita)



La «Pensión Leontina» era bastante buena para lo que daba el tiempo. Casi todos sus pupilos, hijos de papá y mamá, estudiaban para ingenieros, arquitectos o abogados del Estado, carreras, que recién acabada la guerra civil lucían como segunda aristocracia. Pero este elitismo no impedía que entre los «estables» contásemos tres estudiantes de Filosofía y Letras —«carrera de chalados»— como oí decir a la triunfalista mamá de un amigo; y dos putillas muy formales, pero putillas, con carnet y todas las marcas del oficio: Reme y Eliodora. La Reme hacía vida matrimonial con Paco, argentino y tanguero por más señas. A Eliodora la visitaba Servando y el padre de Servando, ambos hijos del pueblo de Madrid. 

No obstante estas diferencias profesionales —estudiantes y pendones — en «La Leontina» se vivía en paz. Reme y Eliodora eran chicas discretas, no se metían con nadie, comían en su cuarto y sólo las encontrábamos en los pasillos a la hora de irse «a la oficina»… porque la de venir, si venían, era la de cantar las calandrias. Por estas discreciones, dominaba entre el pupilaje una fina democracia en el trato y saludo. Los estudiantes veíamos a las pililis con simpatía y hasta ternura. Paco, el argentino, alto, moreno y el pelo entrecano, debía pasar de los cuarenta. El hombre, cuando Reme, a eso de las cinco de la tarde, marchaba a «su oficina», —una famosa mancebía de la calle de la Reina— con los labios bien tintos de granate, las pestañas azules y el bolso badajeándole sobre la entrepierna, se quedaba tan ricamente en la cama leyendo novelas de aventuras, oyendo la radio o canturreando milongas con voz muy grave, al son de una guitarra que siempre tenía colocada sobre la descalzadora del rincón. A la anochecida salía solo a tomarse un trago y a estirar las piernas. Alguna vez lo encontré en el ascensor, con aquella chaqueta a cuadros tan inglesa, el cabello muy engomillado y brillante, y un pañuelo de seda terciado al cuello… Hacia la medianoche volvía a la piltra con los ejes calentorros por las copichuelas de costumbre y continuaba con sus lecturas alcaponenses, emisiones radiadas o soliloquios cancioneros, hasta que al amanecer — las noches que no tenía dormida— volvía la Reme. Como ocupé la habitación contigua cierto tiempo, las noches de mayo que me quedaba estudiando hasta que amañanaba, tuve ocasión, en medio del silencio leontino, de oír los cariños de Paco y la Reme cuando ella volvía de su tajo con cara de frío, los labios y pestañas descoloridos por tanto trato, y el bolso lleno de duros manceberos. 

Cariños y palabras maternales, propios de las mejores familias, que me dejaban la garganta seca de emoción. Parecía que a Paco nada le importaba que la Reme, cuando volvía a sus brazos, se hubiese pasado a veinte o treinta mancebos por el decúbito. Él le daba besitos y le decía ternuras en rioplatense, como si fuese su mamita. Y ella, igual de maganta y arrumaquera, como si Paco fuese un lactante que tenía junto al sostén, también lo mamoleaba en un castellano, por mimetismo, entresijado de argentinismos. Después de aquellos amaneceres de ternureo castísimo, dormían hasta mediodía. Cuando los pupilos ya estábamos en el comedor, se bañaban, se vestían, y comían en su cuarto… Y a eso de las cinco, como dije, bien repintada, con el bolso grande y meneando al compás del culo, volvía la Reme a su cometido. Lo de Servando y la Eliodora era otra historia. Nunca supimos dónde pasaba ella «su consulta» —pues oficialmente era enfermera—. Más reservada que su compupila, era rubia, con cara muy cinematográfica y aire de fox. Vivía sola en su cuarto de la pensión —el que estaba al fondo del pasillo— y eso sí, a última hora de la mañana, recibía la visita de su Servando. El hombre, se le veía claro, venía a la hora justa para recibir la paga. Llevaba un bigote estilo años cuarenta, pelo alto y lleno de bucles, la voz algo ronca y el gesto agrio y mandón. Paco el argentino tenía aire cortés, de cantor del barrio que saludaba a su público. A Servando siempre lo recuerdo con traje marrón, y tapabocas de un amarillo agresivo, que contrastaba con el tejido oscuro del abrigo. Sí, llegaba con su aire marchoso, entraba en el cuarto de Eliodora sin pedir permiso, y allí se estaba más de una hora. Nunca se supo lo que hablaban o hacían. Lo posible es que fuese a hacer arqueo, y a la calle rápido. Ni siquiera comían juntos. A eso de la una salía con el cigarrillo en la comisura, entornado el ojo correspondiente, las manos en los bolsillos del gabán, y su andar entre militar y verbenero. 

Una vez, cuando yo vivía en el cuarto contiguo, entró a hablar con su compadre Paco, y le oí una frase que se me quedó para siempre: —Porque yo, Paco, sé muy bien lo que quiere mi cuerpo serrano… Pero eso sí, unas veces se lo puedo dar y otras no. Eso depende. Un rato después de marcharse Servando, no fallaba, todos los días, llegaba su padre. El hombre, algo curvado ya, aunque con cierta elegancia, saludaba muy fino a cuantos encontraba en el pasillo, y llamaba discretamente con los nudillos en el cuarto de Eliodora. La entrevista no duraba más de quince minutos, con la puerta entreabierta. Desde el pasillo se le veía sentado, con ambas manos apoyadas en el bastón, mientras Eliodora iba y venía por el cuarto… Según los compañeros de pensión, el señor venía a cobrar la «jubilación» que le consiguió su hijo. A eso de las cinco, ya comida y pagadas las nóminas, la Eliodora — entre amigos «la Eli»—, salía envuelta en su abrigo de pieles, y aquel pelo rubio larguísimo que le daban aire de estrella de cine americano desterrada en Madrid. Aquel año, apenas comenzado el curso, claro está, fue San Francisco, y la Reme, muy educada y social, a pesar de los malos tiempos que corrían para el condumio, fue de cuarto en cuarto para invitarnos a todos a tomar una copa en su habitación. Nos pareció muy bien el rasgo, y a las siete en punto, estábamos patronos y estudiantes —Eliodora, no— en su habitación. La Reme —no guapa, con cara de ama de casa, las piernas finas y un poco torcidas— nos recibió con mucha cortesía. Y Paco, con traje azul oscuro, el pañuelo blanco terciado, con más fijador en su pelo cano que nunca, y su sonrisa blanca de fotografía, también nos saludó aunque en argentino, con mucho «che» y mucho «¿no es sierto?». Había dulces más o menos comestibles, y eso sí, vino de muchas etiquetas. Unos de pie y otros sentados en las pocas sillas y en la misma cama, bebíamos y decíamos jubileces. Paco estaba sentado en el mismo centro de la alcoba, pegado al piecero de la cama, justo debajo de la luz. Reme pasaba las bandejas haciendo equilibrios y echando sonrisas. Cuando ya llevábamos algunas copas y cigarros, Paco se levantó, tomó la guitarra y empezó a templarla con melodías tangueras. 

Tres de los que estudiaban ingeniero le hicieron corro, le decían cosas graciosas y se reían con muchas ganas de lo que Paco contaba de su tierra. De lo que Paco decía, tocaba y bebía, pues sin duda por cumplir, tomaba tan prisoso, que «a las ocho no más, te lo prometo» —como luego contaba la Reme—, ya estaba cantando tangos con los ojos bajos y la voz brava. A la Reme no parecía gustarle mucho la actuación, pero como todos animábamos al agasajado, ella disimulaba y servía sin parar, ayudada por la patrona, que siempre estaba con la boca llena. Paco, cada vez que acababa su pieza, tomaba la copa de champán, mirándola al trasluz le decía un piropo, se la bebía de un trago, y volvía a los acordes. —¿Paco, no estarás tomando demasiado? Y Paco, debajo de la luz, con mucha distinción y voz de bajo, reempezaba: 

«… Mi Buenos Aires, querido, ¿cuándo te volveré a ver?» 
—¡Bravo, Paco, bravo! ¡Eres un Gardel! 

Y Paco, estimulado por el champán y no sé qué arremetida de nostalgias que le anegaba desde los ojos hasta los pies, que movía al compás: —Dame otro trago, piba, que soy feliz, ¿no lo ves? Y mirando la copa de champán al trasluz, quedó un momento pensativo, con los ojos más allá, posiblemente en la otra orilla del Atlántico, en una casa bonaerense, o en el bar donde solía, y arrancó otra vez con resuello dramático:

«Tomo y obligo, mándese un trago, que necesito recuerdos matar…» 

La fiesta seguía por su camino milonguero. Paco, como único protagonista, a eso de las diez, tenía una toña tan hinchada, que aunque seguía clavado en la silla, ya los tangos le salían peor que mal entre hipos y una ronquera llorona. La Reme continuaba disimulando, pero estaba volada. Nos atendía con sonrisas y copas, pero no le quitaba ojo ni oído al cantante… Sobre todo cuando dejó de cantar sin venir a cuento, y quedó abrazado a la guitarra, mirándonos con ojos entornados e hipando. —«¿Pero Paco, qué te pasa? ¿Se te acabó la cuerda?…». «Anda viejo, otra milonga» —le animábamos los estudiantes, ya más que tomados, como diría él. Bebió otra copa, nos miró a todos con aire de reto, y volvió a templar la guitarra tembloncísimo. —¡Callad, callad! que Paco va a cantar otro tango. Y después de un furioso preámbulo musical, comenzó con voz encrespada y sonllorosa: 

«… Mamita, yo sé que mi culpa no tiene disculpa, ni tiene perdón…» 

—¡Mamita! —le gritó la Reme sin poder contenerse y con cara de fiera—. ¡Menuda mamita! —añadió sarcástica pasándose el dorso de la mano sobre el carmín de los labios, como si le estorbase para vocear. —Sí, ché, ¿qué os pasa a vos ahora con mi mamita? —Ja, ja, ja, que me río yo de tu mamita, eso me pasa ¡so chulo! «… Mamita, tú que eres tan buena, comprende la pena de mi corasón» cantó Paco adelantando mucho la cabeza sobre la guitarra y sacando el morro como escupiéndole a Reme los versos de la milonga. Y ella, sin que nadie pudiera contenerla, se abalanzó sobre Paco, y empezó a pegarle en la cabeza con ambas manos a la vez que le daba rodillazos en la guitarra. —¡Calla, calla! ¡No vuelvas a mentar a tu mamasita de la m…! Nos echamos todos sobre ella. 

La inmovilizamos. La guitarra cayó al suelo con un sonorosísimo ruido a hueco. Paco, con las manos en la cara y pasos vacilantes, salió de la habitación. Oímos que con un gran portazo, se metió en el cuarto de baño que estaba pared por medio. La Reme, desinflada de pronto, empezó a llorar blandamente entre los brazos de quienes la sujetábamos. La dejamos sentarse en la cama, y totalmente ajena a todos, se derrumbó sobre la almohada, con su llorar cansino. La verdad es que ninguno sabíamos qué hacer. La patrona era la única que la tranquilizaba. Pero cuando se rehizo el silencio, y por la cabeza de todos pasó la idea de retirarnos discretamente, se oyó de nuevo, amortiguada por el tabique, pero con toda su loca y temblorosa energía:
«… Ven, madresita ven yo quiero hablarte. Quiero contarte…» —¡La madresita… Otra vez con su madresita! —la reemprendió la coima, dando puñetazos en la almohada y esgrimiendo las canillas. «… Ya puedes figurarte madrecita, que yo sin mi vidita cual será mi dolor…» —Otra vez con la madrecita… ¡Maldita madrecita! ¡Si vos la conocieras!… Yo estaba de mucama en su casa, allá en Buenos Aires —empezó incorporándose con aire explicativo—. Sí, ¡de mucama! Y él, señorito barero y perdido, se enamoró de mí… O dijo que se enamoró. Y yo, imbécil, piqué. Piqué del todo ¿vos me entendéis? —que con la rabia a la Reme le salía el hablar más argentino— hasta que una tarde nos sorprendió la mamasita y me echó de la casa… Él, ¡ay, Paco!, las cosas como las digo, tomó la herencia que había recibido de su difunto padre, y nos vinimos a España. Estuvimos en Barcelona, y cuando empezó la guerra marchamos a Francia. Fuimos muy felices…, nunca olvidaré aquellos tres años. Pero justo al acabar la guerra civil, también se nos acabó la plata. Nos vinimos a Madrid. Durante estos seis años la mamasita de la m no contestó ni a una carta. 

Se conoce que quería a su hijo para ella, sólo para ella… Él no es hombre para trabajar, no es hombre de oficina, y al quedarnos sin blanca, fui yo, la Reme, la que empezó el oficio que tengo para mantenernos los dos… Día y noche, llevo cuatro años sin perder tajo, para que él repose y tome sus traguitos, y ahora me viene con la mamasita. Te digo… —Pero hija si es que el tango tiene esa letra —le dijo doña Trini. —No vieja no, que lo hace aposta. «Ven, madresita ven, yo quiero hablarte…» volvió a oírse, ahora muy débil. Pero callamos. A todos nos había sorprendido aquella confesión imprevista. Sentada otra vez en la cama, miró con rabia hacia el tabique del cuarto de baño al oír la lejana voz de Paco, pero en seguida cambió de actitud y bajó los ojos al suelo, como arrepentida de haber contado su historia en público tan sin necesidad. Así pasó un buen rato. Durante él no volvió a oírse la voz de Paco. De pronto, la Reme, con aire de preocupación, se levantó, y con paso sigiloso entreabrió la puerta e hizo oído. Todos la miramos. —¿Pero qué le pasa a mi Paco? —¿Qué quieres que le pase, mujer? —le contestó la patrona— que se habrá cansado de cantar. —¿Pero qué hace ahora? —Mujer pues en el sitio que está… Sin hacer caso, salió al pasillo y golpeó con los nudillos discretamente en la puerta del baño. Nos asomamos. Esperó. Repitió. Pero nada, no contestaba. —Paco… ¡Paco!… ¡¡Paco!! Volvió a llamar con más fuerza. —¡Paco! ¿Qué te pasa, Paco? Todos callábamos, aunque en el fondo nos hacía gracia el cambio. —¡¡Paco!! ¡¡Paco!!… Este desgraciado se ha muerto. Si no podía ser, con lo que ha bebido. —¡¡Paco!!… Sí, cuando ha hablado de su mamasita es porque estaba muy malo. —Pero cómo se va a morir, mujer de Dios… Y tú es que exageras mucho. Él no ha hablado de su madre, ha cantado dos tangos que dicen eso —le repitió la patrona. 

Pero la Reme sin hacer caso de nadie, empezó a darle patadas a la puerta: —Por favor, doña Trini, echen las puertas abajo, ¡se lo pido por sus hijas! Con su dramatismo consiguió inquietarnos. Doña Trini y su marido se miraron como dispuestos a acceder. Y José Mari que les vio el gesto —José Mari, que estudiaba ingeniero, era el más alto y fortachón de todos—, dio la copa a otro, apartó a la Reme, se puso de perfil con las manos juntas sobre semejante parte para arrellanarse más, y balanceando toda su naturaleza, se dejó caer sobre la puerta blanca, que al golpe se abrió con mucho ruido. Entramos todos tras la Reme. … Tumbado en el baño, completamente vestido y con la ducha suelta, estaba Paco susurrando inconexiones.

Reme cortó la ducha y en seguida se abalanzó sobre él. —¡Paco! ¡Paco! ¿Qué te pasa? Entre José María y otros dos chicos lo sacaron del baño, y mientras lo sujetaban de las axilas, Reme le quitó la ropa empapada, y lo secó con la toalla de baño. Lo llevaron a la cama. Entre la patrona y las chicas retiraron copas, bandejas y botellas. Nosotros salimos al pasillo. La Reme, de rodillas, junto a la cama, besaba a Paco y le frotaba las carnes para que entrara en calor, mientras le canturreaba: —Paco mío, Paco mío… Duérmete, Paco mío. —Ven, madresita, vennnn —se oyó susurrar. —¡¡Paco!! —gritó la Reme descompuesta—, por favor, deja a tu mamasita de la m… Déjala. —Pero mujer, Reme, si no sabe lo que dice… —Sí que lo sabe. —Veeeeeen, madresita vennnnn. —Paco, que me matas ¡Paco! Y si se callaba el paciente: —Paco, Paco mío, ¿quién te quiere a ti? Etc., etc.



miércoles, 6 de junio de 2018

Plinio - Los nacionales (Libertad condicional)



Decía mi madre en la carta: «… Así que tengas un rato libre vete a ver a mi primo José, que lo han puesto en libertad condicional». Y aquella tarde de domingo, con sol entre refriores, me fui dando un paseo desde la Plaza de España. Parejas aburridas arrastraban la tarde comiendo pipas o hacían cola en los cines de la Gran Vía. En un bar próximo a la Plaza de la Marina Española, tertulianos endomingados echaban la partida. El Palacio de Oriente, con la facha renegrida, parecía una abstracción. Junto al Viaducto, unos chicos jugaban a la pelota. Desde él miré a la calle de Segovia, solitaria, con resoles en los balcones, que desde la altura parecían de fragua. La casa donde vivía nuestro pariente José, tenía delante un patio de vecindad, casi corralazo de pueblo. Al fondo, la escalera descubierta que llevaba a los pisos en galería. Mientras José estuvo en la cárcel, su esposa y su suegra tuvieron que dejar el piso de toda la vida y cobijarse allí, como realquilados de la madre de otro preso político. La escalera tenía mellicones y basura en los descansillos. Las galerías, cuerdas con ropas colgadas. Ropas olvidadas y tiesas en la tarde cansina del domingo. Al segundo timbrazo abrieron la puerta con mucha cautela. Era la suegra de José. Delgadísima y un poco encorvada, me miró sin reconocerme. Cuando dije quién era, se disculpó de su mala vista.

Secándose las manos en el mandil largo, me guió por el pasillo oscuro. En una habitación pequeña con ventana a la galería, y alrededor de una mesa camilla, José, su mujer y la vieja que les realquilaba, comían castañas asadas. —Mira quién está aquí, José. Después de mirarme unos segundos, con gesto entre de puchero y gusto, vino hacia mí. Nos abrazamos sin decir palabra. Me hicieron sitio junto a la mesa camilla. Con mi corbata y traje dominguero, sentía vergüenza entre tanta pobreza. José llevaba una chaqueta marrón muy brillante, pañuelo blanco terciado al cuello, y boina. La mujer, de luto, con la melena corta, estaba muy envejecida. La realquiladora, que comía castañas poniendo mucho cuidado con qué diente mordía, no me quitaba ojo. José estaba palidísimo, con la papada colgona y las manos vacilantes. Pasadas las primeras efusiones, José parecía escucharme con mucha complacencia. Pero en seguida noté, que si dejaba de hablarle, seguía igual de maganto, como si me siguiera escuchando. Para coger las castañas, alargaba la mano pálida y temblona. Y al hablar, a veces, se le cortaba la voz y quedaba mirándome con ojos de mucha lástima. Una de las veces que le acudió esta sequera, su mujer le pasó la mano delante de los ojos y le dijo bromeando:
«Insensato, despierta». —El pobre se distrae con na. No sé qué habrá visto allí —me dijo ella en un descuido. Al poco rato llamaron a la puerta. Fue la suegra con su chepa entoquillada y en seguida volvió con Marcelino y Sebastián, dos compañeros de José. Marcelo sacó de la trinchera cotosa media botella de anís; y Sebastián, otro papelón de castañas asadas. Marcelo también había estado en la cárcel, aunque sólo un año.

Y a Sebastián lo habían depurado y echado de su empleo en el ferrocarril. Destaparon el botellín de anís y la mujer de mi primo sacó unas copas muy desiguales. —Anda, ponte tú también, mujer. —Quita de ahí. A mí eso me está muy fuerte. ¿No lo sabes? La realquiladora aprovechó la copa. Liamos cigarros, y pasado un rato, salió, claro está, el tema político. Pero Marcelo y Sebastián se dirigían a mí todo el tiempo, porque José seguía callado y con su sonrisa complaciente, sin motivo. Eso sí, de vez en cuando copeaba con sorbetes finos y chupaba muy hondo del cigarro. —Anímate, José, que esto se acaba —le dijo de pronto Marcelo dándole una manotada en el muslo—. Los aliados ya han tomado creo que Sicilia. Lo dijo anoche la BBC. El Mussolini ese de la camisa negra tiene los días contados. Y José sonrió mirando al suelo, pero sin decir palabra. 

Yo no le quitaba ojo. Era una sombra de aquel José tan alujero y discursivo de cuando la guerra. Lo comentamos cuando salió un momento arrastrando las zapatillas. —Yo no sé —dijo la mujer— si le habrán dado algunas pastillas o qué, pero no es ni su sombra. —El miedo basta para cambiar a un hombre —dijo Marcelo con la cara muy grave—… ¡Te parecen malas pastillas el haber estado condenado a muerte! Callamos porque volvía José. Desde la ventana se veían las chimeneas y buhardillas de las casas fronteras, entre sombrajos y solespones. Y en la habitación, los pobres muebles, hacían siluetas larguirutas sobre las paredes sucias. La mujer de José entraba y salía con aire de no hacer nada urgente, estirándose con ambas manos la bata sobre el trasero ovaladísimo. Las dos viejas, ajenas también a la política, entre castaña y castaña, se dirigían alguna frase desleída. —Vaya otra copita, José, por el triunfo definitivo de los defensores de la libertad. Y José levantó la copa como los otros, con su aire de lejano, mirando la bebida transparente que se mecía un poco entre sus dedos temblorosos. Liamos de nuevo. —Al que han trasladado al Dueso ha sido a Mejía… La cosa tiene mal cariz. José arrugó la cara y se pasó la mano doblada por la frente como para arrebañarse un mal recuerdo. —Yo pienso que al ver el rumbo que ha tomado la guerra, aquí tendrán que aflojar —dijo Marcelo— ¿no te parece, José? —… No creo. —¡Pero, leñe! Eres de un pesimismo que pa qué. José mirándose las manos muy abiertas sobre la mesa, dijo en voz muy baja: —Lo siento, Sebastián, pero lo que he visto hasta… no hace una semana, no es para optimismos. —Así que vean correr a los fascistas por todos los frentes, no tendrán más remedio que templar gaitas. 

Y si no, al tiempo. Casi había cerrado la noche y no encendían la luz. Apenas se distinguían las caras. Las buhardillas y chimeneas vecinas ya se fundían con el cielo. El humo del tabaco, el tufo del brasero y el olor del anís, malambientaban la habitación estrecha. —… Al que no acaban de quitarle la condena, a pesar de lo dicho, es a Natalio. La mujer, me ha contado su yerno, marchó ayer en dirección a Ocaña. —Le está bien empleado por boceras. —No digas eso, por favor —pidió suavemente José con aire de importarle por vez primera lo que allí se hablaba. —Sí; lo digo porque fue un boceras. —Era un compañero, Sebastián, y el miedo puede a todos. —Pero menos. Todos tenemos miedo, pero hemos sabido echarle redaños al trance. Se hizo un silencio muy largo. Seguíamos a oscuras, y a los relumbres de los cigarros se entreveía a José otra vez sumido en su lejanía, en su particular realidad. —Con los americanos a nuestro lado no hay Hitler que valga. —Sin los americanos también habríamos vencido. Los rusos se sobran y se bastan. —No sé qué te diga. Yo no sabía cómo irme. Llevaba dos horas largas allí, pero con la luz apagada me daba no sé qué. Entró la mujer y dijo con voz falsa: —¿Pero qué hacéis a oscuras? Encendió. Todos nos miramos como si acabáramos de encontrarnos. 

La luz alta y pajiza hacía más siniestro el cuchitril. —¿Y tú tienes algún trabajo en perspectiva, José? Me miró como si le hablase de un imposible. —No… Ni creo que sea fácil. Ya veré… Si tú sabes algo —y se me quedó encanado indagando una posibilidad en mis palabras. —Haré todo lo que pueda —dije inseguro. —Todo se arreglará. Venga, Julia, pon la radio a ver qué dice la BBC, que ya es hora —pidió Marcelo con brío para animar el cotarro. —Yo la pongo, pero no sé cómo se busca esa estación. —Déjame a mí. —Espera unos segundos que se caliente el aparato. Todos miramos el aparatillo color nogal, que estaba en un estante bajo, entre libros viejos. Así que se oyeron pitidos, Marcelo empezó a mover los mandos en busca de la emisora de la BBC. —Más despacio y más fuerte, Marcelo —dijo Sebastián. 

Marcelo le dio más intensidad y movió el selector de estaciones con mucho pulso. Se oían jirones de voz, ráfagas musicales, la voz elocuente de un actor recitando un poema sobre la División Azul; y de pronto, muy fuerte, sonaron unos compases del «Cara al Sol». … Y José, rápido, transmutado, se puso firme, con el brazo en alto y la mirada perdida. Todos, menos Marcelo, que seguía en cuclillas ante el aparato y mantuvo unos segundos la música del himno, a la vez que llevaba el compás haciendo la higa con la mano izquierda, lo miramos asustados. José, al dejar de oírse aquella música, reaccionó de pronto, bajó el brazo, titubeó un momento y cayó de bruces, llorando sobre el halda de su mujer. —¡Pero, José, pobre mío… Es la segunda vez que le pasa! Marcelo, que seguía buscando la BBC, al oír el llanto de José, se volvió sorprendido. El recién puesto en libertad condicional seguía de rodillas sobre las piernas de su mujer, con la cara entre las manos, sollozando bronca, patéticamente. —Anda hermoso mío. Anda, José mío, serénate, si ya estás conmigo. Y le besaba en la cabeza y en la nuca. Un locutor, con voz triunfal, daba el resultado de los últimos partidos.



viernes, 1 de junio de 2018

Plinio - Los nacionales (Primera soledad)



—Que te llaman por teléfono —me dijo la dueña de la pensión entreabriendo la puerta del cuarto. Dejé sobre la silla la manta, que a falta de calefacción me liaba en las piernas para estudiar, y fui hasta el final del pasillo. Era mi tío el de Oviedo. —Te espero a comer en Gambrinos. Ya he avisado a Adolfo. —¿Qué pasa? —Ya te contaré. Cuando llegué, ya estaba allí el tío, con la barbilla sobre las manos cruzadas y la mirada tristísima. No me vio entrar. Avancé despacio entre las mesas vacías, contemplándolo y casi seguro de la triste causa de su viaje. Le di un beso y me senté. Tomó un trago muy pequeño de su copa y empezó a preguntarme cosas de mis estudios, mientras daba vueltas a un palillo entre sus dedos nerviosos y fuertes. 

Tal vez por tenerlos tan fuertes —pensaba yo— se hacía el nudo de la corbata muy duro y pequeñito. Sus labios finos, casi siempre apretados, los pómulos altos, la nariz de curva y la cara tan alongada que tenía reflejaban su enérgica honradez. Enseguida llegó el primo Adolfo. Se besaron. Nos pidió cerveza. La cara del primo era como la de su padre, pero en suave, atenuada. Y sus ojos, también pequeños, pero de mirada larga y perezosa. Mientras almorzábamos, nos dijo que aquella misma tarde seguía para el pueblo. —¿Pues qué pasa? —le preguntó su hijo que también presumía la respuesta. —… Ha muerto el abuelo. 

La última vez que vi al abuelo, el día antes de venirme a Madrid para comenzar el curso, estaba muy pálido, sentado junto a la chimenea del comedor, con una mano alargada hacia la lumbre y el gesto de pensar en cosas lontanas e incoherentes… Quizás, en la pantalla pajiza de su cerebro jubilado, veía ya bailar esas imágenes truncadas, que deben emerger en las postreras tardes de la vida. Y oír palabras desgajadas de conversaciones remotas, que seguro arrastra la sangre en sus recorridos ultimeros. Sí, estaba junto a la chimenea, con la gorra de visera puesta, y la otra mano, la del dedo falto —aquel dedo que se llevó la aserradora—, en la mejilla… Quién sabe si se acordaba de la huerta que vendió pocos meses antes de la guerra. De las playas del Saler de Valencia, donde veraneó algunos años. O de cuando joven tocaba el saxofón en la banda municipal de su pueblo. Estuve a su lado mucho rato, mirándole fijamente; intentando grabarme aquella imagen despidiente… Y él, quieto. Sin fumar, ni mover las brasas con el badil como solía. 

A lo mejor, de pronto, me echaba un reojo, como si en ese instante advirtiese mi presencia. Pero enseguida volvía la mirada a las brasas, olvidado de mí… o tal vez para evocarme de pequeño, cuando íbamos en el tílburi camino de aquella huerta de sus padres, tan somera de aguas, balidos y recuerdos. O entre las ruinas del Castillo Viejo merendando chuletas asadas bajo las carrascas y a los solespones. O gateando sobre las altas pilas de maderas, allá en el patio de la vieja fábrica, los días sin escuela. Un par de veces entró la abuela en el comedor y la miró de igual manera, tan huida. Posiblemente —pensé yo— también prefería recordarla mocilla, hecha una fiesta de dientes blancos y ojos candiles, al son de una música antigua, en un baile del casino. 

O subiendo unas escaleras la noche de bodas… o echándole la primera risa, todavía resonante, al hijo recién acabado de parir. Claro, que también es probable que no pensara en la abuela, ni en mí, ni en nada de cuanto vio de hombre. Y sólo le llenará la cabeza la imagen de su madre, la que murió en aquella alcoba que luego transformaron en el gabinete que está empapelado de rojo. Y el dije desvaído de su padre, el que fue alcalde de Alicante, y murió cuando él era niño… ¿O rememoraba el chorro tinto de la bota de vino, que tantas tardes de sus primaveras, bebió en compañía de su amigo Lillo, allá en el rincón del patio que entecha la parra de las uvas de gallo? ¿Y si veía en los teloncillos de sus párpados la primera bicicleta que tuvo, aquélla del manillar alzadísimo?… O recontaba todos los caballos que pasaron por su cuadra: El blanco, que derribó a Salustio. 

El alazán, que le dio la coz en la quijada al hermano Santiago; o la yegua Lucera, la de la grupa tan redonda, que le incautaron en la guerra. Quién sabe si todos esos cachos de recuerdos y mil más, le bailaban a la vez en su memoria desahuciada. El tío dijo que no nos íbamos con él al pueblo. Que entre unas cosas y otras perderíamos tres días y teníamos mucho que estudiar. Sentí un secreto gusto por ahorrarme tanta tristeza de catafalcos y velorios, de ausiones y taconeos en la noche; de bostezos en la madrugada, junto a la cara ausentísima del muerto. Aquella tarde se llenaría la casa de gente. La casa, el solarón de la fábrica, el patizuelo de las macetas y el jardín con su fuente de las ranas de piedra. Iría medio pueblo, dolorido y curioso, a ver al hermano Luis el del Infierno, en su alterne final, haciendo su última higa (La que figuraría la mano sobre el pecho con el dedo de menos…). Lo llevarían en una caja mala, de aquéllas de los años cuarenta, con un Cristo muy grande, color cobre, en la tapa, entre las gentes que en aquellos tiempos alzaban el brazo cuando pasaban los entierros. Allí, junto a los candelabros, estaría Lillo, su amigo del alma, rumiando la común historia de sus vidas, que ahora acababa con un mutis tan severo. Sus sobrinas de Argamasilla, tan relimpias, también estarían allí estirándole la corbata mortajera, y pasándole el dedo por los pelos de las cejas feraces… Y mi padre, con el gesto de niño dolido y el cigarro en la comisura, dando aquellos sus cortos paseíllos. 

Y por supuesto, la abuela, haciendo solos de suspiro sonorísimos. En la fábrica, las máquinas calladas. La campana de llamar al trabajo, casi verde, entre las telarañas de la viga, y los operarios que se salvaron de la guerra… y de después, vestidos de domingo. Entre cuatro de ellos sacarían, seguro, el ataúd a hombros, por la escalera de mármol blanco del portal. Y las barnizadoras gordas, que se quedaron finas por el hambre de las guerras y las paces, formarían también duelo con las Orencias, las Salinas y las Ramírez. Muchos de los condolientes, ahora, al ver la fábrica y los corridos llenos de madera, evocarían cuando el abuelo les hizo la alcoba de casarse o la portada de la destilería, en aquellos años que tanto se mentaba el Monte Gurugú. Y alguno, seguro que le recordaría en la biblioteca del casino, leyéndoles en voz alta páginas de Galdós y Blasco Ibáñez, alabando la libertad que muy pronto se implantaría en España para toda la vida de Dios… Mientras comimos, el tío habló de cosas muy variadas, como para distraernos de la muerte del abuelo… Pero también a él se le notaba la rebinación del pasado, en no sé qué fugas de los ojos y en aquella arruga de la frente, que nunca le salía cuando estaba contento… Probablemente, mientras nos contaba lo del traje que le había comprado a Adolfo en los Almacenes Alpelayo, se acordaba del día de su boda con la hija del abuelo. O de la petición de mano, con tantas bandejas como cuentan que hubo. O Dios sabe de qué risas en una anochecida de verano, entre los aladres del jardín. Nos despedimos en la Carrera de San Jerónimo. El tío marchó hacia la estación con paso calmo. El primo se fue a la universidad, y yo, entre las gentes que iban y venían, sentí la primera gran soledad de mi vida. Con el abuelo desaparecía el mayor rodrigón de mi fabulario infantil y adolescente… Por primera vez en aquella tarde madrileña todas las cosas me parecieron mortales. Y los coches, y las tiendas, y los guardias, invenciones ingenuas para llenar este misterio de la vida.



martes, 29 de mayo de 2018

Plinio - Los nacionales (El señor de «El Gato Negro»)



Por fin conseguimos habitación con dos camas en una pensión de la Puerta del Sol. Era un piso grandísimo, de techos muy altos. Nuestro balcón daba a la Plaza, que todavía era el verdadero corazón de Madrid. Aún quedaban tranvías amarillos que giraban rascando rabiosamente los raíles, y pasaban escasos automóviles de modelos anteriores a la guerra. Algo cara para aquellos tiempos, no abundaban los estudiantes. Recuerdo tres o cuatro militares, dos curas (uno de ellos, de aspecto sanchopancesco, comía con la botella de vino pegada a la mano derecha, y cada nada escanciaba y se bebía el vaso de un trago total); gentes de paso y aire provinciano: un músico, que pasaba el día en su habitación tocando el clarinete; y «el matrimonio sin palabras», que le llamábamos nosotros. El dueño, muy delgado, mutilado de guerra en la zona republicana, siempre con traje oscuro, cuello almidonado y corbata, aguantaba el día sentado en el sofá del vestíbulo leyendo periódicos. Como le faltaba el brazo derecho hacía poco, no se había acostumbrado a la manquez, pero empeñado en leer con el papel en el aire, se daba muy mala maña para volver las hojas, y a cada instante hacía con ellas tales burujos que le ponían nerviosísimo. Más de una vez lo vi hostiando a los papeles sobre la mesita de centro para intentar domeñarlos. Su mujer, todo el día en la cocina, si al cruzar lo veía pelear con el diario, con ademanes muy dulces y pacienzudos le ponía las páginas en orden. Pero de todos los pupilos fijos me obsesionaban las dos mitades de «el matrimonio sin palabras»… La cara de él me era conocida, pero no atinaba con el dónde ni el cuándo… Sí, la cara de él me resultaba vista, pero a ver si me explico, con otro gesto, otra edad y otro cerco. 

O a lo mejor se parecía a alguien que tampoco localizaba… Ella, guapa, blanca y severísima, sin levantar apenas los ojos del plato y con un crucifijo muy grande de plata sobre la pechera del vestido, me sugería miles y miles de aquellas señoras de la posguerra que adoptaban aires sacrosantos o de aristócratas autoritarias. Cuando rezaba después de cada comida, miraba de refilón y desconfiada al huésped de paso. Andaba con pasos rígidos y aire despectivo, sin más saludos que para los curas y los militares. Él, si iba tras la esposa, con muchísima cautela nos hacía a todos una leve inclinación de cabeza. Y si salían emparejados o él delante, imitaba la frialdad de su mujer. Durante los almuerzos y las cenas, jamás cambiaban palabra. Como si la luz y el aire que había entre ellos fuera una barrera de piedra. Si alguna vez se sentaban en el sofá del vestíbulo, el marido solía hojear algún periódico de los que maltrataba el dueño de la pensión, mientras ella, impasible y silenciosa, miraba de reojo a los que entraban y salían. Varias veces los vi por las proximidades de la pensión. Ella siempre dos pasos delante o rezagada, mirando escaparates; él con las manos en la espalda y aquel aire de señor sin más distracción que liar sus cigarros. Otro día, como si los estancos le estuvieran prohibidos, la vi junto a uno de Sol esperando que saliera el esposo. Las noches templadas, él en bata se asomaba al balcón, mientras la señora debía dormir con la luz apagada.

Por aquellos días, unos cuantos paisanos tomamos la costumbre de reunirnos en un café de la calle del Príncipe —«El Gato Negro»— al caer la tarde. Como yo estudiaba en el Ateneo, solía llegar el primero a la tertulia. Recuerdo que entonces yo siempre tomaba vermut. A las nueve y media, poco más o menos, nos íbamos a cenar. Y cuando le llegó el primer viernes a aquella tertulia recién creada, sentado en el diván —conforme se entraba a la derecha— vi, sin su mujer por primera vez en mi vida, al marido del «matrimonio sin palabras». Tomaba vino con aire plácido, y al verme entrar me saludó muy expresivo. Me senté junto al ventanal, en la mesa de siempre, a esperar a mis paisanos. … Ahora, al verlo allí, en «El Gato Negro», se me avivó la sensación de que conocía a aquel señor. Su aire ahora relajado, y la forma simpática de saludarme me revelaban una imagen pasada que no acertaba a encuadrar.

Durante la breve espera, dos o tres veces se cruzaron nuestras miradas, y el hombre sonrió como con ganas de comunicación. Pero enseguida empezaron a llegar mis contertulios y me olvidé de él. Hasta que pasado un buen rato, entró la señora con velito y un bolso muy grande colgado del brazo. Nada más verla —lo advertí rápido— le cambió el semblante. Le desapareció el suave relajo y le tomó aquel gesto forzado que yo le conocía. Acudió el camarero, la mujer pidió una manzanilla, y él empezó a hojear el periódico que hasta entonces tuvo en el bolsillo. Ella, nada más sentarse, me localizó, aunque fingió ignorarme. Luego, mientras el esposo leía o hacía que leía, ella ordenó las cosas de su bolso grande. A las nueve en punto salieron con pasos lentísimos. 

Él, que iba detrás, echó un reojo hacia nuestra mesa y me dio el adiós con los párpados y un amago de sonrisa. Los días siguientes en la pensión, se mostró como siempre. Sólo una mañana que nos encontramos solos en el pasillo, precisamente al pasar ante la puerta del que tocaba el clarinete, me saludó con amabilidad parecida a la de aquella tarde en el café. Hasta el viernes siguiente no volví a verlo en «El Gato Negro». Al entrar me saludó más efusivo que la vez anterior, e intuí que de no haber ya un contertulio a la espera, me habría invitado a su mesa como ocurrió la semana siguiente… Y ocurrió así el viernes que digo: Diría que me esperaba por la fijeza con que miraba a la puerta giratoria cuando llegué. —Buenas tardes. —Buenas tardes. ¿Qué, cómo va la vida compañero de pensión? —dijo levantándose y alargándome la mano. —Bien… —Venga, siéntate. Toma algo conmigo mientras llegan tus amigos. Lleno de curiosidad, más que de simpatía —las cosas como son— acepté. Rápido, llamó a Rafael el camarero, que siempre servía en aquel turno. Se trataban con mucha confianza y durante las esperas, si Rafael no tenía faena, conversaban a ratos. Cuando llegaba la esposa, no. Visto de cerca mi conhuésped, resaltaba su cara de señorito picarón de los años veinte. Los ojos, entre incrédulos y afectuosos y un semblante de bromista contenido que jamás se le transparentaba cuando iba con «la contraria» —como la calificó enseguida. Los dedos largos, pálidos y untados de nicotina hasta los nudillos, le tembloneaban al liar los cigarros. Bebía el tinto del vaso con mucha pausa y regodeo.

Por hablar de algo le pregunté: —¿Le gusta a usted venir aquí a tomar café? —No, es malta puro, como en todos sitios. Siempre tomo vino… —Quiero decir si le gusta mucho venir a este café. —Sí… —contestó con un relámpago de melancolía—. Vengo hace muchos años. —Es que tengo la impresión de que su cara me es conocida. —¿Pero tú vivías en Madrid antes de la guerra? —No, venía de vez en cuando con mi padre, y como el hotel estaba cerca, solíamos reunirnos aquí.
—Ya… pues será eso. Yo antes de la guerra no fallaba a la hora del café, después de comer. ¿Cuándo estuviste en Madrid la última vez? —En el invierno de 1936. —Entonces, seguro. Y quedó serio unos segundos. Dio una chupada al cigarro y dijo sin mirarme: —… También venía acompañado algunas tardes. Nos sentábamos exactamente aquí donde ahora estamos… La última vez fue el 16 de julio del treinta y seis. El uno de julio nos fuimos al pueblo de mi mujer… Bueno ¿y tú qué estudias? —saltó de pronto sacando una sonrisa de alterne.
—Primero de Filosofía y Letras. —Filosofía… ¿Y eso para qué vale? —añadió con ojos picarones. —Bueno, me voy a especializar en literatura. —¡Ah! —dijo inseguro—… Yo empecé a estudiar Derecho, pero me cansé. Ya tienes ahí a tus amigos. —Sí… Hablamos un ratillo más sobre los felices tiempos en que vivíamos, según él, gracias a la victoria de Franco: —Verás cómo éste entra en vereda a los españoles por primera vez en la historia. Me sonreí vagamente y me despedí. 

Hasta que llegó su mujer lo vi tomarse tres o cuatro vasos más con aire plácido, sin dejar de fumar y charlar un par de ratos con Rafael. Sin necesidad de mirar a la puerta giratoria supe que llegaba ella, por la manera que él tuvo de tensar el gesto. Sin decir palabra, se sentó, dejó el bolso en el diván y se estiró la falda. Enseguida acudió el camarero con la taza de manzanilla infusión, cobró el servicio y no se acercó más a la mesa. Yo imaginaba lo que debería sufrir don Sebastián sin tomar más vino. La señora, como todos los viernes, me echó varios ojeos. La tarde del lunes —los sábados y domingos no íbamos a «El Gato Negro»— cuando llegué, me dijo Rafael: —Ya vi el viernes que se ha hecho amigo de don Sebastián. —Vivimos en la misma pensión… Pero además —le dije ya en plena investigación cotillera— yo lo conocía de verlo aquí antes de la guerra… con otra compañía. —¡Pobre mujer! —¿Pues qué pasó? —Una verdadera tragedia. —¿Pero ya estaba casado con «la contraria»? —Sí… Pero mejor es dejarlo. En aquel momento le llamó alguien y marchó contento de no continuar las confidencias. Unos minutos más tarde, cuando fue a servir a mis amigos, le pregunté en un aparte: —¿Y por qué vienen sólo los viernes? —La señora va al Cristo de Medinaceli, y él la espera aquí. —¿Con la otra también venía los viernes? —¡Caaa! —se echó a reír y marchó hacia otra mesa. El viernes inmediato, nada más entrar en el café, don Sebastián me llamó muy expresivo. —Venga don Paco, tómate el vermut conmigo antes que lleguen los de tu gavilla. Te invito. Hablamos de las gentes de la pensión. 

Rafael el camarero, de vez en cuando me echaba sonrisas maliciosas. Acabado el tema pupilero, mientras liaba el cigarro, le volvió el semblante pensativo que le sorprendí durante nuestra última charla: —¿De modo que me viste aquí antes de la guerra? —Parece que sí. —Yo venía todos los días a una tertulia que teníamos allí enfrente… Menos los lunes y los jueves que sólo acudía a tomar el vino, como ahora… después del trabajo —añadió riéndose para sí—… ¿A qué hora venías tu por entonces? —No teníamos hora fija. Cuando no había nada que hacer. Una noche después del teatro, de un estreno aquí en la Comedia. Eso sí lo tengo fijo. —No, a esa hora yo ya estaba en el pueblo. No me recordarás en la hora de la tertulia, porque era muy numerosa. —Sólo estuvimos una semana. Yo me fijaba mucho en los escritores y en los cómicos. Mi padre me decía quién era cada cual. Los conocía muy bien por los periódicos. —Seguro que me viste el lunes o el jueves de aquella semana. Y sin añadir más, como inspirado, llamó de pronto al camarero.
—¿Qué dice don Sebastián? si todavía tiene el vino mediado. —… Trae la fotografía. Rafael lo miró algo sorprendido, y luego a mí con gesto levemente admirativo. Se sacó una cartera del bolsillo interior de la americana y de ella un retrato bastante sobado. Lo tomó don Sebastián, lo contempló un momento con ojos respetuosos, y me lo pasó. —A ver si es así como me viste hace tres años. Exactamente en la mesa que estábamos, aparecía don Sebastián con aire como de diez años menos, saliéndosele el corazón por los ojos que tenía clavados en el rostro de una mujer más bien delgada, morena, con el pelo negro muy recogido, y sonriendo plácidamente hacia la cámara. 

A la derecha de ella, y de pie, estaba Rafael el camarero, un poco más grueso, con la bandeja en la mano y el pelo muy peinado a raya. La examiné con esa morosidad y amorosidad que me gasto ante las fotografías antiguas. Y la satisfacción de ver claro por qué se me quedó tan grabada la cara de don Sebastián. Tenía Rafael en el retrato el mismo aire que entonces, de camarero amigo. La chaqueta blanca más cortilla; y presumiendo de bandeja, con la botella de vino tinto, que por lo visto ya tomaba don Sebastián. El paño le colgaba del mismo brazo, y la mal enfocada luz del magnesio lo dejó como sin piernas total; tronco flotante envuelto en la chaqueta blanca. Junto a la mano izquierda de don Sebastián, semiabierta sobre el mármol, la petaca, y un mechero ovalado muy pegado al vaso de vino. La derecha la tenía bajo la mesa. Llevaba un traje oscuro de rayas claras, menudo el nudo de la corbata, y el pelo, casi negro todavía, con entradas moderadas. 

Pero lo más llamativo de su figura era el semblante: aquel regusto, aquella entrega, aquella sonrisa casi babosa que le salía al mirar a su pareja… «Sonrisa babosa», «baba», «el de la baba caída», esa «baba» que repetí mentalmente, acabó de cuajar mi imagen de don Sebastián en enero de 1936 mientras miraba la vieja foto. «Mira, ya está ahí otra vez el de la baba caída». Ella, la pareja, con un discreto traje oscuro, modesto collar, el cuello delgado, aire agitanado, cabello liso y estirado; su sonrisa dulce y ojos llenos de luz, sugerían inocencia, satisfacción ante aquel arrobo, ante aquella «baba caída» de don Sebastián. Sí, ahora lo recordaba muy bien. Fue Ángel, el que quince años después sería mi suegro, el buen amigo de mi padre que vino con nosotros a Madrid, quien al ver por segunda vez a la pareja de enamorados adultos —que de su edad y la de mi padre sería él (ella unos años más joven)— dijo aquello que debí escuchar por vez primera aplicado a un novio tan mayor: «Mira, ya está ahí otra vez el de la baba caída». Lo raro es que me acordara de él desde el primer día que los vi en la pensión, y no de ella… ni siquiera ahora, al contemplarla en la fotografía. Miré el revés de la cartulina. Sólo ponía: «febrero 1936». Se la devolví. Don Sebastián le echó otro vistazo y la devolvió a Rafael. —¿Qué, te ha convencido que soy yo? —Sí. Y le conté lo de «la baba caída», que dijo Ángel. Sonrió satisfecho. —¿Y ella qué te ha parecido? —Guapa. Pero sobre todo inocente, con cara de buena. Don Sebastián se puso entonces no melancólico, sino seriamente triste. —Fue la única persona buena de verdad que conocí en mi vida —dijo mirándome a los ojos como añadiendo: «ni tú, ni nadie». Así quedó, muy reconcentrado, hasta que se bebió el vaso de vino de un trago, sacó el tabaco, y poco a poco volvió a su ser.

En el entretanto, Rafael guardó cuidadosamente la fotografía en su cartera, y después de hacerme una mueca que venía a decir: «¡Qué le vamos a hacer!», marchó a por la botella para reescanciar el vaso de su amigo. Cuando llegaron los de mi tertulia me añadió a modo de despedida: —Te agradecería que no contases estas cosas a los amigos. El lunes, saqué el tema a Rafael. —¿Y qué fue de la mujer de la foto? —… Ya se lo contará él. —Comprendo… Pero guapa sí era. —Guapa… de cara —se animó— pero más bien baja y para mi gusto delgada. Ahora, eso sí, una gran persona. Y muy contenta de que alguien la quisiera tanto como don Sebastián. Vivía ahí al lado, en el pueblo de la señora de don Sebastián. Era pantalonera y venía dos veces por semana a entregar prendas y llevarse faena nueva. Entonces, don Sebastián y su señora vivían en el pueblo. Él, como no tenía nada que hacer, venía a Madrid casi todas las tardes. Para mí que debía simular algún quehacer ante su parienta para justificar tanto viaje. —Y ahora trae aquí a su esposa, a este café, y se sientan en el mismo diván. —Ya ve…
—Pero ella, la señora ¿no supo nada? Como alguien llamó a Rafael, aprovechó otra vez para no contestarme. Bien se lo noté. En la pensión de la Puerta del Sol se comía tan mal, que por aquellos días, vísperas de las vacaciones navideñas, decidimos marcharnos a una casa particular donde vivía un amigo de Delfín. «En las casas particulares se come mejor y se está más tranquilo» —me decía. Por cierto que las cosas fueron muy al revés de como decía Delfín, en aquella casa de la Plaza de San Miguel.

Quiero recordar que no llegamos al carnaval. Se comía muchísimo peor, y para colmo, la dueña, solterona, se entendía con un perro lobo, que era el verdadero dueño del piso. Pero a lo que iba, aquel segundo viernes de diciembre de 1939, los contertulios paisanos de «El Gato Negro», quedamos en celebrar no sé qué chuminada que se le había ocurrido a uno que vivía en el pueblo y que siempre que venía a Madrid nos buscaba y se inventaba pretextos para chatear y tapear en las tascas de la calle de Echegaray; y luego, acabar donde todos sabíamos.

Llegué el primero al café, según mi costumbre, y claro, me senté con don Sebastián. Estaba eufórico por lo que enseguida me confesó: —Esta noche hasta la hora de cenar estoy libre. La «contraria» después de Medinaceli tiene que ir a la modista. Si no os importa, sentáos aquí. Os invito a todos. Una tarde libre como ésta hay que celebrarla. Hasta que llegaron mis amigos, don Sebastián me contó cosas de cuando hizo el servicio militar, de sus primeros amores con la hija de un heladero, y no sé cuántos ligues más. El hombre disfrutaba con aquellas historias tan impropias de su edad. Pero se veía claro que fue en las únicas que se sintió protagonista. A cada cual se le para la cabeza en una edad, y la suya quedó en aquellos trancos moceros. Conforme llegaban mis contertulios, don Sebastián los convidaba muy fino «a lo que quisieran». Él repetía sus vinos y, ya caliente, recontó a mis amigos las aventuras juveniles que dije, con ojos de mucha picardía, y echándole a cada capítulo un aire de fru-fru de la belle époque que les hizo reír mucho. 

Poco antes de las nueve, el celebrador de aquella noche dijo de empezar el tasqueo. —Venga, don Sebastián, anímese — le pedí.
—No puedo, que a las diez quedé con la esposa en la pensión. —Bueno —fui yo quien le pinché— le da tiempo a tomarse un par de chatos con nosotros y a estar con ella a las diez. Me miró con ojos placenteros, y no tuve que insistir. En aquellos tiempos, la calle de Echegaray y sus inmediaciones, se convirtieron en el barrio juerguista y andalucero de Madrid. Señoritos de pueblo, estudiantes, legionarios y prostitutas todavía con las caras famélicas que les dejó la guerra, eran la parroquia normal desde que caía la tarde. Bajo las luces amarillentas: el chato de vino y la aceituna, el pito mal liado, la baba, la carcajada y el cuello duro. El condón pisoteado; la copla balbucida y roncadora; la gitana de la lotería. El regüeldo y el vómito, la paliza en la esquina, y el apodo de «rojo» al discrepante, conformaban aquellas noches de posguerra. El señoritismo anacrónico, patriotero y clerical que reavivó «la Cruzada», volvió a vestirse de luces y desplantes, de folklore barato y martillero, como la más pura esencia españolista. Otra vez la gracia y el salero, la amante mal pagada, la sangre de los toros y los hombres declaraban guerra a muerte a nuestras inteligencias más logradas en las últimas generaciones. A los pocos rodeos de chatos por aquellas tascas con carteles taurinos y guitarra al fondo; de señoritos de mirar altivo y mano en la cadera; de putas con claveles y tacones; don Sebastián olvidó su cita con la «contraria». 

Como mis paisanos empezaron a cansarse de su curriculum catril, cada vez se pegaba más a mi brazo. —¿No es ya su hora, don Sebastián? —le pregunté al salir de un tabernucho lleno de humo de fritangas. Me miró con ojos tristes y a la vez iracundos, pero no dijo nada. Más tembloroso que nunca, lió un cigarro. Comprendí que quería que nos rezagásemos de la panda. —Ahora los alcanzamos. Me dobló por el segundo trozo del callejón de Fernández y González. Al llegar a la esquina con Ventura de la Vega, frente justo a un prostíbulo famoso, me señaló con el dedo. —Aquí veníamos después de comer ella y yo dos días por semana… Como cliente viejo me alquilaban habitación para llevar ajena. Yo entraba primero. Y al rato ella con una cesta colgada al brazo, como si llevase mercancía. Como durante la faena me gustaba beber algo, en la cesta traía, la pobre mía, media botella de Valdepeñas y unas almendras… Sólo he pasado una vez por aquí después de la guerra. Se apoyaba firmemente en mi brazo como si temiera quedarse solo. Un grupo de jóvenes con pinta de estudiantes subía ahora la escalera del prostíbulo voceando… Y de pronto empezó a sollozar con la mano en mi hombro. El sereno nos miraba de reojo. 

Al rato se calmó un poco, pero sin disposición de moverse. —Había una encargada entonces, Águeda, que siempre me saludaba con las mismas palabras: «Ya le he puesto las sábanas y la toalla limpias. Está todo como un jaspe»… En la habitación que da a aquel balcón. «El siete», la llamaban. Yo me desnudaba y me metía en la cama. Al rato llegaba ella con la cesta. Antes de besarme, me ponía el vaso de tinto sobre la mesilla… Era trabajadora. Tenía una tiendecita en el pueblo, y además era pantalonera. Por eso venía dos veces por semana a entregar sus labores. Llegaba por la mañana en un tren de cercanías, hacía sus cosas, y nos reuníamos aquí a eso de las cuatro. Yo siempre decía en casa que venía a Madrid a tomar café. Entonces a mi esposa no le gustaba salir del pueblo. La afición le vino después de la guerra. Al salir de aquí nos íbamos al «Gato Negro» a reponer fuerzas. Después, en un taxi, a la estación. Íbamos en el mismo tren, pero claro, en coches distintos. Por fin arrancamos calle de Ventura de la Vega adelante. —En el pueblo jamás nos veíamos. Y si nos cruzábamos, ni nos saludábamos. Ella, viuda de un ferroviario, tenía fama de seria… Y yo era el esposo de la mujer más rica del pueblo… Oye, alguna tarde, que aburrido, intenté irme con otra, es que no me animaba nada. Y con la esposa, menos, claro. Y no es que a ésta le apeteciese mucho el cumplimiento matrimonial. Lo que de verdad le gustaba era hablar con las amigas, comprarse cosas, ir a misas, novenas, trisagios y demás latazos. Me tuvo siempre como un mueble más. Se casó conmigo porque había que casarse. Lo mismo que hay que tener floreros, máquinas de coser y gramófono… Todo el pueblo piensa y pensaba que me casé con ella por los cuartos.

Y es verdad, aunque estaba muy bien. Pero fue ella la que me pescó… Nos conocimos en un baile del Casino de Madrid… Yo bailaba muy bien, y sabía decir muchas cosas a las mujeres… Además no me gustaba estudiar. Se detuvo a liar otro cigarro. —Pero para Micaela, la del retrato, tú me entiendes —al fin dijo su nombre — yo era el macho y el niño. Sí, el marido, el amante y el hijo. Para mi esposa, sólo algo que hay que tener. Eso sí, nunca me regateó los cuartos. Incluso ahora. Yo fui siempre un golfo, pero con sentido común para el dinero. Y mi esposa lo sabe… A Micaela nunca le di un real. Ella no lo habría aceptado, claro. En todo el tiempo que estuvimos juntos sólo le regale una máquina de coser, algunas cosillas de vestir y una cadena de oro… La última vez que nos vimos en «el siete», antes de la guerra, fue el 16 de julio. Yo aquella noche me quedé en Madrid porque teníamos una boda el 17. Cuando el día 18, ya en el pueblo, se pusieron las cosas en claro, me entró un miedo que para qué te voy a contar.

Y todo se agravó cuando unos días después, un primo de mi esposa, que era algo en el Ayuntamiento, nos avisó que en la lista de los «paseables» estaba mi nombre. «Debe irse a Madrid enseguida y esconderse». A mi esposa le pareció bien el plan, y a mí de perlas. El mismo primo de mi mujer se ofreció a llevarme con su coche, que todavía no le habían incautado. Hice la maleta con toda la ropa y bastante dinero, y salimos de madrugada… Por el corto camino hacia Madrid, se me ocurrió la idea. Le dije a mi primo que me dejase aquí. (Otra vez después de darle la vuelta a la manzana, estábamos en la esquina de la calle de Fernández y González, frente al prostíbulo…). Él, que era un republicano de esos puritanos, no sabía que esto era una casa de putas. Yo le dije que aquí vivía un buen amigo mío, de izquierdas, donde pasaría la noche hasta decidir mi destino… Al día siguiente me tocaba entrevista con la Micaela, y aunque cayesen chuzos, sabía que vendría. Con el lío de la guerra nadie iba a los prostíbulos, y le dije a la encargada que me metiera la maleta en «el siete». 

Pasé la noche tomando copas con la dueña, la encargada y las pupilas; hablando de lo que pasaba, aunque yo, claro, me mostré muy rojillo y dije que al día siguiente marchaba en viaje oficial a Barcelona. Me quedé de dormida con una pupila para cubrir las apariencias. Con el pretexto de la medio tajada que nos cogimos la durmiente y yo, tomé un vaso de leche a mediodía y me estuve en la cama esperando a Micaela, pues les dije que no saldría para Barcelona hasta la noche. Seguimos el paseo otra vez hacia la Carrera de San Jerónimo. Apenas pasaban coches. Don Sebastián de pronto dejó de hablar. Se le notaba la boca seca. Cuando al doblar por la calle de Echegaray encontramos la primera taberna, tiró de mí: —Vamos a tomar otro chatito. Me dio la impresión que estaba en un momento de lucidez, y como dudoso de seguir la historia. En aquella tasca servían sobre unas cubas puestas de pie. Había un hombre gordo hablando solo, quiero decir hablándole al vaso. Don Sebastián pidió una jarrita. Después de los dos primeros vasos, pareció animarse. Pero de momento sólo fue para sacar la petaca. El relato de su historia, tanto paseo, y tal vez un inicio de resaca —pues llevaba dándole al codo desde las siete de la tarde— le habían dejado de un pálido y gravedad infrecuentes. Ahora fumaba y chicoteaba como relajado, casi ignorándome. 

Al gordo que hablaba a su vaso con ademanes retóricos y beodos, de pronto se le oyó una frase clara: —¡Y viva la República, coño! Todos quedamos sobrecogidos. El hombre cayó en la cuenta a pesar de su curda, y echó un vistazo por todo el local. El silencio era total, y el viejo tuvo una reacción cómica. Se puso firme, levantó el brazo, y empezó a gritarnos agresivamente: —¡Sí, coño, viva la República de Franco! ¡Arriba España! El dueño de la tasca echó una mirada de conmiseración al viejo. Empezaron a reoírse las conversaciones, pero se abrió la puerta y entraron unos soldados con fusiles, mandados por un sargento. Volvió el silencio. Miraban hacia todos lados. El gordo, alzando su vaso, les ofreció convite. Pero salieron sin responderle. Él, hizo un gesto de indiferencia y se tomó el vaso de un trago. Don Sebastián pagó la jarra y salimos. Me volvió a tomar del brazo, y comprobé que estaba en ánimo de continuar su historia y de no ir por la pensión. —… Aquélla fue la única vez en mi vida —comenzó muy sordamente— que me acosté con Micaela sin tirármela. Nos pasamos todo el tiempo tumbados en la cama «del siete», pero vestidos. Le conté lo que me pasaba. A ella no le extrañó.
—«Me lo temía —dijo— vosotros sois muy de derechas y los más ricos del pueblo». —«Pero yo nunca me metí en política». —«Pero has hablado mucho en el Casino y eres amigo de todos los carcas del pueblo…». —La idea fue de ella. De pronto me pasó la mano por la cabeza y dijo… —«Yo vivo sola. ¿Por qué no te vienes a mi casa hasta que pase todo esto? No creo que dure mucho». —Quedé sorprendido, sin hacerme a la idea, pero lleno de gusto. Ella me miraba con aquellos sus ojos tan tiernos, tan de madre… Y tan cachondos a la vez. —«Allí estaremos tan a gusto, en paz y compaña… Yo te cuidaré como nadie». —Nunca olvidaré estas palabras: «en paz y compaña». Al pasar por «Los Gabrieles» me asomé tras las cortinas. No vi a ninguno de los amigos. Pero un camarero me dijo que estaban abajo, con guitarristas y todo. —Si quieres, entramos —se ofreció don Sebastián— como temeroso de que estuviera aburrido de su romance. —No, después, estoy deseando saber el final. —¡El final!… —dijo pasándose el pañuelo por la frente sin quitarse el sombrero.

Pues como te iba contando… «¿Y cómo entro yo en el pueblo?» —le pregunté a Micaela. —«Tú de eso no te preocupes. Me pienso ir esta tarde con mi primo José el recadero, que lleva la camioneta con melones». —«¿Y quieres que vaya debajo de los melones?» —le dije riendo. —«No hombre no. ¿Cómo te voy a meter debajo de los melones?» —me dijo acariciándome la cara como solía… Ella tenía los ojos negros y el pelo así muy estirado y brillante, como viste en la foto. Y al mirarte de cerca, qué sé yo, parecía que te rozaba una lumbre. —«Lleva melones, líos de ropa, periódicos y mil encargos que le hacen». —«¿Y tú crees que es de confianza?». —«Si no se va a enterar». —Era muy lista, coño. Muy lista para hacer favores. En la vida corriente muchas veces era ingenua, pero a la hora de hacer bien, un águila, como te lo digo. —«¿Cómo que no se va a enterar?». —«Como que no. Hemos quedado a las nueve en la Plaza de la Cebada, porque tiene que entregar por allí no sé qué cosas. Mientras hace la entrega y tomamos café, que ya me encargaré yo de invitarlo, tú te escondes a tu gusto entre las mercancías —me animó acariciándome otra vez el pelo—. Al llegar al pueblo le haré entrar la camioneta en mi corral para descargar. 

Le pediré luego que me ayude a subir los bultos, lo invito a una cervecilla, le pago, y mientras, tú saltas con la maleta, y te escondes en la cocinilla de lavar o en la cuadra, hasta que se marche». —Así lo hicimos poco más o menos… Me da vergüenza decirlo, pero los tres años de la guerra fueron los mejores de mi vida. Tenía para mí todo el piso de arriba. La pobre subió allí sus mejores muebles y apaños. Y como siempre, hacía su vida diaria abajo, en la tiendecilla y en las demás habitaciones, como cuando estaba sola. Así que tenía un ratito libre, la pobre mía subía a estar conmigo, a contarme cosas. Y a las once en punto, se me metía en la cama y lo pasábamos bomba, riéndonos, charlando, y claro, haciendo lo otro. »Lo de los pantalones se le acabó con la maldita guerra, pero todas las semanas venía a Madrid un par de veces a comprarme tabaco —en el pueblo no podía por no despertar sospechas— periódicos, vino, y a enterarse de lo que pasaba por aquí. Yo, con el aparatillo de radio puesto muy bajo; los crucigramas, el tinto y la baraja para hacer solitarios, me pasaba el día. ¡Ah! y cada mes o así, me echaba en el correo de Madrid una carta para mi mujer, diciéndole que estaba muy bien y seguro, que no se preocupara… Si no llego a esconderme, me hubieran paseado como a tantos buenos amigos. El aviso de nuestro pariente del Ayuntamiento no fue ningún bulo. Las noticias de estas muertes fueron mi única amargura durante los primeros meses de la guerra… Por las noches, cuando no hacía frío, me asomaba un poco a la ventana para respirar… Así, conviviendo con ella, valía todavía mucho más que viéndola dos veces por semana como antes. Cosa rara, ¿eh? —… Hasta que un día, amigo Paco, terminó la guerra. 

Y aunque esté feo el decirlo, para mí terminó la paz. El pueblo fue ocupado por los nacionales dos días antes de entrar en Madrid. Y yo, como oficialmente estaba aquí, aguardé a que lo tomaran… Y el día uno de abril, no tuve más remedio: a medianoche, con una maleta en la mano, salí de aquella santa casa… camino de la de mi señora. Don Sebastián tuvo otro silencio, ahora con la cara más amargada de toda la noche. Ni el mucho vino que llevaba ensilado pudo desdibujarla. Seguíamos en la esquina de «Los Gabrieles». Por fin continuó, tomándome de la solapa: —Oye, nada más ver a mi esposa en el portal, cuando salió en camisón al oírme entrar, tuve el pálpito de que lo sabía todo. No es que ella me dijo algo ¿tú me entiendes? Al contrario. Simuló mucho gusto, me abrazó, y dijo que estaba muy gordito aunque bastante pálido. Pero ya te digo: en su gesto, voz y mirada, había recámara… Estuvimos más de dos horas hablando. Ella me contó todo lo sucedido en nuestra casa durante aquellos tres años, pero no me preguntó nada. Y cuando yo le relaté la historia que me había inventado para cuando llegara tal momento… «que gracias a mi amistad con cierto cónsul pude pasarme la guerra en una Embajada», me escuchó con aire algo distraído, e hizo alguna preguntilla con recochineo que bien se lo calé. Me aseguró luego que estaba muy contenta de que la guerra hubiera terminado con el triunfo de los nacionales, como no podía ser menos, porque yo había podido volver al hogar; y en un caserón con grandes cámaras que teníamos en las afueras del pueblo, incautado por un sindicato rojo como almacén, quedaron no sé cuántos miles de kilos de comestibles, arrobas de vino y objetos de valor. 

Y cuando después de tan larga plática pensé en cumplir con ella como era mi deber después de tan largo tiempo, me sacó un pijama limpio y dijo —nunca lo olvidaré—: —«Anda duerme tú solo, Sebastián, que estarás cansado. Y mañana si Dios quiere tendremos “la entrevista”». —«La entrevista» que todavía no hemos tenido ¡ni tendremos jamás!— «Yo dormiré en mi cama de soltera — continuó— donde pasé estos años. Hasta mañana». —Me besó en la frente y salió de la alcoba. »Una hora después, estoy seguro, aunque nunca he podido aclararlo, oí cerrar la puerta de la calle con mucho cuidado… Acostumbrado al silencio durante tanto tiempo, era, y soy, capaz de oír el vuelo de un mosquito. —Al día siguiente sirvió un desayuno estupendo, me hizo vestirme con el mejor traje, y a mediodía, me dijo: —«Anda, vamos a darnos un paseo por el pueblo. A todo el mundo le gustará saludarte. Además quiero que veas “la herencia” que nos han dejado los rojos en el casón». —Muy cogiditos del brazo, paseamos por las calles y plaza saludando a unos y otros. Me preguntaban qué fue de mi vida, y me contaban enseguida su pequeña historia durante aquellos años. Al pasar ante el único grupo escolar que había en el pueblo, vimos hombres con armas y camisas azules. De un coche parado sacaban paisanos y militares. —«Han habilitado el Grupo como prisión. No cabían todos los rojos en la cárcel del Ayuntamiento. Ya llevan tres días haciendo justicia». —Nuestro casón estaba en el camino del cementerio, muy cerca del pueblo. Íbamos por el paseo, entre los cipreses, y de pronto, mirando hacia los muros de una antigua ermita, medio hundida y rodeada de árboles, que hay a la izquierda del camposanto, señaló a unos corrillos de gente que curioseaban por allí: —«¿Qué mirarán aquéllos?… Vamos a ver». —Nos acercamos. Ella delante, con pasos decididos. Enseguida distinguí cuatro cuerpos muertos a poca distancia uno de otro. El primero que nos tropezamos fue el de un gordo, mandamás socialista. Estaba de perfil, acurrucado, como durmiendo, y con los pantalones manchados de sangre seca. —«Mira, éste es el Feliciano. 

Bien merecido se lo tenía. Este otro no sé quién es». —Era un chico muy joven, con la cabeza completamente deshecha y las manos atadas sobre el vientre. Avanzó cinco o seis pasos más, hasta el tercer cuerpo… Recuerdo perfectamente que lo señaló sin mirarlo, como si se lo supiese de memoria: —«Mira, ésta es la puta de la pantalonera». —… Oye, palabra que me quedé tieso y duro, como madero clavado en el suelo. Ella lo señalaba con el dedo, sin dejar de mirarme, con toda la cara llena de orgullo. —«¡Acércate!» —gritó al ver que no reaccionaba, y agarrándome del brazo, me puso a los pies de la pobre… Sí, ella era. Mi pobre Micaela. Con la cara serena, de siempre. Los ojos abiertos sin asomo de miedo, el pelo un poco revuelto, los brazos muy abiertos, como entregándose; y la blusa medio rota, endurecida por la sangre seca. —Lo mismo que antes me quedé seco como un palo, ahora, de pronto, no pude contenerme.

Se me subió toda la sangre a la cabeza y me abalancé contra la «contraria»… Le pegué la mayor paliza que puedas imaginarte, a la vista de todos. Le pegué hasta dejarla caída, junto a la pobre mía. Y sin pensarlo más eché a correr hasta la estación. Monté en el primer tren que pasó, y me vine a la pensión donde estamos. »Tres meses después, cuando la muy… comprendió que estaba empeñado hasta las orejas y sin saber qué hacer, porque toda mi vida fui un vago sin remedio… se me presentó en la pensión. Y aquí se quedó. »… Y no te lo creerás, amigo, porque eso no se lo cree nadie: pero desde que vino, hace ya casi cuatro meses, no hemos hablado ni una sola palabra. ¡Ni una! Ella todas las semanas me deja “el sueldo” encima de la mesilla de noche, y en paz. Eso sí, no me permite dar un paso sin ella… Sólo el rato que se va los viernes a Medinaceli… y esta tarde, la primera. Cuando hay algo urgente, nos dejamos una nota sobre la cama. Seguíamos en la puerta de «Los Gabrieles». Yo callaba sobrecogido. 

Él me observaba entre avergonzado y compasivo. Al fin me puso la mano en el hombro: —Anda, vamos con tus amigos. En el sótano de «Los Gabrieles», mis paisanos andaban de guitarra y flamenco entre los frescos de la belle époque… a la española, que decoran las paredes. Don Sebastián, incorporado a la mesa grande, apenas se bebió el primer chato, ahora de vino andaluz, pareció olvidarse de todo, y aplaudía y daba «olés» con toda su alma. Tan acostumbrado estaba a su drama, tan rumiado lo tenía, que enseguida lo superaba. De vez en cuando me echaba una ojeada, se sonreía y daba palmas agachando un poco la cabeza y entornando los ojos. Ya al clarear el día, cuando llegamos a la pensión de la Puerta del Sol, iba completamente borracho. La mezcla del tinto y el andaluz le dio la puntilla. Lo tuve que sostener mientras abría para que no se me cayese en el descansillo… Y nada más abrir, sentada en el sofá donde el dueño mutilado leía durante todo el santo día los periódicos, estaba «la contraria», en bata, y con los brazos cruzados sobre el pecho. 

Se me quedó mirando con una hostilidad irracional que nunca olvidaré. Pero no se estremeció. Don Sebastián, con la cabeza apoyada en mi hombro, creo que ni la vio. Después de breve indecisión, lo metí en su cuarto. Lo senté sobre una de las camas. Se dejó caer como colchón… Le quité los zapatos por hacer algo, y marché. No volví a verlos en los pocos días que tardamos en mudarnos a la otra pensión, la de la Plaza de San Miguel, cuya dueña se entendía con el perro lobo… Me dijo una sirvienta, que don Sebastián y señora hacían las comidas en su habitación. Tampoco volvió a aparecer don Sebastián por «El Gato Negro» los viernes por la tarde, mientras su santa esposa iba a orar ante el Cristo de Medinaceli. Mucho tiempo después, por los años cincuenta, desde el ventanal de un céntrico café, la vi a ella sola, en el borde de la acera, esperando para cruzar por el paso de peatones… Mejor dicho, no iba sola: llevaba sujeto con cadena un perro grande, blanco y negro, con las orejas caídas y el rabo entre las piernas… Y conste que no hago simbolismos. Fue así.